Capítulo 27
Vete
A las siete de la mañana, Álvaro esperaba en el olivar.
Mara lo encontró sentado en una de las sillas de la primera fila. Llevaba pantalones oscuros y una camisa blanca. No parecía haber dormido más que ella.
—El equipo de montaje no llega hasta las ocho —dijo Mara.
—He venido a hablar contigo.
—¿Inés lo sabe?
—No.
Mara dejó la carpeta sobre la plataforma.
—Tenemos unos minutos.
Álvaro miró hacia la casa antes de levantarse.
—Fui yo quien habló con Beatriz después del ensayo.
—Lo sé.
—Le conté que os había encontrado en el invernadero y que habíais intercambiado aquellas promesas. Le dije que creía que ocurría algo.
—También lo sé.
—No sabía que había una fotografía.
—Eso me quedó claro.
Álvaro se acercó.
—Si no hubiera hablado con ella, no la habría buscado.
—La fotografía ya existía.
—Pero Beatriz no habría sabido dónde buscar.
—No eres responsable de lo que decidió hacer con la información.
—Estaba asustado.
—Tenías motivos.
Él pareció sorprendido por la respuesta.
—Besé a tu prometida después de que me pidieras ayuda —continuó Mara—. No voy a fingir que tus sospechas eran injustas.
—Inés dice que intentaste detenerla.
—No durante suficiente tiempo.
—Y después os acostasteis.
Mara lo miró.
—Eso ocurrió después de que terminarais.
—Durante las cuarenta y ocho horas que te pedí para informar a nuestras familias.
—Habíais terminado.
—Lo sé.
Álvaro apretó la mandíbula; saberlo no hacía que doliera menos.
—Inés me lo contó —añadió—. Dijo que no quería ocultarme nada más.
—Hizo bien.
—¿Tú también piensas contarme todo?
—No. Lo que ocurrió entre Inés y yo después de vuestra ruptura no es asunto tuyo.
Álvaro asintió y no insistió.
—¿Estás enamorada de ella?
Mara podría haber evitado la pregunta. No tenía sentido hacerlo.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé. Quizá desde que teníamos dieciocho años. Quizá desde que volví a verla.
—Ella también está enamorada de ti.
No parecía una acusación. Sonaba como una conclusión que le había costado aceptar.
—Eso tiene que decírtelo Inés.
—No hace falta. La conozco.
Álvaro caminó hasta el lugar donde se celebraría la ceremonia.
—Le he propuesto que nuestro matrimonio sea flexible.
—Me lo ha contado.
—No pretendía convertirte en su amante.
—Eso es lo que sería.
—Podríamos haber encontrado una forma.
—Una forma en la que ella se casa contigo, aparece contigo ante la prensa y vuelve a tu casa mientras yo acepto lo que me permitáis.
—No tenía por qué ser así.
—¿Estabas dispuesto a contarle al mundo que tu mujer mantenía una relación conmigo?
Álvaro guardó silencio.
—Entonces sí tenía que ser así —dijo Mara.
Él pasó una mano por el respaldo de una silla.
—No quiero una relación abierta.
—Lo sé.
—Lo propuse porque no quiero perderla.
—También lo sé.
—Llevamos cinco años juntos. Dos semanas contigo no deberían borrar todo lo que hemos construido.
—No lo han borrado.
—Pero han bastado para que dude de nuestra vida.
—Las dudas ya existían. Yo solo la obligué a mirarlas.
—Eso no te convierte en la solución.
—Nunca he dicho que lo sea.
Álvaro se volvió hacia ella.
—Entonces vete.
Mara no respondió.
—Acepta Lisboa ahora —continuó—. Leire puede terminar la boda. Tú misma has dicho que es buena en su trabajo.
—No abandonaré el proyecto.
—Tu presencia impide que Inés piense con claridad.
—Llevo días sin hablar con ella a solas.
—Pero estás aquí. Ella ve el pabellón desde su habitación. Sabe que te marcharás después de la boda y pasa el tiempo pendiente de cuánto falta.
—Eso no es culpa mía.
—No he dicho que lo sea. Te estoy pidiendo ayuda.
—Otra vez.
Álvaro bajó la vista.
—La primera vez fue un error.
—La primera vez confiaste en mí. Yo fui quien cruzó el límite.
—Ahora te pido que lo corrijas.
—¿Desapareciendo?
—Marchándote antes.
—No.
—¿Por qué? ¿Porque esperas que detenga la boda?
—Porque he firmado un contrato. Porque tengo empleados y proveedores. Y porque le prometí a Inés que esta vez no desaparecería sin despedirme.
—¿Aunque quedarse signifique verla casarse conmigo?
Mara miró la plataforma.
—Sí.
Álvaro se quedó en silencio.
—Estás construyendo el pasillo por el que caminará para casarse con otro —dijo finalmente—. No entiendo cómo puedes hacerlo si la quieres.
—Porque quererla no me da derecho a sabotear su decisión ni a hacer mal mi trabajo.
—Sabes que esta decisión no es libre.
—Lo sé. Se está casando porque Beatriz amenaza mi empresa y porque se siente culpable por haberte hecho daño.
—También porque me quiere.
—Sí.
La respuesta pareció desarmarlo.
—No estoy negando lo que siente por ti —añadió Mara—. No necesito convertirte en un villano para saber que no puedo aceptar el lugar que me ofrecéis.
Álvaro se acercó al borde de la plataforma.
—Si te marchas, quizá pueda recordar la vida que quería conmigo.
—¿Y si no puede?
—Entonces lo averiguaremos después de la boda.
—Después será tu esposa.
—Eso no significa que esté atrapada.
—No debería tener que casarse para demostrar qué siente.
—Tampoco debería cancelar todo por una relación que apenas ha empezado.
—No tiene que cancelar por mí. Tiene que decidir si quiere casarse contigo aunque yo no exista.
Álvaro negó con la cabeza.
—Siempre vuelves a la misma pregunta.
—Porque todavía no la habéis respondido.
—Ella ha aceptado la boda.
—Bajo amenaza.
—Y tú te quedas bajo la misma amenaza.
Mara reconoció la contradicción.
—Me quedo para terminar un trabajo. No para prometer el resto de mi vida.
—Quizá para Inés sea lo mismo. Quizá solo necesite llegar al final de esta boda para saber qué quiere después.
—El altar no debería utilizarse como una prueba.
Álvaro bajó la vista.
Durante un momento, ninguno habló.
—¿Qué ocurrirá si dice que no? —preguntó él.
—No lo sé.
—¿Te quedarás con ella?
—No voy a responderte.
—¿Por qué?
—Porque entonces convertiríamos su decisión en una competición entre tú y yo. No lo es.
—Resulta difícil creerlo cuando las dos estamos enamoradas de la misma persona.
Mara no corrigió el femenino. La frase se refería a los dos y se entendía.
—Si dice que sí, me marcharé a Lisboa dos días después —explicó—. Si dice que no, tendrá que afrontar las consecuencias sin asumir que yo resolveré su vida.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta que puedo darte.
Álvaro recogió la chaqueta que había dejado sobre una silla.
—No puedo obligarte a marcharte.
—No.
—Pero tampoco puedo fingir que tu decisión no me perjudica.
—No te lo pido.
—Si quisieras de verdad que eligiera con libertad, le darías espacio.
Mara mantuvo la calma.
—Le he dado espacio. Lo que me pides no es espacio. Me pides que elimine una de sus opciones para que la tuya resulte más fácil.
Álvaro no contestó.
Mara recogió la carpeta.
—La inspección final será mañana a las seis. Necesito que vengáis los dos.
—Estaré.
—También tienes que aprobar los votos civiles.
—Enviaré los cambios esta tarde.
Álvaro empezó a alejarse.
—Lo siento —dijo Mara.
Él se volvió.
—¿Por qué parte?
—Por haberte traicionado después de que confiaras en mí. Por el beso antes de que terminarais. Y por el daño que te he causado.
—Pero no te irás.
—No.
Álvaro asintió.
—Entonces supongo que el perdón también tendrá que esperar.
Se marchó por el camino norte.
***
Leire llegó poco después con el equipo de montaje.
—¿Qué quería Álvaro?
—Que me fuera.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no.
—Bien.
Mara abrió el informe de la plataforma.
—No parece que estés convencida.
—No sé si quedarme es lo correcto.
—Irte tampoco lo sería si lo haces porque él te lo ordena.
—No me lo ha ordenado.
—Te ha pedido que resuelvas sus dudas eliminándote de la vida de Inés. Es bastante parecido a lo que hizo Beatriz con la beca.
Mara miró hacia el camino por el que Álvaro había desaparecido.
—Él no intenta controlar su vida. Está intentando salvar su relación.
—El resultado para ti sería el mismo.
—Sí.
Leire señaló la plataforma.
—Entonces termina el trabajo. Después te despides y te marchas en la fecha que has elegido.
Mara asintió.
La inspección final reuniría a los tres al día siguiente. Sería la última vez antes de la boda que recorrerían juntos cada parte de la ceremonia.
Después solo quedaría esperar a que Inés llegara al altar.
Y escuchar su respuesta.