No Debía Enamorarme de la Novia Capítulo 29
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Capítulo 29

El viento

La primera reunión de emergencia empezó veinte minutos después del aviso meteorológico.

Mara reunió en la biblioteca al ingeniero, al responsable de seguridad, al encargado del sonido y a Leire. Inés y Álvaro también asistieron. Beatriz llegó con el plano de la capilla bajo el brazo.

—Trasladaremos la ceremonia —anunció antes de sentarse.

—Todavía no —respondió Mara.

—La previsión anuncia rachas de más de setenta kilómetros por hora.

—Para toda la zona norte de la isla. Necesitamos conocer cómo afectará a la finca y a qué hora alcanzará la mayor intensidad.

El ingeniero abrió el informe.

—Son Marès está parcialmente protegida por la sierra, pero el olivar queda expuesto al viento del oeste. Con el montaje actual, no puedo garantizar la seguridad.

Inés miró las luces suspendidas entre los árboles.

—¿Qué habría que cambiar?

Mara había empezado a preparar una lista.

—Retirar todas las telas, las lámparas colgantes y cualquier estructura decorativa elevada. Las sillas no se colocarán hasta dos horas antes de la ceremonia y se unirán por filas. También reforzaremos la plataforma y ocultaremos los cables dentro de una canalización fijada al suelo.

—Aun así, podría ser peligroso —advirtió el responsable de seguridad.

—Por eso instalaremos dos anemómetros y estableceremos un límite. Si las rachas superan los cuarenta y cinco kilómetros por hora durante la hora previa, trasladaremos la ceremonia al patio cubierto.

Beatriz dejó el plano de la capilla sobre la mesa.

—No voy a pagar dos montajes para terminar celebrando la ceremonia en el patio.

—El patio ya forma parte del plan de lluvia —explicó Leire—. Solo tenemos que colocar las sillas.

—La capilla está preparada.

—No tiene capacidad para todos los invitados —recordó Inés.

—Instalaremos pantallas fuera.

—Ya dije que no quiero eso.

Beatriz se volvió hacia Mara.

—Estás permitiendo que una preferencia personal interfiera en la seguridad.

—No. Estoy preparando dos espacios y unos criterios técnicos que decidirán cuál utilizaremos.

—El criterio técnico ya ha dicho que el olivar no es seguro.

El ingeniero corrigió:

—He dicho que no es seguro con el montaje actual y con rachas de setenta kilómetros. Si la intensidad disminuye y eliminamos los elementos elevados, puede utilizarse.

—¿Puede garantizarlo?

—Nadie puede garantizar el tiempo. Puedo inspeccionar la instalación y autorizarla si las mediciones están dentro del límite.

Álvaro intervino.

—Entonces seguimos con las dos opciones. Si el sábado no es seguro, iremos al patio.

Beatriz lo miró.

—La capilla resulta más digna.

—El patio permite que todos presencien la ceremonia —dijo él—. Inés no quiere la capilla.

Mara agradeció que apoyara la decisión. No dijo nada.

Beatriz cerró el plano.

—Quiero un informe actualizado mañana a las ocho.

—Lo tendrá —respondió Mara.

—Y no se añadirá ningún coste.

—Lo mantendremos dentro del presupuesto.

La reunión terminó.

***

Durante las siguientes veinticuatro horas, Ferrer Eventos modificó casi todo el montaje.

Las lámparas colgantes fueron sustituidas por focos bajos fijados a las bases de los olivos. Dalia Norte cambió los arreglos altos por composiciones de ramas, flores y recipientes pesados que no podían volcarse con facilidad.

El equipo de sonido retiró dos torres y distribuyó altavoces más pequeños a nivel del suelo. Los técnicos reforzaron la plataforma y añadieron anclajes a la rampa.

Noa tuvo que revisar sus ángulos.

—Sin las lámparas perderemos profundidad en las fotografías de la noche —dijo.

—La ceremonia terminará antes de que oscurezca.

—Si se retrasa, necesitaré más luz.

—Coloca dos focos detrás del muro y fíjalos con lastre.

—Eso limitará el movimiento de las cámaras.

—Prefiero limitar las cámaras que golpear a un invitado con un foco.

Noa aceptó el cambio.

—Lisboa será más tranquila.

—El evento dura tres días e incluye una fiesta en la azotea.

—Déjame conservar la ilusión hasta que lleguemos.

Mara siguió trabajando.

A mediodía del viernes, el viento empezó a aumentar. Las ramas de los olivos se movían y las primeras mediciones alcanzaron los treinta y ocho kilómetros por hora.

Beatriz ordenó a varios empleados que prepararan la capilla.

Mara no se opuso. Necesitaban todas las alternativas disponibles, aunque el patio siguiera siendo el espacio elegido como sustituto.

A las cinco de la tarde, las rachas superaron los cincuenta kilómetros.

—Si esto continúa mañana, no habrá olivar —dijo el ingeniero.

—La previsión indica que la intensidad máxima será durante la madrugada —respondió Mara.

—Puede retrasarse.

—Lo sé.

—Necesito decidir antes de las tres de la tarde. Después no podremos trasladar ciento ochenta y seis sillas a tiempo.

—Tendrás una decisión a las dos.

Mara llamó a un servicio meteorológico local. El especialista analizó la orientación de la finca y los registros de una estación situada a seis kilómetros.

La previsión era favorable, pero no segura. El frente debía abandonar la isla durante la mañana. A partir de las cuatro, esperaban rachas inferiores a treinta y cinco kilómetros por hora.

No bastaba con confiar.

Había que medirlo.

***

A las once de la noche, Mara seguía en el olivar.

El viento había alcanzado su mayor intensidad. Las luces bajas permanecían fijas y la plataforma no mostraba movimientos, pero varias ramas pequeñas habían caído sobre el camino.

Los empleados de mantenimiento las retiraban.

Leire apareció con dos cafés.

—Llevas dieciséis horas trabajando.

—Tú también.

—Yo he comido.

Mara aceptó el vaso.

—¿Cómo está el patio?

—Preparado. Las sillas pueden trasladarse en cuarenta minutos. El sonido se instalaría en una hora.

—¿Y la carpa de recepción?

—Ha resistido. Hemos cerrado los laterales orientados al oeste.

El teléfono de Mara vibró. Era un mensaje de Beatriz.

Traslada la ceremonia a la capilla. No esperaré hasta mañana.

Mara respondió:

El protocolo establece una decisión a las 14:00 basada en el informe técnico. Mantendremos ese criterio.

La respuesta llegó de inmediato.

Yo decido dónde se celebra la boda.

Mara guardó el teléfono.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Leire.

—Que utilicemos la capilla.

—¿Qué vas a hacer?

—Esperar las mediciones.

—Puede despedirnos a diez horas de la boda.

—Nuestra abogada agradecerá otro mensaje.

Leire sonrió.

—Voy a comprobar el patio.

Mara continuó revisando los anclajes.

***

Inés llegó al olivar cerca de la una.

Llevaba un abrigo sobre el pijama y el cabello recogido de cualquier manera. Sujetaba un termo y una bolsa con comida.

—Deberías estar durmiendo —dijo Mara.

—Tú también.

—Estoy trabajando.

—Llevas todo el día sin parar.

—El montaje ha cambiado.

Inés le ofreció el termo.

—Sofía ha preparado café.

—¿Sofía sabe utilizar una cafetera?

—Ha pedido ayuda.

Mara aceptó la bebida.

Una ráfaga más fuerte movió las ramas. Inés miró hacia la plataforma.

—Podemos utilizar la capilla.

—No quieres casarte allí.

—Tampoco quiero que alguien resulte herido.

—Nadie estará aquí si no es seguro.

—Mi madre dice que te niegas a trasladarlo.

—Me niego a hacerlo antes de tener datos. Si mañana las mediciones superan el límite, iremos al patio.

—No a la capilla.

—No.

Inés se acercó a uno de los anemómetros.

—Has desmontado las luces.

—Eran peligrosas con viento.

—También has cambiado las flores.

—Los arreglos bajos son más seguros.

—¿Cuánto ha costado?

—Menos que trasladar toda la instalación a la capilla.

Inés la observó.

—No tienes que seguir defendiendo el olivar.

—Es el espacio elegido.

—La boda sigue adelante. Ya no tienes que demostrarme nada.

—No intento demostrarte nada.

—Entonces, ¿por qué llevas toda la noche aquí?

Mara dejó el café sobre una caja.

—Porque quererte no me da derecho a hacer mal mi trabajo.

Inés permaneció en silencio.

—He aceptado terminar esta boda —continuó Mara—. Eso significa respetar tus decisiones mientras sean viables y seguras. No voy a trasladar la ceremonia porque Beatriz prefiera la capilla. Tampoco mantendré el olivar si el viento lo hace peligroso.

—Aunque dentro de dos días te marches.

—Mi contrato termina después de la boda, no antes.

Inés miró hacia los olivos.

—Nunca he conocido a nadie capaz de hacer algo así.

—Leire lleva las mismas horas trabajando.

—No hablo solo del montaje.

Mara entendió, pero no permitió que la conversación continuara por ese camino.

—Necesitas dormir.

—Puedo ayudar.

—Mañana te casas.

—Precisamente. Quiero saber qué estamos haciendo.

Mara le entregó una caja con etiquetas.

—Clasifica los anclajes por tamaño. No toques los cables.

Inés se quitó el abrigo y empezó a trabajar.

Durante la siguiente hora, organizaron el material sin hablar de su relación. Inés sostuvo una linterna mientras Mara revisaba la rampa. Después ayudó a retirar varias ramas del camino.

A las dos y media, Sofía apareció con más café.

—Mamá está despierta —avisó—. Dice que Inés debe volver a la casa.

—Mamá puede venir a buscarme —respondió ella.

—Ha enviado a dos empleadas.

—Diles que estoy ocupada.

Sofía miró a Mara.

—¿Sigue en pie el olivar?

—Todavía no lo sabemos.

—Mamá está haciendo colocar flores en la capilla.

—Me parece bien. Necesitamos una tercera alternativa.

—Le molestará que no intentes detenerla.

—Esta noche no tengo tiempo para discutir.

Sofía recogió una rama caída.

—¿Dónde la pongo?

Mara señaló el remolque de mantenimiento.

Las tres continuaron trabajando.

***

A las cuatro de la mañana, el viento empezó a disminuir.

Las mediciones bajaron primero a cuarenta y dos kilómetros por hora. Una hora después, ninguna racha superaba los treinta y seis.

El ingeniero regresó a las seis para inspeccionar la plataforma.

Comprobó cada anclaje, la rampa y las conexiones eléctricas. Después revisó los datos de los anemómetros.

—La estructura es segura con rachas inferiores a cuarenta y cinco —concluyó—. Quiero otra inspección a las dos de la tarde.

—La tendrás —dijo Mara.

—Si vuelve a aumentar, trasladamos la ceremonia.

—Sin discusión.

El hombre firmó el informe provisional.

A las seis y cuarto, el sol empezó a aparecer sobre la finca. El viento seguía moviendo las ramas, pero ya no resultaba peligroso.

Inés se había quedado dormida en una de las sillas del patio. Sofía la cubrió con el abrigo.

Leire se acercó a Mara.

—Deberías dormir al menos dos horas.

—Primero tengo que enviar el informe.

Mara adjuntó las mediciones, la inspección y el protocolo de traslado. Lo envió a Beatriz, Inés y Álvaro.

En el asunto escribió:

CEREMONIA EN EL OLIVAR: AUTORIZACIÓN PROVISIONAL

Beatriz respondió un minuto después.

Asumes toda la responsabilidad.

Mara escribió:

La responsabilidad se ajustará al informe técnico y al contrato.

Álvaro respondió después.

De acuerdo con el protocolo.

Inés se despertó cuando Mara guardaba el teléfono.

—¿Qué han dicho?

—El olivar sigue en pie. Habrá otra inspección a las dos.

Inés miró la plataforma, los árboles y el pasillo que Mara había protegido durante toda la noche.

—Gracias.

—Duerme.

—¿Y tú?

—En cuanto termine de revisar el horario de los proveedores.

Inés se levantó.

—Mara.

—¿Sí?

Parecía querer decir algo más. Al final solo repitió:

—Gracias.

Regresó a la casa con Sofía.

Mara se quedó en el olivar.

Había salvado el lugar que Inés eligió, pero no podía decidir lo que ocurriría allí aquella tarde.

Eso le correspondía a la novia.