Capítulo 20
Después del interrogatorio con Begoña, tenían respuestas a preguntas que Joaquín no había querido contestar en todos esos años.
Por su parte, Adrián había comprobado con el informe de María Jesús la fecha en que la policía encontró a Inmaculada en aquel portal, sola y temblando.
Fue el mismo día que rescataron a Irene.
Héctor había confesado la pieza que les faltaba.
Adrián no estaba seguro de si quería ayudarlos para descubrir la verdad o no, ya que durante la conversación le dio la impresión de que todos los agentes adoraban a Samuel.
Por eso, tenía que hablar con los inspectores lo antes posible.
Tenía que contarles lo que Lozano le había dicho.
El inspector le advirtió que Irene no estaba en su mejor momento.
Había recordado que estuvo secuestrada con Inmaculada.
Sin embargo, la frase que decía en sueños la había desestabilizado aún más.
Se sentía como un monstruo, como si ella hubiera sido la culpable de aquel suceso.
Marcos no se había separado de ella en ningún momento.
Habían quedado en el piso de Adrián para evitar que Joaquín los viera juntos y sospechara lo que estaban tramando.
Cuando el agente llegó, los inspectores estaban en la puerta.
Los ojos rojos de Irene delataban el estado de ánimo en el que se encontraba.
Subieron hasta la casa de Adrián sin sacar el tema.
Era mejor esperar al momento idóneo. Irene se tranquilizaba por intervalos cortos.
Sus compañeros no sabían descifrar qué imagen aparecía en su mente cuando se desestabilizaba.
Pero las muestras de afecto fueron suficientes para que empezara a serenarse.
Adrián volvió al salón con varias infusiones para aplacar los nervios.
Irene tiritaba, y puso la calefacción sin preguntarle.
—Toma, Irene, ¿estás mejor? —preguntó Adrián al darle una tila doble.
—No lo sé. ¿Estás seguro de que nos encontraron el mismo día? —preguntó para salir de dudas de una vez.
—Sí, Irene. Las dos estuvisteis en esa casa juntas. Escapasteis el mismo día. Puede que salierais juntas y, al ser tan pequeñas, os separarais. Quiero decir, que cada una fue por un camino diferente —supuso Adrián, sentado enfrente.
—Es lo más probable. Saca la foto de Samuel —dijo Marcos, que tenía uno de los brazos por encima de los hombros de Irene.
Adrián se levantó y fue a la habitación, donde tenía una funda de plástico transparente con el expediente de Samuel doblado por la mitad.
—¿Estás preparada? —preguntó antes de desdoblar el folio.
La inspectora asintió con firmeza. Se secó los ojos con el pañuelo que apretaba en la mano y volvió a asentir con decisión.
—Por favor, déjame verla —rogó, mientras Adrián dudaba si era buena idea.
Marcos asintió.
—Está bien, pero no nos engañes, ¿vale? Estamos en esto contigo, solo queremos ayudarte. Nada de mentiras. Si lo recuerdas, nos lo tienes que decir —aclaró Adrián de pie con el folio doblado.
—Por supuesto.
Irene cogió el folio y lo desdobló con los dedos temblorosos y la garganta seca de tanto llorar. Miró los ojos a la fotografía y lo supo. Aquellos ojos azules en la oscuridad habían estado con ella. Los reconoció al instante.
—Sí, estuvo conmigo.
—¿Dónde? —Quiso confirmar Marcos.
—En el bosque. Recuerdo que Joaquín me cogió. Me desvanecí, pero le recuerdo un segundo. Dijeron algo…
—¿Y…?
—Y nada. Solo eso. —Volvió a mirar la foto.
Adrián empezó a andar por el salón. El calor se empezaba a notar. Miró a través de una rendija de la cortina por la ventana del salón.
—¿Qué pasa, Adrián? —dijo Marcos, que todavía no había soltado a Irene.
—¡No lo entiendo, joder! No comprendo el porqué de tanto secretismo. Parece que a todo el mundo le importaba mucho Samuel, pero luego nadie dice nada… ¿Y el comisario? Ni siquiera lo menciona. Es increíble —alzó el tono andando por la casa sin dejar de frotarse la frente con los dedos.
—Puede que Samuel estuviera involucrado y por eso se suicidara, ¿no? —Marcos apretó los labios.
Irene giró el cuello, estupefacta.
—¿De verdad crees eso?
—¿Qué otro sentido tiene? —Marcos insistió.
Adrián se sentó, contrariado por las palabras de Marcos.
—Puede que por eso supiera dónde estabas. ¿No estáis de acuerdo? Es lo único que se me ocurre para explicar que Joaquín guardara silencio. Además, tiene coherencia con la pista de que huíais de la policía.
Irene levantó las cejas.
—Puede que fuera uno de los motivos por los que se tomaron tantas molestias contigo. Piensa un poco, iban incluso a tu casa para que te tranquilizaras. Nos vendría muy bien que recordaras algo más —dijo Adrián ante la desesperación.
—Ojalá pudiera darle a un botón, pero esto no funciona así. —Suspiró mirando al suelo.
El silencio se instaló en el salón. Los agentes pensaban que habían llegado a la última casilla. No podían continuar sin la colaboración de Joaquín. Era el único que sabía la verdad, pero también tomó la decisión de no hablar desde hacía años.
—Hay que hablar con el comisario. No hay más opciones —confesó Adrián.
—¿Para qué nos mienta? —recriminó Irene.
—No, para decirle que sabemos que Samuel estuvo allí.
—A ver, tranquilidad. Sí estuvo allí, eso ya lo sabemos, pero lo que no sabemos es quién perseguía a Inmaculada.
—Se detuvo unos segundos—. Mirad, no es que yo defienda a Joaquín, pero te ha protegido todos estos años.
Ha cuidado de ti. ¿Lo ha hecho mal ocultando cosas?
Sí, pero eso no le resta todo lo demás. Irene, eres policía por él —dijo Marcos, que no quería creer que estaba involucrado en el secuestro.
—¿A dónde quieres llegar? —Adrián estaba nervioso y no podía pensar con claridad. Ver a Irene rota le afectaba.
—Alguien quería matar a Inmaculada, y aunque no se ve la cara en el vídeo, sabemos que ese hombre de la gorra no era Joaquín, ¿no es así? —Marcos miró a Irene, que asintió.
—La inspectora sigue en peligro, ¿no? —resumió Adrián.
—Exacto. Así que vamos a centrarnos en lo importante —recalcó Marcos.
Irene cogió la taza entre las manos sin hablar.
—¿Y por dónde empezamos? —preguntó Adrián.
—Por lo único que tenemos, los expedientes —resolvió con un encogimiento de hombros.
Adrián los miró con los músculos contraídos.
—¿Qué pasa ahora? —Marcos se echó hacia atrás, dejando patente su desagrado con los obstáculos que estaban teniendo.
—He revisado el expediente que tenemos de las niñas, pero está incompleto. ¿No lo sabías? —Adrián miró a Irene.
—Sí, pero Joaquín me dijo que lo demás no sabía dónde estaba, que se habría perdido —se encogió de hombros.
Marcos suspiró profundamente. El aire estaba cargado por la cantidad de inconvenientes y secretos que había alrededor del caso del secuestro.
—Otra vez, volvemos a Joaquín —bufó Adrián—. Tenemos que hablar con él.
—¿Crees que fue él quien me secuestró y planeó todo? —dijo Irene.
—No, creo que la verdad es más dolorosa. Y también creo que la conclusión que sacaste de que el secuestrador era un policía por la información que tenía de las niñas es porque Samuel lo era y no sabías que existía —añadió Adrián—. Lo único que han provocado las mentiras es ensuciar más la verdad.
Irene se secó las lágrimas incipientes.
—Voy a hablar con Joaquín. Tengo que hacerlo. Si durante todos estos años he confiado en él ciegamente, no tengo que dejar de hacerlo ahora. Lo que me ha demostrado todos estos años es real, no una suposición —alegó Irene con la mano en la cabeza y la mirada en sus compañeros.
—¿Sola? —Se interesó Marcos.
—Por supuesto. Durante muchos años, hemos sido él y yo contra el mundo. Así que, al menos, le debo el beneficio de la duda. Si lo ocultó, debió de ser por una buena razón —Irene se levantó.
—¿Ahora? —preguntó atónito Adrián.
—No, lo haré mañana. Pero primero quiero pensar qué le voy a decir.
Irene miró por la ventana. Era de noche.
—Te acompaño —se ofreció Marcos.
—No, de eso nada. Estoy preparada para hacerlo. He sobrevivido a algo mucho peor. —Sonrió al coger el bolso—. No me sigáis, por favor.
—Pero, Irene, así, de golpe, es un poco precipitado, ¿no crees?
—¿De golpe? Todos me habéis estado ayudando estos meses, y creo que el empujón que me faltaba me lo ha dado Begoña hoy con la confesión de Inmaculada.
Aún no lo recuerdo, pero siento en mi interior que hice algo aquel día para salir de allí —dijo Irene al caminar hacia la puerta con una valentía que nunca había sentido antes.
Marcos y Adrián se quedaron en silencio, mirando cómo la inspectora se marchaba sola y de noche.
«Irene, no lo hagas», pensó la inspectora al llegar a la calle. El aire le rozó las mejillas sonrojadas por el llanto. Se concentró en cada uno de sus pasos. Si una vez fue valiente para escapar, esta vez no iba a detenerse.