No Debía Enamorarme de la Novia Capítulo 32
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Capítulo 32

El primer baile

Después del beso, nadie sabía qué debía hacer.

Los invitados seguían sentados. La oficiante permanecía junto al atril y los camareros esperaban detrás del muro con las bandejas preparadas para el cóctel.

Mara fue la primera en recordar que todavía estaba trabajando.

Se separó de Inés y se colocó de nuevo el auricular.

—Leire, detén la salida de los camareros. El equipo de sonido mantiene la música en pausa. Nadie desmonta nada hasta que decidamos qué hacer con los invitados.

Inés la miró.

—Acabas de besarme delante de ciento ochenta y seis personas y ya estás dando órdenes.

—Siguen siendo ciento ochenta y seis personas a las que alguien tiene que explicar qué ocurre.

—Puedo hacerlo yo.

Mara le sujetó la mano.

—No tienes que hablar inmediatamente.

—Sí. Llevo demasiado tiempo dejando que otros hablen por mí.

Inés regresó a la plataforma.

Beatriz intentó detenerla.

—No vas a hacer otra declaración.

—No puedes impedírmelo.

—Piensa en Álvaro y en su familia.

—Es lo que estoy haciendo.

Inés se acercó al micrófono. Los murmullos se apagaron poco a poco.

—Sé que ninguno esperaba que la ceremonia terminara así —comenzó—. Álvaro tampoco lo merecía. Él intentó detener la boda antes de llegar hasta aquí y fui yo quien insistió en continuar.

La familia de Álvaro seguía en la primera fila. Su madre lloraba en silencio.

—No voy a explicar públicamente nuestra relación —continuó Inés—. Solo diré que Álvaro ha sido honesto conmigo y que yo tardé demasiado en serlo con él. La responsabilidad por la cancelación es mía.

Beatriz la observaba desde un lateral.

—Mara Ferrer tampoco ha provocado el final de este compromiso —añadió Inés—. Hizo exactamente lo contrario. Me pidió que decidiera sin contar con ella y ha cumplido su contrato hasta el último momento. Cualquier intento de responsabilizar a Ferrer Eventos será falso.

Varias personas miraron hacia Mara.

Ella no había pedido aquella defensa. Tampoco intentó detenerla.

—Entenderé que algunos queráis marcharos —dijo Inés—. Los coches están preparados. La comida y la música también. Quienes prefiráis quedaros seréis bienvenidos. No os pediré que celebréis una boda que no ha ocurrido. Pero hoy he dicho la verdad por fin. Yo sí quiero celebrar eso.

Dejó el micrófono.

Durante unos segundos no hubo ninguna reacción.

Sofía se levantó y aplaudió.

Leire la siguió. Después lo hicieron varios amigos de Inés y algunos familiares. Otros permanecieron sentados. Una parte de los invitados empezó a abandonar el olivar en silencio.

Beatriz subió de nuevo a la plataforma.

—No puedes convertir esto en una fiesta.

—El evento está pagado —respondió Inés—. Los proveedores han trabajado durante semanas y la comida está preparada.

—Casa Valcárcel no participará en este espectáculo.

—Entonces puedes marcharte.

La respuesta sorprendió incluso a Mara.

Beatriz miró a sus dos hijas.

—Sofía.

—Yo me quedo.

—No sabes las consecuencias que tendrá esto.

—Las descubriremos mañana —dijo Inés—. Hoy ya no voy a obedecerte por miedo.

Beatriz se acercó a Mara.

—Tu contrato ha terminado.

—Envíelo por escrito —respondió ella—. Hasta entonces, tengo ciento veinte invitados que quieren quedarse y un servicio pendiente.

—No recibirás ninguna recomendación mía.

—Ya no la necesito.

—Lisboa no va a protegerte cuando se conozca la verdad.

—No quiero que me proteja. Quiero trabajar.

Beatriz mantuvo su mirada.

—Crees que has ganado.

—Esto no era una competición.

—Lo será cuando tengas que enfrentarte a nuestros abogados.

Sofía levantó el teléfono.

—También tendrán que enfrentarse a la grabación.

Beatriz se volvió hacia ella.

—Borra ese archivo.

—Mi abogada tiene una copia.

—Eres mi hija.

—No soy tu empleada.

Beatriz no respondió.

Abandonó el olivar acompañada por la directora de comunicación. Varios miembros del consejo de Casa Valcárcel y algunos familiares se marcharon detrás de ella.

Inés la vio alejarse.

No parecía satisfecha. Parecía cansada y triste.

Mara se acercó.

—¿Estás bien?

—No.

—Podemos cancelar el resto.

—No quiero que todo vuestro trabajo termine de esta forma.

—Nuestro trabajo termina cuando la clienta lo decide.

Inés la miró.

—Hace unas horas utilizabas esa palabra para mantenerme lejos.

—Ahora intento saber qué quieres hacer con ciento veinte invitados.

—Quiero que coman. Algunos han cruzado medio país para venir.

Mara habló por el auricular.

—Leire, iniciamos el cóctel. Retiramos cualquier referencia a los recién casados y cancelamos el corte de la tarta. La cena se mantiene para quienes quieran quedarse.

—Entendido —respondió Leire—. La cocina pregunta qué hacemos con las figuras de azúcar.

Mara miró a Inés.

—Que las sirvan aparte —dijo ella—. Después de todo lo que ha ocurrido, no voy a permitir que se desperdicie el postre.

Mara transmitió la instrucción.

Los camareros entraron con las bandejas. La música empezó a sonar y los invitados que se habían quedado caminaron hacia el patio.

No era una boda.

Pero la celebración continuaba.

***

Álvaro seguía en la finca.

Inés lo encontró junto a la entrada principal, hablando con sus padres. Mara permaneció a distancia mientras ellos se despedían.

La madre de Álvaro abrazó a Inés. Su padre le estrechó la mano antes de subir al coche. No parecían haberla perdonado, pero tampoco permitieron que los fotógrafos se acercaran.

Álvaro fue el último en marcharse.

Habló con Inés durante varios minutos. Ninguna de las dos levantó la voz. Inés lloró. Álvaro le devolvió una caja pequeña que ella rechazó. Después se abrazaron.

No fue un abrazo romántico.

Fue la despedida de dos personas que habían compartido una parte importante de sus vidas y sabían que no volverían a relacionarse de la misma manera.

Álvaro miró hacia Mara antes de subir al coche.

Ella no se acercó.

Él tampoco.

El vehículo abandonó Son Marès.

Poco después, Mara recibió un mensaje.

He aprobado el comunicado que exime a Ferrer Eventos de cualquier responsabilidad. Mi familia no participará en una reclamación. Necesito que no volváis a contactar conmigo durante un tiempo.

Mara respondió:

Lo entiendo. Lo siento.

No recibió ninguna contestación.

Inés regresó.

—¿Qué te ha dicho?

Mara le mostró el mensaje.

Ella lo leyó y le devolvió el teléfono.

—No quiero que nadie convierta a Álvaro en el villano de esta historia.

—No lo permitiré.

—¿Puedes incluirlo en el comunicado?

—Leire ya está trabajando con los abogados. Lo enviaremos para que lo apruebe antes de publicarlo.

Inés asintió.

—Gracias.

—No me las des todavía.

—¿Qué más puede salir mal?

Una ráfaga de viento levantó varias servilletas del cóctel.

Mara fue a recogerlas.

—No vuelvas a preguntar eso durante un evento.

***

Noa eligió una sola fotografía para acompañar el comunicado.

Era la imagen del beso entre los olivos.

Antes de enviarla, se acercó a Mara e Inés.

—No la publicaré sin vuestro permiso.

Les enseñó la pantalla.

Inés tenía una mano sobre la mejilla de Mara y el velo se movía con el viento. Detrás aparecían los invitados, aunque sus rostros estaban desenfocados.

No se veía el altar.

Tampoco el lugar vacío que Álvaro había dejado.

Solo a las dos mujeres besándose delante de todos.

—Quiero utilizarla —dijo Inés.

Mara dudó.

—Después no podremos controlar todo lo que se diga.

—Ya no quiero controlarlo todo.

—Tu madre intentará imponer su versión.

—Entonces contaremos la nuestra.

Mara miró a Noa.

—Envíala a los abogados.

—Lo haré.

Noa guardó la cámara.

—Por cierto, el hotel de Lisboa ha visto el vídeo de la prensa. Siguen queriendo trabajar contigo.

—¿Por qué no iban a querer?

—Porque acabas de besar a la novia de la boda que estabas organizando.

—La besé después de que cancelara la ceremonia.

—La precisión jurídica vuelve a salvarte.

Mara sonrió.

—¿Cuándo sales? —preguntó Inés.

—Pasado mañana a las siete y diez.

—Vas a ir.

—Sí.

—Bien.

Mara esperaba otra reacción.

—¿Bien?

—No voy a pedirte que abandones un proyecto por mí. Ya he aprendido algo.

—Puedes venir a Lisboa.

Inés la miró.

—¿Me estás invitando?

—Cuando hayas hablado con los abogados, solucionado la situación con Casa Valcárcel y dado a Álvaro el espacio que necesita.

—Eso puede tardar.

—Estaré allí ocho semanas.

—¿Y después?

—Volveré a Palma.

Inés sonrió.

—Entonces iré a Lisboa.

—¿Estás segura?

—No he dicho que vaya mañana. He dicho que iré.

—De acuerdo.

—Y cuando vuelvas a Palma, tendremos una cita.

—¿Una cita?

—Nunca hemos tenido una.

Mara recordó el invernadero, los mensajes que no respondió y las reuniones convertidas en discusiones.

—Es verdad.

—Quiero una cena en la que ninguna lleve auricular ni anillo de compromiso.

—Parece razonable.

—Tampoco puede asistir mi madre.

—Esa condición es imprescindible.

Inés la besó brevemente.

Noa levantó la cámara.

—Ni se te ocurra —advirtió Mara.

—Esta era para mí.

Se alejó riendo.

***

La cena empezó con sesenta y ocho invitados.

Algunos habían decidido marcharse después del cóctel. Los más cercanos a Inés permanecieron en el patio. También se quedaron varios proveedores cuando terminaron su turno.

Sofía ocupó el lugar junto a su hermana.

No hubo discursos familiares ni brindis por los novios. En su lugar, Leire levantó una copa.

—Por las organizadoras que sobreviven a la boda del año.

Los trabajadores de Ferrer Eventos aplaudieron.

—Y por las novias que por fin leen el programa antes de llegar al altar —añadió Sofía.

Inés le lanzó una servilleta.

Mara cenó por primera vez en todo el día. Inés se sentó a su lado, aunque ambas tuvieron que levantarse varias veces para resolver cuestiones del servicio.

A medianoche, quedaban menos de cuarenta personas.

Las mesas empezaban a vaciarse y el equipo desmontaba parte de la decoración. La orquesta tenía programada una última pieza antes de terminar.

Mara revisaba la hora cuando empezó la música.

Reconoció los primeros acordes.

Era la canción prevista para el primer baile. Inés y Álvaro habían decidido que empezara sin anuncio para poder elegir en el momento si querían salir a la pista.

Nadie había recordado retirarla del programa.

Mara hizo una señal al director de la orquesta para que se detuviera.

Inés le sujetó la mano.

—Déjala.

—Era vuestra canción.

—Nunca llegamos a bailarla.

—Podemos elegir otra.

—No quiero seguir cediéndole canciones a una vida que no ha ocurrido.

Inés la llevó hacia el espacio abierto entre las mesas.

—Baila conmigo.

Mara miró a las personas que quedaban. Sofía ya estaba sonriendo. Leire levantó su copa y Noa dejó la cámara sobre una silla.

—Nos están mirando —dijo Mara.

—Lo sé.

—La prensa recibirá fotografías mañana.

—También lo sé.

—Y Beatriz…

—Esta noche no.

Mara rodeó su cintura.

Inés apoyó una mano sobre su hombro.

Empezaron a bailar.

No lo hacían bien. Mara seguía pendiente de los camareros y del desmontaje. Inés pisó una vez el borde de su vestido y tuvieron que detenerse para reírse.

Después encontraron el ritmo.

—Me marcho pasado mañana —recordó Mara.

—Lo sé.

—No voy a cancelar Lisboa.

—No te lo he pedido.

—Tendremos que aprender a estar juntas sin convertir cada decisión en una prueba.

—Empezaremos con una visita.

—Después una cita.

—Después ya veremos.

Mara la acercó un poco más.

—Te quiero.

—Repítelo.

—Te quiero.

—Otra vez.

Mara sonrió.

—Eres muy exigente.

—La prensa dice que soy una clienta imposible.

—La prensa se equivoca.

Inés la besó.

Algunas personas aplaudieron. Otras empezaron a bailar a su alrededor.

Las luces bajas continuaban encendidas entre los olivos y el viento ya no amenazaba el montaje. La fiesta que debía celebrar un matrimonio se había convertido en otra cosa: una despedida, una elección y el comienzo de una relación que ninguna sabía todavía cómo construir.

No necesitaban decidirlo aquella noche.

La música continuó.

Esta vez, cuando terminó, ninguna de las dos se apartó.