No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Adrián dejó el coche frente al supermercado.

Aún era temprano y había bastantes huecos para aparcar con facilidad.

Eran las diez y media de la mañana. Habían quedado con el encargado del supermercado donde trabajaba Inmaculada.

A esa hora, el establecimiento ya estaba repleto.

Las puertas automáticas no dejaban de abrirse y cerrarse, y el sonido se mezclaba con el traqueteo de los carros y el pitido constante de las cajas.

En la zona de frescos, un empleado colocaba las bandejas de fruta con movimientos rápidos, mientras otra trabajadora empujaba una jaula de cartón hacia el almacén.

Los agentes entraron y dieron una vuelta antes de preguntar por el encargado.

Pensaron que era buena idea deambular unos minutos por si escuchaban algún comentario de los trabajadores.

Era la hora en la que empezaba a venir la gente que compraba a primera hora.

Los clientes iban con prisa y los empleados, que ya llevaban horas dentro, estaban terminando de reponer las secciones que les habían asignado ese día.

Adrián y Marcos se separaron para observar y recopilar información. Se volvieron a encontrar en la sección de frescos para preguntar por el encargado.

—¿Has escuchado algo?

Marcos negó.

—Vamos a preguntar por Agustín Gómez. —Miró el papel antes de decir el nombre en alto.

Se acercaron a una de las empleadas que estaba reponiendo y le preguntaron. A los pocos minutos, vino un hombre de mediana edad, con aspecto agradable y sudando.

—Buenos días, soy Agustín. —Les dio la mano y se secó el sudor de la frente con la manga de la camisa de manera disimulada—. ¿Son los policías con los que hablé?

—Sí, eso es —respondió Marcos, que fue con quien habló.

—Perfecto. Si les parece, vamos al despacho que tengo dentro. Así hablamos más tranquilos. —Esperó a que asintieran para comenzar a andar.

Les condujo a una pequeña oficina acristalada al fondo del supermercado. Cerró la puerta y se sentó frente a ellos, con las manos apoyadas sobre la mesa.

—¿En qué puedo ayudarles?

—Como ya le expliqué, Inmaculada Otero tuvo un accidente de tráfico y ha fallecido. Estamos investigando su círculo social más cercano —resumió Marcos, que no quería darle demasiada información.

Agustín subió las cejas con indiferencia.

—¿La han asesinado? —preguntó con voz baja y con cierta seguridad.

—Es lo que estamos investigando.

—Ya, claro, claro, investigando. —La respuesta sonó con arrogancia—. ¿Qué quieren saber?

Adrián sacó la libreta y el bolígrafo para apuntar lo más importante.

—¿Cuánto tiempo llevaba trabajando en este supermercado?

Agustín pensó unos segundos antes de contestar.

—No estoy seguro, pero más de un par de años, seguro. No era una chica que destacara demasiado. Le gustaba pasar desapercibida. —Se encogió de hombros.

—¿Qué quiere decir?

—Bueno, es de esas personas que no dan problemas, no hablan ni se relacionan con nadie. Solo eso. A mí me gustan esas personas, no van chismorreando como otras —dijo con resquemor.

—¿No tenía relación con sus compañeros?

—La justa. Se llevaba bien con una chica de cajas. A veces, creo que quedaban a tomar un café. Me suena que alguna vez se esperaban para salir juntas —respondió con inseguridad.

—¿Alguna vez notó algo raro? Piense, por favor. Cualquier detalle puede ser importante —le recordó Marcos.

—¿A qué se refiere con raro?

—Si últimamente estaba más nerviosa de lo normal, alguien que la esperara al salir…

—No, nunca. Ya les digo que era una persona introvertida.

Puede que con su compañera Amanda se soltara un poco y le contara algo de su vida, pero yo no me involucro demasiado con los trabajadores.

—Respiró—. Luego, si les tengo que despedir, es mejor así.

No quiero parecer una persona sin sentimientos, pero al final, si hay recortes o no hacen bien su trabajo, me cuesta menos despedirlos que si no los conozco de manera tan personal.

—Ya, lo entendemos.

—¿Sabe algo acerca de su pasado? —insistió Adrián, con la punta del bolígrafo en el papel.

Agustín negó despacio.

—¿Tampoco la vio hablar con alguien?

—¿Que no fuera compañero? —Quiso estar seguro de entender la pregunta.

—Sí.

—No, lo siento.

Marcos miró a Adrián. No estaba seguro de enseñarle una foto del vídeo donde salía el hombre con la gorra. El agente asintió. No perdían nada por intentarlo antes de hablar con la compañera que mejor se llevaba con Inmaculada.

El inspector sacó el móvil y buscó la foto con la esperanza de que le identificara.

—Lo siento, no se le ve la cara. —Levantó los hombros.

—Lo sabemos, pero ¿le suena haber visto antes una gorra como esa?

—No, lo siento. Tampoco es que sea muy fan de las gorras, pero no me suena. Lo siento. —Apretó los labios.

Marcos lo observó con atención. No parecía nervioso ni tampoco que mintiera. No era el primer jefe que prefería guardar distancias con los trabajadores. Percibió que quería terminar la conversación cuanto antes.

—¿No se ausentaba del trabajo con frecuencia? ¿Algún día le pidió un día de asuntos propios? —Marcos hizo las últimas preguntas.

—No, lo siento. Ya les digo que no daba problemas. Era de esos trabajadores que vienen, hacen su trabajo y se marchan sin más. Lo siento, no puedo decirles nada importante —se disculpó.

Agustín sostuvo la mirada.

—¿Podemos hablar con la compañera que ha dicho? —Adrián comprobó el nombre en el cuaderno—. Amanda.

—Por supuesto. —Miró el reloj—. Pueden hacerlo aquí mismo para que no haya ninguna interrupción, pero no entra hasta dentro de una hora.

Marcos se levantó.

—Iremos a tomar un café y volvemos cuando ya esté aquí. ¿Le parece?

—Claro. Cuando ustedes quieran.

—Gracias, Agustín. Nos vemos en un rato. —Agarró el picaporte.

Adrián cerró el cuaderno y se lo guardó en el interior del abrigo. Salieron en silencio hasta que cruzaron las puertas automáticas del supermercado.

—¿Crees que miente? —preguntó Adrián.

—No tiene motivos para hacerlo, ¿no?

—No lo sabemos.

—Lo sé, pero tampoco tenemos motivos para lo contrario. De lo que sí estoy seguro es de que nadie la conocía realmente. El trauma que sufrió le pasó factura, igual que a Irene. —Se paró en el semáforo para cruzar la calle.

—Me da mucha pena, la verdad.

—Lo sé, a mí también. Pero lo que más pena me da es que no podemos hacer nada por ayudarla. Inmaculada sufrió tanto que fue incapaz de volver a confiar en nadie. Era su manera de protegerse —dijo en voz alta.

—Al menos, Irene nos lo ha contado.

—Ya, pero aun así… es complicado.

Adrián asintió sin dejar de andar y mirando al suelo.

Antes de entrar al bar, el teléfono de Marcos vibró. Irene le mandó la foto del mapa con las localizaciones que Samuel señaló. El inspector se detuvo en seco y miró a Adrián.

—¿Qué pasa?

—Mira esto. Me ha dicho Irene que pertenece a la investigación que hizo Samuel. Señaló las casas de las niñas —dijo, pensativo.

—Los padres de Inmaculada ya no viven ahí. —Miró a Marcos, que acercó la foto al resto de casas.

—Lo sé, pero hay una de las niñas que vivía cerca de donde ocurrió el accidente de Inmaculada. ¿Crees que estará relacionado?

—¿Cómo? —preguntó, despistado.

—Que la persona que las secuestró vivía cerca de ellas.

Adrián le miró con los ojos bien abiertos. Marcos tragó saliva.

—Hay que hablar con los padres de Diana. Siguen viviendo en el mismo sitio. Puede que sepan algo —añadió.