Capítulo 14
La fotografía
A las siete y media de la mañana, Mara recibió un mensaje de Beatriz.
Ven a mi despacho. Sola.
No era una invitación.
Mara llevaba despierta desde las cinco. Había pasado parte de la noche esperando que Inés le confirmara que había hablado con Álvaro. El único mensaje que recibió llegó poco antes de la una.
Ha vuelto tarde y no ha querido hablar. Lo intentaré por la mañana.
Mara no respondió.
Después del ensayo, Álvaro ya no necesitaba una explicación para saber que ocurría algo. Solo le faltaba conocer el beso.
Mara salió del pabellón y caminó hasta la casa principal. En el vestíbulo, la directora de comunicación de Casa Valcárcel hablaba por teléfono. Al verla, terminó la llamada y evitó mirarla.
Aquello fue suficiente para que Mara comprendiera que Beatriz sabía algo.
La puerta de la biblioteca estaba abierta.
Beatriz esperaba detrás del escritorio. Había una carpeta gris delante de ella y dos personas a las que Mara no conocía sentadas junto a la ventana. Una era abogada. El otro hombre tenía el ordenador abierto sobre las rodillas.
—Cierra la puerta —ordenó Beatriz.
Mara obedeció.
—¿Quiénes son?
—Lucía Armenteros, del despacho que representa a Casa Valcárcel. Daniel Valls, responsable de la agencia que supervisa nuestra comunicación digital.
La abogada inclinó la cabeza a modo de saludo.
Beatriz señaló la silla libre.
—Siéntate.
—Prefiero quedarme de pie.
—Como quieras.
Daniel cerró el ordenador y entregó un sobre a Beatriz. Ella lo colocó sobre la mesa.
—Ayer por la tarde, tres revistas recibieron una oferta de un fotógrafo independiente —explicó—. Antes de pagar por el material, una de ellas contactó con nuestro equipo para comprobar su autenticidad.
Mara miró el sobre.
—¿Qué material?
Beatriz sacó una fotografía.
Mara dejó de respirar.
La imagen mostraba el interior del invernadero. Inés estaba apoyada contra la mesa y Mara la sujetaba por la cintura. Sus rostros eran perfectamente reconocibles.
También se veía el anillo de compromiso.
El fotógrafo había captado el beso desde el exterior, a través de uno de los cristales.
Mara tomó la fotografía.
—¿Quién la hizo?
—Un paparazzi que llevaba varios días vigilando la finca desde un terreno vecino —respondió Daniel—. Utilizó un teleobjetivo.
—¿Ha publicado algo?
—No —dijo Beatriz—. He comprado las fotografías, los archivos originales y la exclusividad. También ha firmado un acuerdo de confidencialidad.
—Puede conservar copias.
—La penalización por difundirlas supera ampliamente cualquier cantidad que podría conseguir de una revista.
—Eso no garantiza que guarde silencio.
—Su agencia también ha firmado. Si aparece una copia, sabremos a quién reclamar.
Mara dejó la fotografía sobre la mesa.
—¿Cuánto le ha pagado?
—No es asunto tuyo.
—Me ha citado para enseñármela. Supongo que quiere algo.
Beatriz miró a las otras dos personas.
—Dejadnos solas.
La abogada recogió su carpeta. Daniel hizo lo mismo con el ordenador. Cuando salieron, Beatriz cerró el sobre y guardó la fotografía dentro.
—Álvaro vino a verme después del ensayo —dijo—. Sospechaba que ocurría algo entre vosotras. Pedí a mi equipo que comprobara si existía alguna imagen. La encontraron antes de que una revista realizara una oferta.
—¿Qué le ha contado a Álvaro?
—Nada sobre la fotografía.
—¿Por qué?
—Porque quiero resolver el problema antes de que afecte a la boda.
Mara sintió rabia.
—Inés no es un problema que pueda resolver.
—No me preocupa Inés. Me preocupas tú.
—Yo no la obligué a besarme.
—Eso no importará cuando la fotografía se publique.
—Acaba de decir que no se publicará.
—Mientras yo pueda impedirlo.
La amenaza era evidente.
Mara apoyó las manos sobre el respaldo de la silla.
—Diga lo que quiere.
—Quiero que recuerdes para qué te contraté. Debes organizar esta boda, reducir los conflictos y conseguir que Inés llegue al altar.
—Mi trabajo no consiste en convencerla de que se case.
—Ella asegura que quiere hacerlo.
—Entonces no necesita que yo la convenza.
—Necesita que dejes de confundirla.
Mara negó con la cabeza.
—No voy a aceptar toda la responsabilidad. Lo que ocurrió fue una decisión de las dos.
—Inés es mi hija. Tú eres una profesional contratada para organizar su boda.
—Lo sé.
—Aparentemente, no.
Beatriz se levantó.
—A partir de hoy, no volverás a reunirte con ella a solas. Toda comunicación pasará por Leire o por un miembro de mi equipo. Limitarás las conversaciones a cuestiones profesionales y dejarás claro que el beso fue un error.
—Eso ya se lo he dicho.
—No ha sido suficiente.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque ayer os escucharon intercambiar promesas delante del equipo técnico.
Mara sintió vergüenza al recordar el ensayo.
—No estaba planeado.
—Nada de lo que haces con Inés parece estar planeado. Ese es precisamente el riesgo.
—Hablaré con ella.
—Le dirás que no sientes nada.
—No voy a mentirle.
Beatriz se acercó despacio.
—Tu sinceridad resulta admirable para alguien que utilizó una amistad rota y una historia falsa para entrar en esta casa.
Mara apretó las manos contra el respaldo de la silla.
—No me interesa lo que sientas —continuó Beatriz—. Me interesa lo que hagas. Terminarás esta boda y ayudarás a Inés a recuperar la seguridad que tenía antes de que llegaras.
—¿Y si no lo hago?
—Rescindiré el contrato por incumplimiento profesional.
La cláusula doce exige que comuniques cualquier conflicto de intereses que pueda comprometer el servicio o la imagen de los clientes.
No lo hiciste. Exigiré la devolución del adelanto y reclamaré los gastos derivados de reorganizar el enlace.
La fotografía demostrará que mantuviste una relación personal con la novia mientras trabajabas para ella.
Mara pensó en las facturas que acababan de pagar.
No podían devolver el adelanto ni sobrevivir sin el pago que todavía quedaba pendiente. La cláusula podía discutirse ante un tribunal, pero una reclamación de los Valcárcel inmovilizaría la empresa durante meses. Ferrer Eventos podía quebrar incluso aunque terminara ganando el juicio.
Beatriz conocía las cifras.
—También informaré de la situación a los hoteles y empresas que me han pedido referencias sobre tu agencia —añadió—. No necesitaré mentir. Bastará con decir que no respetaste los límites profesionales y pusiste en riesgo la boda de mi hija.
—Quiere arruinar mi empresa.
—Quiero proteger a Inés.
—Amenazándome.
—Ofreciéndote una elección.
—No es una elección si una de las opciones consiste en destruir todo lo que he construido.
—Todas las decisiones importantes tienen consecuencias.
Mara miró el sobre.
—La fotografía también perjudicaría a Inés y a Álvaro.
—Por eso la he comprado. No tengo intención de publicarla.
—Entonces no puede utilizarla contra mí.
—Puedo entregársela a Álvaro. También puedo aportarla en una reclamación privada contra tu empresa.
Y si tengo que controlar la publicación de la historia, me aseguraré de que quede claro que una organizadora con problemas económicos se acercó a una antigua amiga para conseguir un contrato y terminó interfiriendo en su relación.
—Inés no permitiría que contara esa versión.
—Inés no controla los titulares. Tú misma se lo explicaste cuando te presentaste ante mí.
Mara recordó su argumento.
Si no dices nada, la prensa rellenará el silencio.
Beatriz estaba utilizando contra ella la misma estrategia con la que había conseguido el trabajo.
—¿Por qué aceptó contratarme? —preguntó—. Álvaro dice que conocía parte de nuestra historia. Si ya sospechaba lo que ocurrió entre Inés y yo, ¿por qué me dejó entrar en esta casa?
Beatriz regresó a su asiento.
—Precisamente por eso.
—No lo entiendo.
—Inés no me escuchaba a mí, ni a Álvaro ni a la anterior organizadora. Pero siempre te escuchó a ti. Necesitaba que le devolvieras la sensación de que esta boda también le pertenecía. Después, confiaba en que la llevarías hasta el altar.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Porque tu empresa necesitaba el contrato. Creí que tu futuro te importaría más que ella.
Mara sintió que el estómago se le cerraba.
—No sabía que mi empresa tenía problemas hasta que me presenté.
—Lo averigüé antes de firmar. Cuando me dijiste que tenías la agenda completa, pedí a mi equipo que revisara Ferrer Eventos. Estabas ocupada, pero no tenías liquidez. El cliente que te debe dinero te había dejado sin margen.
—Me contrató porque pensó que podría controlarme.
—Te contraté porque eres buena y porque tenías razones para hacer bien el trabajo.
—También esperaba que Inés descubriera que había vuelto por dinero.
Beatriz no lo negó.
—Mi hija tiende a idealizar lo que perdió. Pensé que verte actuar como una profesional resolvería esa nostalgia. Cuando comprendiera que habías regresado porque necesitabas un cliente, dejaría de imaginar que existía algo pendiente entre vosotras.
—Pero sabía que existía.
—Sabía que podía existir.
—¿Desde cuándo?
Beatriz mantuvo la mirada fija en ella.
—Desde antes de que vosotras mismas lo entendierais.
Mara sintió frío a pesar del calor de la biblioteca.
—Usted no vio el beso.
—No.
—Entonces no sabía nada.
—Sabía cómo mirabas a mi hija. También sabía que Inés empezó a rechazar cualquier plan que no te incluyera. No necesitaba ver un beso para comprender que vuestra relación estaba cambiando.
Mara pensó en el último verano. En Beatriz apareciendo entre los olivos. En la alegría que fingió cuando Inés le contó lo de Londres.
—No es la primera vez que me aparta de Inés —dijo Beatriz.
Mara tardó en entenderla.
—¿De qué está hablando?
—De la beca de Londres.
La biblioteca pareció quedarse sin aire.
—¿Qué tiene que ver usted con la beca?
—Yo hice que te la concedieran.
Mara la miró sin comprender.
—Eso es imposible.
—La fundación que financiaba el programa colaboraba con Casa Valcárcel. Tu solicitud había superado la primera selección, pero no eras la candidata elegida para la ayuda completa.
—Recibí una carta de confirmación.
—Porque aporté los fondos necesarios para crear una plaza adicional y pedí que se te adjudicara.
Mara apoyó una mano sobre la silla.
—Yo había conseguido la mejor puntuación en las entrevistas.
—Eras una candidata excelente. No inventé tu talento ni tus notas. Me limité a asegurar que la oportunidad llegara hasta ti.
—Sin decirme la verdad.
—No habrías aceptado el dinero si hubieras sabido que procedía de mí.
—¿Teresa lo sabía?
—Tu madre no sabía nada.
Mara recordó el orgullo de Teresa al leer la carta. Recordó la celebración en la floristería y la sensación de haber conseguido algo imposible.
Beatriz había estado detrás.
—Cuando llegó hasta nosotras en el olivar, fingió que no sabía lo de Londres.
—Era necesario que Inés creyera que la beca había sido una sorpresa para todos.
—Y la animó a convencerme de que me marchara.
—Te animé a aceptar una oportunidad que podía cambiarte la vida.
—Quería alejarme de ella.
—Las dos cosas eran compatibles.
Mara se apartó de la silla.
—Nos robó la posibilidad de entender lo que había ocurrido.
—Teníais dieciocho años. Un beso no justificaba que renunciaras a Londres.
—No era su decisión.
—Alguien tenía que tomarla.
—No. Ese es el problema. Lleva toda la vida tomando decisiones por Inés y haciendo creer a los demás que las han tomado ellos.
Beatriz endureció la expresión.
—La beca te dio una educación excelente. Construiste una carrera gracias a ella.
—Construí mi carrera trabajando.
—Y pudiste hacerlo porque yo abrí una puerta.
—Para cerrarme otra.
Beatriz no respondió.
Mara comprendió que nunca obtendría una disculpa. Para Beatriz, el resultado justificaba la manipulación. Mara había estudiado en Londres, Inés había continuado con la vida prevista y el problema había desaparecido durante catorce años.
Hasta que Mara regresó.
—¿Por qué me lo cuenta ahora? —preguntó.
—Porque necesito que entiendas que esto no termina contigo llevándote a Inés.
—No estoy intentando llevármela.
—Entonces demuéstralo.
—¿Cómo?
—Aléjate. Termina la boda. Haz que recuerde por qué eligió a Álvaro.
—Inés tiene que decidir por sí misma.
—Puedes repetir esa frase todas las veces que quieras. Si su decisión pone en peligro su futuro, su familia y tu empresa, alguien tendrá que asumir las consecuencias.
—¿Y si no hago lo que me pide?
Beatriz señaló el sobre.
—Tu empresa no sobrevivirá a una reclamación de Casa Valcárcel. Y cuando termine, me aseguraré de que ningún cliente importante vuelva a confiarte una boda.
Mara la miró.
—Está amenazando con arruinarme la vida.
—Estoy explicándote lo que ocurrirá si conviertes una relación profesional en un escándalo.
—Ya ha comprado el silencio del fotógrafo. No hay escándalo.
—Mientras yo decida mantenerlo en silencio.
La amenaza quedó clara.
Beatriz se sentó.
—Si terminas el trabajo y te mantienes alejada de Inés, las fotografías desaparecerán. Recibirás el pago completo y mi recomendación. Cumpliré lo que te prometí: tendrás un futuro brillante.
Mara miró la carpeta gris.
La oferta seguía siendo tentadora. Podía salvar Ferrer Eventos, pagar a sus empleados y acceder a clientes que nunca habría conseguido por sí sola.
El precio era convencer a Inés de que el beso no significaba nada y ayudar a Beatriz a llevarla hasta una boda que todavía no había elegido por completo.
—No puedo obligarla a casarse con Álvaro —dijo.
—No te lo estoy pidiendo. Te estoy pidiendo que dejes de ofrecerle una alternativa.
Mara se dirigió hacia la puerta.
—¿Qué va a decirle a Inés sobre esta conversación?
—Nada.
—¿Y sobre la beca?
—Tampoco.
Mara abrió la puerta.
—Eso debería decidirlo ella.
—Si se lo cuentas, perderás el contrato, la empresa y cualquier posibilidad de controlar la fotografía.
Mara se volvió.
—Algún día Inés descubrirá lo que hizo.
—Quizá. Pero hoy no será ese día.
Mara salió de la biblioteca.
Caminó hasta el pabellón oeste sin detenerse. Cerró la puerta de su habitación y apoyó la espalda contra ella.
La beca había sido real. También lo eran los años de estudio y el trabajo que había realizado después. Beatriz no le había regalado su carrera.
Pero sí había decidido cuándo debía salir de la vida de Inés.
Ahora intentaba hacerlo de nuevo.
Mara tenía que contarle la verdad. Se lo debía a Inés y se lo debía a sí misma.
Sin embargo, si hablaba, Ferrer Eventos podía desaparecer. Leire y sus empleados pagarían las consecuencias de una decisión que no habían tomado. Y la fotografía podía acabar en todas las portadas.
Por primera vez desde que había regresado a Son Marès, Mara no sabía cómo proteger a Inés sin destruir todo lo demás.