No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

El entierro se fijó para primera hora de la mañana.

No por urgencia, sino por discreción. Los padres de Inmaculada no querían que fuera mucha gente, y menos aún que algún medio de comunicación se hiciera eco de la noticia para sacar provecho.

Ya no podían hacer nada, pero, al menos, le debían eso.

Joaquín se sentía en deuda. Por eso, había movido los hilos necesarios para que todo se resolviera rápido, sin ruido y sin exposición innecesaria.

La niña de seis años que fue secuestrada se merecía que su entierro fuera discreto y tuviera un lugar donde, por fin, descansar en paz.

Irene llegó antes que nadie. No le gustaba hacerlo cuando ya estaba todo el mundo.

Prefería observar cómo llegaban y los gestos que tenían a lo largo del funeral.

Pensó detenidamente si le haría bien ir, pero decidió que se lo debía.

No había recordado nada más, pero sí lo importante: que estuvieron juntas.

Incluso la noche anterior hizo un ejercicio de meditación para concentrarse e intentar desbloquear algún otro recuerdo, pero todo el esfuerzo no tuvo ninguna recompensa.

El cementerio estaba casi vacío cuando llegó. Solo estaba Joaquín, apartado para no ser el centro de atención, y un par de trabajadores. Al rato, llegó Adrián.

—¿Qué hacéis aquí tan pronto? —preguntó.

—No quería llegar cuando hubiera empezado —respondió Irene, con la bufanda que le hizo Nieves cubriéndole la nariz.

—Yo he pensado lo mismo —añadió Joaquín.

—¿Alguna novedad? —Quiso saber Adrián.

Joaquín negó con la cabeza. En su rostro se reflejaba la incomodidad de estar allí.

Se sentía culpable por no haber encontrado a la niña.

Irene le miraba de soslayo. Una pregunta le atormentaba desde que hablaron con María Jesús, pero no quería hacérsela porque estaba segura de que el comisario no le daría respuesta y le haría sentir más culpable de lo que ya se sentía.

A pocos minutos de que empezara el entierro, aparecieron los padres.

Irene se acercó a Amparo y Mariano. Iban cogidos del brazo, con esa rigidez que no tiene que ver con la edad, sino con el cansancio.

Sin embargo, ya no tendrían más incertidumbres ni dudas sobre lo que ocurrió.

Era el día en que pondrían fin a tantos años de dolor.

Habían decidido enterrarla cerca de su casa y el nombre que pusieron en la lápida fue Lucía Rosales.

Amparo llevaba un abrigo oscuro que le quedaba grande y Mariano iba vestido de negro, con un pañuelo en la mano que no soltó desde que bajó del coche.

—Buenos días —dijo Irene al acercarse a ellos—. Soy la inspectora Vega, la única niña que encontraron.

Amparo levantó la vista y asintió. No parecía nerviosa, solo agotada.

—Gracias por venir, bonita. Me alegro mucho de que te rescataran y tengas una vida feliz.

—Sonrió de corazón. Le agarró la mano a Irene—.

¿Por qué Lucía nunca dijo su nombre? —Hizo la pregunta que más dolor le provocaba—.

Creo que eres la única persona que nos puede dar una respuesta.

Tú pasaste por la misma situación que ella…

y les dijiste quién eras a la policía. ¿Por qué ella no lo hizo?

Irene había pensado en ello multitud de veces. No comprendía el motivo por el que decidió no decir ni siquiera su nombre.

No dijo nada, solo le apretó más fuerte.

—¿Crees que pensaba que éramos malos padres? —preguntó con lágrimas en los ojos.

Mariano se frotó los ojos con el pañuelo.

—Por supuesto que no lo pensaba. Era muy pequeña para pensar algo así. Puede que el trauma le hiciera tomar una decisión para que no la volvieran a encontrar y por eso optó por el mutismo total —el tono de la inspectora era de cariño y respeto.

—Pero tú sí lo dijiste —insistió Amparo.

—Sí, pero yo no recuerdo absolutamente nada de esos días. Mi cerebro decidió bloquear lo que me hacía daño. Supongo que son maneras de protegerse. Puede que ella también decidiera olvidar y por eso no los buscó nunca —explicó para intentar aliviar el dolor de los padres.

—Gracias, bonita, de verdad —intervino Mariano por primera vez.

—Les quería pedir un favor. —Irene se colocó la bufanda para que no le entrara aire.

—Claro, lo que quieras —continuó Mariano.

—Necesito que estén atentos. Si ven a alguien que no reconozcan o que les resulte extraño, avísenme. No tiene por qué ser nada, pero prefiero prevenir —explicó con voz baja.

Amparo se quedó en silencio unos segundos. Luego asintió despacio.

—Era muy pequeña cuando desapareció. No creo que venga nadie aparte de la familia.

Eso era lo que Irene necesitaba oír, aunque le doliera.

Sin embargo, los secuestradores y asesinos no suelen actuar de forma lógica y los impulsos que los llevan a cometer esos actos guían, en parte, sus vidas.

Por esa razón, no descartaban que apareciera, o bien, que lo hiciera alguien que tuviera información.

Un hombre de unos cuarenta años se detuvo varios metros del grupo.

No se acercó ni miró el ataúd. Miraba a los padres y a Irene desde la distancia.

Adrián y Joaquín se percataron enseguida.

Mantenían la distancia, pero continuaban controlando a todo aquel que se acercaba. Intentaban memorizar las caras.

—¿Lo conocéis? —preguntó Irene a los padres.

—No —dijeron con tensión.

Irene les transmitió la respuesta a sus compañeros con disimulo.

El hombre dio un par de pasos más, se quedó quieto mirando y, al cabo de un minuto, giró y se alejó hacia otra zona del cementerio.

Se detuvo frente a una lápida distinta, sacó un objeto del bolsillo y lo posó. Irene soltó aire despacio.

«Falsa alarma».

La ceremonia fue breve. Unas palabras contenidas, llantos y murmullos. Amparo cerraba los ojos cuando sellaron el nicho. Mariano apretó de nuevo el pañuelo con fuerza. Ambos se acercaron y acariciaron la lápida con cariño.

Irene apartó la vista al sentir un pinchazo de dolor.

Podía haber sido ella, si no fuera porque Joaquín la encontró.

Nunca había querido hablar de cómo lo consiguió.

A veces, parecía que los recuerdos le provocaban más dolor que a ella.

Puede que, después de todo lo ocurrido, hubiera llegado el momento de hablar de cómo lo consiguió.

Un hombre mayor con gorra apareció caminando despacio por uno de los pasillos.

No era la misma gorra que les dijo Eduardo, pero aun así les llamó la atención.

Por un segundo, pensaron que podría haberse acercado, pero descartaron la idea inicial casi al instante.

El hombre se paró a cierta distancia y después continuó caminando.

Se perdió entre las filas de nichos cercanos.

Adrián y Joaquín miraban a Irene desde la distancia. La inspectora se colocó más cerca.

Cuando el entierro terminó, la gente empezó a dispersarse sin prisa. Habían asistido los familiares más cercanos. Nadie que llamara especialmente la atención.

Antes de marcharse, se despidieron con dos besos de la inspectora.

—Gracias por venir, Irene. Espero que encuentren a quien me arrebató a mi niña —dijo entre lágrimas.

Mariano la abrazó por encima de los hombros.

—Gracias. —Asintió con la cabeza y los labios apretados para llevarse a su mujer rota de dolor de allí.

Cuando los padres se marcharon, Irene se quedó un momento más mirando el nicho. Joaquín y Adrián se colocaron a ambos lados. Se imaginaron los sentimientos encontrados que tenía en ese momento: la alegría de haber sido rescatada junto a la pena de que las demás no lo fueran.

—¿Estás bien? —preguntó Adrián.

—No, pero lo que yo sienta da igual. Lo importante es saber la verdad. —Respiró profundamente al pasar la mano por la lápida.

—Esta vez vamos a llegar hasta el final —añadió Joaquín.

—¿Tú crees? —preguntó Irene sin acritud.

Se giró para mirarle a la cara.

—El mutismo que escogió como protección es raro, ¿no te parece? —dijo la inspectora en alto.

—Sí, yo también lo he pensado —respondió Joaquín sin mirarla.

—¿A qué te refieres exactamente? —Adrián miraba contrariado.

—Creo que no habló porque quien la secuestró era un policía. Sintió que quien la tenía que proteger no lo había hecho. Es la única explicación lógica, ¿no te parece? —Insistía Irene con la idea que había tomado como la única hipótesis válida.

Joaquín no dijo nada. Ni siquiera la miró. Entonces, miró a Adrián para buscar apoyo ante su teoría.

—No lo sé, Irene. Demasiadas hipótesis para tan pocos datos. Deberías tranquilizarte y tener paciencia. Vamos a descubrirlo. Estoy seguro —respondió Adrián.

—¿Joaquín? —Insistió Irene.

—No sé qué quieres que te diga. A veces sí que existen las casualidades. Puede que el accidente haya sido una de ellas. —Levantó los hombros.

—No creo en las casualidades —zanjó y comenzó a andar hacia el coche.

Irene tenía ganas de llorar de rabia, pero no lo hizo.

Se contuvo mientras cerraba los ojos y prometió que esta vez no iba a ser como las demás, que encontraría la verdad, sin importar las consecuencias.

Estaba dispuesta a pagar el precio que fuera necesario para cerrar, de una vez, ese capítulo de su vida.