Capítulo 4
La visita al anatómico forense no había sido tan rápida como Irene habría querido, pero ya estaban allí.
Adrián los había acompañado. Estaba tan implicado en el caso como los demás.
Llegaron en silencio, cansados. Ninguno de ellos había conseguido dormir profundamente la noche anterior.
La inspectora echaba de menos a Marcos más de lo que quería admitir.
No quería preocuparlo en uno de los momentos más importantes de su vida.
Así que, por unanimidad, decidieron no decirle nada sobre la aparición del cuerpo y, mucho menos, de su relación con el secuestro.
La puerta automática se abrió y Jano los esperaba al otro lado.
Sostenía un vaso de plástico en una de las manos, mientras la otra descansaba en uno de los bolsillos de la bata blanca.
Llevaba más de diez minutos en la recepción.
Conocía a Joaquín y sabía que, aunque no lo hubiera dicho, estaba más nervioso que en la época de los secuestros.
Las desapariciones de aquellas niñas le marcaron para siempre, y el suicidio de Samuel poco después le destrozó.
Ahora, después de tantos años, volvía por el mismo motivo.
Cuando las niñas desaparecieron, Joaquín se dirigió al anatómico para hablar con él.
Llevó las fotos de las niñas para asegurarse de que ningún cuerpo apareciera sin saberlo.
Jano tuvo aquellas fotografías en el corcho de su despacho durante varios años.
La única que retiró fue la de Irene. Cada vez que la veía recordaba su imagen del archivo.
Y fue precisamente por eso por lo que, al ver el cuerpo, los recuerdos le alertaron.
Aquella mujer, ya adulta, era una de las niñas que habían ocupado un espacio en su corcho.
—Hola a todos. —Jano les dio la mano—. ¿Pasamos ya? —preguntó sin rodeos.
—Sí, por favor —pidió Irene con la voz entrecortada.
—Como queráis.
Jano empezó a andar sin decir nada más. No era una situación agradable para ninguno. Lo más sensato era no alargar el momento. Antes de cruzar la sala donde esperaba el cuerpo en una de las neveras, rompió el silencio.
—Se llama Inmaculada Otero.
Nadie contestó. La mirada de los agentes se concentró en la puerta que los separaba del cadáver. Jano no había querido incidir en la causa de la muerte por teléfono. La reacción del comisario con el caso era incierta y prefirió hacerlo en persona.
Irene entró detrás de Jano. Seguía sus pasos tan de cerca que estuvo a punto de pisarle varias veces. Él dejó el café en una de las mesas y se acercó con agilidad a la nevera en la que estaba Inmaculada. Antes de abrirla, observó a los tres.
—¿Estás preparada? —preguntó con voz apenada.
—Sí, por favor.
Jano asintió y tiró del mango para deslizar el cuerpo hacia adelante. Lo cubría una sábana blanca. Aún no se le veía el rostro. Adrián miró de reojo a sus compañeros, sin comprender cómo se estarían sintiendo en ese momento.
—¿Continúo? —insistió Jano, más inseguro que los presentes.
Asintieron a la vez.
Cogió la sábana y fue dejando al descubierto el cuerpo de la chica.
Irene y Joaquín la miraron con desconcierto.
El frío de la sala les invadió. Irene miró al comisario con angustia.
Estaba convencida de que, si la veía, sus recuerdos, como le había dicho Patricia, se desbloquearían. Pero no lo hicieron.
Sin embargo, sintió otra sensación que nunca había experimentado. El cuerpo reacciona antes que la mente. Y eso fue lo que le ocurrió en ese instante. Su cuerpo le gritaba algo, pero no era capaz de identificar qué. Impulsivamente, le cogió la mano y observó su muñeca.
«¡Los dos ojitos!», reconoció Irene al instante.
La inspectora soltó la mano de Inmaculada, dejándola caer.
Dio varios pasos hacia atrás ante la atenta mirada de los demás hasta que chocó con una mesa metálica que estaba a sus espaldas.
Todo el instrumental que había encima retumbó, varios objetos cayeron al suelo y un gran ruido resonó en la sala.
—¿Qué pasa, Irene? —preguntó Joaquín, paralizado por la reacción.
Adrián la cogió rápidamente del brazo. Reaccionó ante la posibilidad de que se derrumbara en cualquier momento. La tez de Irene se volvió blanquecina y se aferró con fuerza a él. Jano observaba expectante.
—Irene —insistió el comisario.
—¿Estás bien? —preguntó Adrián, alarmado.
—Esos dos lunares ya los había visto antes. —Le temblaba la mandíbula.
—¿Cómo que ya los habías visto? —Joaquín temía la respuesta que nunca quiso escuchar.
—Eran sus dos ojitos. Yo estuve con esta niña en la casa, Joaquín —confirmó con los ojos brillantes y la voz rota—.
No me acuerdo de nada, pero estuvimos juntas.
Ella me enseñó esos dos lunares en forma de ojos.
Recuerdo cómo se los tocaba con los dedos sin parar.
Mis dos ojitos. Los llamaba así. —Irene se tapó la cara.
Joaquín se quedó inmóvil. Jano cogió la mano de Inmaculada para comprobar lo que Irene balbuceaba. Después, levantó el brazo y les mostró los dos lunares en la muñeca.
—¡No puede ser! —exclamó Joaquín al acercarse para verlos de cerca—. Irene, tienes que recordar algo más. No pueden haberla matado por casualidad. Las coincidencias no existen, al menos no en una situación así.
—¿Asesinada? —preguntó Jano, confundido—. No la han asesinado. Cruzó corriendo la carretera y un conductor la atropelló. Por eso tiene tantas contusiones por el cuerpo. El golpe en la cabeza la mató casi al instante —explicó.
Adrián miró a sus compañeros. Se habían quedado congelados unos segundos.
—Un accidente… No puede ser —consiguió decir, tan confundido como los demás.
—Tengo los datos del conductor con la autopsia. —Jano cogió la carpeta que había preparado—. Aquí tenéis el expediente del accidente. Espero que os ayude a descubrir lo que ha pasado.
—¿Alguien vería algo? —preguntó Adrián, mirando a Joaquín mientras sujetaba a Irene.
La inspectora se soltó y dio varios pasos, tambaleándose.
—Tengo que salir de aquí —dijo antes de que se le nublara la vista.