Capítulo 25
Joaquín empujó la puerta del anatómico forense con el mismo gesto cansado de siempre.
Lo notó en cuanto cruzó el umbral. El aire frío y la luz blanca le hicieron sentir escalofríos al recordar que estaba en un lugar lleno de historias terminadas y vidas apagadas.
Fuera, el resto seguía con sus vidas, pero él no podía fingir que no pasara nada.
Esta vez sería diferente. No dejaría la investigación a medias. No se rendiría.
Avanzó por el pasillo sin prisa, con las manos en los bolsillos. Había estado allí cientos de veces a lo largo de los años, pero aquella mañana el lugar le resultaba extrañamente ajeno, como si fuera la primera vez.
Jano estaba de espaldas, inclinado sobre una mesa, revisando unos papeles con las gafas en la punta de la nariz. No se giró al oírle entrar. No hacía falta.
—Llegas pronto —dijo, sin levantar la vista.
Joaquín se detuvo a un par de metros.
—O tarde —respondió con tono filosófico.
Jano sonrió apenas, con una mueca mínima, más cansada que irónica. Dejó los papeles a un lado y se giró despacio. Se quitó las gafas antes de hablarle de frente.
—¿Qué te pasa, comisario?
La pregunta era directa y sin rodeos, como siempre. Y, sin embargo, Joaquín tardó unos segundos en contestar. No porque no supiera qué había ido a buscar, sino porque no sabía cómo decirlo con palabras sin que sonara a la culpa que llevaba años guardando.
—Quería preguntarte por la investigación del secuestro. Recuerdo que Samuel venía mucho a verte para ver si aparecía alguna niña… y, bueno, he pensado que a lo mejor te dijo algo —balbuceó, cruzándose de brazos.
Jano alzó una ceja. No parecía sorprendido, más bien resignado.
—Ya, pensé que tarde o temprano acabarías preguntando por él. Has tardado mucho, Joaquín. —Se colocó sobre el borde de la mesa del escritorio.
Joaquín notó el frío a través del abrigo, pero no se movió. Mantuvo la mirada en los ojos de Jano.
—Venía mucho a preguntarme con algunos de los padres. Identificaron varios cuerpos, pero ninguno era de las niñas. Fue una época muy oscura.
—¿Samuel no tenía ninguna teoría?
—¿No te dijo a ti ninguna?
Joaquín miró al suelo avergonzado. Era su compañero, debería ser el primero en conocer de primera mano la investigación.
—Estaba frustrado porque no encontró ninguna pista concluyente. El secuestrador siempre iba por delante. Aquello fue devastador. Cada vez que llegábamos, ya se había ido —resumió.
—Se lo tomó muy en serio. Sentía que había fallado. Cuando encontraron el cuerpo de una niña vino con los padres. Los de Irene también estuvieron. Creo que en algún momento estuvisteis cerca. Por eso hizo la llamada. —Se detuvo—. Y ese fue su error.
Joaquín asintió.
—A veces venía sin un motivo claro. Solo quería hablar con alguien —continuó.
—¿De qué?
—De patrones, repeticiones y errores. Necesitaba contrastar información y tú no estabas —le recriminó.
Tragó saliva y apretó los puños con culpa.
—Lo sé. ¿Y te comentó algo que le llamara la atención?
—No, pero frustración sí. No había pruebas. Por eso decidió que lo mejor era buscar patrones. Entender el motivo por el que lo hacía. Pero se quedó a medias.
Joaquín cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, vio la imagen de Samuel de madrugada en comisaría, sentado ante mapas, fotos y su cuaderno de notas.
—¿Te dijo que sospechara de alguien?
—No directamente, pero creo que sospechaba de un policía con acceso a la información. Era la única explicación lógica para que, cuando llegabais, él ya no estuviera. Se adelantaba y la explicación es que tenía acceso a la información igual que vosotros.
—Por eso comenzó a hacerlo todo en papel y a guardar la información en casa, ¿no?
Jano asintió. Caminó hasta una de las ventanas interiores, desde donde se veía una de las salas vacías. Metió las manos en los bolsillos de la bata.
—¿Tienes la documentación? —preguntó Jano.
—Sí, la recogí de su casa.
—¿La has leído?
—Solo por encima. Se la he dado a Irene para que se ponga con ello. Primero quería hablar contigo.
—No puedo ayudaros. Solo te puedo decir que Samuel pensaba que era un policía. De quién sospechaba, no tengo ni idea.
—Pero después de tantos años ha aparecido de nuevo. No lo entiendo. Es como volver al centro del huracán. —Apretó los labios.
—No lo ha hecho por impulsividad. Nadie guarda un impulso durante décadas. Creo que, si no disteis con él antes, no lo haréis ahora.
Joaquín cerró los ojos durante unos segundos.
—Samuel se rindió por algún motivo.
—No, Joaquín, Samuel no quería estar aquí. No le des más vueltas. Tomó su decisión.
—Tú viste el cuerpo, ¿estás seguro de que se suicidó?
Jano asintió.
—Si recuerdas algo más, lo que sea, llámame. —Contuvo la emoción.
—Claro, pero deberías dejar a los muertos tranquilos. Al final, ya están muertos, y si hurgáis demasiado, alguien saldrá perjudicado.
Joaquín se enderezó despacio. La frase le cayó como un golpe seco.
Jano le miró con frialdad. El comisario notó el reproche.
—Siempre pensaste que fue por mi culpa, ¿verdad?
Jano asintió con los labios apretados.
—No tenía otro motivo. Siento decírtelo así, pero es la verdad. Los casos le importaban, pero su familia más. Nunca hubiera dejado a sus hijas sin padre —confirmó Jano sin reproches.
—Lo sé.
Jano se acercó.
—Da igual, Joaquín. Intenta al menos terminar la investigación del secuestro. Estoy seguro de que Samuel te habría perdonado con el tiempo —añadió al darle una palmada en la espalda.
—Te agradezco que me intentes animar, pero no creo que me hubiera perdonado. Le traicioné. Le arruiné la vida. —Joaquín se frotó la cara con una de las manos.
—Éramos jóvenes. Fue un error, pero por más vueltas que le des, ya está hecho.
—¿Te lo contó él?
—Vino aquí con las fotos. Las vi yo mismo.
Joaquín sintió la vergüenza y la culpabilidad en cada uno de los poros de su piel. Bajó la mirada unos segundos antes de volver a hablar.
—Tengo que irme. Gracias, Jano. Vamos hablando —zanjó cortante al sentir que aún no lo había superado.
Joaquín abrió la puerta y salió a la calle tan rápido como pudo. Necesitaba aire.