Capítulo 15
Adrián tenía ganas de hablar con Marcos. Necesitaba contarle lo que había dicho Salcedo para tomar una decisión. Solo confiaba en él. Por eso, al día siguiente fue a su casa directamente después de salir de comisaría.
Condujo unos minutos con la radio apagada para pensar mejor cómo decírselo a Marcos sin parecer un chismoso.
El ruido del motor le relajaba. Era como si estuviera en silencio.
Desde el día de la cafetería no había conseguido volver a pensar con claridad.
Solo tenía la sensación de que algo se había movido y todo había dejado de encajar correctamente.
Samuel también había formado parte de la investigación de los secuestros.
Era un secreto que todo el mundo conocía, pero del que nadie hablaba.
El agente pensó por unos segundos que no era un pacto de silencio, sino que simplemente no hablaban de Samuel por la forma en que murió y por el respeto que le tenían al comisario.
Puede que no hubiera nada oscuro que rascar.
Sin embargo, él no lo sentía del todo así.
Aparcó frente a la casa de Marcos cuando ya había oscurecido. Las luces de los pisos estaban encendidas, algunos con las cortinas corridas y otros no.
Llamó al timbre sin dejar de mover las piernas por los nervios.
Empujó la puerta y subió por las escaleras.
Se preparó mentalmente el discurso. Tenía la excusa de ir a ver al bebé, que también era cierto, por si se arrepentía en el último momento.
Marcos era un buen inspector y, si se lo contaba, podía implicarle en algo que él no había elegido.
—Hola, Adrián, ¿cómo que has venido tan tarde?
—Tengo que hablar contigo. Es importante —entró directamente.
Marcos miró hacia el rellano.
—Tiene que ser muy importante porque vienes solo —dedujo al cerrar la puerta.
—Es que lo es —dijo con pesadez.
—Vamos a sentarnos. —Comenzó a andar hacia el salón.
—¿Estás solo?
—Sí, se han ido a comprar para la cena. No tardarán en venir. —Se sentó—. ¿Qué pasa?
Adrián tenía los codos en las rodillas y se frotaba nervioso las manos.
—Me estás asustando. ¿Es algo malo?
—No, tranquilo. No es nada malo… bueno, creo —agitó la cabeza—. No, no lo es.
Marcos negó con la cabeza. Se echó hacia delante en el sofá, quedándose justo en el borde.
—Te escucho.
—Bueno, yo te lo cuento tal cual, y luego tú me dices qué te parece, ¿vale?
—De acuerdo —dijo con firmeza.
Adrián le relató la conversación que tuvieron con Salcedo lo más fiel a la realidad posible.
—¿Samuel? Pero ese hombre estaba en todos lados —dijo incrédulo.
—Ya, era el compañero de Joaquín, es normal. Pero que el comisario no le dijera nada nunca a Irene… es raro. ¿No crees?
—No sé, puede que le duela recordarlo —intentó buscar la lógica al comportamiento de Joaquín.
—¿En serio crees que es por eso?
—Yo qué sé —levantó los hombros.
—Vale, no lo sabemos, en eso estamos de acuerdo. Entonces, he pensado que podemos averiguarlo. —Se adelantó a que Marcos diera por zanjada la conversación—. ¿Y si sacamos los expedientes en los que trabajó el inspector Hernández?
Marcos sonrió con una negativa.
—No estáis pensando con claridad. Escúchame, Adrián, sé que lo haces por Irene, pero ¿no se os ha ocurrido pensar que ella está traumatizada y que el comisario solo quiso ahorrarle otro mal trago?
Según me cuentas, la rescataron y después ocurrió lo del caso Miret y, durante la investigación, se suicidó, ¿no?
—Sí.
—La acababan de rescatar y uno de los dos policías que la ayudó a escapar se suicida… para una niña que los veía como unos héroes es un poco doloroso, por no decir, mucho —sintetizó Marcos.
—Irene se puso blanca. No recordaba nada —matizó Adrián. Se pasó la mano por el pelo de manera inconsciente.
—Recordará. Lo he visto varias veces en víctimas de traumas infantiles. Cuando sale el primero, los demás van en cadena. —Su voz transmitía seguridad—. Me atrevería a decir que aquel recuerdo de Salcedo ha desatado alguno más.
Adrián dudó.
—Creo que debemos dejar que Joaquín haga lo que considere. He tenido mis dudas, de verdad. Pero creo que lo más prudente es esperar. Si empezamos a dudar de Joaquín y de lo que hace… nos vamos a perder en la desconfianza. ¿No crees?
—No lo sé. Me gustaría saber el motivo de tanto secretismo —dijo con incredulidad.
—¿Tenemos una foto de Samuel? —Quiso saber, cambiando de tema.
—No, pero podemos encontrarla en las bases de datos de la policía —aseguró Adrián.
—¿Sin dejar registro? —preguntó para estar seguro de que le había entendido.
—Bueno, eso hay que gestionarlo. Pero no hay nada imposible.
—Encontrar la foto es el primer paso —aseguró.
—De acuerdo. Empecemos por el principio. Gracias, Marcos, eres un colega.
Marcos sonrió satisfecho. Aunque en realidad no lo estaba. Si tenían que buscar una fotografía a escondidas de Joaquín, quizá el problema era más grave de lo quería admitir.