No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

María Jesús Adañez llevaba el abrigo doblado sobre el antebrazo cuando entró en la sala de interrogatorios.

No parecía nerviosa, pero sí cansada. Un cansancio arrastrado de años atrás.

Se sentó despacio, acomodó el bolso en el suelo y cruzó las manos sobre la mesa como si esperara en la consulta de un médico.

Marcos cerró la puerta tras de sí.

—Gracias por venir tan rápido —saludó Marcos al darle la mano. Se sentó y dejó la carpeta sobre la mesa.

—Me dijeron que era urgente —añadió con media sonrisa—. Y los dos sabemos que ese «urgente» significa que no pregunte. Así que aquí estoy.

Marcos la observó con atención antes de continuar.

—Vamos a hablar del caso de una menor que ingresó en el sistema hace años. Una niña sin identificar. Usted fue la primera trabajadora social que la atendió —explicó mirando los papeles—. ¿Se acuerda?

—Por supuesto. Es el único caso que he visto así. No habló en años. Ni una palabra. Eso no es algo normal.

—¿Recuerda su nombre?

—Bueno, querrá decir el que le asignaron ante la negativa de hablar, ¿no?

El inspector asintió.

—Inmaculada Otero. El real nunca supe cuál fue.

—¿No siguió su caso después?

—No, lo siento. Tenemos mucho trabajo y no siempre podemos ayudar a quien no quiere ser ayudado —bufó ante la mirada de Marcos, que sintió cómo la juzgaba.

—¿No necesitaba su ayuda? —preguntó con ironía.

—Sí la necesitaba, pero no la quería. Sin más. Hay niños que sí quieren salir del sistema. Pero ella… no sé… era como si quisiera estar ahí para sentirse segura.

—Ya, la entiendo. Estaba demasiado traumatizada para hablar. Que volviera a hacerlo no era cuestión de un día. Hay más niños y más trabajo, ¿no? —resumió con sarcasmo.

—No lo entiende. Yo soy solo el primer eslabón de la cadena, el primer contacto.

No puedo hacer nada más que acogerles y ayudarles para llevarlos al centro.

Inmaculada era muy pequeña. Le asignamos la edad porque tampoco quiso decir cuántos años tenía.

Después de la inspección médica se decidió ponerle una edad aproximada.

El nombre y los apellidos eran imprescindibles para incluirla en el sistema; por eso, le tuvimos que dar una nueva identidad —explicó con tranquilidad y de forma pausada.

—¿Recuerda ese día?

—Claro. La policía nos llamó. No habían podido identificarla.

Antes no era como ahora. No había bases de datos ni registros de menores.

Si te perdías, debías tener la suerte de que te reconociera alguien.

Sin embargo, ahora hay más opciones. —Hizo una leve pausa—.

La policía la encontró en un portal, sola y muerta de frío.

Los vecinos llamaron. No sabían quién era y tampoco hablaba.

Decidió no hacerlo, y no pudimos hacer nada más que darle comida y un techo. —La pena invadía sus palabras.

—¿Esperaba a alguien?

—No lo creo. A ninguno de los vecinos le sonaba de nada. La policía fue piso por piso, pero nadie la reconoció. Siempre pensé que se perdió por la zona y terminó allí por simple casualidad —elucubró—. Nunca lo sabremos. —Se encogió de hombros.

—¿Qué más recuerda?

María Jesús levantó los ojos para evocar aquel día. Llenó sus pulmones de aire antes de responder.

—Era muy pequeña. Estaba muy sucia. Tenía barro en el pelo, la cara y el cuerpo. Y lo que más me llamó la atención es que llevaba el pelo mal cortado y las uñas pintadas. Sucias, pero pintadas de rojo.

—¿Y por qué le llamó la atención?

—Era obvio que alguien le había hecho algo malo, pero no decía nada.

Probablemente llevaba días secuestrada… no lo sé.

El problema nunca fue la falta de ayuda, sino la falta de colaboración.

Al principio pensamos que se le pasaría.

Incluso los agentes que la encontraron creyeron que, debido al trauma, no hablaba, pero que en cuanto llegara a un lugar y se sintiera a salvo diría su nombre.

—Suspiró profundamente—. Pero no fue así.

—¿Tenía miedo? —preguntó con los ojos entreabiertos.

—Claro. Miedo era poco. Había terror en sus ojos.

El primer día que estuvo en el centro de acogida provisional me quedé con ella.

No me soltaba y me dio tanta pena que se me encogía el corazón con solo mirarla.

Pero, aunque suene mal, mi trabajo es más duro de lo que parece.

No puedo dejarme llevar por los sentimientos.

Tengo que ser fuerte para ayudar al máximo número de niños posible.

—Supongo que habría algo que le hiciera sentir ese pánico, ¿no?

—Tenía miedo a las puertas cerradas, a los pasillos, a la oscuridad… y, sobre todo, a los hombres. No se le podía acercar ninguno. En comisaría tuvo que ser atendida por mujeres. Quien le hizo algo fue un hombre. Eso es lo único que saqué en claro —afirmó con firmeza.

—¿Habló en algún momento? —insistió.

—Nunca, ni al principio ni después. El mutismo era total.

—¿Selectivo?

—No, en absoluto. Con todo el mundo. Nadie consiguió sacarle una palabra. Quizá deberían hablar con el centro de acogida. Puede que allí cambiara su actitud —sugirió.

Marcos levantó la vista del cuaderno.

—¿Se llegó a valorar que estuviera fingiendo? —planteó Marcos.

—Por favor, era una niña de seis años o poco más. No estaba fingiendo, el trauma se apoderó de ella. Tomó decisiones desde su situación. —Se removió en el asiento, dejando entrever que se quería ir. Su testimonio no podía aportar nada más.

—¿Se intentó localizar a la familia? ¿Se siguió el protocolo?

—¿Qué familia, inspector? No sabíamos quién era.

No teníamos ni el nombre. Estábamos atados de pies y manos.

Le repito que quería estar alejada de ellos para sentirse segura.

Se protegió con el silencio. Quien la tuvo retenida no la volvería a encontrar.

Por eso, supongo, tomó la decisión de no hablar.

Si lo piensa fríamente, fue una decisión muy inteligente para una niña tan pequeña.

Marcos hizo un silencio para analizar las últimas palabras de la mujer que tenía sentada delante de él.

—Descríbame los pasos que siguieron —pidió con gesto tranquilo.

—Se difundió la descripción de la niña, se revisaron las denuncias recientes y antiguas. Se cotejaron datos, pero no hubo ninguna coincidencia concluyente. Tampoco teníamos las mismas herramientas que existen ahora —insistió.

—¿Y después?

—Pasó al sistema. Entró en el centro de acogida.

Era una niña muy buena y obediente. No se quejaba, solo hacía lo que se le mandaba.

—Sonrió con pena. Movió la silla y se acercó más a la mesa—.

No quiero parecer desagradable, inspector, pero deberían hablar con el centro de acogida definitivo.

No lo recuerdo, pero no estaría más de una semana en el centro de urgencia.

Luego pasó al sistema y el trabajador social que se le asignó fue uno del propio centro.

—Gracias, María Jesús —dio por zanjada la conversación.

—¿Le puedo hacer una pregunta, inspector?

Asintió.

—¿Qué le ha pasado? ¿Está muerta? —Entrecerró los ojos.

—Murió en un accidente de tráfico —sintetizó sin dar muchos detalles.

María Jesús sonrió con picardía.

—¿Y? Por un accidente no se investiga el pasado de la víctima. —Levantó las cejas.

—Por supuesto que no. Fue una de las niñas que secuestraron hace décadas y se daba por muerta. Puede que, si averiguamos qué ocurrió, encontremos a quien lo hizo —explicó con tono paternal—. Me gustaría saber qué les pasó a las otras niñas.

El gesto de la mujer cambió drásticamente. Sintió una gran pena al pensar cómo habría sido el calvario que tuvo que pasar. Ahora entendía el motivo por el que decidió no hablar.

—Espero que encuentren la información que buscan. Siento no ser de mucha ayuda, pero soy la persona que menos tiempo pasa con los niños. —Se disculpó con pesar—. Lo siento.

—Gracias por su tiempo.

—Si creen que puedo ayudarles, pueden contar conmigo —se ofreció al darle la mano a Marcos para despedirse.

Asintió antes de salir por la puerta.

Irene abrió el interfono para hablar con Marcos, que estaba derrumbado.

—Lo has hecho muy bien, compañero. La investigación solo acaba de empezar —le animó Irene con una sensación extraña en el estómago.

Por primera vez, Irene estuvo convencida de que nadie estuvo buscando a aquellas niñas. La idea de que podría haberse convertido en un simple nombre en un expediente archivado le dolió más que nunca.