Capítulo 5
Irene abrió los ojos con una sensación intensa de fracaso.
El recuerdo de los lunares le dejó un sabor amargo.
Jamás había recordado nada del secuestro.
Ahora estaba perdida. Aquel recuerdo le había hecho cuestionarse la investigación y tener más en cuenta el criterio de Patricia.
Tenía razón. Había partido de una idea errónea, pero ahora estaba dispuesta a cambiarla.
Había contenido el llanto durante el trayecto hasta casa de Elia.
Dudó si era buena idea ir a su propia casa o no.
Elia era su hermana mayor y tenía uso de razón cuando ocurrió todo.
No quería hacerla sufrir más. Había dormido noches enteras con ella en la cama para que no tuviera miedo.
No podía seguir haciéndola sufrir. Deseaba que no estuviera en casa.
Decidió que era mejor ir a verla para que no se preocupara, aunque tampoco estaba segura de que fuera la mejor decisión.
Ahora daba igual, ya tenía la llave metida en la cerradura.
Respiró hondo varias veces para seguir controlando el llanto. Esperaba no romperse al verla.
Abrió la puerta y escuchó las voces de la televisión. Entró sin hacer ruido, intentando meterse en la habitación cuanto antes. Elia la conocía y sabía que ese simple gesto era una llamada de auxilio, una señal de que algo no iba bien.
—¿Irene? —Se levantó del sofá y fue a buscarla al pasillo.
Irene se quedó inmóvil al notar su presencia. No le dio tiempo a entrar en la habitación. Permaneció de espaldas para no mirarla a la cara.
—¿Irene? —repitió con un tono diferente. Ya no sonaba a pregunta.
—Estoy cansada. Me voy a dormir —dijo sin darse la vuelta.
Irene no quería mirarla e hizo como si buscara algo en el bolso. Disimulaba bien, pero era su hermana mayor. Con ella, esos trucos no funcionaban.
—¿Qué ha pasado? —Se acercó y la cogió con delicadeza por el hombro para que la mirara.
—Estoy bien, tranquila —respondió, evitando su mirada.
—No puede ser. Te dije que no siguieras con la investigación del secuestro. ¿Es por eso? —El tono era maternal. Se le atragantaban las palabras.
Elia miró a su hermana a los ojos. Los observó unos segundos en silencio. No necesitaba más para saber que algo iba mal.
—No es eso, Elia… no es eso —repitió, aguantando las lágrimas como podía.
La cogió del brazo y la llevó hasta el sofá. Elia no dijo nada hasta que se sentaron. La impotencia que sentía era inmensa. Quería ayudar a su hermana, pero no sabía cómo hacerlo.
—Sabes que puedes contar conmigo. Siempre voy a estar aquí, para lo bueno y para lo malo. Dime qué ha pasado —insistió, esbozando una pequeña sonrisa.
—Lo sé.
Irene se pasó las manos por la cara varias veces sin decir nada. Elia esperaba a que se serenara a su lado. La miraba con ternura y con la esperanza de que hablara.
—¿Qué ha pasado? —Se interesó Elia.
—Ha aparecido muerta una de las niñas que secuestraron conmigo —miró a su hermana, con una lágrima recorriéndole el rostro.
—Eso significa que escapó, ¿no? —Notó cómo la garganta se le secaba.
—Sí, pero no es eso. Elia, he recordado a esa chica. Sentí que la conocía. Recordé haber estado con ella —se pasó la mano por la mejilla.
—No te entiendo —dijo confusa.
—Elia, recordé sus dos lunares en la muñeca. Cuando la vi, me vino a la mente: las dos juntas en penumbra, enseñándome aquellos lunares pequeños que ella llamaba «sus ojitos» —se tapó de nuevo la cara.
El arranque repentino de llanto le conmovió tanto que tuvo que contenerse para no llorar. Comenzó a acariciarle la espalda.
—Tranquila, Irene. Esta vez estoy segura de que vas a encontrar a ese desgraciado —apretó el puño que tenía sobre el regazo.
La inspectora levantó la vista.
—¿De verdad lo crees? —preguntó llena de esperanza.
—Eres la mejor inspectora. Por supuesto que lo vas a encontrar.
—Que haya aparecido ahora no creo que sea casualidad —dijo Irene mientras se frotaba las manos, con la mirada fija—. Creo que sabe que he retomado el caso. Me vigila.
En ese instante, Elia sintió el mismo miedo que su hermana cuando anochecía.
—¿Eso es posible?
—¿Y por qué no iba a serlo? Estoy segura de que no fue un secuestro al azar.
Llevaba tiempo vigilándonos. Sabía lo que hacíamos, si nuestros padres nos dejaban ir solas, horas, sitios…
Sabía más de nosotras que nosotras mismas —argumentó con crudeza—.
Si no fuera así, no le habría sido tan fácil. Esperó el momento.
Elia se levantó y comenzó a andar en silencio. Aquel arrebato la hizo dudar.
—¿Recuerdas aquel día?
—Solo recuerdo que no llegabas a casa. Mamá estaba de los nervios. Llamó a papá muerta de miedo. Joaquín vino con otros policías esa misma noche. Creo que no fuiste la primera. Por eso vinieron tan rápido.
—Estaban muy perdidos. Nunca encontraron a las demás niñas…
—Hasta hoy. —Elia volvió a sentarse a su lado y le cogió la mano—. Sé que no quieres hacer pasar a nuestros padres otra vez por lo mismo, pero es necesario.
—¿Qué? —preguntó desconcertada. Elia siempre insistía en que no les hiciera recordar aquel tiempo.
—Ya lo sé. Siempre te he dicho que no les preguntaras. Pero esta vez creo que puedes salvar a algunas de ellas.
—No creo que estén vivas —dijo, clavando la mirada en el suelo.
—¿Y la que ha aparecido ahora?
—Ya. Tengo que ser fuerte. Salir de ese zulo. —Sonrió al recordar cómo Patricia le insistía con esa misma frase.
—Sí y no. Tienes que ser la gran inspectora que eres, pero sin dejar de ser aquella niña a la que secuestraron. —Se giró para mirarla mejor—. Ya no te queda más opción que recordar. Inténtalo. Puede que la clave esté en los recuerdos que no han salido, como el de los lunares.
Irene asintió.
—Yo quiero recordar, pero mi cerebro no.
—Está bien, pues lo obligaremos. —Sonrió—. La imagen de los dos lunares te vino de repente al verla. Así que puede que, si mamá nos cuenta qué fue lo que pasó, algún recuerdo aparezca.
—Puede.
—Será. Estoy segura. Puede que no sea al momento, pero tengamos fe en el proceso. Además, tienes un buen corazón, así que estoy segura de que tendrás un cerebro lleno de bondad. Él —señaló la cabeza de Irene— no dejaría que murieran niñas en vano ni que escapara un asesino.
—Tienes razón.
—Siempre la tengo —sonrió.
Las hermanas se abrazaron, muy emocionadas. La búsqueda de la verdad acababa de empezar.
—¿Cómo se llamaba la chica que apareció? —preguntó Elia.
—Inmaculada Otero. ¿Por qué lo preguntas?
—Por curiosidad.
—¿Seguro que no recuerdas nada? —insistió Irene.
Elia negó con la cabeza al separarse.
—Ojalá recordara algo importante. Irene, papá y mamá no me dejaban salir de casa por miedo a que me pasara algo. Estuve meses sin poder ir sola a ningún sitio. Solo recuerdo los desfiles de policías por casa.
—¿Joaquín vino muchas veces?
—Muchísimas.
—Lo primero que voy a hacer es averiguar todo lo posible sobre Inmaculada Otero. Puede que, a partir de ahí, encuentre lo que nos conectó entonces —argumentó con decisión.
—Puede. Por algún sitio hay que empezar.