Capítulo 23
Bajaron del coche sin decir nada. El golpe de la puerta al cerrarse sonó demasiado fuerte para una calle tan tranquila. Adrián miró alrededor casi por inercia, como si esperara ver algo distinto. Marcos hizo lo mismo. Ya había estado allí con Irene y nada le había llamado la atención.
Habían ido de nuevo a la calle donde Inmaculada murió.
Al inspector se le había ocurrido una idea que podría ser útil en la investigación.
En esa calle había una parada de autobús.
Pensó que Inmaculada podría coincidir cada día con las mismas personas que utilizaban esa línea de autobús.
Así que Marcos cruzó los dedos para que la idea fuera correspondida con la realidad.
Fueron aproximadamente a la misma hora del accidente.
Irene les había llamado después de hablar con Joaquín y decidieron que era mejor dejarla sola con la caja de la investigación de Samuel.
Así no se sentiría observada. Por eso, Adrián y Marcos se marcharon de comisaría para darle su espacio.
Los compañeros pensaban que necesitaba hacerlo en soledad y sin cuatro ojos preguntándose todo el tiempo si estaba bien o aquella situación le abrumaba.
—Tenía que coger el autobús todos los días en esta parada —dijo Marcos al llegar a la marquesina.
—Voy a apuntar los autobuses que pasan por aquí. Así sabremos si iba al trabajo o a otro lugar —Adrián sacó la libreta y escribió los números.
En la parada había varias personas mirando y escuchando lo que hacían. No era de las más concurridas. En ese momento había una decena de personas. Dos eran jóvenes con auriculares y la música tan alta que los agentes la oían con claridad sin hacer un gran esfuerzo.
—En el supermercado donde trabajaba, nos han dicho que iba en autobús, pero no sabían el número. Luego revisaremos cuál de estos llega a su trabajo. Al menos, así iremos descartando. —Marcos no dejaba de mirar a su alrededor.
El inspector esperaba que apareciera algún testigo. Decidieron que era mejor esperar un par de horas para intentar encontrar una persona que hablara con ellos.
Una mujer de mediana edad, rubia, alta y con mirada triste no dejaba de observarlos. Los agentes se hablaron con los ojos. Esperaban que se acercara. En sus gestos nerviosos se notaba que dudaba entre hablar o callar.
—¿Son policías? —susurró Mariana al acercarse a Marcos.
—Sí, es por el accidente que tuvo lugar aquí —aclaró.
Mariana asintió, agarrando el bolso con fuerza. Echó un vistazo a su alrededor.
—¿Le parece bien si nos apartamos un poco? Aquí hay demasiada gente —dijo con amabilidad Adrián.
Mariana asintió de nuevo y los siguió para alejarse unos metros.
—¿La conocía? —Se interesó Adrián.
—No es que la conociera. Llevaba coincidiendo con ella durante más de un año en la parada. Desde que empecé en el trabajo en el que estoy, la veía casi todos los días aquí. ¿Está muerta? —Tragó saliva.
—Sí, no sobrevivió al accidente —confirmó Marcos con pena.
—¿Fue un accidente? —Le tembló la voz con la pregunta.
—No estamos seguros de eso. Si tiene información o recuerda algún detalle de ese día, sería de gran ayuda —dijo Adrián sin quitar ojo a las personas que estaban aún esperando el autobús.
—Huía de un hombre que siempre la observaba. —Mariana estaba muy nerviosa. No sabía cómo decirlo, así que lo soltó sin pensarlo más.
—¿Puede darnos más detalles de ese hombre? ¿Lo había visto ya antes?
—No conocía a la chica, pero la veía tantos días que al final te saludas y eso, pero ya está. —Respiró—. Al principio, no le di importancia porque no la conocía, pero luego me llamó la atención.
—¿El qué? —Apuró Marcos con el ceño fruncido.
—Algunos días llegaba como nerviosa y con los pasos más acelerados.
Así que uno de esos días miré atrás, hacia el parque, y vi a un hombre.
El primer día me pareció extraño porque el hombre solo estaba sentado en un banco mirando.
No hacía nada raro. Ni la seguía ni le hablaba, pero ella no dejaba de mirarlo —susurró.
—¿Ella le observaba?
—Se podría decir que sí. El hombre miraba desde lejos, y ella, con más disimulo, le miraba de reojo —respondió con voz baja.
—¿La notaba incómoda?
—Sí, y con miedo. No sé explicarles mejor, pero me dio la sensación de que se conocían… Puede que no, pero lo parecía. A veces se escondía la cara con el cuello del abrigo —Mariana imitó el gesto.
—¿Cada cuánto tiempo ocurría eso? —indagó Marcos en la presencia del hombre.
—No le puedo decir con exactitud, pero una vez a la semana seguro. Ya les digo que llevo un año cogiendo el autobús en esta parada, pero si eso venía de antes, no lo sé —matizó Mariana, un poco más tranquila.
Los agentes miraron desde su posición el parque donde señaló Mariana y donde el propio Eduardo confirmó que salió corriendo Inmaculada.
—¿Nunca le vio la cara al hombre?
—No, nunca. Siempre llevaba una gorra y, además, no es que vea muy bien de lejos las caras —recalcó—. No podría reconocerle, si es eso lo que me está preguntando.
Marcos se quedó paralizado. Era la misma persona que describió Eduardo, acababa de confirmarlo, pero para estar seguros buscó la foto de la gorra que Eduardo aseguró que llevaba ese día y que era tan exclusiva.
Giró el móvil.
—¿Es esta gorra? —preguntó con la boca seca.
—Sí, es esa. Las caras no las veo muy bien, pero la gorra la llevaba siempre y aquel día también la llevaba puesta —confirmó Mariana.
Los agentes se miraron.
—Es la misma persona. Llevaba tiempo observándola, pero ¿por qué? —dijo Adrián en alto lo que se le pasó por la cabeza ante la pista de la gorra.
Mariana miró al suelo, pensativa.
—¿Recuerda algo más?
—Bueno, verán, no sé si me estoy metiendo donde no me llaman, pero ese hombre solo la miraba. No parecía que le quisiera hacer nada malo. Era ella la que no dejaba de mirarlo. No sé, era muy raro. —Se encogió de hombros.
—¿Como si ella escondiera algo? —intuyó Marcos.
—¡Sí, eso es! Parecía que era ella la que escondía algo. Aquel hombre aparecía de vez en cuando, pero ella le buscaba con la mirada todos los días, aunque no estuviera en el parque —argumentó convencida.
—¿Crees que se conocían por los gestos y la forma de reaccionar de ambos?
—No estoy segura de la respuesta. Creo que ella sí lo conocía y por eso no dejaba de observarlo. Puede que de tanto mirarle, al final él la reconociera —dudó—. No sé, es solo mi opinión.
Mariana miró la parada y después comprobó la hora.
—Lo siento, pero me tengo que ir a trabajar. Ya llego tarde —apremió la conversación.
—Lo entendemos. Una última pregunta. ¿Lo ha vuelto a ver desde el accidente?
—No. Además, me he fijado porque lo vi correr detrás de ella, pero no ha vuelto a aparecer. —Se llenó de aire los pulmones—. No me dio la sensación de que quisiera hacerle daño.
Los agentes arrugaron el entrecejo a la vez.
—¿Por qué está tan segura? —preguntó Marcos al cruzarse de brazos.
—Se lo chilló varias veces. Le dijo: «¡Solo quiero hablar contigo! ¡Sé quién eres!». Pero ella no dejó de correr hasta que el coche la atropelló.
Un escalofrío invadió el interior del inspector. Adrián se quedó mirándole durante unos segundos hasta que reaccionó.
—¿Ella no dijo nada?
Mariana negó con rotundidad.
Cuando Mariana se alejó por la acera, Marcos se quedó mirando la marquesina unos segundos más de lo necesario. El autobús llegó y los pasajeros se subieron en orden y en silencio. El hueco que dejaron parecía más grande que antes.
Marcos guardó el móvil sin decir nada. La foto de la gorra seguía flotándole en la cabeza, como si no terminara de encajar con todo lo demás.
—No la miraba como alguien que busca —dijo al fin, en voz baja—. La miraba como alguien que esperaba.
Adrián no respondió. Se acercó despacio al borde del parque. Desde allí, el banco del que había hablado Mariana quedaba perfectamente alineado con la parada del autobús. Se quedó quieto, imaginando la escena. La espera y los días en los que sus miradas se cruzaban.
—Si llevaba meses viniendo, no la estaba siguiendo —dijo con preocupación.
—No es la persona que las secuestró —concluyó con voz apagada.
—No sé, inspector, pero yo cada vez tengo más preguntas que respuestas. —Se rascó la barbilla sin dejar de mover la cabeza con incredulidad.
El silencio cayó entre los dos. No era un silencio incómodo ni de los que se rompen solos. Era de esos que quedan suspendidos en el aire porque nadie quiere decir en voz alta lo que piensa.