Capítulo 10
Joaquín había decidido que lo mejor era comenzar por el principio.
Así que buscó en el expediente antiguo, al que solo podía acceder por su rango de comisario, quiénes fueron los policías que atendieron a Inmaculada en primer lugar.
Los agentes seguían en la misma unidad y en la misma comisaría.
Joaquín se desplazó a primera hora de la mañana sin dar explicaciones.
Aquel caso era más personal de lo que Irene se pensaba.
Le conmovía tanto que prefería hacerlo solo y no tener que dar explicaciones por cada decisión que tomara.
Ya decidiría después si era necesario compartir la información con el equipo.
Miró el reloj al entrar por la puerta. Uno de los agentes de la recepción le observaba de reojo.
—¿Puedo ayudarle? —preguntó sin mucha alegría.
—Sí, soy el comisario Joaquín Requejo. He quedado con dos de sus compañeros. —Sacó un papel del bolsillo y comprobó los nombres—. Se llaman Borja Presa y Luis María Esteban.
—Ahora mismo les aviso. ¿Quiere esperar aquí o prefiere subir? —preguntó esta vez con más predisposición.
—No quiero molestar. Así que mejor espero aquí hasta que me digan dónde prefieren que hablemos. Gracias. —Sonrió con amabilidad y se apartó de la recepción para dejarla libre.
—De acuerdo. —Cogió el teléfono y marcó una extensión sin dejar de mirar a Joaquín de soslayo.
La comisaría no era la suya y lo percibió nada más cruzar la puerta. Joaquín lo notaba en el ruido, en la forma de caminar de los agentes y en la cantidad de gente que había por la recepción, sin rumbo.
El agente que le había atendido se levantó de la silla y fue hacia él.
—Dicen que suba. Le están esperando.
—Gracias.
—Es la segunda planta. Le esperan en la puerta del ascensor —especificó en voz baja.
—Gracias de nuevo.
Joaquín siguió las indicaciones y, al salir del ascensor, se encontró con dos caras desconocidas, pero que a primera vista parecían serviciales. Uno de ellos era mayor y el otro más joven que Joaquín.
—Soy Borja Presa y este es mi compañero Luis María Esteban —se presentó el mayor.
Se saludaron con afecto casi inmediato y comenzaron a andar.
—Vamos a una de las salas para hablar más tranquilos —explicó Luis María con una carpeta en la mano.
Joaquín supuso que era el expediente de Inmaculada del día que la encontraron. Cuando ocurrió, no se utilizaba tanto la tecnología como en la actualidad, por lo que aquellas hojas eran oro puro para él. Sintió cómo el corazón se le aceleraba por la intriga de ver el expediente.
Entraron en una sala y cerraron la puerta con un movimiento lento.
—Siéntese, por favor. —Borja le señaló una de las sillas. Esperó a que se sentara primero. Era un veterano que seguía el protocolo y para quien la educación era importante.
—Gracias por atenderme. Se lo agradezco mucho a los dos —dijo Joaquín al colocar los brazos sobre la mesa. No se quitó el abrigo por los nervios de ver la carpeta.
Luis María se dio cuenta de que la miraba sin disimulo. Quería leerla lo antes posible.
—Son las diligencias de aquel día. —Empujó la carpeta con el logo de la Policía Nacional por la mesa.
—Gracias.
Joaquín tragó saliva con disimulo. Sacó las gafas y comenzó a leer tan rápido como pudo.
Normalmente se le olvidaban, pero esta vez no fue así.
La curiosidad por saber qué ocurrió ese día y lo que redactaron los agentes que encontraron a Inmaculada hizo que se acordara de llevarlas.
Leyó en silencio durante unos minutos. Borja y Luis María esperaron sin decir nada.
—¿Esto es lo que pasó? —preguntó al levantar la vista del texto.
—Sí, pero más resumido —agregó Borja, que era demasiado mayor para andarse con rodeos. Se pasó la mano por el poco pelo canoso que le quedaba.
Luis María no hizo ningún gesto, solo miró a su compañero.
—¿Qué es lo que quiere decir? —Frunció el entrecejo.
—Que la niña se puso como loca en cuanto nos acercamos. No sé explicárselo. Parecía que íbamos a hacerle algo —explicó Borja.
—Nos dieron un aviso y fuimos. Era tarde y no había muchos agentes por la zona.
Nos llamaron por radio. Borja decidió que fuéramos y eso hicimos.
Al llegar, solo había un matrimonio con la niña.
Estaba sucia y asustada. Se agarraba a la mujer de una manera tan extraña…
—recordó con gesto convulso en el rostro—.
Al hombre le miraba con terror… y a nosotros igual, claro.
No hubo manera de acercarnos a ella. —Miró a su compañero para que continuara con el relato.
—Me acerqué el primero por eso de que era más veterano en el cuerpo. Luis María no llevaba mucho tiempo como policía. Pero, al hacerlo… ¡Madre mía! No se imagina cómo se puso la chiquilla. Empezó a gritar y a agarrarse a la mujer como si se estuviera ahogando, ya me entiende lo que quiero decir.
—¿Y ella qué dijo? ¿La conocía?
—No, dijo que jamás la había visto. Nos contó que llevaba ahí un rato. Al verla tan sucia, desorientada y encogida como un ovillo, llamó. Pero bajó igual porque le daba miedo que alguien le hiciera algo. Por eso, cuando llegamos, estaba con ella —recordó Borja.
Joaquín atendía el relato con gran atención. Tenía la mano en la barbilla y los miraba concentrado, no solo en lo que decían, sino en cómo lo hacían.
—¿Y entonces qué hicieron? —preguntó en tono seco.
—Lo que aparece en el expediente. La mujer nos dijo que parecía que tenía miedo a los hombres porque había reaccionado de la misma manera con su marido.
Así que llamamos a central para que se acercara una patrulla en la que hubiera una mujer.
Necesitábamos comprobar lo que decía la vecina y sacar a la chiquilla de la calle.
No había otra opción. —Se encogió de hombros.
—Bueno, o no se nos ocurrió… —añadió Luis María.
—¿No comprobaron si conocía a alguien del edificio?
—No hizo falta. Con los gritos que dio cuando nos vio aparecer, bajaron muchos vecinos del edificio y los que no lo hicieron estaban asomados a la ventana. Así que concluimos que había acabado en ese portal por pura casualidad —informó Luis María.
—¿Y no dijo nada?, ¿ni una palabra? —Quiso confirmar el comisario.
Ambos negaron con la cabeza.
—Raro, ¿verdad? Pero fue así. Nada de nada.
Joaquín se dejó caer en el respaldo de la silla.
—La verdad es que sí, es muy raro. Pero lo más raro es que luego tampoco lo hiciera —señaló Joaquín.
—¿Nunca habló? —preguntó Borja.
—Eso es, nunca. Se le asignó un nombre porque nunca dijo cómo se llamaba. Así que nunca volvió con la familia, no la encontramos porque decidió no hablar. —Suspiró Joaquín.
—¡Qué triste! —exclamó Luis María en voz baja.
Joaquín no quería perder la oportunidad de sacar la máxima información posible y volvió rápido al relato.
—¿Y qué pasó después? —preguntó al mirar el expediente para buscar si aparecía el nombre de la mujer policía que la atendió.
—Vino nuestra compañera Almudena, que estaba de servicio esa noche —respondió Borja.
—¿Trabaja aún en esta comisaría? —Joaquín sintió un aguijonazo en el estómago. Esperaba tener un poco de suerte aquella mañana.
—Sí, trabaja aquí. De hecho, está trabajando ahora mismo. ¿Quiere que la llame? —se ofreció Luis María al poner las manos en los reposabrazos, haciendo el amago de ir en ese momento.
—¡Por supuesto! —Sonrió ante la casualidad—. Estaría muy agradecido si viniera y nos pudiera aportar algo de luz sobre el caso.
—Voy a buscarla. Ahora trabaja en oficina y es raro que salga, a no ser que no haya efectivos o cambie turno, cosa poco usual. —Luis María salió por la puerta con rapidez.
—Les agradezco que me estén dedicando tanto tiempo. Es importante —dijo con la boca seca.
—¿Quiere que vaya a por agua o café? —Borja se percató de que no le habían ofrecido nada.
—Un poquito de agua no estaría mal —respondió agradecido.
Borja se levantó y salió. Mientras los agentes volvían, el comisario volvió a releer el expediente.
No era muy extenso y era verdad que estaba más resumido de lo que habían contado.
No consideraron procedente añadir más detalles del comportamiento, lo cual era lógico porque estuvieron unas horas con la chiquilla.
El móvil le vibró en el bolsillo. Era Adrián.
Le resumió lo que habían hablado con la trabajadora de servicios sociales, María Jesús.
«¿Cómo es posible que no hablara nunca?», pensó el comisario.
Borja volvió primero con varias botellas de agua que colocó en la mesa en silencio. Joaquín repasaba las notificaciones en el móvil. Pocos segundos después, lo hizo Luis María con Almudena.
—Hola, soy Almudena —se presentó y dio la mano a Joaquín, que se levantó rápidamente para corresponder el gesto.
—Muchas gracias por venir. —Sonrió.
Se sentaron alrededor de la mesa. Joaquín bebió agua antes de continuar.
—¿Le ha contado su compañero para qué la he llamado? —Tapó la botella y la volvió a dejar sobre la mesa.
—Sí, me lo ha contado por el camino. Ahora ya no es ningún secreto.
Todo el mundo sabe que era una de las niñas que secuestraron.
—Miró al suelo con las manos cruzadas—. Me siento culpable por no haber podido hacer más, la verdad.
Pero lo cierto es que no hablaba. Se sentía tan insegura y tenía tanto miedo…
Era horrible cómo se ponía en cuanto veía a un hombre.
Me dio muchísima pena —volvió a bajar la mirada.
—¿No recuerda algún gesto o un detalle que le llamara la atención?
Almudena sonrió por un segundo.
—Sí, se calmaba tocándose dos lunares que tenía en la muñeca.
Así fue como se quedó dormida aquella noche.
Le coloqué una manta por encima y la abracé.
Ella se tocaba esos lunares, que parecían dos ojitos, y se durmió.
Estuve con ella hasta que vino Servicios Sociales —recordó, visiblemente emocionada.
El corazón le dio un vuelco. Aquellos lunares eran una señal infantil de Inmaculada. Puede que fuera la razón por la que Irene tuvo aquel recuerdo latente durante tantos años, guardado hasta que llegó el momento de utilizarlo.
—¿Algo más? Es importante que haga memoria —insistió Joaquín. Se echó hacia delante y colocó los brazos sobre el expediente.
Almudena suspiró profundamente, con dolor.
—Fui a verla al centro de acogida temporal.
Nunca se lo he dicho a nadie. Era joven en esa época y mi primer hijo había nacido hacía poco.
Cuando la vi, se me partió el alma. No podía dejar de preguntarme lo mal que lo estaría pasando su madre sin ella —expuso con el tono maternal que hizo que no se olvidara de Inmaculada.
Borja la miró de repente. El comisario confirmó con aquella mirada que no sabía nada de las andanzas posteriores de su compañera.
—¿Cuántas veces fue? —Quiso saber Joaquín.
—No recuerdo cuántas fueron. Varias. —Se rascó la nariz—.
Iba una vez a la semana e incluso dos, hasta que se la llevaron al centro de acogida permanente.
Entonces fue cuando le perdí la pista. No querían darme los datos en el centro, aunque fuera policía.
—Levantó los hombros—. Lo entiendo, pero me destrozó.
Pensé que en algún momento se abriría conmigo y me diría el nombre.
Joaquín ladeó la cabeza. Miró a los dos agentes para comprobar si estaban tan atentos al relato como él.
—¿Por qué pensaba eso? —preguntó con una clara intención.
Almudena bajó la mirada, con remordimientos. Se mordió el labio y volvió a mirar a Joaquín a los ojos.
—La escuché hablar en sueños —soltó sin preámbulos.
—¿Qué? —preguntó Joaquín con los ojos muy abiertos—. ¿Y no dijo nada?
—¿Y qué quería que dijera? Le pregunté varias veces para que me dijera qué significaba, si era su nombre o el nombre de quien le había hecho daño. Busqué a niñas con ese nombre desaparecidas, pero…
—¿Qué es lo que dijo? —El comisario sentía que ardía por dentro.
—Irene.
Se derrumbó en la silla. Los agentes miraban expectantes a Almudena para que terminara el relato.
—Busqué el nombre de alguna niña desaparecida con ese nombre, pero solo encontré una y ya estaba en casa con su familia.
La descarté. —Los ojos de Almudena se volvieron brillantes—.
Ahora sé que, si no la hubiera perdido la pista, podría haber hecho algo más, salvar a una niña o, al menos, mejorar la vida de Inmaculada, pero…
no sé, supongo que la vida no quiso que fuera así.
Joaquín se pasó la mano por la cara.
—¿Nunca se lo dijo a nadie? —preguntó con ansiedad.
—Claro que se lo dije a alguien. A uno de los agentes que llevaba el caso de esas niñas desaparecidas —contestó mientras se frotaba los ojos.
—No puede ser… ese caso lo llevaba yo —susurró al comprender lo que ocurrió.