Capítulo 18
Joaquín llegó demasiado pronto. Lo supo cuando apagó el motor.
El silencio del coche le cayó encima como una losa.
Miró la hora, aunque ya la sabía. Siempre pasaba lo mismo cuando iba a la casa de Samuel.
Prefirió esperar unos segundos en el coche antes de llamar.
Necesitaba relajarse y ordenar lo que tenía que decirle a Mónica, la viuda de Samuel.
Siempre se llevó bien con ella. No era la primera vez que iba a verla.
Lo hacía de vez en cuando. Desde que su compañero murió, se sintió con la obligación de asegurarse de que estaban bien y no les faltaba de nada.
Se quedó sentado, con las manos apoyadas en el volante. El temblor no se le iba. No era ansiedad, era algo más profundo y doloroso. Una corazonada que llevaba dormida tanto tiempo que ya no sabía si alguna vez fue real. Ahora la certeza gritaba y no podía hacerla callar como antes.
Había ido las suficientes veces como para que el trayecto no fuera extraño.
Las visitas eran de cortesía. Solo quería saber si estaban bien.
Pero esta vez no era así. En el rellano, se quitó la chaqueta.
El calor le subía por los nervios. Hacía años que no sentía esa sensación de incomodidad e inseguridad.
Pensó en Samuel. Pero no en el Samuel del final, sino en su compañero del principio.
En el Samuel constante, alegre, hablador y, sobre todo, en el que no se rendía hasta saber la verdad.
«Te he fallado, compañero», pensó una vez más con un gran dolor en el corazón.
Llamó de nuevo y esperó.
La cara sonriente y amable de Mónica apareció. Estiró aún más la comisura de los labios para darle un abrazo sincero.
—¡Qué alegría verte, Joaquín! —exclamó mientras le seguía abrazando.
—Lo mismo digo. —La apretó fuerte.
Se separaron. Mónica le cogió del brazo y tiró de él hacia el interior.
—Pasa, hombre, pasa. No te esperaba tan pronto. La última vez que viniste no fue hace mucho. ¿Ha pasado algo malo? —preguntó indecisa.
—No lo sé, en mi trabajo siempre pasan cosas malas. Así que no sé cuál es la respuesta correcta —contestó de pie detrás de Mónica.
Entraron en el salón. El inspector repasó la decoración con detenimiento. Solo había cambiado un par de adornos con mal gusto. El resto eran fotos de los momentos importantes de sus hijas, como cumpleaños y graduaciones.
—Siéntate. ¿Te preparo algo? —ofreció Mónica.
—Un café, si es posible.
—Claro, ¿con leche como siempre?
Joaquín sonrió y asintió. Mónica desapareció para ir a la cocina. El comisario miró el móvil para ponerlo sin sonido mientras estaba allí. No quería que nadie le interrumpiera durante la conversación.
Mónica volvió con una bandeja y los cafés con leche ya preparados. Había un pequeño plato con unas pastas que sabían que eran las preferidas de Joaquín porque también lo eran de su marido. El comisario sonrió al verlas.
—He venido porque tenía que hablar contigo —comenzó a decir Joaquín con la taza entre las manos—. Supongo que te habrás enterado, ¿no?
—Sí, Jano me lo ha dicho. Se preocupó mucho por nosotras después de la muerte de Samuel. —Hizo un inciso para respirar y tranquilizarse—. Sabía que vendrías en algún momento. Pero, si te digo la verdad, no pensé que tardarías tanto después de lo que ha ocurrido.
—Ya, bueno. —Se pasó la mano por el pelo varias veces con nerviosismo. Mónica le conocía mejor de lo que pensaba.
—Joaquín —se acercó hacia él, colocándose al borde del sofá—, puedes preguntarme lo que quieras, de verdad.
Han pasado muchos años y ya no soy esa mujer que se rompía con solo oír su nombre.
No me malinterpretes, le sigo queriendo y le echo muchísimo de menos, pero he aprendido a sobrevivir sin él.
Es lo mínimo que puedo hacer por mis hijas.
—Te entiendo. —Se sonrojó levemente—. La chica era Lucía Rosales, le cambiaron el nombre.
Me encantaría hablar con Samuel y decirle que no se confundía, que tenía razón…
—Contuvo sus emociones como pudo. Con Mónica era con la única persona con la que sentía que podía ser él mismo, no hacía falta aparentar ser el comisario fuerte y responsable.
—No te puedes castigar por eso durante más tiempo. En ese momento, bueno, pues pasó y ya está. —Los ojos de Mónica eran sinceros—. Me alegro, al menos, de saber que vivió. Puede que no lo hiciera de la manera que ella quería, pero fue la que eligió. Samuel no tuvo esa suerte.
Joaquín se frotaba las manos sin poder mirar a Mónica más de unos pocos segundos seguidos.
—Por favor, siéntete con la libertad de hablar conmigo. —Hizo una pausa para que Joaquín hablara, pero no lo hizo—. Por favor, Joaquín, dímelo. Es por Irene. ¿Está bien?
Negó con la cabeza.
—Los recuerdos han vuelto, ¿no?
—Solo los primeros, según Patricia, irán regresando poco a poco.
Así que entiendo que, aunque aún no los comprenda, llegará un momento en que unirá las piezas.
Puede que el final no sea el que ella quiera, pero no se puede evitar.
Creo que ya no puedo apartarla del camino del dolor porque va a ser el único que la cure.
—Es lo más probable. ¿Y bien?
—Samuel se traía los expedientes a casa. El expediente del secuestro está incompleto. Lo he leído y falta documentación. La única explicación es que esté aquí. La necesito, Mónica —dijo casi en un ruego.
Asintió con una sonrisa amable.
—Siempre estuvo aquí, Joaquín. Solo estaba esperando a que quisieras verla. Pero ¿me puedes prometer una cosa?
—¿Qué? —Tragó saliva.
—¿Te vas a perdonar? Yo también me culpé durante muchos años, pero eso no nos ayuda a ninguno de los dos.
Quiero que pienses que lo que ocurrió fue porque cada uno toma sus decisiones y no podemos cambiarlas.
Lo intentamos. No fue posible, pero él ya no está y nosotros sí —explicó mientras una lágrima brotó de sus ojos.
Joaquín la miraba en silencio.
—¿Tienes el expediente, Mónica?
—Sí, voy a por él —contestó, asimilando que el silencio significaba que no se lo iba a perdonar.
Mónica volvió a los pocos minutos con una caja de tamaño mediano. La dejó encima de la mesa.
—Esto es todo lo que tenía en el despacho. Espero de corazón que todo lo que descubrió Samuel os ayude a lo que estáis buscando —deseó Mónica con la mano apoyada al lado de la caja.
—Lo que quiero es ayudar a Irene —se levantó.
—De acuerdo. —Miró al suelo—. Espero que también te ayudes a ti.
Joaquín se acercó a Mónica. La cogió por la barbilla y le dio un beso en la frente.
—Gracias. Eres una buena amiga —añadió cuando cogió la caja.
Sintió el peso de la documentación y, a la vez, los sentimientos enterrados al volver a casa de Samuel. Comenzó a andar por el pasillo con Mónica siguiendo sus pasos.