No Debía Enamorarme de la Novia Capítulo 31
95%

Capítulo 31

No

Inés recorrió el sendero sola.

La música sonaba entre los olivos. El viento movía ligeramente su velo, pero las luces, las flores y las sillas permanecían firmes. Mara había cumplido su promesa: el lugar elegido por Inés estaba preparado.

Los invitados se pusieron en pie.

Beatriz ocupaba el asiento central de la primera fila. A su lado estaban Sofía y el tío Gonzalo. La familia de Álvaro se encontraba al otro lado del pasillo.

Mara esperaba junto a la última fila, vestida de negro y con el auricular colocado. Cuando Inés apareció, dejó de mirar el programa.

Sus ojos se encontraron.

Mara no sonrió ni hizo ningún gesto. Se limitó a permanecer allí, como había prometido.

No se marcharía antes del final.

Álvaro esperaba junto al atril.

Parecía tranquilo, aunque mantenía las manos tensas frente al cuerpo. Al ver que Inés entraba sola, comprendió que algo había cambiado.

Inés llegó hasta él.

—Estás preciosa —dijo en voz baja.

—Gracias.

—¿Estás segura de que quieres continuar?

La oficiante esperaba a pocos pasos. Los invitados podían verlos, pero no oían la conversación.

Inés miró hacia Mara.

Después volvió a mirar a Álvaro.

—Necesito llegar hasta la pregunta.

Él asintió.

—De acuerdo.

La música terminó y los invitados ocuparon sus asientos.

Elena, la oficiante, dio la bienvenida y habló de las decisiones compartidas, del respeto y de la voluntad de construir una vida juntos. Cada palabra parecía dirigida a Inés.

Sofía se levantó para hacer la lectura elegida por los novios. No utilizó el texto previsto.

Dejó la hoja doblada sobre el atril.

—Voy a decir algo más breve —anunció.

Beatriz se tensó.

Sofía miró a su hermana.

—Querer a alguien no significa decidir por esa persona. Significa confiar en que podrá elegir, incluso cuando su elección nos dé miedo.

No añadió nada más.

Regresó a su asiento.

Inés sintió que empezaba a llorar.

Álvaro le ofreció la mano. Ella la aceptó.

La oficiante continuó con la fórmula civil. Explicó que el matrimonio exigía el consentimiento libre de ambas partes y pidió a los novios que se miraran antes de responder.

Álvaro sostuvo la mirada de Inés.

No necesitaban hablar para comprender lo que estaba ocurriendo. Habían llegado hasta allí a pesar de saber que el compromiso estaba roto. Él esperaba todavía que Inés pudiera elegirlo. Ella había esperado que el altar le proporcionara una respuesta diferente.

No había ocurrido.

Elena se dirigió primero a Álvaro.

—Álvaro Luján, ¿consientes libremente en contraer matrimonio con Inés Valcárcel y compartir con ella tu vida?

Él no respondió de inmediato.

Miró el anillo que Inés llevaba en la mano izquierda. Después contempló a los invitados, a sus padres y a Beatriz.

Finalmente volvió a mirar a Inés.

—Sí, quiero.

Su voz fue firme.

Era la verdad de Álvaro. Él seguía queriendo casarse con ella a pesar del daño, las dudas y todo lo ocurrido.

La oficiante se volvió hacia Inés.

Mara permanecía al final del pasillo.

No hizo ningún gesto. No intentó influir en la respuesta.

—Inés Valcárcel —dijo Elena—, ¿consientes libremente en contraer matrimonio con Álvaro Luján y compartir con él tu vida?

El olivar quedó en silencio.

Inés pensó en la carpeta gris que Beatriz guardaba en la casa. En la reclamación contra Ferrer Eventos y en la fotografía del invernadero.

Pensó en los cinco años que había compartido con Álvaro.

Pensó en Mara haciendo las maletas.

El micrófono esperaba su respuesta. Mara lo había colocado a la altura exacta durante el ensayo.

Inés respiró hondo.

—No.

La palabra se oyó en todo el olivar.

Durante un instante nadie reaccionó. Después una silla raspó la grava y, en las últimas filas, alguien dejó escapar una exclamación ahogada.

Varios invitados empezaron a murmurar.

Beatriz se levantó.

—Inés.

Ella no la miró.

Álvaro soltó despacio su mano. El dolor apareció en su rostro, pero no había sorpresa.

—Lo siento —dijo Inés.

—No lo digas por ellos. Dímelo a mí.

Inés se acercó al micrófono.

—No puedo casarme contigo.

Álvaro asintió una sola vez.

—¿Por Mara?

—No solo por ella.

La respuesta era importante. Mara le había pedido que no saliera de la boda por una promesa sentimental.

—No puedo convertirme en tu esposa porque he intentado obligarme a querer esta vida —continuó Inés—. Te quiero, pero no de la manera que necesitas. Llevaba semanas evitando admitirlo. Tú me diste la oportunidad de detener esto y no tuve valor para aceptar lo que sentía.

Álvaro bajó la mirada.

—No debí esperar hasta este momento —dijo ella—. Lo siento por eso.

Álvaro cerró los ojos un instante.

—Yo también sabía que podía ocurrir.

—No lo merecías.

—No. Pero tampoco merecía un sí que no fuera verdad.

Inés se quitó el anillo.

Lo sostuvo sobre la palma antes de entregárselo.

Álvaro cerró los dedos alrededor de la joya.

—No vuelvas a elegir por miedo —le dijo.

—No lo haré.

Él se apartó del altar.

Su madre se levantó para acercarse a él, pero Álvaro negó con la cabeza. Necesitaba salir solo.

Abandonó el olivar por el camino oeste.

Inés lo vio marcharse.

No sintió alivio. Sentía dolor por él y por la vida que acababan de terminar delante de sus familias.

Aun así, sabía que había respondido con sinceridad.

Beatriz subió a la plataforma.

—La ceremonia ha terminado —dijo a la oficiante—. Los invitados pasarán a la casa mientras hablamos en privado.

Inés se interpuso.

—No.

—Has provocado suficiente daño.

—No voy a volver a una habitación para que decidas cómo debe contarse esto.

Los invitados seguían sentados. Algunos habían sacado sus teléfonos pese al protocolo. Noa permanecía junto a uno de los árboles con la cámara bajada.

—Inés —dijo Beatriz—, piensa en lo que estás haciendo.

—Llevo toda la vida pensándolo después de que tú ya lo hayas decidido.

—Ferrer Eventos será responsable de esta cancelación.

—No. Yo soy responsable.

—Existe una fotografía.

—Publícala.

Beatriz guardó silencio.

—Si quieres entregársela a la prensa, hazlo —continuó Inés—. Yo explicaré que besé a Mara por decisión propia. También explicaré que compraste la imagen, amenazaste su empresa y utilizaste una beca para separarnos cuando teníamos dieciocho años.

Los murmullos aumentaron.

—No sabes de qué estás hablando.

—Sofía tiene grabada tu amenaza. Los abogados también.

Por primera vez, Beatriz miró hacia su hija menor con inquietud.

Sofía levantó el teléfono.

—Hay varias copias.

Beatriz bajó la voz.

—Estás destruyendo a la familia por una organizadora de bodas.

—No. Estoy dejando de permitir que tú decidas quién puede formar parte de mi vida.

Inés bajó de la plataforma.

Los invitados siguieron su recorrido con la mirada.

Mara continuaba junto a la última fila.

Cuando Inés empezó a caminar hacia ella, dejó el programa sobre una silla.

Noa levantó la cámara, pero esperó antes de tomar ninguna fotografía.

Mara negó con la cabeza.

—No tienes que hacer esto delante de todos.

—Sí.

—Acabas de terminar una relación de cinco años.

—La terminé hace días. Hoy solo he dejado de fingir.

—Inés…

—Me pediste que no saliera de esta boda por ti. No lo hago. Salgo por mí. Pero, si todavía me permites elegirte, te elijo a ti.

Mara la miró sin responder.

Inés sintió miedo, pero no retrocedió.

—Te marchas a Lisboa dentro de dos días —continuó—. No sé qué ocurrirá después. No te estoy pidiendo que canceles el trabajo ni que me prometas una vida. Te estoy diciendo que ya no quiero esconder lo que siento.

—Tu madre presentará la reclamación.

—Lucharemos.

—La prensa nos destrozará.

—Dejará de interesarse algún día.

—Álvaro está sufriendo.

—Lo sé. Y asumiré haberle hecho daño. No puedo repararlo casándome con él.

Mara miró a los invitados.

—No quiero ser otra persona que elija por ti.

—No te he pedido que elijas. Te he dicho lo que quiero.

—¿Estás segura?

Inés recordó el primer beso, la beca, los mensajes sin respuesta y las semanas que había pasado intentando salvar a todo el mundo.

—Sí.

Mara levantó una mano y le acarició el rostro.

—Entonces te elijo a ti también.

Inés la besó.

Los invitados reaccionaron con una mezcla de exclamaciones, murmullos y algún aplauso. Sofía fue la primera en ponerse en pie. Leire la siguió.

Mara rodeó la cintura de Inés y respondió al beso sin intentar ocultarse.

Noa levantó la cámara.

Esta vez, ninguna le pidió que borrara la fotografía.