Capítulo 26
La despedida
La despedida de soltera se celebró nueve días antes de la boda.
Beatriz había reservado un club privado junto al mar. El programa incluía una cena, música en directo y una sesión de fotografías con las amigas de Inés. Noa cubriría la primera hora y Mara coordinaría el evento con el equipo del local.
Inés había pedido cancelar la fiesta.
Su madre respondió que las invitadas ya habían reservado vuelos y que una cancelación alimentaría de nuevo los rumores. Después de la gala, cualquier cambio se había convertido en una posible crisis de prensa.
Así que Inés aceptó asistir a una celebración de una boda que ya no quería.
Sofía la acompañó en el coche.
—Todavía podemos decir que estás enferma —propuso.
—Mi madre enviaría un médico con una cámara.
—Puedo provocar una intoxicación colectiva.
—Eso sí sería una noticia.
—Pero dejarían de hablar de la boda.
Inés sonrió por primera vez en todo el día.
—Solo serán unas horas.
—Llevas semanas diciendo eso. Primero fueron cuarenta y ocho horas. Después, una gala. Ahora quedan nueve días.
Inés miró por la ventanilla.
—No empieces.
—No he empezado nada.
—Vas a decirme que no debería casarme.
—Ya lo sabes.
—También sabes lo que hará mamá si cancelo.
—Lo que hará ella no convierte la boda en una buena decisión.
—Ferrer Eventos sigue sin tener firmado el acuerdo adicional.
—Porque mamá lo retrasa para conservar la amenaza.
—Precisamente.
—Mara ha dicho que asumirá el riesgo.
—No puedo permitírselo.
Sofía dejó de discutir, pero su silencio no significaba que estuviera de acuerdo.
***
Mara esperaba en la entrada del club.
Llevaba un traje azul oscuro y un auricular. Inés no la había visto desde la inspección de la plataforma, cuatro días atrás. Toda su comunicación había pasado por Leire.
—La cena empezará a las nueve —explicó Mara—. Noa hará las fotografías antes de que se ponga el sol. Después no habrá cámaras.
—¿Mi madre ha aprobado eso? —preguntó Inés.
—Noa se ha negado a trabajar durante toda la noche. Beatriz ha aceptado.
—¿Y la prensa?
—No conoce el lugar. Los conductores han firmado acuerdos de confidencialidad y utilizaremos la salida del aparcamiento subterráneo.
—Parece que has pensado en todo.
—Es mi trabajo.
La respuesta no pretendía herirla. Aun así, lo hizo.
Mara se dirigió a Sofía.
—Necesito que me avises si alguien intenta publicar fotografías en directo.
—¿También tengo un auricular?
—No.
—Entonces no me siento parte del equipo.
—Puedo darte una carpeta.
—Prefiero el auricular.
Mara sonrió.
Inés observó la facilidad con la que hablaban. Con ella, cada frase era profesional y medida. Con Sofía, Mara todavía permitía que apareciera parte de la persona que había sido.
—Tenemos que entrar —dijo Inés.
Mara recuperó la seriedad.
—Por aquí.
***
La terraza estaba decorada con flores de colores y pequeñas luces. Beatriz había enviado cajas con regalos para las invitadas: pulseras de Casa Valcárcel, botellas de champán y neceseres bordados con las iniciales de Inés y Álvaro.
Inés pidió que retiraran los neceseres.
Mara lo hizo sin preguntar por qué.
Llegaron dieciséis invitadas. Algunas eran amigas de la universidad. Otras pertenecían a familias cercanas a los Valcárcel y habían conocido a Inés en eventos sociales.
Todas querían hablar de la boda.
—¿Estás nerviosa?
—¿Has escrito los votos?
—¿Es cierto que vais a pasar la luna de miel en las Maldivas?
Inés respondía con frases breves.
No había escrito los votos. Álvaro y ella no habían vuelto a hablar de la luna de miel. Dormían separados y solo coincidían durante reuniones relacionadas con el enlace.
Aun así, cada invitada daba por hecho que estaban felices.
Noa empezó las fotografías antes de la cena. Organizó varios grupos, corrigió la posición de las luces y consiguió que la sesión terminara en cuarenta minutos.
—Ya está —anunció—. A partir de ahora, los teléfonos se quedan en las cajas de la entrada.
Varias invitadas protestaron.
—Podréis recuperarlos cuando os marchéis —dijo Mara—. Es una condición del evento.
—La novia debería decidir —respondió una de ellas.
Todas miraron a Inés.
—Dejad los teléfonos —ordenó.
Mara asintió y continuó trabajando.
Era exactamente lo que había dicho a la prensa. Cuando le preguntaban, Inés decidía con claridad.
El problema era que seguía sin decidir lo único importante.
***
Durante la cena, una de las amigas de la universidad propuso un juego.
—Tenemos veinte preguntas sobre Álvaro. Inés debe responderlas y por cada error bebe una copa.
Sofía negó con la cabeza.
—Parece una idea diseñada por un abogado matrimonialista.
—Será divertido.
La primera pregunta era el lugar donde Inés y Álvaro habían viajado juntos por primera vez.
—Roma —respondió.
La segunda preguntaba cuál era la película favorita de Álvaro.
Inés no lo sabía.
Tampoco recordó el nombre de su primer profesor de tenis ni el plato que siempre pedía en un restaurante de Madrid.
Las preguntas se volvieron más íntimas.
—¿Qué es lo primero que quiere hacer Álvaro después de la boda?
Inés guardó silencio.
Una amiga levantó la tarjeta con la respuesta.
—Comprar una casa en Londres.
—Nunca hemos hablado de eso.
—Él lo escribió.
Sofía tomó las tarjetas.
—Se ha terminado el juego.
—Solo llevamos ocho preguntas.
—Y ya hemos demostrado que los novios necesitan una conversación, no veinte copas.
Mara estaba junto a la barra. Había escuchado la última respuesta.
Inés notó su mirada.
No contenía satisfacción ni esperanza. Solo preocupación.
Eso resultó peor.
***
Después de la cena empezó la música.
Las invitadas sacaron a Inés a bailar. Durante unos minutos, consiguió dejar de pensar en la boda. Sofía la hizo girar, sus amigas cantaron y el champán redujo parte de la tensión.
Cuando terminó la tercera canción, Inés buscó a Mara.
La encontró en el extremo de la terraza junto a Noa.
La fotógrafa ya había guardado las cámaras. Se había soltado el primer botón de la camisa y sostenía dos copas. Le entregó una a Mara.
Mara negó con la cabeza.
Noa insistió hasta que aceptó.
Después se acercó para arreglarle el cuello de la chaqueta.
El gesto fue breve y familiar.
Inés dejó de bailar.
—No —dijo Sofía a su lado.
—¿Qué?
—No vayas allí.
—No iba a hacerlo.
—Llevas la misma cara que cuando descubriste lo de Lisboa.
—Solo están hablando.
—Exacto.
Noa dijo algo que hizo reír a Mara. Después le enseñó un correo en el teléfono.
—Están hablando de trabajo —dijo Sofía—. Del proyecto que Mara aceptó después de que tú decidieras casarte.
—No necesito que me lo recuerdes.
—Parece que sí.
—Noa sigue interesada en ella.
—Quizá. Mara está soltera.
Inés la miró.
—Gracias.
—Tú vas a casarte dentro de nueve días.
—También lo sé.
—Entonces no puedes enfadarte porque otra mujer le arregle el cuello.
—No estoy enfadada.
—Estás considerando arrancarle la mano.
Inés tomó una copa de la bandeja de un camarero.
—Mara dijo que Noa y ella no eran pareja.
—No lo son.
—Podrían serlo en Lisboa.
—Sí.
La respuesta directa dolió.
—¿Y eso no te parece importante?
—Me parece importante para Mara. Tú has elegido otra cosa.
Inés bebió demasiado deprisa.
—No he elegido a Álvaro.
—Te has puesto su anillo y sigues organizando la boda.
—Para proteger a Mara.
Sofía la sujetó del brazo y la llevó hacia una zona alejada de las invitadas.
—Deja de decir eso.
—Es la verdad.
—Solo es una parte.
—Mi madre destruirá su empresa.
—Mara prefiere correr ese riesgo.
—No voy a permitírselo.
—Porque, si la dejas decidir, pierdes la excusa para seguir adelante con la boda.
Inés se quedó inmóvil.
—Eso es injusto.
—También es verdad.
—No tienes idea de lo que ocurriría si cancelo.
—Sí. Mamá se enfadará, la prensa hablará durante unas semanas y los abogados discutirán. Será horrible. Pero eso no explica por qué sigues aceptando llegar hasta el altar.
—Hay ciento ochenta y seis invitados.
—No te casas con ellos.
—Álvaro quiere intentarlo.
—Porque tiene miedo de perderte. Igual que tú tienes miedo de enfrentarte a mamá.
Inés sintió rabia.
—No sabes nada de mi relación.
—Sé que dormís en habitaciones separadas. Sé que no habéis escrito los votos y que no conocías sus planes de vivir en Londres. También sé que miras a Mara como si ya estuvieras despidiéndote.
Inés apartó la vista.
Noa y Mara continuaban hablando al otro extremo de la terraza.
—Noa no te está quitando a Mara —dijo Sofía—. Mara se marcha porque tú has aceptado casarte con otro.
—¿Qué quieres que haga?
—Que dejes de llamar sacrificio a lo que también es miedo.
La frase fue clara y dolorosa.
—Mara no quiere que la elija solo para demostrar que puedo enfrentarme a mamá.
—Entonces no la elijas por eso. Elige la vida que quieres aunque Mara se marche a Lisboa y no vuelva.
Era la misma pregunta que Mara le había pedido que respondiera antes de terminar con Álvaro.
Inés ya conocía la respuesta. No quería el matrimonio aunque Mara no la esperara.
El problema era admitir qué estaba dispuesta a perder para evitarlo.
***
La fiesta terminó cerca de las dos.
Mara organizó el regreso de las invitadas y comprobó que no quedaran teléfonos en las cajas. Inés la observó desde la entrada.
Noa se despidió con un abrazo.
—Nos vemos mañana —dijo.
—A las ocho —respondió Mara.
—Te enviaré los cambios de Lisboa.
—De acuerdo.
Noa besó su mejilla y se marchó.
Inés no dijo nada.
Durante el trayecto a Son Marès, fingió dormir para evitar otra conversación con Sofía.
***
Al llegar a la finca, se dio cuenta de que todavía llevaba la chaqueta de Mara.
Se la había prestado al salir del club porque la temperatura había bajado. Mara había regresado en la furgoneta del equipo y no se la pidió.
Inés caminó hasta el pabellón oeste.
La puerta principal estaba abierta. Leire trasladaba varias cajas al coche.
—¿Qué haces despierta? —preguntó.
—He venido a devolver esto.
Le entregó la chaqueta.
—Mara está en su habitación.
—No necesito verla.
Entonces reparó en las maletas junto a la pared.
Una estaba cerrada. La otra contenía ropa doblada, carpetas y una guía de proveedores de Lisboa. Sobre la mesa había un billete de avión impreso.
Mara apareció en el pasillo.
Llevaba vaqueros y una camiseta. Se detuvo al verla.
—He traído tu chaqueta —explicó Inés.
—Gracias.
—Ya estás haciendo el equipaje.
—Me marcho dentro de once días.
—Dos días después de la boda.
—Sí.
Leire recogió las cajas y salió del pabellón. Las dejó solas, aunque mantuvo la puerta abierta.
Inés miró la maleta.
—Pensaba que esperarías.
—Tengo que enviar parte del material a Lisboa esta semana.
—No me refería al material.
Mara no respondió.
—Dijiste que te despedirías —añadió Inés.
—Lo haré.
—Parece que llevas días despidiéndote.
—Eres tú quien va a casarse.
—No quiero que te vayas.
—Eso no cambia mi contrato.
—Podrías rechazarlo.
—No.
La respuesta fue firme.
—¿Por Noa?
—Por mí. Necesito el trabajo y necesito salir de esta finca.
—¿Estarás con ella en Lisboa?
Mara la miró con cansancio.
—No tienes derecho a preguntarme eso.
—Lo sé.
—Pero lo haces igualmente.
—Porque sigo queriéndote.
—Y sigues llevando un anillo.
Inés miró su mano.
—Noa no es el problema —continuó Mara—. Nunca lo ha sido.
—Podría serlo.
—No voy a utilizarla para olvidarte. Tampoco voy a prometer que estaré sola para que te resulte más fácil casarte.
Inés sintió que empezaba a llorar.
—No me resulta fácil.
—Entonces no lo hagas.
Las tres palabras fueron tranquilas. No había una petición romántica ni una promesa.
Solo una opción que Inés llevaba semanas evitando.
—No sabes lo que perderíamos —dijo.
—Sí. Lo sabemos. La pregunta es cuánto estás dispuesta a perder de ti para impedirlo.
Sofía le había dicho lo mismo con otras palabras.
Inés retrocedió hacia la puerta.
—Buenas noches, Mara.
—Buenas noches.
Mara no le pidió que se quedara.
Inés regresó a la casa sabiendo que la maleta ya estaba preparada.
Esta vez, cuando Mara se marchara, no podría culpar a una beca ni a un malentendido.
Sabría que se había ido porque Inés había decidido seguir adelante con la boda.