Capítulo 13
Habían pasado varios días desde el accidente cuando Irene volvió a esa calle.
Eduardo había dado detalles de lo ocurrido y los inspectores decidieron que había llegado la hora de comprobar si podían conseguir información útil al visitar la zona.
No era una visita impulsiva, sino necesaria para reconstruir los hechos.
El tráfico había recuperado su ritmo después de los atascos de primera hora de la mañana.
Los coches aparcaban sin prestar atención y la gente caminaba ensimismada.
Había una parada de autobús cercana al lugar del accidente.
Puede que alguno de los pasajeros que estuviera esperando en la parada viera algo.
Esperaba que en el atestado hubiera algún testigo, pero no era lo normal.
A la gente no le gustaba hablar con la policía, aunque fuera importante para la investigación.
Cuando Irene llegó, Marcos ya la estaba esperando.
Había aparcado en la parte más lejana del parque para caminar.
Quería ver la zona e intentaría descubrir el motivo por el que Inmaculada estaba ahí y, sobre todo, si era una calle por la que pasara habitualmente.
El inspector estaba esperando, encogido de frío, en una de las esquinas.
Miraba hacia la calzada para intentar reconstruir mentalmente lo ocurrido.
Llevaba varios días insistiendo en acompañarla y, esta vez, Irene no se había negado.
Le gustaba hablar con él. No se sentía juzgada.
Se encontraba cómoda hablando sin tapujos.
—Gracias por acompañarme. —Le dio un abrazo.
—Gracias a ti por dejarme hacerlo. Pues ya estamos en la calle en la que ocurrió todo. ¿Habías pensado algo en concreto? —preguntó sabiendo la respuesta.
—Espero que haya alguna cámara para ver la cara de la persona que la seguía.
—¿Crees que será el mismo que os secuestró?
—No lo sé —dudó—. Hay días en los que estoy convencida y otros en los que creo que solo intento darle sentido a todo esto —se quejó.
—Te entiendo… —No terminó de hablar e Irene se dio cuenta.
Marcos miraba la calle con atención, intentando evitar que le preguntara. No quería contarle lo que realmente pensaba. A veces era mejor estar callado.
—¿Qué pasa? ¿Qué es lo que no me dices? —Irene preguntó con el gesto contenido.
—Nada, nada. Era una tontería. —Hizo un gesto con la mano para restarle importancia.
—Marcos, por favor —rogó al cogerle del brazo para que la mirara.
—Nada, Irene, es una tontería.
—¿Marcos?
—Ay, no sé, Irene, es que a veces tengo la sensación de que Joaquín se calla más de lo que dice. Ya pasó en el caso Miret. Es solo una corazonada, pero tú le conoces mejor. Así que, si a ti te parece bien, a mí también. —Esbozó una falsa sonrisa.
Le tiró del brazo.
—Yo también lo creo. —Miró al suelo—. Pero ¿el qué?
Marcos movía las piernas para entrar en calor.
—¿Sabes por qué a ti sí te encontró? Quiero decir, qué pistas fueron las que le llevaron hasta ti… Es muy raro. —Puso cara de incomprensión—. Solo te encontró a ti.
—Ya —respondió pensativa—. Estoy segura de que Inmaculada estaba conmigo, pero no tiene lógica, ya que si fuera así, a ella también la hubieran rescatado. —Asentía con la cabeza.
—¡Exacto!
El corazón de la inspectora comenzó a acelerarse. Marcos se sintió culpable de haber dicho aquellas palabras. La reacción de Irene era impredecible. Por eso, tomó rápido una decisión para que no le diera más vueltas.
—No es un sitio lógico para cruzar. —Miró la calle desde su posición—. Si salió corriendo desde ahí —señaló—, solo puede ser porque estaba huyendo, como dijo Eduardo, ¿no?
Irene asintió. No necesitaba que se lo dijera, pero escuchar la misma conclusión en voz ajena siempre reconfortaba.
—Vamos a andar en esa dirección.
Caminaron unos metros en dirección contraria, despacio, mirando a su alrededor. Irene observaba los edificios, las tiendas y la gente. Marcos hacía lo mismo, pero con una atención distinta, más práctica y menos contaminada por lo que sabía del caso.
—La madre de Nieves se queda esta semana en casa —dijo intentando hablar de otro tema—. Ha dicho que no le importaba, y así yo puedo ir a trabajar más tranquilo. Y la verdad es que sí. No estoy todo el rato preocupado porque sé que no está sola. Es un alivio cuando tienes a gente que te ayuda.
—Nieves también estará más tranquila con su madre. Seguro que incluso se habrá echado una cabezadita.
—Eso seguro.
—Te lo mereces, compañero. —Le dio un pequeño empujón con cariño sin dejar de andar.
El inspector sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba haciendo malabares para estar en dos sitios a la vez. Estaba contento de que su vida estuviera tranquila y de que Nieves fuera feliz. La llegada del bebé había sido una alegría inmensa para la familia.
Llegaron al bar que daba a la esquina de la calle.
Era el único local que podría haber grabado el accidente o a la persona que perseguía a Inmaculada.
Era un local antiguo, con el rótulo desfasado y varias mesas altas en la terraza.
Desde fuera no parecía gran cosa, pero Irene no se iba a dar por vencida.
Tenía que intentar conseguir alguna imagen.
—Vamos a probar —dijo al asomarse al interior.
—Como quieras.
Marcos entró el primero. Se frotaba las manos cuando buscaba al camarero, que salió a los pocos segundos de lo que parecía la cocina.
—Buenos días, ¿es el dueño? —preguntó con gesto apático.
—Sí, ¿por qué? —Desconfió con la mirada al observarlos de arriba abajo.
—Somos policías. —Marcos sacó la cartera con la placa.
—Hemos venido por el accidente que hubo el otro día. Creemos que esa cámara puede ayudarnos. ¿Apunta al exterior? —Irene señaló la cámara que tenía en el techo.
—Sí, pero no tiene tanto alcance. La tengo más bien por si me roban. Enfoca a la puerta y un poco a la carretera, pero prácticamente nada. No quiero ser negativo, pero no les va a servir —argumentó con las manos apoyadas en la barra.
—Vale, pero ¿podemos verlas igual? —preguntó Irene con simpatía.
—Si quieren —contestó sin ímpetu.
El dueño cogió el móvil que tenía en el bolsillo trasero del pantalón.
—Miren, esto es lo que se ve ahora mismo —les enseñó la pantalla para que comprobaran que era verdad.
Los inspectores se miraron con cierta decepción.
—Vamos a intentarlo igual. ¿No le importa?
—Claro que no. Día y hora —los miró para escribir los datos en el móvil y que vieran las imágenes.
Introdujo los datos y, después de varios segundos adelantando y retrocediendo el vídeo, sonrió.
—Aquí tienen. Solo se ve el culo del coche. Yo lo vi desde aquí, pero solo vi el móvil volando —dijo el dueño del local.
Los inspectores vieron lo que había dicho.
No se veía prácticamente nada. Sin embargo, tras esperar unos segundos y que el móvil saliera por los aires, aparecía el hombre con la gorra que Eduardo había confirmado.
Eran unos segundos, pero al menos quedaba confirmada la presencia de aquel tipo en la zona del accidente.
Irene sonrió.
—¿Han visto algo importante? —preguntó el señor, que había visto el vídeo y dudaba de que les hubiera sido útil.
—Bueno, algo. ¿Nos lo puede mandar?
—Sí, claro. Si me dicen los segundos exactos, se los puedo enviar ahora mismo —dijo colaborador.
—Perfecto. Y de paso nos tomamos un café.
—Muchísimas gracias.
Se hicieron gestos cómplices para que el dueño del local no sospechara nada. A los inspectores les dio la sensación de que tenía un carácter extrovertido y que cualquier comentario sería objeto de cotilleo con los clientes habituales.