Capítulo 7
En los últimos meses habían regresado varios de los casos que habían marcado al comisario, tanto en lo personal como en lo profesional. Con la aparición de Inmaculada Otero, el peso de la culpabilidad era aún mayor.
Había llegado a primera hora de la mañana a la casa de los señores Rosales.
Les había llamado tras el hallazgo del cuerpo.
Las pruebas de ADN confirmaron que era su hija.
Por eso, el comisario había tomado la decisión de darles la noticia en persona.
Era lo menos que podía hacer. Aparcó el coche y miró el edificio unos segundos antes de revisar que no tenía ninguna notificación urgente en el móvil.
Llegó al portal y llamó al piso. Los señores Rosales se habían mudado después de la desaparición de su hija.
Joaquín imaginó que el dolor sería tan inmenso que la mejor opción para no vivir en un sufrimiento constante había sido pasar página.
Les había avisado de que iría esa mañana, así que no tardaron en abrir.
Cuando salió del ascensor, Amparo y Mariano estaban en el umbral de la puerta.
Hacía muchos años que no esperaban buenas noticias.
Pero, de alguna manera, ahora ya podrían descansar sabiendo qué es lo que ocurrió.
—Hola, comisario —saludó Amparo con voz triste.
Mariano movió la cabeza y se apartó de la puerta para comenzar a andar por el pasillo.
Supuso que venía a confirmarles que su hija estaba muerta de manera oficial.
Joaquín tampoco sabía disimular cuando las noticias no eran buenas.
También era una persona con sentimientos y le afectaba ver la realidad del mundo.
Y, en este caso, verificaba una de sus grandes equivocaciones.
—Es Lucía, ¿no? —dijo Amparo sin esperar más tiempo para saber qué pasó con su hija.
—Sí, era Lucía. Lo siento —respondió cabizbajo.
—Bueno, era cuestión de tiempo que apareciera muerta. Lo único que no esperábamos es que hubiera vivido tanto tiempo —intervino Mariano, con la mirada perdida—. Pensé que aparecería a las pocas semanas. Que el secuestrador la asesinó nada más llevársela.
—Si le soy sincero, yo también. Nunca perdí la esperanza de encontrarlas, pero jamás me imaginé que alguna hubiera sobrevivido. —Negó con la cabeza—. Vamos a investigar qué es lo que ocurrió.
—¿Creen que siguen vivas las otras niñas?
Joaquín levantó los hombros como respuesta.
—¿Cómo murió? —Volvió a la conversación Mariano—. Era mi niña pequeña, ¿sabe? El día que se la llevaron perdí la alegría de mi vida.
—Ha sido un accidente de tráfico —dijo Joaquín, confundido por la pregunta.
—¿Está seguro de eso? —insistió el padre.
—Por supuesto, igual que estoy seguro de que era Lucía.
Amparo comenzó a llorar al recordar a su pequeña.
—¿Cómo es posible que no la encontrara? —preguntó con lágrimas en los ojos.
—Voy a investigar los pasos de su hija, pero, por lo poco que sé hasta ahora, le dieron un nombre. Lucía nunca dijo quién era, ni su nombre, ni sus apellidos. La administración se vio obligada a asignarle una identidad ante su silencio —explicó con la voz temblorosa.
Joaquín se recolocó con incomodidad en el sofá. El tema era complicado. A Lucía no solo le falló la policía, sino el propio sistema. Una cadena de errores hizo que se sintiera sola y sin ayuda.
—¿Cómo se llamaba? —Se interesó Mariano.
—Inmaculada Otero. —Respiró profundamente con disimulo. Intentaba tranquilizarse a sí mismo. Era lógico que los padres que tenía delante quisieran obtener respuestas que les explicaran qué había pasado para que perdieran a su hija por culpa de un sistema ineficiente.
—Lo siento, pero no lo entiendo —dijo Amparo, con un pañuelo en la mano, que se había sacado del bolsillo para secarse las lágrimas que florecían con cada recuerdo—. Había una denuncia de desaparición, ¿no lo comprobaron?
—Su hija no se identificó. No habló ni una palabra.
Nadie sabía quién era. Los adelantos tecnológicos de ahora no son los que había en esa época.
No existían los registros de identificación de los que disponemos en la actualidad.
Lo siento de verdad, no saben cuánto me duele no haberla encontrado —se lamentó Joaquín con un nudo en la garganta.
El matrimonio se miró con ternura. Comprendieron que Lucía eligió no hablar. Guardó silencio. Al menos, ahora sabían que había estado viva. Solo esperaban que hubiera tenido una vida plena.
—¿La adoptaron? ¿Sabe si tuvo una buena vida? —indagó Amparo para librarse del dolor y refugiarse en la esperanza de que, al menos, fue feliz.
—Aún no lo sabemos. Vamos a investigar los pasos que dio y cómo consiguió escapar. Puede que nos ayude a entender qué ocurrió y en qué fallamos —respondió Joaquín con tono comprensivo.
Mariano le miró sin decir nada. Su rostro era el de un hombre golpeado por la vida. Se echó hacia delante en el sofá y colocó los codos en las rodillas para entrelazar los dedos.
—¿Podremos darle sepultura? —preguntó con preocupación.
—A lo mejor, la adoptaron y no podemos encargarnos del funeral —añadió con dolor.
—No se preocupen, lo arreglaré. No hemos tenido tiempo de investigar, como les he dicho, por lo que no sé si tuvo una familia de adopción.
Lo único que les puedo prometer es que haré todo lo que esté en mi mano para que puedan darle el entierro que merece —concluyó Joaquín antes de levantarse y dar por terminada la conversación.
Mariano se levantó y le dio la mano.
—Sé que hizo lo que estaba en su mano, pero fue insuficiente para que volviera a casa. —Apretó la mandíbula con rabia.
—Lo siento —acertó a decir el comisario.
Amparo se levantó y extendió la mano para acompañarlo a la puerta. Joaquín encabezó la marcha. Abrió la puerta y giró el cuello para ver la cara de decepción de Amparo por última vez.
—Lo siento —repitió con el abrigo puesto y las manos en los bolsillos.
—Lo sé. Yo también siento no haber hecho más. Me limité a quedarme en casa y esperar. —Se calló durante unos segundos—. Era alguien cercano. Las niñas se fueron con él porque le conocían.
Joaquín arrugó la nariz antes de hablar.
—¿Cree que el secuestrador las conocía?
—Sí, ¿es una locura? —Amparo agarraba el canto de la puerta.
—¿Recuerda algo que no nos dijera antes? —preguntó con intriga.
—No, la verdad es que no. Pero creo que hubo un detalle clave que se nos pasó a todos los padres de las chicas secuestradas —añadió sin inmutarse—. Había algo en común en la vida de todas.
—Le entiendo. Era la hipótesis inicial, pero no encontramos nada que las uniera. —Suspiró con impotencia. Sus ojos se movían de izquierda a derecha, recordando datos con rapidez.
Amparo miró atrás para ver si su marido se había acercado a la puerta o había decidido quedarse en el sofá, atrapado en los recuerdos con su hija.
—¿Por qué Lucía nunca habló? ¿No quería volver a casa? —preguntó en voz baja mientras se secaba las lágrimas.
El aire se volvió gélido con el dolor de la madre. Joaquín empatizó con la pena y la tragedia que había vivido la familia. Pensó por un segundo si la víctima hubiera sido uno de sus hijos.
—No soy psicólogo, pero era demasiado pequeña. No todos reaccionamos igual ante un trauma. Puede que creyera que era mejor no hablar para que no la volviera a encontrar… No lo sé.
—Se olvidó de nosotros, de que tenía una familia, de que la queríamos —dijo entre llantos repletos de pena.
—No creo que se olvidara de vosotros. Creo que solo recordaba el dolor y la angustia que pasó.
Se protegió de quien la hizo sufrir. Era pequeña, pero puede que relacionara el hogar con el sitio donde la encontró y al que era peligroso volver.
—Joaquín le tocó el brazo con ternura—. Lo mejor es que no le dé más vueltas.
El cerebro siempre piensa en las peores opciones, y no es bueno que crea que no los quería.
El problema es que era demasiado pequeña para entender qué era lo que pasaba.
Amparo agachó la cabeza a modo de agradecimiento.
—Lo único que le pido es que nos deje enterrar a nuestra pequeña Lucía.
—Le prometo que haré lo que esté en mi mano para que sea lo más rápido posible.
—Gracias, Joaquín. —Era la primera vez que le llamaba por su nombre.
El comisario se marchó con el mismo peso sobre sus hombros.
El recuerdo de Samuel volvió como una losa cuando se sentó en el coche.
El camino desde la casa de los señores Rosales hizo que el aire entrara por sus pulmones y que sus sensaciones se renovaran para continuar.
No podía volver a cometer los mismos errores del pasado.
Dejar un caso archivado no era una opción.
Debían llegar hasta el final. El secuestrador y posible asesino del resto de niñas andaba suelto.
Descartó al instante la idea de que hubiera dejado de matar.
Era probable que hubiera secuestrado a más niñas en otros lugares y que se les hubiera pasado por alto.
Como Patricia les había recomendado, la mejor opción que tenían era empezar desde el principio.
Puede que la muerte de Inmaculada hubiera sido la prueba que necesitaban para cambiar de rumbo.