No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Irene dejó a Marcos en el portal. Intuía que quería volver a casa para estar con Bruno y Nieves.

Se le notaba que estaba contento por el nacimiento.

Sin embargo, Irene tenía en la cabeza la conversación que habían tenido hacía unas horas.

La única manera de concentrarse para pensar era estando sola.

Valoró la idea de ir a casa, pero Elia no dejaba de mirarla para comprobar que estaba bien.

No lo estaba, pero no quería preocuparla más de la cuenta.

Tenía pendiente ir a hablar con sus padres sobre las semanas del secuestro, pero le daba miedo descubrir que aún había más secretos.

Volvió a comisaría sin pensarlo. Condujo en modo automático hasta allí.

Buscó sitio lo más cerca posible por si se le hacía tarde.

No quería andar sola de noche. Estaba poniendo todo su esfuerzo en avanzar poco a poco, siguiendo los pequeños objetivos marcados.

No había tenido demasiado éxito y la situación no acompañaba.

Que alguien hubiera perseguido a Inmaculada le creaba más inseguridad de la que ya tenía antes.

Llegó a la sala que Joaquín les había asignado para trabajar en el caso.

Entró con la sensación de que le había estado ocultando información desde siempre.

El motivo debía ser tan importante como para guardar silencio durante años.

Encendió el portátil, se quitó el abrigo y lo colocó en el respaldo.

Se dejó caer en la silla para, acto seguido, cerrar los ojos hasta que escuchó la música de encendido del ordenador.

«¿Qué pista encontró Joaquín para llegar hasta la casa?», pensaba sin descanso.

Se levantó para coger el expediente. Sacó las fotos de las niñas secuestradas y las puso una al lado de otra.

Con la barbilla en la mano comenzó a mirarlas.

Una por una, y una y otra vez. Había algo en sus sonrisas, en sus ojos y en lo que transmitían que las hacía tener algo en común.

Había mirado aquellas fotos tantas veces que los rostros le resultaban familiares.

Formaban parte de sus recuerdos actuales, pero no de los antiguos, no de aquellos a los que intentaba acceder sin éxito.

Suspiró con los ojos cerrados para relajarse y examinar las fotos con otro punto de vista. Abrió los ojos despacio y las miró con detenimiento. Una por una.

—No tenían nada en común —susurró para sí misma—. Pero no puede ser. No fueron secuestros aleatorios ni aislados.

Irene se detuvo en Inmaculada varios segundos. Observó su pelo y su cara. Eran fotografías hechas antes de los secuestros que los padres facilitaron a la policía para realizar las labores de búsqueda. Momentos en los que eran felices, cuando aún pensaban que nunca les pasaría nada.

Se echó hacia atrás con ganas de llorar. Aquel expediente le recordaba el fracaso. En ese momento, se levantó para coger el expediente que le había traído Joaquín de la reunión con los policías que la encontraron. Sacó una de las fotos y la colocó al lado de la otra.

«El secuestrador le cortó el pelo como a un niño. No parecía la misma niña. Era imposible ayudarla sin saber su nombre», pensó Irene sin parpadear.

—¿Puede que le haya pasado lo mismo a las demás? —dijo acercándose las fotos con la mano.

Negó.

Era poco probable que las demás también hubieran tomado la decisión de no hablar. Comprobó las edades otra vez. Eran más mayores. La más pequeña era Inmaculada.

Un pequeño golpe sonó en la puerta. Era tan inesperado que Irene pegó un salto en la silla.

—¡Qué susto!

—Hola, Irene —saludó Salcedo—. Iba a hacer un descanso con Adrián y hemos pensado que podías venir al comedor con nosotros, ¿te apetece?

—No, gracias, Salcedo. Estoy cansada. Y bueno… —Levantó una de las carpetas.

—Venga, vamos. Ya te hemos cogido un café, así que no tienes excusa. Creo que te vendrá bien. Cuando se te oxigena el cerebro cambias de perspectiva —intentó convencerla.

Irene sonrió con cariño.

—Tienes razón. Me vendrá bien salir de estos papeles a los que tantas vueltas les he dado —arrastró la silla para levantarse.

Pensó que quizá le vendría bien sentarse un rato y escuchar voces conocidas.

Salcedo sonrió.

—Así se habla.

Irene guardó las fotos con cuidado, una encima de otra, y cerró la carpeta. No la devolvió al archivo. La dejó sobre la mesa como si no quisiera perderla de vista ni un segundo.

Enfilaron el pasillo hacia la cafetería sin dejar de hablar.

Irene no quería líos con Tomás, y menos aún habladurías.

Así que, después de la fatídica noche en la que se encontraron, dejó de ir a la cafetería.

La personalidad de Irene solía decantarse por la paz mental y enfrentarse a Tomás solo la distraía con tonterías que no la llevaban a ningún lado.

—Ya se ha ido —dijo Salcedo sin más.

—¿Tomás?

—Sí, lo digo porque sé que no te quieres encontrar con él. Es un tipo raro. Antes no era así, ¿sabes? Bueno, no del todo. Ya me entiendes —dijo sin hablar muy alto.

—Lo dudo —dijo irónica.

Salcedo soltó una carcajada. Cruzaron la puerta y se encontraron a Adrián con los tres cafés en una de las mesas más alejadas y en una esquina.

—Parece que me conoces mejor de lo que yo creía. —Le sorprendió la elección de la mesa. Ella siempre elegía las que estaban más alejadas de la puerta.

—Supongo que es normal después de tantos meses juntos, ¿no? —Le guiñó el ojo.

—Venga, siéntate —Salcedo le colocó el vaso enfrente.

—Gracias, chicos. Me hace ilusión que hayáis pensado en mí. Vaya tontería, ¿no?

—Para nada. Eres más sentimental de lo que dejas ver.

Pero a nosotros no nos engañas —respondió Salcedo tocándose una de las puntas del bigote—.

Recuerda que te conozco desde que eras pequeña, aunque no lo sepas.

—Sonrió al mover ligeramente la cabeza al recordarlo—.

Me acuerdo de los días que te traía tu madre para que vieras a Joaquín.

Cómo te tirabas a sus brazos —dijo con la cara sonriente.

—¿En serio? Tengo muy pocos recuerdos. Sí me acuerdo de que venía corriendo a verle, pero tampoco de que fueran tan frecuentes —dijo Irene con el vaso entre las manos.

—Sí que eran frecuentes. Te dejaba andar a tus anchas por la comisaría. Incluso nos hacías dibujos.

—¡Qué vergüenza! —Se tapó la cara sin dejar de reír.

Adrián escuchaba atento y feliz de ver a Irene sonreír después de tanto tiempo.

—Ay, Irene. —Suspiró Salcedo—. No empezaste con buen pie, pero hay que reconocer que si aquello hizo que te hicieras policía, valió la pena. Te trajeron tan sucia y tiritando… Lo único que hacías era soltar a uno para agarrarte a otro.

—¿Cómo que me soltaba de uno para agarrarme a otro? No te entiendo —entrecerró los ojos con extrañeza.

—Cuando Joaquín te dejó aquí con la manta, te pusiste a chillar hasta que Samuel le sustituyó y te agarraste a su cuello. A mí me parecías una niña enternecedora. No me extraña que no pararan de buscarte —recapacitó—. Bueno, y a las demás, claro.

—¿Has dicho Samuel? —intervino Adrián al ver la reacción de Irene.

Se quedó paralizada al escuchar el nombre de Samuel.

—Sí, el compañero de Joaquín. Ya sabéis, el que se suicidó durante el caso Miret. —Parpadeó sin entender la pregunta—. Fueron los últimos dos casos que pasaron por sus manos antes de… ya sabéis. —Bebió un sorbo de café.

—Samuel Hernández —dijo Irene. Necesitaba decirlo en alto.

—Sí, eso es. Era muy buen policía, pero aún era mejor persona. Se volcó en la búsqueda de esas niñas de una manera desproporcionada. Fue hace años, pero creo recordar que fue la época en la que nació una de sus niñas y esos secuestros fueron demasiado para él.

—No siempre se superan. Es un trabajo duro.

La gente piensa que no nos importan los casos, pero sí lo hacen.

Las muertes pesan más que cualquier otra cosa.

Hay que estar hecho de una pasta especial para seguir viendo el interior de personas tan deplorables y no romperte por dentro —divagó Adrián en voz alta.

—Samuel no lo soportó —añadió Salcedo negando con la cabeza.

Irene miró la hora. Adrián notó cómo el nombre del inspector Hernández había hecho palidecer a Irene.

—Me voy. No quiero llegar tarde a casa. Ya sabéis el motivo, así que no os lo toméis como algo personal. —Le pasó la mano por la espalda a Salcedo—. Gracias. Otro día repetimos, ¿vale?

—Cuando quieras. Yo suelo parar por este sitio todos los días. —Le guiñó el ojo.

Irene sonrió y se levantó.

—Espera, Irene, te acompaño al coche.

—No hace falta, de verdad.

Adrián miró por la ventana para comprobar que era de noche.

—Sí que hace falta. —Se levantó y se colocó a su lado—. Vamos. Así también me voy yo para casa.

El agente ahuecó el brazo para que Irene se agarrara.

—Adiós, Salcedo —giró el cuello con una sonrisa.

—Hasta mañana, chicos.