No debiste recordar (Irene Vega 2) Capítulo 1
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No debiste recordar (Irene Vega 2)

No debiste recordar (Irene Vega 2)

Por Veronica Caballero Sanchez

© inepub.com

Capítulo 1

El pasillo del hospital estaba envuelto en el silencio tenso de los turnos de madrugada.

Era martes, casi las tres de la mañana, y la luz blanca hacía que todos parecieran más cansados de lo que estaban.

Irene apoyaba la espalda contra la pared, con los brazos cruzados y la chaqueta sobre el antebrazo, como si en cualquier momento fueran a llamarla.

No esperaba estar tan nerviosa por el nacimiento de Bruno.

Durante los últimos meses, Nieves había permanecido en reposo absoluto y ahora sabían que la espera y el sacrificio habían valido la pena al escuchar llorar al pequeño.

El equipo lo había pasado mal desde el principio, pero quizá esa era una de las razones que los había unido, fortaleciéndolos como equipo y como una segunda familia.

Adrián caminaba de un lado a otro, nervioso, con un café frío entre las manos.

No conocía a Nieves, la mujer de Marcos, tanto como Irene, pero durante los últimos meses había ido a cenar con ellos en varias ocasiones y su relación se había ido estrechado.

Joaquín también había sido un invitado habitual.

Marcos se había pasado casi todo el embarazo trabajando en casa.

No podía dejar sola a Nieves sin sentirse culpable.

Por ello Joaquín decidió asignarle más trabajo administrativo para que pudiera centrarse en su familia.

El comisario hablaba con una enfermera, serio, aunque con una calma poco habitual en él.

Vestía de calle con una camiseta gris bajo el abrigo y unos pantalones vaqueros.

Ninguno había llegado arreglado. La llamada los había sorprendido durmiendo.

Cogieron lo primero que encontraron y salieron al hospital.

Cuando la enfermera se alejó, el comisario levantó la mirada y se encontró con la de Irene.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó ella en voz baja.

—Que todavía tardará un poco —respondió, encogiéndose de hombros.

—No sé si me quedarán uñas cuando salga Bruno. Se está haciendo esperar. ¿Cuánto llevamos? —dijo Adrián, que se había sentado en una de las sillas de la sala de espera.

Irene miró el reloj y se sentó a su lado.

—Casi dos horas.

—Madre mía, lo que tarda esto —añadió Adrián, echando un vistazo a la puerta por la que debería salir Marcos en cualquier momento.

—Pues si a nosotros se nos hace eterno, imagínate a Nieves… —comentó Joaquín, colocándose junto al resto de los agentes.

Irene suspiró tan hondo que varios desconocidos se giraron hacia ella.

—¿Estás bien? —preguntó Joaquín, girándose hacia ella.

—No estoy segura. Si me preguntas por lo mío, mañana tengo que ir a hablar con Patricia. Cada vez estoy más convencida de que me estoy volviendo paranoica —dijo sin acritud.

Adrián le acarició el brazo con suavidad, sin decir nada. La investigación de su secuestro no estaba dando resultados.

—Irene, las cosas complicadas no van tan rápido, ya lo sabes —le recordó el comisario.

—Lo sé, pero cada vez estoy peor. Ya ni siquiera duermo cuatro horas seguidas.

—¿Pesadillas? —intervino Adrián.

—No lo sé —respondió con el ceño fruncido, como si hablar de ello le doliera—. Creo que son recuerdos. Pero no estoy segura.

—Habla con Patricia. Por desgracia, nosotros no podemos ayudarte. Pensé que sacarías alguna información útil al retomar la investigación, pero al final no hemos conseguido nada y tampoco has mejorado con los miedos —se lamentó Joaquín.

—Ya… —murmuró Irene, clavando la mirada en el suelo.

—Bueno, ya veremos cómo avanzamos. Hoy es un día de alegría, no de tristeza —animó Adrián, tan positivo como de costumbre.

—¡Tienes razón! —exclamó Irene, dejando a un lado el tema que tantos sinsabores le traía.

Joaquín asintió y entrelazó los dedos al apoyar los codos en las rodillas. Los tres se quedaron en silencio, acompañados por el murmullo del resto de las personas en la sala.

Pasaron alrededor de dos horas cuando, desde la sala contigua, un llanto breve rompió la espera. El llanto se intensificó y se prolongó unos segundos más. Se levantaron de las sillas y se acercaron a la puerta. Una sonrisa se dibujó en sus rostros al escuchar la voz de Marcos.

«Es Bruno», pensó Irene, con un gran alivio al comprobar que todo había salido bien.

Marcos apareció con una amplia sonrisa y un bebé envuelto en una manta del hospital.

Sus ojos estaban repletos de emoción. Los agentes se acercaron para ver al pequeño.

El médico le indicó que solo podía sacarlo un minuto.

Era importante que regresara con su madre.

Nieves quería estar con él en todo momento.

—¿Qué tal está Nieves? —preguntó Irene.

—Todo está perfecto. Nerviosa por lo que nos viene ahora. Ya sabéis, la inseguridad de si lo haremos bien —respondió Marcos sin dejar de mirar al niño.

—Lo haréis genial. De eso estoy seguro —le animó Joaquín con una sonrisa.

Adrián rio en voz baja, sorprendido de que algo tan pequeño pudiera aferrarse con tanta fuerza al dedo de su padre.

Le rozó la mano con torpeza, como si tuviera miedo de hacerle daño.

Irene tardó un poco más, pero al final se inclinó también para acariciarle la manita.

Joaquín, padre de tres hijos y con experiencia, sacó sin decir nada una bolsa del interior de su chaqueta.

—¿Qué es esto? —preguntó Marcos, contrariado.

—¿Qué va a ser? Algo que Nieves te va a pedir en cuanto se le pase el subidón del parto —sonrió ampliamente.

—¿Es un bocadillo? —preguntó Irene.

Marcos soltó una carcajada.

—Un bocadillo de jamón. Es algo que las embarazadas llevan esperando nueve meses para volver a comer. Cuando me dijiste que estaba de parto, me paré en el bar de abajo —explicó Joaquín.

—Gracias, de corazón. —Los ojos de Marcos se humedecieron—. Estoy más emocionado de lo que pensaba.

Joaquín le metió el bocadillo en el bolsillo trasero del pantalón.

—Esto sí que no se lo va a esperar.

—Venga, vuelve con ella. Estará deseando que estéis los tres juntos —dijo Irene, secándose una lágrima al soltar la manita de Bruno.

—Tenéis razón. Voy a la habitación.

Adrián miró al bebé por última vez antes de que el inspector desapareciera tras la puerta.

—Mañana os llamo para ver qué tal estáis —se despidió Irene.

Salieron del hospital con alegría en el corazón al comprobar que Bruno había llegado en perfecto estado. Era un momento íntimo que debían compartir en familia.

—Bueno, chicos, mañana nos vemos —dijo el comisario al llegar a la calle—. Irene, ¿te vas con Adrián o te llevo yo?

—Me lleva él. Seguro que tu mujer te está esperando y no quiero molestar —respondió.

—Como quieras. —Se dieron un abrazo—. Mañana nos vemos.

Adrián se había presentado en casa de la hermana de Irene para que no tuviera que salir sola de noche.

La inspectora sabía que Marcos le había llamado primero para que fuera a recogerla.

Incluso en un momento como el nacimiento de Bruno, había pensado en ella y en las inseguridades que aparecían cuando caía el sol.

Ese gesto le provocó una leve punzada en el estómago.

—¿Qué se siente cuando conduce otro? —preguntó Adrián, restándole importancia.

—De vez en cuando me gusta ceder el mando —respondió Irene con una sonrisa al subirse al coche.

Mientras Adrián arrancaba, ella apoyó la frente contra el cristal. Las calles pasaban rápido. Pensó que ojalá algún día pudiera volver a salir sola de noche. Era una persona independiente, y aquella inseguridad le quebraba la autoestima.

Había recuerdos que empezaban a moverse, pero no estaba segura de querer que salieran.