Capítulo 18
Sin el anillo
Durante el trayecto hasta Palma, Inés se obligó a no pensar en Mara.
Necesitaba responder a una pregunta sencilla: si Mara abandonaba Mallorca al día siguiente y no volvía a verla, ¿seguiría queriendo casarse con Álvaro?
La respuesta era no.
No porque hubiera dejado de quererlo. Álvaro seguía siendo la persona con quien había compartido cinco años, una casa y muchos planes. Pero ya no podía prometerle que estaba segura de querer aquella vida.
Casarse mientras esperaba que sus dudas desaparecieran sería injusto para los dos.
Inés aparcó delante de la casa que compartían en Palma.
Álvaro estaba en el salón. Había dejado el ordenador abierto sobre la mesa, aunque no parecía estar trabajando.
—No esperaba que vinieras —dijo.
—Necesitaba hablar contigo.
—Ayer también hablamos.
—No terminamos.
Álvaro cerró el ordenador.
—¿Ya sabes si estás enamorada de Mara?
Inés dejó el bolso sobre una silla.
—No.
—Entonces seguimos en el mismo lugar.
—No. Ya sé que no puedo casarme contigo.
Álvaro permaneció inmóvil.
Inés había intentado preparar las palabras durante el trayecto. En voz alta sonaron más definitivas.
—¿Porque ella te ha pedido que me dejes?
—No. Mara se ha negado a prometerme nada.
—Qué detalle por su parte.
—Me ha pedido que decida qué quiero si ella no formara parte de mi vida.
—¿Y has decidido que no me quieres a mí?
—He decidido que no puedo ofrecerte la seguridad que mereces.
Álvaro se levantó.
—No quiero una frase preparada. Quiero que me digas por qué cinco años dejan de ser suficientes después de dos semanas con ella.
—No dejan de importar.
—Pero sí dejan de ser suficientes.
—Sí.
Él caminó hasta la ventana.
—Me dijiste que querías casarte.
—Lo creía.
—Hace dos días seguías diciéndolo.
—Porque te quiero y porque nuestra vida funciona. Pensaba que eso bastaba.
—Normalmente basta.
—No si una parte de mí desea otra cosa.
—¿A Mara?
Inés respondió con sinceridad.
—También deseo saber quién soy cuando no elijo siempre la opción más segura.
Álvaro soltó una risa amarga.
—Así que yo soy la opción segura.
—Eres una persona a la que quiero.
—Pero ella es la persona que te hace sentir valiente.
Inés no negó la frase.
—No quiero casarme contigo mientras intento averiguar qué siento por otra persona.
—Podemos aplazar la boda.
—Eso solo retrasaría la decisión.
—Podríamos cancelar la celebración y seguir juntos.
—No sería justo pedirte que esperaras.
—Déjame decidir qué estoy dispuesto a aceptar.
Álvaro se volvió hacia ella.
—No necesito que me protejas. Si quieres tiempo, podemos dárnoslo. No tenemos que mantener la relación de la misma manera durante unos meses.
Inés comprendió lo que estaba ofreciendo.
—¿Quieres que sigamos juntos mientras yo veo qué ocurre con Mara?
—No.
—Entonces no lo propongas.
—No quiero perderte.
La rabia había desaparecido de su voz. Solo quedaba dolor.
Inés se acercó, aunque mantuvo cierta distancia.
—Si aceptaras algo que no quieres para conservarme, terminarías odiándome.
—Quizá se te pase cuando termine la boda.
—¿Y tú esperarías cada día a que yo decidiera regresar?
—No lo sé.
—No puedo hacerte eso.
Álvaro bajó la mirada.
—¿Vas a ir con ella esta noche?
La pregunta sorprendió a Inés.
—No he hecho ningún plan.
—Pero quieres hacerlo.
—Quiero contarle lo que he decidido.
—Claro.
—No he terminado contigo para asegurarme de que Mara me espere.
—Pero esperas que lo haga.
—Espero que quiera estar conmigo. No sé si ocurrirá.
Álvaro se sentó.
—Si mañana te dijera que se marcha a Lisboa y que no quiere volver a verte, ¿intentarías recuperar nuestra relación?
Inés ya se había hecho la misma pregunta.
—No.
Él asintió lentamente.
—Al menos eso es una respuesta.
—Lo siento.
—Yo también.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Inés miró el salón. Habían elegido juntos el sofá y las fotografías de las paredes. En una de ellas aparecían en un barco junto a la costa de Menorca. En otra, Álvaro la abrazaba durante el aniversario de Casa Valcárcel.
Terminar su relación no borraba esos momentos.
—¿Cuándo empezaste a sentir que nuestra vida no era suficiente? —preguntó él.
—No lo sé. Quizá antes de que Mara volviera. La boda convirtió cada decisión en una discusión con mi madre, y tú estabas fuera casi todo el tiempo.
—Estaba trabajando.
—Lo sé.
—Podías haberme pedido que volviera.
—Pensé que podía ocuparme sola.
—Nunca me dejaste ver que tenías dudas.
—Porque no quería tenerlas.
Álvaro apoyó los codos en las rodillas.
—Deberíamos haber hablado antes.
—Sí.
—Antes de contratar a doscientas personas y enviar ciento ochenta y seis invitaciones.
—Sí.
—Antes de que besaras a Mara.
Inés no intentó defenderse.
—Sobre todo antes de eso.
Él la miró.
—No puedo perdonártelo ahora.
—No te lo estoy pidiendo.
—Quizá algún día pueda.
—Ojalá.
Álvaro se levantó y caminó hasta ella. Durante un instante, Inés creyó que la abrazaría.
No lo hizo.
—Necesito cuarenta y ocho horas antes de que esto se haga público —dijo—. Tengo que hablar con mis padres y con el equipo legal. Hay contratos vinculados a la boda y la prensa vigila la finca.
—De acuerdo.
—Se lo diremos a las familias antes de emitir ningún comunicado.
—Mi madre intentará impedirlo.
—La mía también.
—No voy a cambiar de opinión.
—Asegúrate de eso antes de enfrentarte a Beatriz.
Inés miró el anillo.
—Estoy segura de que no puedo casarme contigo.
Se lo quitó y lo dejó sobre la mesa.
Álvaro observó el anillo sin tocarlo.
—Era de mi abuela.
—Lo sé.
—Quería que lo llevaras tú.
Inés sintió que empezaba a llorar.
—Yo también quería llevarlo.
—Pero ya no.
—No.
Álvaro se apartó.
—Cuarenta y ocho horas. Te pido que no hagas nada público hasta entonces.
—No lo haré.
—No puedo exigirte lo que hagas en privado. Ya no.
—Álvaro…
—Prefiero no saberlo.
Inés recogió su bolso.
—Vendré cuando hablemos con nuestras familias.
—Te llamaré.
Llegó hasta la puerta.
—Inés.
Ella se volvió.
—Espero que algún día sepas qué quieres antes de prometerlo.
No había crueldad en la frase. Eso hizo que doliera más.
—Yo también.
Salió de la casa.
Dentro del coche lloró por primera vez desde que había empezado aquella conversación.
***
Cuando regresó a Son Marès, eran casi las once.
El pabellón oeste tenía una luz encendida. Inés llamó a la puerta antes de entrar.
Leire abrió.
—Hola.
—Necesito hablar con Mara.
Leire miró su mano izquierda.
—Está en su habitación.
—¿Puedo pasar?
—No voy a intentar detenerte.
Inés recorrió el pasillo y llamó a la puerta.
Mara abrió unos segundos después. Llevaba un pantalón cómodo y una camiseta. Su expresión cambió al ver que Inés ya no llevaba el anillo.
—¿Habéis terminado?
—Sí.
Mara se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Estás segura?
—No voy a casarme con Álvaro.
—No te he preguntado eso.
Inés comprendió.
—No estoy segura de casi nada. Pero sé que terminar el compromiso era lo correcto.
—¿Se lo has dicho por mí?
—Me hice la pregunta que me pediste. Si tú te marcharas mañana y no volvieras, tampoco me casaría con él.
Mara guardó silencio.
—Lo quiero —continuó Inés—. Y le he hecho daño. No voy a fingir que dejarlo me hace feliz.
—No deberías estar aquí si necesitas llorar vuestra relación.
—No he venido para utilizarte como consuelo.
—Puede que no lo sepas todavía.
—He venido porque prometí que no volvería a ocultar lo que quiero.
Mara miró hacia el pasillo.
—Entra.
Inés pasó a la habitación. Era sencilla y estaba ordenada, aunque había documentos sobre el escritorio y una maleta abierta junto al armario.
—¿Vas a marcharte? —preguntó.
—No. Todavía no he deshecho todo el equipaje.
—Noa te ha ofrecido un trabajo en Lisboa.
—No he aceptado.
—¿Quieres hacerlo?
—Ahora no importa.
—A mí sí.
—Inés, acabas de terminar una relación de cinco años. No voy a hablarte de septiembre.
—Entonces habla de esta noche.
Mara se sentó en el borde de la cama.
—Álvaro ha pedido cuarenta y ocho horas.
—Para hablar con las familias y controlar el anuncio. El compromiso ha terminado.
—Beatriz no lo sabe.
—Todavía no.
—Cuando lo sepa, intentará cambiar tu decisión.
—No podrá.
Mara miró hacia la puerta, como si esperara que Beatriz apareciera.
—Hay cosas que tienes que saber.
—Dímelas.
Mara respiró hondo. Había deseado que Inés llegara sin el anillo, pero no podía permitir que el deseo decidiera por las dos.
—Antes de que me beses otra vez, tengo que contártelo todo. La fotografía, la amenaza contra Ferrer Eventos y lo que Beatriz hizo cuando teníamos dieciocho años.
Inés la observó con atención.
—¿Tan grave es?
—Sí. Y si después quieres marcharte, lo entenderé.
Inés dejó el bolso junto a la puerta y tomó asiento frente al escritorio. No se acercó a la cama.
—Entonces empieza por el principio.