Capítulo 21
Irene llegó con la única idea en la cabeza de cerrar la puerta de casa.
Estaba preparada para tomar las riendas de su vida sin preocuparse por el coste personal.
Pero necesitaba crecer de una vez. Ser una mujer independiente sin esperar que nadie viniera a salvarla.
Salió del coche casi sin abrir los ojos.
Se convenció de que no era de noche para comenzar a superar aquel miedo inexplicable, que le estaba consumiendo sin control.
Cuando cruzó la esquina de la calle, sabía que le quedaban pocos metros. Aceleró con una sonrisa. Lo estaba consiguiendo. Miró hacia el portal. Lo había visualizado en su mente durante el trayecto.
«No puede ser», pensó al parpadear para estar segura de lo que estaba viendo.
Había visto tantas veces aquella silueta que la habría reconocido a cualquier distancia.
—¿Qué haces aquí, Joaquín? —preguntó sorprendida.
Sintió cierto alivio. No le gustaba la distancia que se estaba creando entre ellos.
—Ya sabes lo que hago aquí, Irene. Tenemos que hablar. Es bastante urgente y no podía dejar pasar más tiempo —se explicó con una timidez que Irene nunca había visto en el comisario.
—Está bien, ¿subimos? —Señaló la puerta.
—No, tienes que ver algo que tengo en el coche —soltó el aire con dificultad.
—¿El qué? —Se cruzó de brazos con actitud desafiante.
—Irene, por favor. Me he dado cuenta de que has venido sola de noche. Me alegro más de lo que piensas. Solo te pido que, si alguna vez confiaste en mí, lo vuelvas a hacer —rogó.
Levantó la mirada despacio. No parecía sorprendida por sus palabras, pero tampoco tranquila.
—Está bien. Tú dirás. ¿Dónde está el coche?
—Ahí arriba —señaló a escasos metros.
El silencio de la calle los envolvió. Un coche pasó al fondo y una persiana bajó de repente, pero nada más interrumpió la armonía hasta que Irene comenzó a hablar.
—Le he recordado —dijo Irene.
—Me lo suponía. Sabía que, tras el primero, llegarían los demás. Por eso, estos días he hecho cosas que nunca pensé que sería capaz de hacer —argumentó sin ningún gesto amable.
—¿Sabes a quién he recordado?
—Claro, a Samuel, mi compañero —dijo sin mirarla.
Llegaron al coche. Joaquín lo abrió y se montaron.
—¿No me vas a decir nada más? —preguntó, enfadada por la calma.
—Lo primero que quiero saber es si me vas a escuchar.
—Sí.
—Samuel y yo estuvimos en la investigación de tu secuestro.
Por eso le recuerdas. Fuimos a tu casa y hablamos con tus padres muchas veces, no solo un par.
Tu familia y yo decidimos quitar a Samuel de la ecuación cuando se suicidó.
Eras una niña asustada y traumatizada. Solo querías estar con Samuel y conmigo, por eso, no nos atrevimos a decirte la verdad.
No lo hubieras soportado. Tus padres y tu hermana te lo pueden confirmar.
Nadie te quiso hacer sufrir, pero te has empeñado en descubrir la verdad, y aquí la tienes —argumentó Joaquín con la voz temblorosa.
—No lo entiendo.
—No hay mucho que entender, Irene. Simplemente dejaste de preguntar por él y supongo que lo demás lo hizo el tiempo.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste? Ya no soy esa niña.
—¿Y para qué? Si ni siquiera podías salir de noche tú sola. Por favor, Irene, ¿de verdad te piensas que lo habrías superado? Era añadir más peso a lo que ya tenías. ¿De verdad no lo entiendes?
—Pero lo borraste del todo.
—¿Y te hubiera servido de algo saber que Samuel existía?
—¿Y si fue él quien me secuestró y por eso se suicidó? —dijo enfadada. Apretaba los puños con una gran cantidad de ira contenida.
Joaquín soltó una carcajada.
—¿En serio me estás preguntando semejante estupidez? —dijo irónico.
—Sí, porque me has ocultado tantas cosas que ya no sé diferenciar la verdad de la mentira. —Se cruzó de brazos con la mirada rota de dolor.
Hizo un gran silencio con los ojos cerrados.
—Samuel estuvo cuando te encontramos. Fue él quien insistió en ir por aquella zona.
Si no hubiera sido por su investigación, lo más probable es que no hubieras salido de allí —dijo con dureza—.
Samuel y yo fuimos a buscaros. Estuvimos dando vueltas hasta que escuchamos ruido en el bosque.
Aquel ruido erais vosotras. Estabais corriendo.
—¿A quién te refieres con «vosotras»? —Se mojó los labios con inquietud.
—Lucía y tú.
—¿Qué? ¿La visteis?
Joaquín la detuvo moviendo los brazos con las palmas de las manos hacia abajo. Le pidió tranquilidad antes de que siguiera sacando conjeturas erróneas.
—Escúchame primero, por favor.
Irene respiró, se cruzó de brazos y asintió con los labios apretados.
—Samuel me dijo que había visto a otra niña correr en dirección contraria. Le dije que eso era imposible, que estabas tú sola. Te vimos y te tiraste a mí. Samuel te preguntó varias veces por la otra niña, pero no respondiste nada antes de perder el conocimiento.
Irene sintió un escalofrío por el cuerpo. Los recuerdos eran reales.
—Ahora sé que estaba equivocado. Perdimos a Lucía por mi culpa. —Bajó los párpados con los ojos acuosos—. Lo confirmé con el informe de los policías que la encontraron. Fue el mismo día que te encontramos a ti.
—¿Y no la buscasteis?
—Sí. Bueno, Samuel lo hizo. En ese momento, fue a buscarla, pero no dimos con ella.
Ahora sé que escapasteis juntas, pero en algún momento tomasteis direcciones contrarias.
Por eso, Lucía apareció en una zona fuera de nuestra comisaría.
Los policías que fueron a buscarla no eran nuestros compañeros porque huisteis por caminos distintos —le explicó el gran error imperdonable.
—¿Y no la reconocieron?
—Era imposible, Irene. No parecíais las mismas niñas. Tampoco tenías el mismo pelo y estabais en malas condiciones.
—¿Y después?
Joaquín la miró y cogió una carpeta que tenía en la caja que le dio Mónica.
—Aquí tienes lo que falta del expediente. Estaba en casa de Samuel. Nunca tuve fuerzas para pedírselo.
—¿Te sientes culpable por su suicidio?
—Sí, creo que se suicidó porque él sí estaba seguro de que vio a la niña. Estaba totalmente convencido. Me lo dijo muchas veces, pero no le creí. —Se frotó los ojos—. Pensé que vio lo que quería ver. Pero estaba equivocado.
—¿Crees que se suicidó porque se sentía culpable de no haberla salvado? Debió de sentirse muy triste y solo —dijo Irene con la carpeta en la mano.
—Puede ser. —Hizo una pausa antes de continuar—. En esta caja está la investigación de Samuel. Es lo que me ha dado su mujer. Ahora sí tienes el expediente completo de los secuestros. —Tocaba la caja con la punta de los dedos.
Irene abrió la carpeta. La primera foto era la de Lucía Rosales. Comenzó a llorar.
—Joaquín, la culpa nunca fue vuestra. Fue mía. Nunca dije nada. La borré igual que hice con Samuel. Si hubiera hablado… puede que ahora estuvieran todas vivas.
—No digas eso, Irene, eras una niña. —La cogió de la mano—. El policía era yo y dudé de mi compañero. Si le hubiera acompañado y no me hubiera centrado… —Se calló. Decidió no terminar la frase.
—¿Qué pasa?
—Nada, déjalo. Le fallé a él y a las niñas. Pero, sobre todo, a Lucía. Después de tantos años, pensé que no habría sobrevivido ninguna. Qué equivocado estaba —movió la cabeza lentamente.
—¿Qué ibas a decir? Dímelo. No quiero que haya más mentiras entre nosotros. Por favor, Joaquín —rogó con los ojos llenos de lágrimas.
—Me centré tanto en ti, que me olvidé de las demás.
Eso es lo que pasó —confesó—. Tú estabas viva y me necesitabas tanto, que no podía dejarte sola.
—Negó con la cabeza—. Irene, eras una niña totalmente indefensa.
Huías hasta de tus padres. Solo querías estar con nosotros.
No podía dejarte así para ir en busca de cadáveres.
Me confundí, pero tenía la certeza de que estaban muertas.
El secuestrador no las iba a dejar vivas después de tu huida.
Lo veía tan claro… —prosiguió sin dejar de sufrir el dolor del recuerdo—.
No entendía el motivo por el que Samuel las buscaba sin descanso.
Irene le abrazó.
—Vamos a descubrir qué pasó. Inmaculada huía de alguien, puede que descubramos la verdad. Todavía hay esperanza.
Se separaron para mirarse a los ojos.
—¿Crees que es vuestro secuestrador?
—Es una opción. Y más probable de lo que nos creemos.