No Debía Enamorarme de la Novia Capítulo 24
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Capítulo 24

La clienta

Durante los diez días siguientes, Mara cumplió todas sus obligaciones.

Respondía a los mensajes dentro del plazo acordado. Enviaba los presupuestos con tiempo suficiente y encontraba soluciones para cada problema. La plataforma del olivar estaba terminada, los proveedores habían confirmado los horarios y el plan de lluvia ya no presentaba fallos.

No volvió a quedarse a solas con Inés.

Leire asistía a todas las reuniones. Si no podía hacerlo, Mara invitaba a un proveedor, a un técnico o a cualquier otra persona del equipo.

Tampoco volvió a utilizar la palabra nosotras para referirse a algo que no fuera el trabajo.

—Necesito que los novios aprueben la música antes del viernes.

—La entrada de la novia durará dos minutos.

—La señora Valcárcel debe confirmar el horario de la sesión fotográfica.

Mara nunca la llamaba señora Valcárcel a la cara. Pero en los correos y documentos, Inés ya no era la antigua amiga que conocía cada rincón de Son Marès.

Era la novia.

La clienta.

Inés había conseguido proteger Ferrer Eventos. El acuerdo adicional seguía en manos de los abogados, aunque Beatriz había aceptado suspender cualquier reclamación mientras Mara terminara el trabajo.

La empresa estaba a salvo de momento.

Su relación con Mara no.

***

La prueba definitiva del vestido se celebró en el taller de Casa Valcárcel.

Beatriz había encargado el diseño a Étienne Marceau, un modisto francés que trabajaba entre París y Madrid. El vestido había llegado a Mallorca acompañado por tres asistentes y una modista especializada en arreglos de última hora.

Mara asistía para comprobar que Inés pudiera caminar por la plataforma y que el vestido no interfiriera en el horario de la sesión fotográfica.

Sofía también estaba allí.

—¿Por qué necesita asistir la organizadora? —preguntó Beatriz.

—Porque el camino del olivar es de tierra —respondió Mara—. Necesito conocer el largo definitivo y comprobar cuánto tiempo tardará Inés en recorrerlo.

—La modista puede darte las medidas.

—Prefiero verlo.

Inés no participó en la discusión. Entró en el probador y dejó que las asistentes la ayudaran.

El vestido estaba confeccionado en seda marfil. Tenía la espalda parcialmente descubierta, mangas largas y una falda sin demasiado volumen. Beatriz había intentado añadir un cuerpo cubierto de diamantes, pero Inés había logrado reducirlos a un pequeño cierre en la cintura.

Cuando salió, Sofía sonrió.

—Estás preciosa.

Beatriz observó primero la caída de la falda y después el cierre.

—El escote debería quedar un centímetro más alto.

—No —respondió Inés.

—Las fotografías se tomarán desde abajo durante la entrada.

—Entonces Noa tendrá que buscar otro ángulo.

La modista se arrodilló para revisar el dobladillo.

Inés miró a Mara.

Durante un instante, ella olvidó esconder lo que sentía. Sus ojos recorrieron el vestido y se detuvieron en el rostro de Inés.

Después recuperó la expresión profesional.

—Necesito verte caminar.

Eso fue todo.

Inés cruzó la sala siguiendo una línea marcada en el suelo. Mara utilizó el cronómetro del teléfono.

—Otra vez. Más despacio.

—Ya sé caminar.

—Con esos zapatos y sobre una plataforma de madera, tardarás más que durante el ensayo.

—Podría utilizar zapatos planos.

Beatriz intervino.

—No con ese vestido.

—Nadie verá los zapatos —dijo Sofía.

—Cambiaría la postura.

Inés miró a Mara.

—¿Técnicamente sería un problema?

—No. Un zapato más bajo haría que la falda arrastrara demasiado, pero la modista puede ajustar el largo.

—Entonces utilizaré zapatos planos.

Mara tomó nota.

No sonrió ni mostró satisfacción por la decisión.

—Camina de nuevo.

Inés repitió el recorrido.

La seda se movía con facilidad. Al llegar al final de la sala, quedó frente a Mara.

—Cincuenta y ocho segundos —dijo ella—. En el olivar serán aproximadamente dos minutos.

Sofía se acercó.

—Mara, ¿qué te parece el vestido?

La pregunta parecía inocente. No lo era.

Mara guardó el teléfono.

—Es adecuado para el espacio y no dificultará la entrada.

—No te he preguntado si es adecuado —replicó Sofía—. Te he preguntado qué te parece.

Mara miró a Inés.

—Está muy guapa.

La respuesta fue correcta y breve.

Inés esperó algo más.

No llegó.

Beatriz pidió que colocaran el velo. Una asistente lo sujetó al cabello de Inés con un peine cubierto de pequeñas piedras.

—La sesión de Casa Valcárcel empezará a las dos —dijo Mara—. Noa tendrá treinta minutos. Después, Inés se cambiará las joyas y saldrá hacia el invernadero.

—Treinta minutos no son suficientes —protestó Beatriz.

—Es lo acordado.

—Necesitamos fotografiar tres piezas.

—Se acordó una sola.

Beatriz miró a Inés.

—La gargantilla principal y los pendientes pertenecen al mismo conjunto. La pulsera solo requiere dos fotografías.

—No quiero llevar la pulsera.

—Fue diseñada para ti.

—No para mi boda. Para la campaña.

Mara consultó el programa.

—Si añade una tercera pieza, habrá que empezar la sesión quince minutos antes.

—Perfecto —dijo Beatriz.

—No —respondió Inés—. Mantendremos el horario y no habrá pulsera.

Mara tomó nota sin intervenir.

Inés se había acostumbrado a que la defendiera. Ahora Mara cumplía exactamente lo que había prometido: explicaba las consecuencias y dejaba que la novia eligiera.

No había nada que reprocharle.

Aun así, la distancia dolía.

***

Cuando terminó la prueba, Inés entró de nuevo en el probador.

Sofía la siguió y cerró la cortina.

—No puedes casarte así.

—El vestido está bien.

—No hablo del vestido.

Las asistentes esperaban al otro lado. Sofía bajó la voz.

—Mara apenas puede mirarte.

—Está trabajando.

—Y tú llevas diez días buscando cualquier excusa para tenerla cerca.

—No es cierto.

—Ayer convocaste una reunión para aprobar el color de las servilletas.

—Había tres opciones.

—Eran tres tonos de blanco.

Inés dejó que su hermana desabrochara los botones de la espalda.

—Álvaro y yo estamos intentando arreglar nuestra relación.

—¿Cómo?

—Hablamos.

—¿Sobre Mara?

—A veces.

—¿Habéis decidido los límites de ese supuesto matrimonio abierto?

—Todavía no.

—Porque no quieres una relación abierta. Quieres a Mara.

—Ella no quiere estar conmigo.

—No quiere estar escondida.

—Para el resultado es lo mismo.

Sofía bajó la cremallera.

—Mamá te está obligando a casarte utilizando una empresa que ni siquiera es tuya.

—Estoy evitando que destruya el trabajo de Mara.

—Mara prefería arriesgarse.

—Porque estaba enfadada.

—Porque te quiere.

Inés se quitó el vestido con cuidado.

—También ha aceptado un proyecto en Lisboa.

—Después de que volvieras a ponerte el anillo.

—Podía haber esperado.

—Tú también.

Inés miró a Sofía.

—¿De qué parte estás?

—De la tuya. Ojalá tú también.

Sofía salió del probador.

***

Álvaro la esperaba en el exterior del taller.

Había ido a recogerla para asistir a una cena con sus padres. Desde la reunión familiar se esforzaba por recuperar cierta normalidad, aunque dormían en habitaciones distintas y apenas se tocaban.

—¿Cómo ha ido? —preguntó.

—El vestido está terminado.

—¿Puedo verlo?

—El día de la boda.

—Eso ha sonado casi tradicional.

Inés subió al coche.

Durante el trayecto, Álvaro habló de las llamadas que había recibido por el anuncio de la gala. Varios amigos los habían felicitado. Sus padres estaban aliviados porque la boda siguiera adelante.

—Tenemos que hablar de lo que propusiste —dijo Inés.

Él mantuvo la mirada en la carretera.

—No tiene que ser ahora.

—La boda es dentro de diecisiete días.

—Podemos decidir después.

—Mara no lo acepta.

Las manos de Álvaro se tensaron sobre el volante.

—¿Has hablado con ella?

—Solo de trabajo.

—Entonces, ¿cómo lo sabes?

—Se lo conté el día de la reunión.

—¿Y qué dijo?

—Que no será mi amante.

Álvaro guardó silencio.

—No utilicé esa palabra —añadió Inés.

—Pero es lo que entendió.

—También lo que sería.

—No si nosotros acordamos otra cosa.

—Seguiría estando escondida.

—Mara trabaja en eventos de lujo. Sabe que la vida privada no siempre es pública.

—No quiere vivir así.

—¿Y tú?

Inés miró por la ventanilla.

—Tampoco.

—Entonces quizá no necesitamos una relación abierta.

—Eso significa renunciar a ella.

—Has aceptado casarte conmigo.

—Para proteger su empresa.

Álvaro no contestó.

—Pensaba que también querías intentar arreglar lo nuestro.

—Quiero. Pero no puedo fingir que Mara ha dejado de importarme.

—No te lo he pedido.

—Esperas que ocurra después de la boda.

—Espero que, cuando ella se marche a Lisboa, podamos recordar por qué llevamos cinco años juntos.

—No debería necesitar que se marche para elegirte.

—Quizá solo necesitas distancia.

Inés reconoció el argumento.

Era el mismo que Beatriz había utilizado catorce años atrás.

—No quiero hablar de esto ahora.

—Has empezado tú.

—Y no vamos a resolverlo antes de llegar.

El resto del trayecto transcurrió en silencio.

***

Después de la cena, Inés regresó sola a Son Marès.

Mara seguía trabajando en el pabellón oeste. Desde el camino podía verse la luz de su habitación.

Inés no se acercó.

Subió a la casa y abrió en el ordenador el calendario compartido de Ferrer Eventos. Quería comprobar el horario de la prueba de sonido.

Encontró otra entrada añadida después de la boda.

Lisboa. Inauguración Hotel Miradouro. Dirección: Mara Ferrer.

La fecha de inicio era dos días después del enlace. El proyecto duraría ocho semanas.

También figuraba un vuelo a las siete y diez de la mañana.

Mara no había mencionado personalmente la fecha.

Inés abrió la conversación de mensajes.

He visto el calendario de Lisboa.

La respuesta llegó cinco minutos después.

Necesitabas conocer mi disponibilidad después de la boda.

¿Pensabas despedirte?

Mara tardó más en contestar.

Sí. Lo haré cuando termine el servicio.

Inés escribió:

Eso no es despedirse. Es informar a una clienta.

Vio aparecer los tres puntos que indicaban que Mara estaba respondiendo. Desaparecieron. Volvieron a aparecer.

Finalmente llegó el mensaje.

Ahora eres mi clienta.

Inés cerró la conversación.

Desde la ventana de su habitación podía verse el pabellón oeste. La luz seguía encendida.

Diecisiete días después, Mara terminaría de organizar la boda, se despediría y se marcharía a Lisboa.

Esta vez Inés sabía que iba a ocurrir.

Eso no conseguía que doliera menos.