Capítulo 24
Quería ir al bosque, a la cabaña donde la retuvieron.
Tenía la necesidad de estar allí. Quizá así los recuerdos volvieran.
Le pareció buena idea hacer el trayecto a pie.
Puede que le despertara alguna sensación útil para la investigación.
Sin embargo, tenía miedo. La imagen del psicópata con un saco en la cabeza volvió.
Ya no estaba segura de si eran recuerdos reales.
Aunque había comprobado algunos a lo largo de la investigación, no eran fiables. Al menos, de momento.
Se levantó y dio varios pasos por la sala con las manos en los bolsillos. Cerró los ojos unos segundos y respiró. Cogió aire y lo expulsó despacio, poco a poco. Intentó dejar la mente en blanco, pero era imposible. La X del mapa se le había quedado clavada en la mente.
Desplegó el mapa en la mesa. Apartó la caja de la investigación de Samuel para abrirlo entero.
No era tan grande como esperaba. El inspector Hernández sabía perfectamente cuál era la zona de actuación.
Había varias X a lo largo del mapa y estaban lejos unas de otras.
A simple vista no parecía una zona de actuación del secuestrador.
Los asesinos suelen actuar cerca de su zona de confort.
Aquellas marcas estaban demasiado separadas.
«No puede ser», pensó Irene al ver la distancia entre las X.
Comprobó las direcciones. La temperatura del cuerpo le bajó de manera inesperada. Samuel había marcado la casa de Irene. La inspectora lo entendió al instante. Eran las direcciones de las niñas que secuestraron. Se dejó caer en la silla, devastada. El miedo volvió a imponerse.
Recordó cómo Marcos le solía decir que decía muchas ideas a la vez, pero luego no terminaba ninguna de ellas.
Así que, a pesar del miedo, se obligó a concentrarse en la documentación que tenía de Samuel.
Era un buen inspector, y le debía más de lo que creía.
La salvó hace años, y ahora iba a volver a hacerlo.
Sacó las carpetas del final de la caja y las fotos de las niñas. Tenía varias de cada una. No estaban en el expediente oficial. Se tomó la molestia de recopilar más fotos y datos de cada una de las niñas: Lucía, Alma, Diana y Leticia.
Volvió al mapa. Una coincidencia le erizó la piel. La casa de Alma estaba cerca del accidente que había ocurrido hace varias semanas con Lucía. Sin embargo, no se podían conocer. Vivían en barrios alejados. Revisó la documentación otra vez.
Samuel había ordenado la investigación por carpetas y había más de veinte. Era imposible revisarlas todas en un solo día. Sin embargo, encontró un pequeño cuaderno en el fondo de la caja. Al abrirlo, eran anotaciones breves.
—Es la letra de Samuel —susurró girando el cuaderno entre las manos.
Un par de golpes sonaron en la puerta cerrada.
—Pasa —respondió, pensando que sería el comisario.
La cabeza de Salcedo apareció con una sonrisa.
—Hola, Irene, supuse que estarías aquí con la investigación. ¿Quieres un café?
—Hola, Salcedo, mejor no. Mira cómo está esto —abrió las manos.
—Bueno, eso no creo que se mueva de ahí. Puedes descansar unos diez minutillos y luego vuelves a la carga. ¿No te parece? —insistió con buena intención.
Irene miró los papeles con dudas. Le apetecía hablar un rato con Salcedo, pero ir a la cafetería no era una idea que le convenciera.
Tomás no le iba a decir nada, pero prefería no verle.
Los últimos días estaba sensible e incluso había salido de noche, pero no quería dar un traspié en su progreso por culpa de un comentario hiriente de Tomás.
—No, creo que estoy aquí mejor —arrugó la nariz.
—De acuerdo. Pues voy a por unos cafés y vuelvo para tomárnoslos aquí. ¿Te parece mejor idea? —Salcedo era un policía con una intuición innata. Creyó que la negativa era por el lugar.
Irene sonrió y asintió con la cabeza.
—Tú sí que sabes convencer a una chica —levantó las cejas.
Tardó un par de minutos en volver con los dos cafés.
—¿Dónde me puedo sentar? —preguntó al dejar uno de los vasos enfrente de Irene.
—Aquí mismo. —Irene movió una de las sillas que estaban a su lado.
Salcedo miró los papeles que invadían casi toda la mesa. Reconoció la letra de Samuel y las fotos de las niñas. Antes de hablar miró con pena a la inspectora.
—¿Estás bien? —preguntó con prudencia.
—No estoy segura. Después de hablar contigo, Joaquín me ha dado la investigación al completo de Samuel. Después de tantos años, estaba aún en su casa —le explicó con los ojos puestos en el cuaderno de anotaciones.
—Has podido comprobar por ti misma que era uno de los mejores inspectores, ¿no? —Sopló el café antes de beber.
—Sí, y eso que no he tenido tiempo de revisarlo al completo. Hay mucho material. Joaquín no me dijo que hubiera tanta documentación —movió varios papeles.
—Joaquín se encargaba más de ir a los sitios que le decía Samuel.
Digamos que quien se encargaba del trabajo de investigación era Samuel.
Se podría decir que le gustaba la parte aburrida.
Joaquín siempre fue más de trabajo de campo.
—Sonrió—. No es ni bueno ni malo. Las parejas de policías se hacen para complementarse, y eran el tándem perfecto.
—Lo pasó muy mal. —Irene miró las fotos de las niñas y el mapa.
—Sí, mucho. Se echa la culpa, pero es mejor que dejes de centrarte en esa idea.
Lo importante son las niñas y la investigación.
Estoy seguro de que, si hay una pista, está aquí.
¿Ya sabes cómo te encontró Samuel? —preguntó Salcedo con las piernas cruzadas y sin prisa por volver a su puesto de trabajo.
—Sí —Irene movió la cinta.
—Anda, había oído que existía, pero nunca la escuché.
—¿Quieres hacerlo? —preguntó Irene al coger el aparato para que lo escuchara su compañero.
—Bueno —se encogió de hombros—. Dale.
Salcedo la escuchó. Eran apenas unos segundos. Arrugó el entrecejo.
Irene la volvió a poner más lenta.
—¡Vías! Era muy bueno —dijo con melancolía.
Salcedo reparó por un segundo en el mapa. Lo señaló antes de hablar.
—Le gustaba cercar la zona de confort de los criminales en las investigaciones. Recuerdo que los padres se volcaron con él. Tus padres también lo hicieron. ¿No te lo han dicho?
—No quieren hablar conmigo de eso. Nunca lo han hecho, pero ya es hora de que dejen de tratarme como si me fuera a romper —suspiró.
Salcedo se echó hacia delante y apoyó los brazos en la mesa.
—Para ellos, siempre vas a ser pequeña. Tienes que entenderlo. Si tus padres no están preparados, puedes hablar con el resto de los padres de las niñas. Hay uno de ellos que incluso llamó cuando se enteró de que apareció Inmaculada, bueno, Lucía —recordó con la mano en la barbilla.
—¿El padre de qué niña?, ¿y cómo se ha enterado?
—Vive cerca de la zona donde atropellaron a Inmaculada.
—¿El padre de qué niña? —insistió Irene.
—No lo sé. —Miró la hora en el móvil—. Bueno, inspectora, me tengo que ir. Si te puedo ayudar en algo, solo tienes que decírmelo.
—Creo que ya me has ayudado bastante.
—Son solo historias de un viejo policía. —Abrió la puerta.
Irene no conocía mucho a Salcedo, pero le caía bien y sentía que podía confiar en él.
—Salcedo, ¿me acompañarías a la cabaña donde me encontraron? —dijo con la mirada firme.
El agente torció la cabeza por la proposición tan inesperada. Cerró la puerta.
—¿Yo? ¿Estás segura de que quieres ir conmigo? —preguntó indeciso por la invitación.
—Creo que eres quien menos me juzgará y más me ayudará. Pero no quiero que te parezca que es un compromiso —dijo avergonzada por ponerle en esa tesitura—. Solo si te apetece.
Salcedo sonrió.
—Será un honor, inspectora. —Frunció el gesto—. ¿Es un secreto?
Irene asintió con las comisuras tirantes.
—Perfecto. Ya me dirás el día y la hora —se colocó el dedo índice en la boca antes de cerrar la puerta.
Irene se despidió levantando la mano.