Capítulo 19
La trabajadora social con la que hablaron había movido varios hilos para ayudarlos en la investigación.
En un par de llamadas consiguió el nombre de la mejor amiga de Inmaculada en el centro de menores.
Su nombre era Begoña Rey. Trabajaba en una residencia de ancianos en Madrid.
Así que los inspectores concretaron con ella una cita después de su jornada laboral.
Irene fue a buscar a Marcos a casa para que no se tuviera que llevar el coche.
Subió a casa para ver a Nieves y a Bruno.
Así, de paso, también conoció a la madre de Nieves.
No lo hizo porque tuviera un especial interés, pero sintió que se lo debía a Marcos, ya que siempre estaba ahí cuando lo necesitaba.
Se había convertido en una especie de hermano de manera natural y sin forzarlo.
Cuando llegaron a la residencia, no vieron a nadie en la puerta.
Así que esperaron dentro del vehículo hasta que bajara.
No querían quedarse plantados en la entrada y que Begoña se sintiera intimidada por la presencia de la policía.
No querían malentendidos ni provocar habladurías en el centro.
Sabían que conseguirían más información si se mostraban amables con ella desde el principio.
—¿Qué vas a hacer? —Rompió el silencio.
—¿De qué? —dijo Irene con el codo apoyado en la ventanilla mientras observaba la entrada de la residencia.
—Venga, Irene, no seas desagradable. Ya sabes a lo que me refiero —respondió Marcos con prudencia.
—No lo sé, es lo único que te puedo decir.
—No me creo que no hayas pensado nada —recriminó.
Irene giró el cuello para mirarle a la cara.
—Estoy muy confusa y desorientada. Esa es la verdad.
Cuando apareció el caso Miret y la existencia de Samuel, me quedé a cuadros, y después de hablar con Joaquín lo dejé pasar, pero ha vuelto.
No solo el nombre de Samuel, sino que estaba en la investigación de mi secuestro…
—Abrió la puerta del coche—. Vamos, está ahí.
Marcos salió también del coche.
—No pienses que te vas a librar. He quedado con Adrián. Tenemos que cerrar esto de una vez.
—Déjame que lo piense, no quiero precipitarme ni acusar a nadie de nada. Joaquín me dijo que dejara el tema la primera vez y puede que tuviera razón —sintetizó sin dejar de andar.
—Esto ya no tiene marcha atrás, Irene.
—Lo sé, ¿y qué queréis que haga?
—No lo sé.
—Estoy cansada, Marcos. Parece que todo depende de mis decisiones y no creo que sea una persona capacitada para decidir el rumbo de los casos. Es lo que siento. —Se paró.
Marcos la agarró por el brazo a escasos metros de llegar donde Begoña esperaba.
—Eso no es verdad.
—Sé que lo piensas, pero como eres una persona educada no lo dices.
—¡Pero qué tontería estás diciendo! La gente no llega a inspectora porque sí, llega porque merece estar ahí.
Y tú has llegado pese a todo. Así que sí que estás capacitada.
—Cogió aire—. Vamos a llegar al fondo de esto.
Además, no me creo que no hayas recordado nada más.
—La miró completamente concentrado en su reacción. Quería saber la verdad.
Irene bajó la mirada.
—Marcos, las cosas que recuerdo no sé si son reales o son fruto de mi imaginación o simplemente sueños de una persona traumatizada por un pasado que no recuerda. No lo sé. —Suspiró de manera sonora.
—Vale, estate tranquila. Luego hablamos.
—De acuerdo. —Asintió con una sonrisa para no preocupar a su compañero más de la cuenta.
Anduvieron hasta la puerta donde Begoña los esperaba.
—¿Los inspectores? —preguntó para estar segura.
—Sí, soy Irene Vega y este es mi compañero Marcos Bernal —dijo estirando la mano.
Se saludaron de manera cordial y sin expresiones que transmitieran lo que pensaban de esa reunión.
—¿Quieren que vayamos a un bar para hablar tranquilamente? —sugirió Begoña.
—Claro, donde usted se sienta más cómoda —confirmó Irene con tono amable.
—Vamos a un bar cerca de aquí. No suele haber mucha gente y podremos hablar —dijo Begoña.
Fueron hacia el bar que les indicó, hablando de banalidades para romper el hielo. Como siempre, el tema de conversación preferido era el tiempo y el frío que hacía. No entrarían en materia hasta que se sentaran y tuvieran el café en la mesa.
Marcos fue el que se acercó a la barra para pedir, mientras Irene se encargó de hacerse la simpática hasta que volvió con los cafés. Cuando trajo el tercero y se sentó, Irene cambió de tema con naturalidad para que Begoña no sintiera que antes solo estaba fingiendo simpatía.
—Sabe por qué estamos aquí, ¿no? —dijo al fin la inspectora.
—Claro, por la muerte de Inmaculada. Me han dicho que fue un accidente. Así que no entiendo muy bien qué es lo que está pasando. —El tono de Begoña era desconfiado por naturaleza.
—Entendemos su razonamiento, pero Inmaculada fue víctima de un secuestro hace años. Su nombre real era Lucía Rosales. ¿No se lo dijo nunca? —preguntó Marcos con los ojos entrecerrados.
Begoña negó.
—¿Mantenían la relación en la actualidad? —preguntó Irene con las esperanzas puestas en el interrogatorio.
—No sé qué responderle a eso, la verdad.
Inma llamaba cuando le interesaba. —Miró el café en silencio—.
A ver, no quiero que malinterpreten mis palabras.
No quiero decir que fuera una persona interesada porque no lo era, pero aparecía y desaparecía.
La conocía desde hacía muchos años, pero siempre tuve la sensación de que nunca lo hice del todo.
Era una persona misteriosa y desconfiada.
—¿Qué es lo que quiere decir? —intervino Marcos.
—Siempre parecía que ocultaba algo. —Begoña se acomodó en la silla.
Se notaba que la conversación le incomodaba y no quería hablar más de la cuenta—.
Miren, terminar en un centro de acogida no es ningún lujo y no es nada que mole, como los jóvenes se piensan.
Cuando estás ahí, es porque estás completamente sola en la vida.
Nadie se preocupa por ti. Esa es la cruda realidad.
La gente con padres siempre tiene un sitio donde volver.
Mientras tienes padres, tienes amor. Nosotras no tuvimos eso.
Al menos, yo. Y aún menos, Inmaculada. Era la chica rara del centro.
La gente se reía de ella porque no hablaba.
Yo era algo mayor que ella y entré varios años antes.
Me dio tanta pena… —dijo al llevarse las manos hacia el corazón—.
Lloraba todas las noches. Aún recuerdo cómo se encogía para dormir. —Negó con la cabeza antes de callarse.
—¿Recuerda algo de esa época? ¿No le dijo nada de nada? —Irene no comprendía la reacción de Inmaculada, la decisión de no hablar.
—No, ni siquiera sabía que la habían secuestrado. Ella nunca hablaba de nada que no quisiera hablar. Quizás, es mi opinión, fue su manera de protegerse. Tenía miedo a los policías de una manera desproporcionada. Es de lo único que me acuerdo.
—Eso puede tener una explicación —concluyó Irene, que estaba segura de que quien la secuestró era un policía—. ¿No recuerda nada más?
—No. Ya les digo que en esa época no decía nada. Empezó a hablar a los meses. Pero nada del pasado. Se centró en el presente y en salir de allí. Lo único malo es que cuando estás en una situación tan precaria te sueles agarrar a un clavo ardiendo, y es lo que hizo. Ya me entienden. —Bebió del café.
Marcos miró a Irene, que tenía la misma cara que él. Así que se decidió a indagar más sobre la vida presente de Inmaculada.
—No lo entiendo —dijo Marcos entornando los ojos.
—Tuvo un novio que podríamos decir que no la trataba muy bien, pero supongo que, como le prometía que iban a ser felices, aguantó lo que pudo con él.
Después todo se complicó aún más. —Hizo un silencio—.
La vida te sorprende. Cuando crees que nada te puede ir peor, la vida te da una vuelta más de tuerca.
Es increíble. Tuvo mala suerte. No sé si buscada o no, pero merecida seguro que no.
—¿Lo puede explicar mejor? No tenemos mucha información acerca de su vida anterior.
Le asignaron el nombre y entró en el sistema.
A partir de ahí, solo conocemos que estuvo en el centro de menores.
Pero necesitamos entender dónde estuvo estos años y por qué alguien la perseguía.
—La desesperación de Irene cada vez se notaba más a lo largo de la conversación—.
Sabemos que escapaba de alguien, por eso cruzó la carretera sin mirar.
Necesitamos su ayuda —rogó con los ojos.
—Su novio era un tipo violento y controlador.
Quería tenerla tan controlada para que no se la quitaran, que Inmaculada no pudo escapar.
Cuando se dio cuenta de cómo era, fue demasiado tarde.
Lo denunció varias veces porque la perseguía.
Puede que fuera de quien huyera. No lo sé. —Begoña jugaba con la cucharilla.
—¿Y no recuerda el nombre del novio?
—Sí, se llamaba Ramón. Lo que no recuerdo es el apellido. Puede que estén buscando en el sitio equivocado. Ya que su vida era un desastre —susurró con miedo—. Inmaculada ocultaba algo, no sé lo oscuro que era, pero a pesar de los años la seguía atormentando por las noches.
Los inspectores se miraron. Las divagaciones de Begoña eran confusas. Les daba a entender que sabía de lo que hablaba, pero no llegaba a concretar nada.
—Necesitamos su ayuda. Si sabe algo, es importante que nos lo diga —insistió Irene de nuevo.
—Begoña, no solo la secuestraron a ella, hubo más niñas. Puede que la persona que lo hizo esté buscando nuevas víctimas —explicó el inspector, cansado de que no dijera nada útil. Estaba convencido de que era más importante lo que callaba.
La mujer respiró por la nariz, despacio, sin prisa. Evaluó durante varios segundos lo que iba a decir hasta que tomó la decisión.
—Está bien. No sé mucho, pero sí estuve con ella desde el día que llegó.
No podía dormir sola. —Sonrió con cariño.
Era la primera vez que se veía lo que sentía por Inmaculada—.
Dormía con ella en la misma cama hasta que se quedaba dormida.
Se tocaba los lunares de la muñeca hasta que el cansancio la vencía.
Fui la única que aguantaba dormir con ella, ya que no dejaba de tararear una canción.
Begoña tarareó aquella pequeña melodía con los ojos acuosos. Irene se quedó paralizada. La reconoció enseguida y terminó la canción a la vez que Begoña, que se quedó blanca.
—Reconozco esa canción. Es la misma que cantaba yo para quedarme dormida. —Tragó saliva con un sudor frío recorriendo su cuerpo.
El cuerpo de Irene empezó a hiperventilar. Aquella canción le había removido algo por dentro que no sabía explicar. Un destello de ansiedad se estaba colando en su interior.
Begoña la miraba con los ojos bien abiertos.
Sintió la garganta seca, el café no le había quitado la sed.
Sacó una pequeña botella de agua que tenía en el bolso.
Marcos estaba totalmente desconcertado. No sabía cómo reaccionar.
Miró a Irene sin parpadear. Sabía que aquello no era una coincidencia y que un recuerdo se había desbloqueado en el cerebro de su compañera.
—Hay otra cosa de la que me acuerdo perfectamente —interrumpió Begoña, aún con el rostro blanquecino. Su mirada estaba clavada en los ojos de Irene.
—¿Qué? —respondió rápidamente Marcos con el corazón en un puño.
—Inmaculada tenía pesadillas casi todas las noches. Y había una frase que no dejaba de repetir. —Volvió a tragar saliva antes de hablar—. «Irene, no lo hagas». El nombre de Irene aparecía todas las noches. —Los ojos de Begoña estaban al punto del llanto—. Esa Irene eres tú, ¿verdad?
Irene asintió. Se tapó la cara con ambas manos y empezó a llorar.