Capítulo 8
Irene llegó tarde a comisaría. No quería cruzarse con Tomás después de lo que ocurrió la noche en que se encontraron. Por eso empezó a llegar diez minutos más tarde para evitar cruzarse con él. Irene no sentía que estuviera huyendo. Simplemente, no era el momento.
Cruzó cabizbaja el pasillo hasta que escuchó, en la sala de reuniones, la voz de Marcos. Apuró los pasos para comprobar que era él.
—¡Marcos! —exclamó con una sonrisa.
El inspector se levantó y se dieron un breve abrazo. Irene miró a Adrián, que desvió la mirada rápidamente para no tener que dar explicaciones.
—Supongo que ya te han ido con el cuento, ¿no? —Irene levantó las cejas.
—No es ningún cuento. —Se sentó, e Irene lo imitó—. Quiero estar contigo. Creo que es mejor que esté desde el principio de la investigación —explicó con calma.
—Marcos, ahora deberías estar en casa con tu familia —se quejó Irene.
—Nieves no me necesita, tú sí.
—No quiero… —Irene no pudo terminar la frase.
—Irene, no me interesa lo que me vayas a decir. Estoy aquí para empezar con la investigación. Todo lo demás puede esperar un par de horas —zanjó Marcos sin dejar de asentir con la cabeza.
Adrián los miraba sin intervenir. Irene le sostuvo la mirada unos segundos, con los brazos cruzados, enfadada.
—A mí no me mires. Puedes hablar con Joaquín cuando quieras. Creo que está en el despacho ahora mismo —agregó Adrián al mover la carpeta de Inmaculada para ponerla delante de Irene.
—Está bien —Irene se dio por vencida.
—¡Genial! Menos mal que no has tardado en entrar en razón. Ayer Joaquín pensó que lo lógico era empezar por el principio. Es decir, concretar el día que escapó —comenzó a decir Adrián.
—¿Servicios sociales? —preguntó Marcos.
—Eso es. María Jesús Adañez fue la trabajadora social que se encargó de su caso, la primera persona con la que estuvo cuando entró en el sistema. —Adrián entrelazó los dedos encima de la mesa.
Irene miraba la carpeta.
—Le asignaron el nombre. ¿Es la carpeta que nos dio Jano? —preguntó la inspectora sin dejar de leer.
—Sí, eso es. Cuando confirmó la identidad, hizo una búsqueda para recopilar datos sobre ella —afirmó Adrián.
—¿Vamos? —preguntó Marcos.
—¿Cómo que vamos? ¿Adónde? —Se interesó Irene, desconcertada.
Adrián miró el reloj.
—María Jesús estará esperando. La cité lo antes posible. Ninguno quiere que esto se alargue, ¿no?
Irene negó con la cabeza. Se levantó y se quitó el abrigo.
—Yo me encargo del interrogatorio. —La inspectora releyó el informe rápido en busca de la primera declaración de la trabajadora social.
—No, de eso nada. —Marcos se levantó y puso la mano encima de los folios—. Es mejor que solo lo veas y no intervengas. Al menos, de momento. Hazme caso, por favor. No quiero discutir todos los días.
Irene miró a Adrián, que arrugó los labios.
—De acuerdo. —Respiró tan profundamente que se le relajaron los hombros.
Irene recordó lo que le dijo Patricia: «No se puede ser juez y parte».
Tenía razón. Debía intentar ser lo más objetiva posible a lo largo de la investigación.
Marcos se había convertido en un buen inspector y, además, estaba igual de entregado a la causa que ella misma.
Decidió ceder el control a su compañero.
Después de ver a Inmaculada en el anatómico, no había vuelto a ser la misma.
Había llegado el momento de observar y callarse.
A veces, observando, se sacan más conclusiones que dirigiendo el interrogatorio.
Marcos fue quien entró en la sala de interrogatorios. Irene y Adrián se quedaron detrás del espejo, observando.
—¿No avisamos a Joaquín? —preguntó Irene cuando cerró la puerta.
—No está. Te he mentido antes. Hoy no ha venido. Y, por si me preguntas, no sé dónde ha ido. Si quieres, cuando acabemos, le puedes llamar. Aunque, si quieres mi opinión, creo que es mejor que le dejes —dijo en un susurro.
—¿Sabes algo que yo no? —preguntó intentando suavizar el tono.
—No, pero me da la sensación de que hay algo en este caso que le afecta más que a ti —respondió midiendo sus palabras.
Irene suspiró y dio al botón para escuchar el interrogatorio después de cruzar los brazos.
Adrián se sentó y sacó el cuaderno. Joaquín le ordenó que apuntara los datos que le parecieran relevantes o extraños.
La investigación acababa de empezar y su implicación en el caso podía hacerle perder la objetividad.
—No me lo creo. —Irene volvió a pulsar el botón para hablar con Adrián. Lo miró en silencio.
—No me ha dicho nada, Irene, si es eso lo que tanto te preocupa. —Cerró de golpe el cuaderno—. No te miento, de verdad.
—Hay algo que esconde, lo noto. Puede que Joaquín no te haya dicho nada, vale, pero tú has visto algo. Dímelo —rogó al sentarse en el borde de la mesa.
Adrián chasqueó la lengua y cerró los ojos unos segundos.
—Me pareció extraño que ayer estuviera hablando en el comedor con Tomás. Solo es eso.
—¿Con Tomás? —Echó la cabeza hacia atrás—. ¿Para qué querría hablar con Tomás?
—No lo sé. Mira, no te he dicho nada porque sacas punta de cualquier cosilla.
Es el comisario, habla con todo el mundo.
Pero me llamó la atención que lo hiciera con él después de lo que pasó contigo aquella noche —dijo con prudencia—.
No soy ningún cotilla, por eso prefiero que lo dejes pasar.
Si es algo importante o que tiene que ver con el caso, ya nos lo dirá, ¿no?
—Dio al botón para no darle más vueltas.
—Tienes razón —murmuró para sí.