No Debía Enamorarme de la Novia Capítulo 19
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Capítulo 19

La beca

Eran casi las once y media de la noche.

Inés seguía vestida y permanecía en la silla del escritorio. Mara se sentó frente a ella, manteniendo entre ambas una distancia que no había existido cuando Inés llegó sin el anillo.

El compromiso había terminado, pero la tristeza de Inés seguía allí. También la amenaza de Beatriz. Mara no sabía qué quedaría entre ellas cuando terminara de hablar; precisamente por eso tenía que hacerlo antes de pedirle nada.

—Hay una fotografía del beso en el invernadero.

—Eso ya lo había deducido.

—La hizo un paparazzi desde el terreno situado detrás del muro norte. Intentó venderla a tres revistas. Una de ellas contactó con el equipo de comunicación de Casa Valcárcel y tu madre compró todo el material.

Inés se levantó.

—¿También compró el silencio del fotógrafo?

—Los derechos, los archivos originales y un acuerdo de confidencialidad.

—¿Te enseñó la imagen?

—Sí. Se nos reconoce perfectamente. También se ve tu anillo.

Inés apoyó una mano en el respaldo de la silla.

—Por eso sabía que nos habíamos besado.

—Álvaro habló con ella después del ensayo. Le contó sus sospechas y Beatriz ordenó buscar fotografías nuestras. Su equipo encontró la oferta.

—Álvaro no sabía que había una imagen.

—No. Beatriz no se lo ha contado.

—¿Qué quiere hacer con ella?

Mara apoyó las manos en las rodillas para impedir que le temblaran.

—Utilizarla para controlarme.

Inés se quedó inmóvil.

—¿Cómo?

—Ha amenazado con rescindir el contrato, exigir la devolución del adelanto y reclamar daños a Ferrer Eventos. La fotografía demostraría que crucé un límite profesional con una clienta.

—La decisión fue de las dos.

—La versión pública no tiene por qué decirlo. Tu madre puede presentar la historia como la de una organizadora con problemas económicos que utilizó una antigua amistad para acercarse a la novia.

—No voy a permitirlo.

—También ha dicho que se asegurará de que sus contactos no vuelvan a contratar a mi empresa.

—Eso es una amenaza.

—Sí.

—¿Qué te ha pedido a cambio?

—Que termine la boda, que me mantenga alejada de ti y que te ayude a llegar al altar.

Inés apoyó ambas manos en el borde del escritorio.

—Sabía que había hecho algo.

—Hay más.

—¿Más que amenazar con destruir tu empresa?

Mara se levantó.

—Me explicó por qué aceptó contratarme.

—Porque sabía que yo te escucharía.

—No solo por eso. Investigó la situación de Ferrer Eventos después de nuestra reunión. Descubrió que necesitábamos el dinero y pensó que podría utilizarlo para controlarme.

—Eso ya lo sospechaba.

—También esperaba que tú dejaras de idealizarme cuando comprendieras que había regresado por el contrato.

La expresión de Inés cambió.

—Quería que creyera que solo habías vuelto por dinero.

—Volví por el trabajo. Eso es cierto.

—No justifica lo que ha hecho.

—No.

Mara caminó hasta la ventana. Necesitaba terminar la conversación antes de que el miedo volviera a detenerla.

—Le pregunté por qué me dejó entrar si ya sospechaba lo que había ocurrido entre nosotras cuando teníamos dieciocho años.

Inés se quedó quieta.

—¿Qué respondió?

—Que me contrató precisamente por eso. Tú no escuchabas a Beatriz, a Álvaro ni a la anterior organizadora. Ella creyó que yo podría devolverte la sensación de que la boda era tuya y después convencerte para llegar al altar.

—Tú no sabías nada de ese plan.

—No.

—¿Qué más te dijo?

Mara tardó unos segundos.

—Que no era la primera vez que me apartaba de ti.

Inés palideció.

—¿Qué significa eso?

—La beca de Londres.

—¿Qué tiene que ver mi madre con la beca?

—La fundación que financiaba el programa colaboraba con Casa Valcárcel. Yo había superado la primera selección, pero no iban a concederme la ayuda completa. Beatriz aportó dinero para crear una plaza adicional y pidió que me la adjudicaran.

Inés negó con la cabeza.

—No.

—Eso es lo que me contó.

—Mi madre no sabía nada de la beca. Apareció entre los olivos y fingió sorpresa cuando se lo dijimos.

—Estaba fingiendo.

—Se alegró por ti.

—Porque quería que la aceptara.

Inés se sentó en la silla del escritorio.

—¿Teresa lo sabía?

—No.

—¿Estás segura de que Beatriz decía la verdad?

—Conocía detalles del proceso que nunca se hicieron públicos. Sabía que mi solicitud no había recibido financiación completa y que la carta definitiva llegó después de que se ampliara el programa.

—Podría estar mintiendo para hacerte daño.

—Podría. Por eso Leire y yo pediremos a nuestra abogada que investigue la fundación. Pero no creo que mintiera.

Inés se llevó una mano a la boca.

—Lo planeó.

—Sí.

—¿Desde cuándo sospechaba de nosotras?

—Dice que desde antes de que nos besáramos. Había observado cómo nos mirábamos y cuánto tiempo pasábamos juntas.

—Pero aquella noche, junto al muro, actuó como si solo fuéramos amigas.

—Necesitaba que creyéramos que la decisión de marcharme era mía.

—Y tuya fue.

Mara sintió el golpe, aunque Inés no había hablado con crueldad.

—Sí. Yo acepté la beca y después decidí no responder a tus mensajes. Beatriz creó la oportunidad para alejarme, pero no es responsable de todas mis decisiones.

—Teníamos dieciocho años.

—Aun así, podría haberte contestado.

—Yo podría haberte explicado mejor que no me arrepentía.

—Lo intentaste.

Inés miró hacia la ventana.

—Nos robó catorce años.

Mara se acercó.

—No sabemos qué habría ocurrido si me hubiera quedado. Quizá habríamos vuelto a discutir. Quizá yo habría estudiado en otra ciudad. Quizá ninguna se habría atrevido a convertir el beso en una relación.

—Pero habríamos podido decidirlo nosotras.

—Sí.

Inés levantó la vista.

—Eso es lo que nos quitó. No una vida que sabemos que habríamos tenido. La posibilidad de averiguarlo.

Mara asintió.

—Y ahora intenta hacer lo mismo.

—Sí.

—Utilizó la beca para alejarte y ahora utiliza tu empresa.

—Sí.

—¿Por eso dijiste que los votos y el beso habían sido un error?

—En parte. También me sentía culpable por Álvaro.

Inés se apartó de la silla.

Mara no intentó acortar la distancia que se abrió entre ellas.

—Has hecho bien en contármelo antes de que ocurriera nada más.

—Estuve a punto de esperar hasta mañana —admitió Mara—. Habría sido más fácil para mí.

—Y habrías decidido qué información podía soportar. Eso es exactamente lo que hace mi madre.

—Lo sé. Por eso tenía que contártelo antes de pedirte nada.

—No vuelvas a hacerlo.

—No lo haré.

—Aunque creas que estás protegiéndome.

—De acuerdo.

—Y no ocultarás nada más sobre mi madre.

Mara pensó en todo lo que había dicho Beatriz. Ya no quedaba ningún secreto importante.

—No ocultaré nada más.

Inés permaneció junto a la ventana. Mara creyó que se marcharía. Finalmente, Inés se volvió.

—¿Existe alguna copia de la fotografía?

—Beatriz tiene los archivos. El fotógrafo podría haber guardado una copia, aunque el acuerdo lo prohíbe.

—Quiero verla.

—No sé dónde la guarda.

—La encontraré.

—No te enfrentes a ella sin hablar antes con Álvaro.

—Álvaro ya sabe que nos besamos.

—Pero no sabe que tu madre compró la imagen. Y te pidió cuarenta y ocho horas antes de anunciar el final del compromiso.

—No voy a permitir que Beatriz te siga amenazando durante dos días.

—Leire está hablando con nuestra abogada. Necesitamos proteger la empresa antes de actuar.

—Puedo asumir cualquier penalización.

—No quiero tu dinero.

—No sería un regalo. Mi familia ha creado el problema.

—Tu madre lo ha creado. Tú no eres responsable de sus decisiones.

—Tampoco tus empleados son responsables de las nuestras.

Mara no pudo discutirlo.

—Déjanos estudiar el contrato —pidió—. Si Beatriz comprende que no puede arruinar la empresa, perderá la mayor parte de su poder.

—Todavía tendrá la fotografía.

—Podemos controlar la historia si tú y Álvaro anunciáis primero que la boda se ha cancelado.

—Entonces parecerá que lo he dejado por ti.

—¿No es una parte de la verdad?

Inés se acercó.

—He terminado la relación porque no podía prometerle a Álvaro que quería nuestra vida. Tú formas parte de la razón, pero no eres la única.

—La prensa no necesita todos los detalles.

—No utilices otra vez esa frase.

Mara comprendió el reproche.

—Tienes razón.

Inés consultó la hora. Había pasado la medianoche.

—Álvaro ya sabe que el compromiso ha terminado —dijo—. Le contaré lo de la fotografía por la mañana. No voy a obligarlo a recibir otra noticia ahora.

Mara asintió.

—Deberías intentar dormir.

—¿Quieres que me marche?

Mara no respondió de inmediato.

—Quiero que no utilices esta habitación para escapar del dolor que sientes por él.

—Estoy triste. También me siento culpable. Saber lo que ha hecho mi madre no borra nada de eso.

—No.

—Pero sigo queriendo estar contigo. Ahora sé toda la verdad y sigo queriéndolo.

Mara permaneció donde estaba.

—No voy a prometerte que esto será fácil.

—No quiero otra promesa que no sepamos cumplir.

Durante casi media hora no se besaron. Inés habló de Álvaro, de la casa que compartían y de la culpa de haber comprendido demasiado tarde que no quería casarse. Mara la escuchó sin interrumpirla.

Cuando Inés empezó a llorar, Mara se sentó a su lado y le sostuvo la mano.

—Todavía puedes pedirme que me vaya —dijo Inés.

—No quiero que te vayas.

—Entonces bésame. No para celebrar que he terminado con él. Bésame porque ya no quiero seguir negando lo que siento.

Mara levantó una mano y le acarició la mejilla.

—¿Estás segura?

—Sí.

Esta vez fue Mara quien la besó.

Lo hizo despacio, dándole tiempo para apartarse. Inés le rodeó la cintura y respondió.

Mara se separó un momento.

—Si quieres que pare, dímelo.

—No quiero.

Volvieron a besarse. Inés le quitó la camiseta y Mara desabrochó con cuidado su blusa.

Cada gesto fue más lento que en el invernadero. No intentaban recuperar los catorce años perdidos ni decidir en una noche lo que serían después.

Solo querían dejar de negarse lo que sentían.

Cuando Mara volvió a preguntarle si estaba segura, Inés respondió que sí.

Después cerraron la puerta.

Horas más tarde, Inés seguía despierta junto a Mara. La tristeza por Álvaro no había desaparecido, pero tampoco se arrepentía de estar allí.

Había llorado al hablar de la casa que compartían y de la vida que acababa de romper. Mara no intentó pedirle que eligiera una emoción y renunciara a la otra. Solo la abrazó.

Aquello no era una celebración por el final de su relación. Era el comienzo de algo que todavía no sabían nombrar.

Cuando Inés se durmió, tenía la cabeza apoyada cerca del hombro de Mara.

Mara despertó antes que ella. Vio la ropa de ambas junto a la cama y, durante un instante, no recordó dónde estaba.

Inés dormía de lado, con el rostro relajado. Sin la tensión que mostraba durante el día, se parecía más a la joven que Mara había conocido.

Aquella primera noche no había solucionado nada. Álvaro estaba herido, Beatriz conservaba la fotografía y Ferrer Eventos seguía bajo amenaza.

A las siete y cuarto de la mañana, Inés despertó y encontró a Mara observando la luz que entraba por la ventana.

—Tenemos que decidir qué hacemos con la fotografía —dijo Mara.

—Lo haremos después de hablar con Álvaro.

Inés tomó su teléfono.

—Voy a llamar a Álvaro. Tiene derecho a saber que existe la fotografía.

—¿Le contarás lo de la beca?

—Eso no le afecta directamente.

—Afecta a la razón por la que estoy aquí.

—Primero hablaré de la foto. Después decidiremos qué hacer con mi madre.

Mara asintió.

Inés marcó el número, pero antes de llamar apareció una notificación en la pantalla.

Era un correo de la directora de comunicación de Casa Valcárcel.

Inés lo abrió.

—No puede ser.

—¿Qué ocurre?

Le entregó el teléfono.

El correo incluía una nota de prensa preparada para distribuirse esa tarde.

INÉS VALCÁRCEL Y ÁLVARO LUJÁN PRESENTARÁN LOS DETALLES DE SU ENLACE EN LA GALA ANUAL DE CASA VALCÁRCEL

El texto anunciaba que los novios asistirían juntos a la gala de aquella noche. También prometía imágenes exclusivas de los preparativos y una declaración sobre su futuro matrimonio.

—Álvaro me pidió cuarenta y ocho horas —dijo Inés—. No ha aprobado esto.

Mara leyó el resto del correo.

Beatriz no sabía todavía que el compromiso había terminado, pero había comprendido que estaba en peligro. La gala obligaría a Inés y a Álvaro a representar una reconciliación delante de la prensa o a anunciar la ruptura sin ninguna preparación.

El teléfono de Inés vibró.

Era un mensaje de Álvaro.

Yo no he autorizado la nota. No vayas a la gala hasta que hablemos.

Inés respondió:

Mamá tiene una fotografía del beso. La compró para impedir que se publicara y está amenazando a Mara con ella.

Álvaro tardó menos de un minuto.

Voy hacia Son Marès.

Inés guardó el teléfono.

—Mi madre sabe que está perdiendo el control —dijo—. Por eso quiere encerrarnos esta noche en una sala llena de periodistas.

—¿Qué vas a hacer?

Inés miró su mano sin anillo.

—Esta vez no decidirá por mí.