Capítulo 3
Joaquín había llegado temprano a comisaría.
Llevaba varios días con un sentimiento de congoja que no desaparecía.
Guardaba esa información en su interior junto al profundo sentimiento de culpa que arrastraba desde hacía décadas.
Jano le había llamado hacía un par de semanas.
Eran amigos desde hacía años. Aquella llamada fue un aguijonazo que le recordó no solo lo que había hecho, sino también lo que había ocultado.
Incluso su mujer lo había notado. No era la primera vez que se mostraba ausente, pero nunca como ahora.
Su manera de andar, abstraído, como un alma en pena, hizo que ella le preguntara qué le ocurría.
Sin embargo, Joaquín decidió callar hasta tener la confirmación.
El nacimiento de Bruno y la alegría que provoca una nueva vida le permitieron olvidarlo durante unas horas, o, más bien, fingir que lo había olvidado.
Pero cuando regresaba a casa o estaba solo, todo volvía.
Ante la perspectiva de que no iba a poder dormir, se levantó de la cama sin hacer ruido. Decidió ir a la comisaría para adelantar trabajo. Pero fue incapaz de concentrarse. En esta ocasión, Joaquín apenas pudo encender el ordenador. Intentó avanzar con el papeleo, pero su mente no se lo permitió.
Cuando llegó el primer agente, intentó disimular que estaba ocupado.
No le gustaba cerrar la puerta del despacho, pensaba que así era un comisario más cercano a sus subordinados.
Siempre quiso que se sintieran libres de entrar y hablar con él.
Por eso permanecía sentado frente al ordenador, moviendo el ratón para evitar que la pantalla se oscureciera mientras su mente divagaba, atrapada en los recuerdos de Samuel.
Miró varias veces el móvil para comprobar que tenía el sonido activado.
La llamada llegó a media mañana, cuando las instalaciones ya estaban repletas de agentes trabajando entre murmullos, teléfonos sonando y pasos apresurados de un lado a otro.
Era Jano.
«¡Por fin!», pensó.
Deseaba conocer la confirmación, aunque no estaba seguro de poder soportarla. Cogió el móvil y respiró hondo con los ojos cerrados.
—Hola, Jano —dijo con la voz quebrada.
—Hola, Joaquín. Lo siento —respondió al otro lado de la línea, tras tragar saliva.
—¿Es seguro? ¿No hay margen de error? —preguntó con la mirada perdida.
—Es una de ellas, Joaquín. Lo siento mucho. Sé lo que esto significa para ti.
Soltó el aire despacio. Jano escuchó cómo intentaba afrontar la nueva situación.
—Está bien. Solo queda seguir adelante. Gracias por acelerar el proceso. Eres un amigo —añadió con los ojos cerrados.
—Si puedo ayudarte en algo, solo tienes que decírmelo.
—Claro. Gracias de nuevo.
Colgó el teléfono y se pasó la mano por la frente. Por dentro era un torbellino de emociones que difícilmente podría controlar. Se levantó con un nudo en la garganta. Había llegado la confirmación y no podía aplazarlo más. Ya habían pasado demasiados años.
Irene había entrado a saludarle con una sonrisa cuando llegó.
Le informó de que iba a estar en la sala de reuniones con Adrián.
La charla con Patricia le había dado un nuevo enfoque.
Joaquín, como siempre, la animó con frases cargadas de optimismo.
Marcos no volvería hasta dentro de un par de semanas debido al nacimiento de Bruno.
El comisario se levantó con las piernas temblorosas. Confesarle a Irene el hallazgo le provocaba un dolor insoportable. La sensación de haberla fallado era un sentimiento que no podría explicar.
«Soy un fraude de policía desde que entré en el cuerpo», pensó mientras avanzaba casi en automático hacia la sala de reuniones.
Llamó varias veces antes de abrirla. Irene y Adrián lo observaron con interés al haber retomado la investigación del secuestro desde el principio.
—¿Qué ocurre, comisario? —preguntó Adrián, frunciendo el ceño.
—Necesito hablar con vosotros. Es urgente.
Joaquín se sentó junto a Irene, apoyó los codos en la mesa y se frotó el rostro con las manos. Intentaba pensar cómo darle la noticia sin desestabilizarla, pero pronto comprendió que era imposible.
—Me estás asustando, Joaquín —dijo Irene sin apartar la mirada de él.
Lo conocía demasiado bien para saber que lo que tenía que decir no le iba a gustar. Adrián aguardaba en silencio.
—¿Le ha pasado algo a Bruno? —preguntó Irene con la voz tomada.
—No, tranquilos. No es eso. —Levantó la vista para mirarlos y cogió aire antes de continuar.
—Comisario, sea lo que sea, lo afrontaremos como un equipo y lo resolveremos —intervino Adrián para animarlo.
—Eso espero —respondió Joaquín.
—¿Y bien? —insistió Irene, removiéndose en la silla.
—Hace un par de días llegó el cuerpo de una mujer al anatómico forense.
No llevaba documentación. Tengo un amigo, Jano, que trabaja allí.
Somos amigos desde antes de tu secuestro.
La cara de la mujer le resultó familiar y supo por qué.
—Cogió aire—. Me llamó, pero le pedí que confirmara la identidad con el ADN…
—¿Qué es lo que pasa, Joaquín? —interrumpió Irene. Ya intuía la respuesta.
Joaquín la miró con un brillo de tristeza en los ojos. La inspectora comenzó a sentir cómo su pulso se iba acelerando. Conocía demasiado al comisario para saber el motivo de aquella conversación.
—Es una de las niñas, Irene —confirmó al fin.
Adrián abrió los ojos, incrédulo. Observaba a los dos en silencio. Tragó saliva al escuchar la confesión de Joaquín. Se había quedado de piedra. Por eso, prefirió aguardar callado hasta que Irene asimilara la noticia.
—¿Quieres decir que es una de las niñas que secuestraron conmigo? —preguntó Irene, conmocionada.
Joaquín asintió en silencio.
—¿Seguro? —insistió.
—Sí.
Irene se levantó y comenzó a caminar por la sala. «No puede ser. ¿Cómo es posible que escapara?»
—No lo entiendo. Eso quiere decir que Irene no fue la única que consiguió escapar, ¿no? —preguntó Adrián, confundido.
—Exacto. Ha estado escondida todos estos años.
Irene volvió a sentarse. Notó que empezaba a sudar.
—Pero ¿cómo es posible que escapara y la policía no lo supiera? —preguntó Irene, apoyando las manos en la mesa.
—No lo sé. No tengo ni idea de cómo escapó ni de cómo ha permanecido oculta tanto tiempo —respondió Joaquín, alzando ligeramente la voz.
Irene se cruzó de brazos tras un largo suspiro.
—Quiero ir a verla —dijo con firmeza, aunque con los ojos acuosos.
—¿Crees que es buena idea? —preguntó Joaquín, devastado.
—¡Claro! Esto lo cambia todo. Siempre pensamos que fui la única que escapó, pero no es así.
—Carraspeó para contener el llanto—. Ahora, años después, encontramos a una de las niñas…
y está muerta. No sé qué significa todo esto, pero voy a descubrirlo.
Necesito saber quién fue el desgraciado que me secuestró y me destrozó la vida.
Y también dónde están las demás. Si las mató, quiero saber dónde dejó sus cuerpos…
—Hizo un silencio antes de continuar—. Siempre habíamos dado por hecho que escapé yo sola.
Nos equivocamos. Puede que las demás también estén vivas, ¿no?
—Miró a Adrián para buscar su tan preciado optimismo.
—Puede. Nunca se sabe —contestó sin estar convencido.
Joaquín le cogió la mano con fuerza. Ambos compartían sentimientos de culpa e ira. La inspectora se quebró por dentro y comenzó a llorar, mientras el comisario se esforzaba por contenerse.
Adrián permaneció inmóvil, observando la escena sin saber cómo reaccionar.
—Vamos a ir a verla juntos —añadió Joaquín.