No Debía Enamorarme de la Novia Capítulo 16
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Capítulo 16

La confesión

Inés había repasado aquella conversación durante todo el día.

Ninguna de las versiones que había imaginado empezaba bien. No existía una forma de contarle a Álvaro que había besado a otra persona sin hacerle daño.

Él esperaba junto a la ventana.

—¿Qué ocurrió entre Mara y tú?

Inés permaneció cerca de la puerta.

—Nos conocimos cuando teníamos catorce años. Nuestras madres trabajaban juntas en algunos eventos y empezamos a pasar tiempo en Son Marès.

—Eso ya lo sé.

—Hay una parte que nunca te he contado.

Álvaro no apartó la vista de ella.

—La noche antes de que Mara se marchara a Londres, nos besamos.

Él tardó varios segundos en responder.

—¿Cuando teníais dieciocho años?

—Sí.

—¿Por eso dejasteis de hablar?

—En parte. Ninguna de las dos entendió lo que había ocurrido. Yo le pedí que nadie se enterara y ella creyó que me arrepentía. Al día siguiente se fue y después no respondió a mis mensajes.

—¿Estabais juntas?

—No. Fue un beso. El primero para las dos.

Álvaro se pasó una mano por el rostro.

—¿Y nunca volvisteis a hablar?

—No hasta ahora.

—¿Por qué no me lo contaste cuando Beatriz la contrató?

—No sabía cómo.

—Podías haber empezado por decir que la organizadora de nuestra boda fue la primera persona a la que besaste.

—Pensé que no importaba. Habían pasado catorce años.

—Pero sí importaba.

—Ahora lo sé.

Álvaro se apartó de la ventana.

—¿Eso es lo que estabais discutiendo en el invernadero?

Inés respiró hondo.

—En parte.

—¿Qué más ocurrió?

Ella había llegado hasta allí para decir la verdad. Retrasarla otra vez solo aumentaría el daño.

—Nos besamos.

Álvaro se quedó inmóvil.

—¿Ayer?

—Antes de ayer. Cuando nos encontraste en el invernadero.

—Me dijiste que estabais hablando de los votos.

—Dije que estábamos hablando de la boda.

—No me corrijas ahora.

—Tienes razón.

Él caminó hasta la mesa y apoyó las manos sobre ella.

—¿La besaste?

—Nos besamos.

—No utilices el plural para repartir la culpa.

—Yo empecé. Mara me pidió que parara y yo no quise. Después respondió al beso.

Álvaro la miró con incredulidad.

—¿Me estás diciendo que intentó detenerte?

—Me advirtió que nada sería más fácil si lo hacíamos.

—Pero lo hizo.

—Sí.

—Y después me miró a la cara como si no hubiera ocurrido nada.

—Me dijo que tenía que contártelo. Se negó a ocultarlo.

Álvaro soltó una risa sin humor.

—Ha esperado dos días.

—Porque yo le pedí tiempo.

—Podía habérmelo contado ella.

—No le correspondía hacerlo.

—Yo le pedí ayuda.

La voz de Álvaro aumentó por primera vez.

—Le pedí que hablara contigo porque creía que eras capaz de escucharla. Le expliqué que tenía miedo de perderte y le pedí que me ayudara a entender qué te ocurría.

Inés no intentó defenderse.

—Lo sé.

—¿Ya os habíais besado cuando hablé con ella?

—No. Fue después.

Álvaro se apartó de la mesa.

—Eso es peor.

—Lo siento.

—Deja de decirlo como si sirviera de algo.

—No creo que sirva. Pero lo siento.

—Confié en ella. Le agradecí que defendiera el olivar. Le dije que comprendía por qué querías tenerla aquí.

—Yo no la contraté.

—Ya lo sé. Pero pensé que vuestra antigua amistad podía ser algo bueno para ti.

Álvaro empezó a caminar por la habitación.

—Ayer llegué al ensayo y la encontré en mi lugar. Te estaba prometiendo que no volvería a marcharse. Tú le prometías que esta vez le pedirías que se quedara.

—No estaba planeado.

—¿Eso cambia lo que dijisteis?

—No.

—¿Eran promesas reales?

Inés miró hacia el suelo.

—Sí.

Álvaro dejó de caminar.

—Entonces no estabais comprobando los micrófonos. Estabais hablando de vuestra relación delante de todo el mundo.

—Empezó como una prueba técnica.

—Y terminaste olvidando que ibas a casarte conmigo.

—No me olvidé de ti.

—¿Qué pensabas mientras la mirabas?

Inés no respondió.

—Eso imaginaba.

Él abrió una botella de agua, pero no bebió. La dejó sobre la mesa.

—¿Cuánto tiempo llevas sintiendo algo por ella?

—No lo sé.

—¿Desde que volvió?

—La reconocí en cuanto vi su fotografía.

—No te he preguntado cuándo la reconociste.

Inés se obligó a responder.

—Me sentí atraída por ella desde que volvió. También estaba enfadada por cómo se marchó. Pensé que solo era el pasado.

—¿Y después?

—Empezó a escucharme. Se enfrentó a mi madre y defendió las decisiones que yo había tomado.

—Yo también te he apoyado.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué te daba ella que yo no pudiera darte?

—No se trata de compararos.

—Claro que se trata de compararnos. Vas a casarte conmigo y has besado a Mara.

—Ella me recuerda quién era antes de que mi familia decidiera mi vida.

—Yo nunca he decidido por ti.

—No he dicho eso.

—Pero estás utilizando a tu madre para explicar por qué has buscado algo fuera de nuestra relación.

—No intento justificarme.

—Entonces dime la verdad. ¿Ya no quieres estar conmigo?

Inés sintió miedo.

—Te quiero.

—No te he preguntado eso.

—Quiero la vida que hemos planeado.

—Eso tampoco responde.

Álvaro se acercó.

—¿Quieres casarte conmigo?

—Sí.

Inés respondió deprisa, pero Álvaro no oyó en su voz la seguridad que necesitaba.

—No te creo.

—Álvaro…

—Si estuvieras segura, no habrías tardado dos días en contarme el beso. No habrías rechazado los votos ni el baile. Y ayer no habrías mirado a Mara como si yo fuera quien estaba ocupando su lugar.

La frase dolió porque Inés había pensado algo parecido durante la prueba fotográfica.

—Ella ya estaba antes de que existiéramos nosotros —dijo.

Álvaro la miró con rabia.

—¿Eso debería hacerme sentir mejor?

—No es una excusa. Intento explicarte por qué su regreso me ha afectado.

—Un beso de hace catorce años no justifica el de esta semana.

—Lo sé.

—Ni justifica que me hayas dejado preparar una boda mientras intentabas averiguar qué sientes por ella.

—No estaba intentando averiguarlo.

—¿Entonces qué estabas haciendo?

Inés no encontró una respuesta.

Álvaro se alejó.

—Siempre supe que te atraían también las mujeres. Nunca fue un problema para mí.

—Esto no tiene que ver con que Mara sea una mujer.

—Ya lo sé. Tiene que ver con que es Mara.

La forma en que pronunció su nombre confirmó que había comprendido la diferencia.

No era una atracción ocasional. Mara formaba parte de una historia que Inés nunca había cerrado.

—¿Ha ocurrido algo más? —preguntó—. ¿Os habéis acostado?

—No.

—¿Querías hacerlo?

Inés sintió vergüenza, pero no podía volver a mentir.

—Sí.

Álvaro cerró los ojos.

—Gracias por la sinceridad.

La ironía era evidente.

—No voy a verla mientras sigamos comprometidos —dijo Inés.

—Vivís en la misma finca.

—Me refiero a que no volverá a ocurrir nada.

—¿Porque no quieres o porque ella se niega?

Inés no respondió.

Álvaro entendió.

—Ha sido Mara quien ha puesto el límite.

—Las dos sabemos que no puede repetirse.

—Pero tú querías que se repitiera.

—Sí.

Aquella respuesta pareció herirlo más que las anteriores.

Álvaro se sentó en el borde de la cama. Durante varios segundos, se quedó mirando sus manos.

Cuando volvió a hablar, su voz era más baja.

—Llevamos cinco años juntos.

—Lo sé.

—Tenemos una casa. Hemos hablado de hijos.

—Sigo queriendo esas cosas.

—¿Conmigo?

Inés sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.

—No sé qué me está pasando.

—Eso es lo único que has dicho esta noche que creo por completo.

Ella se acercó, pero Álvaro levantó una mano.

—No me toques ahora.

Inés se detuvo.

—Lo siento.

—También la defendiste cuando Beatriz quiso despedirla.

—Porque tenía razón sobre el olivar.

—¿Solo por eso?

—No.

Álvaro asintió lentamente.

—¿Mara te ha pedido que dejes la boda?

—No. Todo lo contrario. Me ha dicho que debo decidir sin pensar en ella.

—Qué generoso.

—No hables así de ella.

La respuesta fue inmediata.

Álvaro la miró.

Inés comprendió su error demasiado tarde.

—Acabas de contarme que besaste a otra persona y todavía te preocupa que yo sea injusto con ella.

—No quiero que la conviertas en la única culpable.

—¿La estás protegiendo?

—Estoy asumiendo mi parte.

—También estás protegiéndola.

Inés no lo negó.

Álvaro se levantó de nuevo.

—¿Estás enamorada de Mara?

Inés abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Podía decir que no lo sabía. Podía repetir que solo era atracción, nostalgia y todo lo que habían dejado pendiente.

No estaba segura de que fuera verdad.

Álvaro esperó.

El silencio se prolongó demasiado.

—Ya tengo la respuesta —dijo finalmente.

—No. No la tienes. Yo tampoco.

—Eso no mejora nada.

—Te quiero.

—Pero quizá estás enamorada de ella.

Inés sintió que una lágrima le recorría la mejilla.

—No quería hacerte daño.

—Sin embargo, me lo has hecho.

Álvaro recogió su teléfono.

—Necesito que te vayas.

—Tenemos que decidir qué hacemos.

—No esta noche.

—La boda es dentro de pocas semanas.

—Ahora mismo me da igual la boda.

—A mí no.

—Ese es parte del problema. Parece que llevas semanas defendiendo una celebración que no sabes si quieres para evitar decidir si quieres el matrimonio.

Inés bajó la mirada.

—Necesito tiempo —dijo él—. Y necesito que tú dejes de repetirme que quieres casarte hasta que estés segura.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé.

—No podemos fingir delante de nuestras familias durante semanas.

—Tú has fingido delante de mí durante varios días.

Inés aceptó el golpe.

Se dirigió hacia la puerta.

—Álvaro.

Él no la miró.

—No quiero perderte.

—Deberías haber pensado en eso antes de besarla.

Inés salió de la habitación.

Cerró la puerta con cuidado y permaneció unos segundos en el pasillo. No sabía si esperaba que Álvaro la llamara o si temía que lo hiciera.

El teléfono vibró en su mano.

Era un mensaje de Mara.

¿Has hablado con él?

Inés miró la pantalla.

Podía contarle que Álvaro ya sabía la verdad. Podía buscarla en el pabellón y pedirle que cumpliera las promesas del ensayo.

Pero Mara había sido clara: Inés debía decidir qué quería sin convertirla en una alternativa.

Respondió con una sola palabra.

Sí.

Mara no escribió nada más.