No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Adrián había bajado el brillo de la pantalla más de lo habitual. Aun así, la luz azulada se reflejaba en la pared. Miró dos veces hacia el pasillo antes de teclear el nombre, no porque estuviera prohibido, sino porque a esa hora aún había algunos compañeros.

La comisaría parecía más grande de noche.

Cada sonido rebotaba en el ambiente de manera distinta.

Había menos agentes, menos voces y menos ruidos.

El sonido de las teclas le pareció excesivo aquel silencio.

Apoyó el codo en la mesa para prepararse para lo que iba a encontrar en el expediente de Samuel Hernández.

Pensó en cerrar la pantalla, en dejarlo para el día siguiente, en no seguir…

Pero no podía. Quería descubrir qué era lo que ocurrió hace tantos años, pero, sobre todo, por qué todo el mundo se callaba y nadie volvió a hablar de él.

Era como si todos hubieran decidido olvidarle.

Respiró profundamente y soltó el aire despacio antes de pulsar la tecla final. Revisó que no hubiera nadie. Miró a sus espaldas. Pulsó.

La ficha apareció de golpe y llenó la pantalla.

Adrián no se movió. Ni siquiera parpadeó. Permaneció inmóvil unos segundos mirando la foto de Samuel. Tuvo la sensación absurda de que le decía algo a través de la mirada. El nudo en el estómago no tenía nombre, pero sí demasiado peso.

Entonces oyó una voz a su espalda. Cerró la ventana del ordenador de inmediato, pero era tarde.

—¿Por qué estás viendo la ficha de Samuel? —preguntó con tensión contenida Héctor Lozano.

—¿Qué haces aquí? —respondió con miedo en los ojos. La mala suerte le había encontrado.

—No has respondido a mi pregunta.

Lozano se acercó a la silla donde estaba Adrián.

—Curiosidad. No lo sé.

—Sí que lo sabes. Demasiados silencios y preguntas sin responder, ¿no es así?

Adrián bajó la mirada y apoyó la mano en el reposabrazos de la silla.

—Creo que sí.

Lozano se pasó la lengua por los labios. Acercó la silla vacía a Adrián y se sentó.

—Yo le conocía. Estaba aquí cuando ocurrió todo.

Fue la peor época de mi vida. Por eso me enfadé tanto cuando Irene comenzó a decir que uno de nosotros era su secuestrador.

Es una niñata consentida por Joaquín y, lo peor de todo, es que no sabe pararle los pies.

Remover aquello y acusarnos no tiene perdón de Dios —Lozano apretaba la mandíbula.

—Si no has tenido nada que ver, no tienes por qué enfadarte, ¿no? —Quiso dejar clara su postura.

—No lo entiendes, fue la peor época para todos los agentes que trabajábamos en ese momento en esta comisaría.

Hubo un secuestro de cinco niñas y solo una apareció.

Estuvimos noches enteras patrullando, registrando viviendas y vigilando a pederastas y asesinos de la zona.

—Alzó la voz de manera inconsciente sin dejar de apretar los puños—.

Así que no me digas cómo tenemos que reaccionar.

—Lo siento —dijo con sentimiento de culpabilidad.

—El colmo fue que no solo no encontramos a las demás niñas, sino que Samuel se suicidó a los pocos meses y Joaquín no lo superó.

La depresión por encontrar respuestas fue desmesurada.

Es como si hubiéramos perdido el pegamento que nos mantenía unidos —intentó explicar.

El tono era melancólico e incluso doloroso.

Adrián se había quedado sin palabras. No sabía qué decir para que no se derrumbara.

—Samuel se suicidó, o eso dijeron… No me lo creo, y Joaquín tampoco se lo creyó —confirmó con dureza.

—Pero lo investigó, no tiene sentido —dijo con los ojos entreabiertos.

Lozano hizo un ruido repleto de ironía.

—A veces la verdad es peor que una mentira. —Levantó las cejas.

—Todos decidimos callar por unanimidad. Recordar era demasiado doloroso.

La pérdida de un amigo sin saber el verdadero motivo nos hizo borrarlo para olvidar el dolor.

—Hizo un silencio incómodo—. Como le pasó a Irene.

El cerebro tomó la mejor decisión: olvidarlo.

Pero el precio que pagas es muy alto, porque, queramos o no, el trauma sigue ahí.

—No entiendo, Lozano —se cruzó de brazos con los ojos entrecerrados y la cabeza ladeada.

—Lo que hicimos nosotros es lo mismo que hizo ella. Olvidarnos de que existió, pero el trauma o el vacío que nos dejó… sigue aquí —señaló el corazón.

—¿No se suicidó?

Lozano se levantó.

—Eso nunca lo vamos a saber. Pregúntale a Irene qué es lo que pasó con Samuel.

Él estuvo en su rescate y la trajo con Joaquín.

Incluso estuvieron yendo tiempo después a su casa.

Irene no quería estar con su familia, huía de ellos.

Cuando alguien se acercaba… gritaba y peleaba, sintiendo el auténtico terror en sus ojos.

—¿Cómo Inmaculada?

—Sí, como Inmaculada. Pero Irene sí dijo su nombre. Si no lo hubiera dicho, nunca habrían sabido quién era. Tienes que entender que el psicópata que las secuestró las cambió tanto físicamente que no se las reconocía —confesó con palabras sombrías.

—Ahora entiendo la sucesión de los hechos, Lozano. Pero ¿y Samuel?, ¿qué pasó con él?

Se encogió de hombros, aún de pie.

—Eso creo que nunca lo sabremos. Joaquín se echa la culpa por no darse cuenta. —Resopló—. Pero creo que nunca la tuvo, solo que nunca supo la verdad.

—No te entiendo, ¿qué quieres decir? —indagó con el cambio de actitud de Lozano.

Desde que lo conocía, nunca se había mostrado empático ni como una persona con corazón.

Hoy, por primera vez, Adrián sintió que aquel caso no solo rompió a Irene, sino que dejó a los agentes destrozados.

En la misma época, tanto Joaquín como Irene sufrieron los peores golpes que la vida les iba a dar.

Para superar ese dolor, solo se tenían el uno al otro.

La unión se produjo en las peores de las circunstancias posibles.

—No le digas a nadie lo que te he dicho. —Lozano comenzó a andar para detenerse a los pocos metros—. Si dices que hemos hablado, negaré todo lo que te acabo de decir.

Adrián le miraba confundido. Lozano continuó andando hasta que la nueva intervención de Adrián le obligó a parar en seco.

—¿Por qué nos quieres ayudar?

El silencio continuó unos segundos. Sin embargo, Lozano no se giró.

—La comisaría necesita saber la verdad para poder empezar a superarlo —concluyó con gran convicción en sus palabras.

Lozano retomó su camino hasta que desapareció por la puerta del rellano. Adrián entendió que, si hablar de Samuel incomodaba, era porque había escogido el camino correcto.

Volvió a buscar el expediente del inspector Hernández y le hizo una foto con el móvil.

—No pararé hasta saber qué te pasó —murmuró sin dejar de mirar la fotografía.