No Debía Enamorarme de la Novia Epílogo
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Epílogo

Un año después

Mara regresó al Hotel Miradouro para celebrar el primer aniversario de su inauguración.

La fiesta ocupaba la azotea, dos salones y parte del jardín. Había cuatrocientos invitados, tres cocinas y un grupo que había exigido instalar un piano cerca de la piscina.

Comparado con la boda de Inés, resultaba sencillo.

—El director quiere retrasar el discurso veinte minutos —informó Leire por el auricular.

—No.

—Dice que todavía no ha llegado un inversor.

—El inversor ha escrito que no vendrá. Empezamos a las nueve.

—Por eso te echaba de menos.

Leire se había quedado al frente de la oficina de Palma durante los dos meses que Mara trabajó en Lisboa. Después, el hotel les encargó otros tres eventos y Ferrer Eventos empezó a dividir su equipo entre ambas ciudades.

Ya no tenían facturas vencidas.

Habían contratado a dos coordinadoras, ampliado la oficina y recuperado a varios proveedores que estuvieron a punto de abandonarlas. No necesitaron la recomendación de Beatriz Valcárcel.

La fotografía de Mara e Inés besándose entre los olivos había contribuido a que todos conocieran su nombre, aunque no de la forma que Mara habría elegido.

Durante semanas, los medios las siguieron. Unos presentaron a Mara como la organizadora que había seducido a la novia. Otros convirtieron a Inés en una heroína romántica que había escapado del altar para recuperar a su primer amor.

Ninguna versión era cierta por completo.

Inés había concedido una sola entrevista. En ella asumió la responsabilidad por el beso y por haber permitido que Álvaro llegara hasta el altar. También explicó que Mara le había pedido que tomara la decisión sin contar con una posible relación entre ellas.

Álvaro no hizo declaraciones.

Su familia confirmó que Ferrer Eventos no tenía ninguna responsabilidad por la cancelación. Después, él se marchó a Ginebra y pidió a Inés que no lo contactara.

Seis meses más tarde le envió un mensaje.

Todavía necesito distancia, pero ya no estoy enfadado todos los días. Espero que estés bien.

Inés respondió:

Lo entiendo. Siento el daño que te hice. Espero que tú también estés bien.

No volvieron a hablar.

Mara sabía que aquello no era una reconciliación. Quizá nunca llegaría a serlo. Pero Álvaro estaba reconstruyendo su vida lejos de la boda y de las familias que habían intentado decidir por ellos.

También Inés.

—Tu novia acaba de llegar —dijo Leire por el auricular.

Mara miró hacia la entrada de la azotea.

Inés llevaba un traje verde oscuro y el cabello suelto. No había avisado de que viajaría a Lisboa, aunque Mara debería haberlo sospechado. Durante la última semana había hecho demasiadas preguntas sobre el horario del evento.

—No estaba en la lista —dijo Mara.

—La he añadido.

—No puedes modificar la lista sin consultarme.

—Lo aprendí de tu suegra.

Mara se quitó el auricular durante un instante.

—No vuelvas a llamarla así.

Leire se rio.

Inés llegó hasta ella.

—Hola.

—Dijiste que tenías una presentación en Milán.

—Terminó ayer.

—También dijiste que pasarías el fin de semana en Palma.

—Mentí.

—Eso rompe una de nuestras reglas.

—Las reglas eran para la boda.

Mara la besó.

Ya no tenían que comprobar quién las observaba. Algunas personas reconocieron a Inés y dos invitados levantaron sus teléfonos. Ella no se apartó.

—Estás trabajando —dijo cuando terminó el beso.

—Y tú has aparecido sin avisar.

—Puedo marcharme.

—No.

—Entonces terminaré de distraerte.

Mara volvió a ponerse el auricular.

—Dame veinte minutos.

—Treinta.

—Veinticinco.

—Acepto.

Inés se dirigió hacia la barra.

Mara la observó alejarse.

Había cumplido su promesa y visitó Lisboa doce días después de la boda. No llegó inmediatamente porque tuvo que resolver la situación con los abogados y enfrentarse al consejo de Casa Valcárcel.

La primera cita se celebró en un restaurante pequeño cerca del río. No hubo fotógrafos, joyas prestadas ni programas. Mara dejó el teléfono en el bolso e Inés no llevó ningún anillo.

Hablaron durante cuatro horas.

No intentaron recuperar de una vez los catorce años perdidos.

Empezaron por contar lo que habían hecho durante ese tiempo.

Mara habló de Londres, sus primeros trabajos y las noches en las que estuvo a punto de llamar.

Inés explicó cuándo comprendió que era bisexual, cómo conoció a Álvaro y cuánto había permitido que Beatriz decidiera en su nombre.

Después discutieron.

También se besaron.

Inés regresó a Lisboa otras tres veces antes de que terminara el proyecto. Cuando Mara volvió a Palma, decidieron alquilar un apartamento juntas durante seis meses antes de comprar nada.

Seguían viviendo allí.

Beatriz no lo había aceptado.

Después de la boda, sus abogados intentaron mantener la reclamación contra Ferrer Eventos. La grabación de Sofía y los mensajes enviados a Mara volvieron imposible presentarla sin que la coacción quedara expuesta.

Beatriz firmó el acuerdo, renunció a cualquier reclamación y entregó los archivos de la fotografía.

También se confirmó que había financiado la plaza adicional de la beca.

Nunca pidió perdón.

Inés continuó como directora creativa de Casa Valcárcel, pero exigió que sus decisiones fueran aprobadas por un comité independiente y trasladó su equipo a un estudio separado. Ya no vivía en Son Marès ni aceptaba reuniones privadas con su madre cuando se discutían asuntos personales.

Ella y Beatriz hablaban por trabajo.

Como madre e hija, todavía no habían encontrado la forma.

Sofía decía que Beatriz necesitaría tiempo para comprender que una relación no podía gestionarse como una empresa.

Teresa era menos optimista.

***

El discurso empezó a las nueve en punto.

La cena se sirvió sin retrasos y el piano permaneció lejos de la piscina. A medianoche, Mara entregó la dirección del evento a una de las nuevas coordinadoras.

Encontró a Inés esperando junto al ascensor.

—Han pasado dos horas —protestó ella.

—Te dije que estaba trabajando.

—Una organizadora menos competente habría terminado antes.

—Una organizadora menos competente habría colocado un piano dentro de una piscina.

—Habría sido memorable.

—También muy caro.

Inés pulsó el botón del ascensor.

—Quiero enseñarte algo.

—¿En el hotel?

—Arriba.

—Estamos en la última planta.

—Existe otra azotea.

—He organizado seis eventos aquí y nadie me ha hablado de otra azotea.

—Porque no tienes mis contactos.

—¿Has sobornado al director?

—He diseñado las joyas que su mujer llevará en su aniversario.

Las puertas se abrieron.

Inés la condujo hasta la planta superior y después por una escalera de servicio. Al final había una terraza pequeña que Mara nunca había visto.

No estaba decorada.

No había flores, velas ni fotógrafos. Solo dos sillas, una botella de vino y la ciudad extendiéndose frente a ellas.

—¿Has organizado esto tú? —preguntó Mara.

—El director ha colocado las sillas.

—Están demasiado cerca de la barandilla.

—Siéntate.

Mara obedeció.

Inés sirvió el vino.

—Llevas toda la noche actuando de forma extraña.

—Llevo un año actuando de forma extraña.

—Buen argumento.

Inés no bebió.

Sacó una caja pequeña del bolsillo.

Mara la miró.

—No.

—Todavía no he preguntado nada.

—Eso es un anillo.

—Sí.

—Inés.

—No hay invitados, prensa ni madres decidiendo. Tampoco he fijado una fecha.

Abrió la caja.

El anillo era sencillo. Una banda de oro mate rodeaba una piedra amarilla pequeña. No pertenecía a ninguna colección de Casa Valcárcel.

—Lo he diseñado yo —explicó—. En mi estudio y sin enseñárselo a nadie.

Mara tomó la caja, pero no sacó el anillo.

—Llevamos un año juntas.

—Y catorce separadas. Me parece que el promedio permite hacer la pregunta.

—No funcionan así los promedios.

—Déjame terminar.

Mara cerró la boca.

—No quiero organizar otra vida antes de saber si tú la quieres —dijo Inés—. Tampoco necesito que nos casemos este año ni el siguiente. Pero quiero construir una casa contigo, discutir por los horarios y visitarte en todas las ciudades a las que te lleve el trabajo.

—Eso último parece caro.

—Puedo permitírmelo.

—Presumida.

—También quiero despertarme contigo cuando las cosas sean fáciles, no solo después de cancelar una boda delante de ciento ochenta y seis personas.

Mara sintió que empezaba a llorar.

—¿Me dejas hacer la pregunta? —pidió Inés.

—Sí.

Inés se arrodilló.

—Mara Ferrer, ¿quieres casarte conmigo cuando las dos estemos preparadas?

Mara miró el anillo.

Después miró a la mujer que había aprendido a elegir sin pedir permiso y a asumir las consecuencias de sus decisiones.

—Con una condición.

—¿Cuál?

—No organizaré nuestra boda.

—Leire ya ha aceptado.

Mara empezó a reírse.

—Lo tenías preparado.

—Solo esa parte.

—¿Sofía también lo sabe?

—Necesitaba ayuda para saber tu talla.

—Has dicho que nadie había visto el anillo.

—No lo ha visto. Le di una medida.

—Eso sigue siendo organizar.

—Mara.

—Sí.

Inés dejó de discutir.

—¿Sí a qué?

—Sí, quiero casarme contigo.

Inés colocó el anillo en su mano.

—¿Estás segura?

—Por primera vez no me lo preguntas delante de un altar.

—Necesitaba comprobarlo.

Mara la hizo levantarse y la besó.

No había cámaras detrás de ningún cristal ni invitados esperando una respuesta. Tampoco existía una beca, un contrato o una amenaza que pudiera decidir por ellas.

Esta vez, el sí les pertenecía por completo.