No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 11
22%

Capítulo 11

Hablar con quien había atropellado a Inmaculada no era fácil.

Había sufrido un accidente y su estado de salud no era favorable.

No solo psicológicamente, sino también físicamente.

Según el atestado, el coche intentó esquivarla, pero, al hacerlo, sufrió un duro choque frontal con otro coche aparcado y terminó dando varios giros.

Irene y Adrián llegaron al hospital a media mañana, como les había indicado el médico encargado del seguimiento de Eduardo Gálvez.

El edificio les recibió con el murmullo de los enfermos y de los familiares que esperaban.

El ruido de fondo se caracterizaba por los pasos apagados, las puertas que se abrían y cerraban y las conversaciones en susurros para no molestar al resto de pacientes.

Los agentes caminaban sin hablar y con el abrigo puesto.

Ambos estaban nerviosos por lo que se iban a encontrar.

Marcos se había quedado en casa tras mucho insistirle, con la promesa de que luego le llamarían para darle la información que hubieran sacado.

Estaba más preocupado de lo que la inspectora se habría imaginado.

Le mandaba mensajes cada pocas horas. Irene supuso que, como el resto, tenía miedo de que hiciera alguna locura.

Aunque ella no se imaginaba el tipo de locuras que se les estarían pasando por la cabeza.

Solo quería encontrar a la persona que le había destrozado la vida.

Lo demás, para ella, en ese momento, era ruido mental que no necesitaba.

Cruzaron el vestíbulo sin detenerse. Irene miró de reojo a Adrián, que caminaba unos pasos detrás. Subieron por las escaleras hasta la tercera planta. Eduardo estaba avisado de que irían a interrogarle esa misma mañana. Así que su visita no le sorprendería. Era lo normal tras lo ocurrido.

—En el informe ponía que sufrió una crisis de ansiedad severa tras el accidente —recordó Adrián en voz alta.

—Ya, bueno, supongo que es normal cuando sabes que has matado a alguien —respondió con frialdad.

—Ha sido un accidente.

—Lo sé, pero la ha matado —recalcó con el mismo tono sin dejar de andar.

Adrián no dijo nada más. Conocía lo suficiente a Irene para saber que continuar con esa conversación le traería una mala respuesta, o al menos, una que no quería escuchar.

—Lo siento. —Se detuvo antes de entrar—. Estoy rara, susceptible… No sé cómo explicarlo. No lo quiero pagar contigo, sé que no tienes nada que ver en todo esto. Pero después de ver a Inmaculada en el anatómico… —Se calló.

—¿Has recordado algo más? —preguntó esperanzado con las manos en los bolsillos.

—No, ojalá.

—Bueno, no te agobies. —Le acarició el antebrazo—. Estoy convencido de que, si recordaste eso, lo harás con más cosas. Puede que no sea tan rápido como tú quieres, pero estoy seguro de que es el principio de una multitud de recuerdos.

—No lo sé. A veces creo que sí, pero otras pienso que están guardados a buen recaudo y que no quieren salir a ayudarme. —Sacudió la cabeza para volver al presente—. Ahora eso da igual, ya nos pararemos a analizarme de nuevo cuando tengamos más tiempo.

Adrián miró los números de las habitaciones. Señaló con la barbilla la dirección.

—¡Vamos! —retomó el camino.

Eduardo estaba descansando con los ojos cerrados. No tenía buen aspecto, como se habían imaginado. Tenía magulladuras por varias partes del cuerpo y las piernas rotas. El golpe en la cabeza debía haber sido grave. Tenía restos de sangre seca alrededor de los puntos.

Tenía la puerta abierta, por lo que los agentes entraron directamente.

—¿Eduardo Gálvez? —se aseguró Irene.

—¿Son los policías? —preguntó al girar el cuello con lentitud. Tenía un collarín. Hizo un gesto de dolor durante varios segundos después.

Le enseñaron la placa. Iban vestidos de calle. Adrián hacía meses que había dejado el uniforme de manera permanente en la taquilla de comisaría.

—¿Le han dicho por qué queremos hablar con usted? —Irene comenzó la conversación.

—Por el accidente. —Cerró los ojos, que se habían vuelto acuosos al instante.

—Sentimos mucho por lo que está pasando, pero es importante que nos cuente qué es lo que recuerda —intervino Adrián. Sacó la libreta y el bolígrafo que llevaba en el interior del abrigo.

Se colocaron alrededor de la cama.

—Me pueden tutear si quieren. —Resopló con los ojos cerrados—. Por favor, ¿pueden cerrar la puerta?

—Por supuesto.

Irene la cerró y volvió a colocarse al lado. Se imaginó que el relato iba a estar cargado de emoción y fragilidad.

Eduardo se frotó los ojos con los dedos magullados.

—Esa chica se tiró a la carretera. Fue todo tan rápido que no me dio tiempo a nada más que a girar el volante. Pero aun así, y muy a mi pesar, le di con la parte de atrás del coche —recordó asintiendo con la cabeza.

—¿Salió de repente?

—Fue raro, no sé explicarles con detalle. Es una calle amplia. Estaba tan normal conduciendo de camino a casa, cuando apareció corriendo de la nada. El tráfico era fluido como siempre en esa zona. Es una zona residencial con muchos parques.

—¿No la había visto antes del accidente?

—No, ni siquiera hay un paso de cebra hasta muchos metros más adelante. Por eso mismo, me pilló tan de sorpresa —añadió con angustia.

—¿Cuándo la vio iba corriendo? ¿Es eso lo que quiere decir? —Se interesó Adrián para entender el relato nervioso y desordenado de Eduardo.

Irene miró a su compañero. Estaba despistada y la pregunta la volvió a orientar hacia el interrogatorio.

—Sí, eso es. Salió corriendo del parque que hay justo al lado. Alguien la seguía. Eso sí que lo vi —añadió con firmeza. Se removió con dolor.

—¿La seguían? ¿Está seguro?

—Por supuesto. Vi a un tipo seguirla, lo que no les puedo confirmar es quién era ni su cara. No le vi. Iba tapado con una gorra y gafas de sol. Pero supongo que la chica sí sabía quién era porque había verdadero terror en su rostro. —Negó con la cabeza al recordar.

—¿Puede decirnos qué edad tenía, aproximadamente?

—¿El hombre que le seguía?

Adrián asintió.

Eduardo giró el cuello despacio para mirar por la ventana. Miró unos segundos y después cerró los ojos.

—No, lo siento. Fueron unos segundos. Los más largos de mi vida, pero no recuerdo a ese hombre. Solo recuerdo la gorra porque yo tengo una igual.

Irene sintió que aquel dato era mejor que nada. Podría llevarlos a otra pista con más relevancia.

—¿Nos puede decir la marca y el modelo de la gorra? —preguntó Irene. Cambió el peso de una pierna a otra.

—Claro, es una gorra exclusiva de la marca. Es cara. Mi mujer se enfadó conmigo por gastarme tanto dinero en una gorra. ¿Me puede acercar mi móvil?

Irene cogió el móvil de la mesita que había al lado de la cama y se lo dio. Eduardo tenía los dedos magullados y alguno roto. Pero no fue impedimento para buscar la gorra en internet. Utilizó el micrófono en lugar de escribir.

Los agentes esperaban sin decir nada y observando cada movimiento de Eduardo.

—Es esta. —Giró con cuidado la pantalla y se la enseñó.

—Perfecto —Adrián apuntó el modelo, marca y dibujo en el cuaderno.

Irene sintió una presión en el pecho. Era un simple detalle, pero, a veces, cuando la suerte juega a tu favor, puede marcar una gran diferencia.

—¿Recuerda algo más? Por favor, es importante. Es la última persona que la vio con vida —apremió Adrián al terminar de escribir. Golpeó la libreta con el bolígrafo.

Eduardo asintió.

—¿Qué? —Irene apretó los dientes.

—Vi por el retrovisor cómo la golpeé con la parte de atrás del coche po r que lo utilizó como escudo ante ese tipo que la perseguía.

Vi su cara por unos segundos. Sentí el miedo que ella sintió en ese momento.

—Contuvo el llanto—. Su mirada era de auténtico pánico y entonces la golpeé.

—Se calló unos segundos y soltó el aire despacio con los ojos cerrados—.

El móvil salió volando por los aires, lo llevaba en la mano.

Aquel hombre lo cogió del suelo y salió corriendo de allí.

—¿Se llevó el móvil?

—Sí, eso es.

—¿No recuerda nada más?

—No, luego sería el momento en que me di con el volante y me quedé inconsciente —supuso.

Los agentes se miraron con perplejidad.

—¿Por qué se llevó el móvil? —preguntó Irene a Adrián.

—Creo que tengo la respuesta —interrumpió Eduardo.

Atrajo la atención de los policías al instante.

—Tengo la sensación de que la estaba grabando mientras la perseguía. Creo que lo conocía.

—¿Por qué piensa que se conocían?

Eduardo se aclaró la garganta. Irene le acercó el vaso de agua de la mesita.

—Gracias —dijo después de beber—. Cuando cruzó la carretera, sonrió. No sé cómo explicarlo. Como si hubiera hecho su trabajo. No sé si me entienden.

Irene desvió los ojos hacia la ventana. Aquellas palabras la habían descolocado.

«¿Podría Inmaculada recordar a la persona que las secuestró?».