No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

La sala de espera estaba casi vacía. Solo había un hombre mayor que leía el periódico con las gafas medio bajadas y consultaba el móvil cada pocos minutos. Irene se sentó lejos, junto a una ventana, y dejó que la luz fría de la mañana le rozara la cara.

No le gustaba ir a ver a Patricia.

Hubo temporadas en las que creyó que le venía bien, y puede que fuera así, pero nunca le había resultado fácil recordar el pasado.

Removía lo que más daño le hacía. Además, con el nacimiento de Bruno se había desvelado más de la cuenta y, si normalmente no dormía, la noche anterior no había descansado nada.

Como últimamente ocurría, las imágenes difusas del día en que Joaquín la rescató regresaban a sus sueños intermitentes.

No recordaba nada con claridad. Era como si alguien hubiera abierto una puerta en su memoria y empezaran a filtrarse pequeñas escenas cuya veracidad no podía asegurar.

Patricia abrió la puerta de la consulta con puntualidad.

—Pasa —dijo con voz baja y tranquila.

Irene respiró hondo, apoyó las manos en el asiento para impulsarse y se levantó.

Un cosquilleo se instaló en su estómago, como siempre que iba a verla.

Se sentó en el mismo sitio de siempre. Patricia se colocó frente a ella tras cerrar la puerta con suavidad.

Cogió el cuaderno, el mismo que Irene tanto odiaba, lo apoyó sobre sus muslos y la miró para dar por comenzada la sesión.

—¿Qué tal estás? —preguntó con interés.

El caso de Irene le preocupaba cada día más. No por lo que decía, sino por lo que callaba.

La psicóloga sabía que no le contaba toda la verdad.

—Cansada. Ayer nació el hijo de Marcos y estuve en el hospital —respondió, cruzando las piernas y las manos.

—¿A qué hora nació? —preguntó sin rodeos.

—Sé por qué lo preguntas. Y no fui sola. Adrián vino a buscarme. Supongo que Marcos se lo dijo para evitar que pasara el mal trago de estar de noche sola en la calle —explicó sin variar la expresión.

—Parece que Marcos fue una buena elección como compañero, ¿no crees?

—Sí, la verdad es que fue un acierto por tu parte —confirmó, convencida—. Ha sido una de las mejores decisiones de mi vida. Desde entonces somos un equipo. Es como si fuera mi hermano. El día que se vaya a otra comisaría lo pasaré bastante mal.

Soltó el aire despacio.

—Pero no quiero preocuparme por eso ahora.

Patricia guardó uno de esos silencios que tanto incomodaban a Irene. Quería que hablara, y por eso callaba. Sin embargo, Irene era experta en aquel juego y aguantaba en silencio hasta que Patricia decidía romperlo.

—He estado revisando tu expediente desde que tomamos la decisión de asignarte un compañero —dijo al fin—.

Y tengo que reconocer que has mejorado notablemente en tu vida social.

Creo que la razón por la que te han vuelto los recuerdos es porque te encuentras en una zona segura.

Puede que tu mente ya no sienta la necesidad de permanecer en alerta constante y haya decidido relajarse… y recordar. ¿Qué opinas?

—No lo sé. La psicóloga eres tú —respondió con frialdad.

—Entiendo. —Miró el cuaderno—. ¿Sigues con la investigación?

—Sí.

—¿Has avanzado?

—No.

—¿Puedo hacerte una sugerencia basada en mi experiencia con casos traumáticos de otros policías? —preguntó con cautela.

—Por poder, puedes —intentó sonar amable, pero no lo consiguió.

—Estás atascada porque partes de una base errónea —afirmó con firmeza.

Irene alzó la vista, sorprendida. Patricia nunca había sido tan directa.

—¿A qué te refieres exactamente? —preguntó, inclinándose hacia delante.

—Se te metió en la cabeza que tu secuestrador era un policía de la comisaría, y ahora eres incapaz de plantearte que puedas estar equivocada. Sin embargo, creo que no avanzas porque no puedes admitir que te equivocaste… y, sinceramente, pienso que lo hiciste.

—Eso es imposible —replicó Irene alzando la voz sin darse cuenta—.

He revisado el caso una y otra vez. Tenía demasiada información para secuestrar a cinco niñas sin que lo encontraran.

Y eso solo tiene una explicación: tenía acceso a la investigación.

Iba un paso por delante. Por eso no pudieron atraparlo.

Patricia se quedó en silencio unos segundos antes de continuar. Era su forma de actuar, pero Irene no podía evitar que la pusiera de los nervios. Los silencios se habían convertido en un juego para ver cuál de las dos aguantaba más.

—¿Cómo te sentiste cuando Adrián fue a buscarte porque no puedes salir sola de noche? —preguntó Patricia, entrelazando los dedos sobre el cuaderno.

—Avergonzada.

—¿Por qué?

—Ya lo sabes —respondió, torciendo el labio.

—Necesito que lo digas en voz alta.

—Porque tienen que cargar conmigo cada vez que anochece. Me hace sentir inútil.

—No deberías verlo así. Como tú misma has dicho, son como tu familia. A veces lo olvidamos, pero la familia está para apoyarnos, cuidarnos y ayudarnos. ¿No lo crees?

—Claro que lo creo.

—Entonces dime, si la premisa de que tu secuestrador fuera un policía resultara errónea, ¿no te apoyarían igualmente?

—Creo que sí.

—Yo también. ¿Le das una oportunidad a empezar de nuevo en la investigación? Ha pasado tiempo y ahora cuentas con el apoyo de dos personas que pueden aportar una perspectiva distinta. Quizá sea el momento adecuado para intentarlo.

Irene asintió, asimilando sus palabras.

—Investigar con objetividad es fundamental. Si confías en el criterio de tus compañeros, será más beneficioso que querer controlarlo todo. A veces, no podemos resolver un problema del que somos parte —explicó Patricia con voz pausada.

Irene frunció el ceño.

—¿Quieres decir que soy el problema de mi secuestro?

—No. Eres el problema en la investigación. ¿Nunca has oído que no se puede ser juez y parte?

Irene asintió lentamente.

—Puedes cambiar la perspectiva desde la que estás mirando el caso —insistió Patricia con cautela.

—Lo entiendo. Es una opción para avanzar. Es mejor que no hacer nada. Puede que tengas razón, pero no tengo pruebas de que la línea de investigación sea errónea —meditó—. No lo sé. Últimamente dudo de todo lo que hago.

Patricia repasó sus notas.

—¿Estás segura de que quieres encontrar a quien lo hizo? —preguntó con la mirada puesta en Irene. La reacción a la pregunta era una pieza clave para comprender su comportamiento.

—¡Por supuesto! ¿A qué viene esa pregunta?

—Tranquila. Hay personas a las que les da más miedo la respuesta que el proceso de búsqueda.

Solo quiero que te la plantees. No necesito que me respondas a mí, sino que seas sincera contigo misma.

Algo ha cambiado en tu interior. Los recuerdos no regresan porque sí.

Nuestro cerebro actúa por una razón. Quizá el desencadenante sea que te encuentras en una zona de confort de la que no quieres salir.

Si resuelves el caso, perderías la identidad que has construido en torno a tu trauma. Serías solo Irene. ¿Me entiendes?

—No del todo —admitió—. Pero sí tengo claro que los recuerdos han vuelto por un motivo.

Se levantó y comenzó a caminar con una mano en la sien.

—No quiero que te agobies. Quiero que proceses lo que hemos hablado. Pero, para avanzar, necesitamos desbloquear esos recuerdos.

—Vale —respondió, girándose para mirarla.

—Quiero que compres un cuaderno y anotes todos los recuerdos que te vayan viniendo. Si un día no recuerdas nada, no importa. Escribe la fecha y deja el espacio en blanco.

—¿Cómo un diario?

—Más o menos, sí. Lo importante es atender a las señales que tu cerebro te envía. Bloqueaste esos recuerdos para protegerte. Ahora te sientes segura, y eso permite que salgan a la superficie. Estoy convencida de que te ayudará escribirlo, tanto a nivel personal como en la investigación.

Irene asintió.

—¿Sabías que pasaría esto y por eso querías que tuviera un compañero?

Patricia sonrió.

—No lo sabía con certeza, pero era una posibilidad.

Joaquín te aporta protección y seguridad, pero también te recuerda al secuestro.

Marcos es una persona nueva: buen agente, buen marido y, ahora, padre.

Representa la estabilidad y la familia. Era el compañero ideal para ayudarte a salir del bucle del trauma.

—Lo ha hecho sin saberlo —admitió al recordar el nacimiento de Bruno de la noche anterior.

—Exacto. Simplificando, te ha ayudado a desbloquearlo.

Irene volvió a sentarse, confusa ante la explicación. Jamás habría imaginado que necesitaba un compañero más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Puede que esta vez te haga caso. Después de todo, no pierdo nada y, si tienes razón, resolvería no solo un caso, sino mi propia vida.

—Esa es la actitud, Irene. Muchas veces no nos damos cuenta de que nosotros mismos somos el problema para avanzar. —Se calló un segundo antes de continuar—. Quiero que entiendas que no estoy menospreciando tu trauma, solo intento que cambies de actitud para que lo superes.

—Lo sé.

—¿Segura?

—Por supuesto.

Irene asintió.

—No soy tu enemiga. Me gustaría que lo tuvieras claro.

—Lo sé. No es que esté encantada de venir a verte. No es personal —aclaró—, pero intento hacer caso a tus consejos. Bueno… a los que considero útiles.

—Eso es un paso. Al menos, ahora me escuchas y piensas en lo que te digo.

—Exacto. —Miró el reloj—. Voy a pensar en lo que me has dicho. Puede que la persona que me secuestró no fuera un policía. Lo tendré en cuenta.

Patricia esbozó una sonrisa con satisfacción. La actitud de Irene había cambiado. La chica altiva que había entrado en su consulta se había vuelto confiada y sociable. Para la psicóloga era un gran paso en su recuperación.