No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Irene se fue a casa ensimismada en la investigación.

Estaba anocheciendo cuando llegó. Había dado un pequeño paseo por el barrio antes de entrar en casa.

Llevaba varios meses en casa de Elia y no le gustaba ser una molestia.

El único momento que tenían su hermana y Juan para estar a solas era por la noche.

Así que siempre solía retrasarse un poco en subir.

Intentaba aguantar caminando lo máximo posible antes de que anocheciera del todo.

Cuando llegó, cerró despacio para no interrumpirlos con su presencia.

Aunque sabía que la estarían esperando. Desde que se instaló con ellos, se habían convertido en padres improvisados.

Escuchó el murmullo de una conversación y el sonido de los cubiertos.

Decidió asomarse por la puerta del salón.

Elia llevaba el pelo recogido en una coleta de cualquier manera y una camiseta vieja que Irene le había visto cientos de veces.

Se la compró hace años para salir a la calle, pero se había convertido en la parte de arriba de un pijama desparejado.

A Elia le encantaba aquella camiseta porque le recordaba al día que fueron a comprarla solas.

Era una de las primeras veces que su madre las dejó ir sin acompañarlas.

Elia sonrió al verla.

—¿Qué tal? —preguntó sin dejar de mirarla—. ¿Cómo te ha ido el día? Espero que hayáis avanzado en la investigación.

Irene dejó el bolso sobre el mueble de la entrada y se encogió de hombros.

—Lo normal —dijo sin mucho ánimo—. ¿Ya estás preparando la cena?

—Sí, pero queda un poco.

Juan apareció por detrás. Le dio con el dedo índice en la espalda a Irene para que se girara. Era un gesto que le hacía siempre. En cuanto sentía el dedo, sabía que era él.

—Vente conmigo. —Le dijo a Irene cogiendo las llaves—. Hay que ir a por pan. Así seguimos con nuestros paseos nocturnos. ¿Te parece bien?

—¡Claro! —dijo contenta.

Juan salía con ella casi todas las noches para que se fuera acostumbrando y perdiera el miedo.

No lo había conseguido, pero al menos ya podía salir por la noche acompañada sin que el miedo la paralizara.

El sentimiento de que le iba a pasar algo había ido disminuyendo, pero aún quedaba trabajo por hacer.

Elia los miró a los dos, expectante.

—Os espero aquí, que no me apetece vestirme.

—No tardaremos. Solo vamos a por el pan y volvemos —confirmó Juan con el abrigo puesto.

Irene y Juan caminaban juntos. Hacía frío y tenían las manos en los bolsillos.

—Creo que has mejorado. ¿No te parece?

—Psé.

—Tú siempre tan negativa como de costumbre. Podías empezar a ir tú sola a comprar. ¿No te ves preparada? —dijo Juan mirando hacia delante.

—No, de momento no. Bueno, aunque podíamos probar un día —cambió de opinión. Puede que fuera buena idea.

Juan se había tomado muchas molestias en intentar que Irene no se sintiera sola. La relación entre ellos había mejorado desde que se mudó con ellos.

—No quiero que pienses que es porque me molestas ni mucho menos. Me has hecho hasta ser más responsable —dijo con guasa.

—Es un martirio. Parece que soy vuestra hija adolescente. —El tono de pena era perceptible en sus palabras.

Juan sintió un pinchazo al verla así. Quería ayudarla, pero no sabía cómo hacerlo.

—Oye, no digas eso. Todo el mundo necesita ayuda. Además, a mí me encanta que estés con nosotros. —Miró al suelo.

Irene notó algo que no sabía explicar.

—¿Qué pasa? —Giró el cuello sin dejar de andar.

—Nada, no te preocupes.

—¿Qué pasa? —Quiso saber con rotundidad.

—Bueno, pues que Elia… —Se calló—. Mejor nada, no me quiero meter donde no me llaman.

Irene le cogió del brazo para que se detuviera.

—¿Qué es lo que pasa? Juan, por favor, dímelo. Te conozco y sé que no te pones así por nada.

Juan torció el gesto mientras se pensaba si decirlo o no.

—No sé, Irene. Es que yo pienso igual que tú —dijo sin aclarar la duda.

—No te entiendo.

Juan clavó la mirada en el suelo y movió uno de los pies para dar una pequeña patada a una piedra minúscula.

—Elia piensa que recordar te va a hacer daño, pero yo no estoy de acuerdo. Es mejor saber la verdad que vivir con un dolor que no sabes de dónde viene, ¿no?

—Sí. —Arrugó el ceño.

—No entiendo el motivo por el que se empeñan en no decirte qué pasó el día que te encontraron. Irene, no me quiero meter entre vosotras y no quiero que le digas nada a Elia, ¿vale?

—Claro, tranquilo. Puedes contarme lo que quieras.

—Elia sí se acuerda. Era unos años mayor que tú, los suficientes para ser ya una adolescente con uso de razón. De hecho, se acuerda perfectamente.

Los latidos de Irene empezaron a acelerarse.

—¿Qué recuerda?

—El día que te encontraron, ella también fue con tus padres a comisaría. Lo recuerda con horror. Te volviste loca al verlos. No querías irte con ellos de ninguna manera. Bueno, ni ese día ni los siguientes.

—Creo que no te entiendo.

Juan resopló.

—Cuando llegaron para recogerte, estabas allí con los dos policías. Elia al principio no los reconoció porque no iban con el uniforme. No entendía que te abrazaras a ellos y tuvieras miedo al resto de los policías.

—Te refieres a Joaquín y a Samuel.

—Sí, eso es. Solo querías estar con ellos.

Cuando llegaron contentos para verte y volver a casa como una familia, tus gritos y la forma en la que no soltabas a Joaquín los hicieron dudar.

Al principio no supo quiénes eran porque, como te he dicho, iban de paisano hasta que reconoció al de los ojos azules que iba a vuestra casa.

Irene se quedó paralizada por el cosquilleo que le recorría la espina dorsal.

—¿Samuel Hernández?

—No lo sé, yo no estaba allí y no sé cómo se llamaba, pero me suena que sí.

Lo importante de la historia no es eso, sino que Joaquín tenía que venir todos los días para verte y que comieras.

Ni siquiera dormías por las noches, solo gritabas entre sueños —relató al empezar de nuevo a andar.

No quería que Elia sospechara que se lo había contado.

—Pero no lo entiendo, Elia siempre cuenta que dormía conmigo en la cama. De hecho, tengo ese recuerdo.

—Sí, pero fue después. Las primeras semanas fueron muy duras. Elia lo pasó muy mal, no dejabas de rechazarlos.

—Ya, bueno, pero eso ya pasó.

—Lo sé, Irene, pero algo pasó en tu secuestro para que te comportaras así al principio, ¿entiendes? Nunca supieron qué fue lo que ocurrió, pero lo que sí que tienen claro es que lo mejor es que no lo recuerdes.

Irene tragó saliva sin dejar de mirar de soslayo a Juan, que hacía lo mismo.

—Ya. ¿Y por qué tú no lo piensas?

Se tomó unos segundos antes de responder.

—No lo sé, pero creo que, si hasta el momento no has mejorado, debe de ser por algo… Es decir, que si siempre haces lo mismo tendrás los mismos resultados, pero si los cambias… —Se detuvo de continuar hablando.

—Obtendrás resultados distintos. —Asintió—. Crees que para superar el trauma tengo que saber primero cuál es, ¿no es eso? —Le miró a los ojos.

La mirada de Juan era distinta. Se notaba cómo de verdad quería ayudarla.

Con el simple hecho de contar la historia se jugaba la confianza de Elia.

Llevaba años guardando con ahínco aquellos recuerdos tan dolorosos para ella, pero si hasta ese momento no había servido de nada guardar la verdad, era mejor que saliera a la luz.

—Creo que es la bala de la recámara, Irene. Sabes que te quiero como si fueras mi hermana, y por eso, con el corazón en la mano, te digo que es mejor saber una dura verdad que creer en una mentira. —Apretó los labios en la puerta de la tienda—. Es mejor conocer al monstruo con el que luchas.

—Tienes razón.

Irene notó cómo el estómago se le cerraba durante unos segundos. No fue de golpe, sino despacio y con dolor. Elia podía tener más información de la que había compartido con ella. Sin embargo, prefirió protegerla.

—No sé exactamente qué recuerda —añadió—. Nunca me lo ha contado del todo. No quiero que pienses que para ella no es doloroso porque sí que lo es. Pero hay detalles que repite como si se hubieran quedado grabados.

—¿Cómo que no me quisiera ir con ellos?

—Sí. Deberías hablar con Joaquín y con el de los ojos azules que dice tu hermana.

—Meditó unos segundos para realizar bien la pregunta con la que llevaba años queriendo saber la respuesta—.

Todo el mundo habla de Joaquín, pero ¿qué pasó con el otro policía que iba a vuestra casa, el de los ojos azules?

Irene sintió un aluvión de sentimientos en sus propios ojos.

Contuvo el llanto y se concentró en el frío de la noche.

Por primera vez, no tuvo miedo a la oscuridad.

No dejaba de pensar en Samuel y su mente dejó de darle valor a la noche.

No importaba el momento del día ni dónde estaba, lo único que tenía sentido es que el inspector Hernández formó parte de la investigación de su secuestro, de su vida y de su posterior recuperación.

—Se suicidó tiempo después.

Juan se quedó sin gesto en la cara, sin saber cómo seguir con aquella conversación. La pieza que parecía tener la clave de los traumas de Irene había sido retirada del tablero.