No Debía Enamorarme de la Novia Capítulo 12
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Capítulo 12

La distancia

Durante los primeros veinte minutos de la reunión con el florista, Mara tuvo que pedir que le repitieran dos preguntas.

No solía perder la concentración. Mucho menos delante de un proveedor. Sin embargo, cada vez que miraba hacia Inés recordaba sus manos sujetando su camisa y su boca contra la suya.

Leire acabó interviniendo.

—Necesitamos ocho centros altos, doce bajos y cuatro composiciones para la entrada —resumió—. Las flores de la ceremonia podrán trasladarse al patio durante el cóctel.

El responsable de Dalia Norte asintió.

La empresa había confirmado el servicio después de recibir el pago atrasado. Mara debería haberse sentido aliviada, pero solo podía pensar en Álvaro entrando en el invernadero unos segundos después del beso.

Él había confiado en ella.

Le había pedido que hablara con Inés para ayudarlo y Mara había terminado besando a su prometida.

No existía ninguna explicación que redujera su responsabilidad.

—No quiero orquídeas —dijo Inés.

Era la primera vez que participaba en la reunión desde que había llegado. Se había sentado en el extremo opuesto de la mesa y apenas había mirado a Mara.

El florista consultó su propuesta.

—Las orquídeas figuran en el proyecto aprobado por su madre.

—Entonces retíralas.

—¿Qué flores prefieres? —preguntó Mara.

Inés levantó la vista.

La mirada duró poco, pero fue suficiente para recordar lo ocurrido.

—Flores de la isla.

—Necesito algo más concreto.

—Olivo, jazmín, lavanda. Flores que puedan encontrarse aquí.

—La lavanda no estará en su mejor momento —explicó el florista—. Podemos trabajar con jazmín, ramas de olivo, rosas de jardín y algunas variedades de temporada.

—Sin rosas blancas —dijo Inés.

—¿Por qué? —preguntó Mara.

—Mi madre las utiliza en todos los eventos de Casa Valcárcel.

Mara tomó nota.

—Prepararemos una muestra con tonos crema, verde y amarillo suave. Nada que parezca una presentación de la empresa.

Inés asintió.

Trabajaron durante otra hora. Mara evitó dirigirse a ella si Leire podía hacer la misma pregunta. Cuando necesitó su aprobación, utilizó un tono estrictamente profesional.

Inés lo notó.

Al terminar, el florista se marchó con Leire para revisar el acceso de carga. Mara empezó a guardar las muestras.

—Tenemos que hablar —dijo Inés.

—No aquí.

—Eso mismo te dije ayer.

—Ayer no sirvió de mucho.

Inés cerró la puerta.

—No pude hablar con Álvaro esta mañana.

—Dijiste que lo harías anoche.

—Mi madre organizó una cena familiar. Cuando por fin nos quedamos solos, él recibió una llamada de su padre.

—Podías haber esperado a que terminara.

—Eran casi las dos.

—Podías habérselo dicho esta mañana.

—No quiero contárselo antes de una reunión con proveedores.

Mara dejó las muestras sobre la mesa.

—No necesitas justificarte conmigo.

—Llevas toda la mañana evitándome.

—Estoy trabajando.

—Me has hecho las preguntas a través de Leire cuando yo estaba sentada a tres metros.

—Porque no quiero quedarme a solas contigo.

La respuesta dejó a Inés en silencio.

—No va a volver a ocurrir —dijo.

—Eso espero.

—No tienes que tratarme como si hubiera sido solo culpa mía.

—No lo hago. Yo también te besé.

—Entonces deja de castigarme.

—No te estoy castigando. Estoy intentando no repetirlo.

Inés se acercó.

Mara dio un paso atrás.

El gesto la detuvo.

—No voy a besarte —dijo Inés.

—Bien.

—Solo quiero aclarar lo que ocurrió.

—Nos besamos. Estás comprometida. Tienes que decírselo a Álvaro.

—Lo sé.

—No hace falta aclarar nada más antes de hablar con él.

—Para ti resulta muy sencillo.

—No es sencillo.

—Lo parece.

Mara cerró la carpeta.

—Álvaro me pidió ayuda porque confía en mí. Cree que nuestra antigua amistad puede servir para que seas sincera. Unas horas después, te besé. Me siento culpable y no quiero estar a solas contigo hasta que él sepa la verdad.

Inés apartó la mirada.

—Se lo diré.

—¿Cuándo?

—Mañana después del ensayo.

—¿Por qué no hoy?

—Porque esta noche tenemos una cena con sus padres. No pienso contárselo cinco minutos antes de sentarnos con ellos.

—Puedes cancelar la cena.

—Eso provocaría preguntas.

—Siempre habrá una razón para esperar.

—Solo te estoy pidiendo un día.

Mara pensó en Álvaro, en la forma tranquila en que le había pedido que averiguara la verdad.

—Mañana —aceptó—. Después del ensayo.

—Te lo prometo.

—Hasta entonces, solo hablaremos de trabajo.

La expresión de Inés se endureció.

—Pensaba que nuestro acuerdo ya decía eso.

—Ahora lo digo en serio.

—Yo también hablaba en serio cuando escribí la regla.

—Y ayer me preguntaste si me acostaba con Noa.

—Fue un error.

—Besarnos fue el error.

Inés apretó los labios, pero no respondió.

Mara se arrepintió en cuanto la dijo. El beso no se había sentido como un error. Ese era precisamente el problema.

—Tengo que trabajar —añadió.

Inés abrió la puerta.

—Nos vemos en el ensayo.

Se marchó sin mirar atrás.

***

A la hora de la comida, Mara recibió tres fotografías de Dalia Norte con la nueva propuesta floral. Las envió a Inés y obtuvo una respuesta seis minutos después.

La segunda. Sin las rosas grandes.

Las reglas seguían funcionando, aunque su relación hubiera dejado de hacerlo.

Mara aprobó la muestra y continuó con el programa de la ceremonia. El ensayo técnico tendría lugar al día siguiente a las cuatro. No era el ensayo general. Solo participarían los novios, el equipo de organización, la oficiante y dos técnicos de sonido.

Necesitaban comprobar la duración de las entradas, la posición de los micrófonos y el formato de los votos.

Mara escribió a Álvaro para confirmar su asistencia.

Él respondió poco después.

Allí estaré. Gracias por ocuparte de todo.

La confianza de aquel mensaje aumentó su culpa.

Mara dejó el teléfono boca abajo.

—Tienes cara de querer despedirte a ti misma.

Leire estaba apoyada en la puerta del despacho provisional.

—Estoy cansada.

—No has dormido.

—Tenemos mucho trabajo.

—No es por el trabajo.

Mara abrió otro presupuesto.

—Necesito que confirmes el horario del montaje floral.

Leire no se movió.

—¿Qué ocurrió ayer en el invernadero?

—Nada que puedas solucionar.

—Eso significa que ocurrió algo.

Mara la miró.

—Besé a Inés.

Leire cerró la puerta.

—¿Estás hablando de otro beso de hace catorce años?

—Ayer.

—Mara.

—Ya sé lo que vas a decir.

—Está comprometida.

—Lo sé.

—Y tú estás organizando la boda.

—También lo sé.

—¿Os vio alguien?

—Álvaro llegó justo después.

—¿Os vio?

—No besándonos.

Leire se sentó frente a ella.

—¿Sospecha algo?

—No lo sé. Entró cuando acabábamos de separarnos. Inés estaba nerviosa.

—Tienes que contarle la verdad.

—Inés lo hará mañana después del ensayo.

—¿Y tú confías en que lo haga?

Mara no respondió.

—Eso pensaba —dijo Leire—. Sal de esta boda.

—No puedo.

—Ya hemos cobrado el adelanto. Podemos devolver la parte no consumida y negociar el resto.

—El dinero que queda no cubre las facturas que hemos pagado.

—Encontraremos una solución.

—No abandonaré cinco semanas de trabajo y dejaré a los proveedores sin coordinación.

—No me preocupa la coordinación. Me preocupa que Beatriz descubra que te has acostado con su hija.

—Solo nos hemos besado.

—No creo que la precisión le importe mucho.

Mara sabía que Leire tenía razón.

—No volverá a ocurrir.

—Eso dijiste sobre mezclar trabajo y relaciones después de la boda de Valencia.

—No había ninguna novia implicada.

—Gracias por señalar la mejora.

Mara se levantó.

—Inés hablará con Álvaro mañana. Después decidiremos qué hacemos.

—¿Qué vas a decidir?

—Si puedo terminar el trabajo sin estar a solas con ella.

—Ya sabes la respuesta.

—Tengo que intentarlo.

Leire la observó con preocupación.

—No dejes que Beatriz utilice la empresa para obligarte a aceptar cualquier cosa.

—No lo haré.

—Ya la está utilizando.

Mara no contestó.

***

Esa tarde, Álvaro la encontró junto al patio interior.

Mara estaba comprobando el espacio disponible para la cena cuando él se acercó.

—¿Tienes un momento?

—Claro.

—¿Has hablado con Inés?

Mara enrolló la cinta métrica.

—Sí.

—¿Qué te ha dicho?

—Esa conversación es privada.

—Te pedí que hablaras con ella porque estoy preocupado.

—Y hablé con ella. Ahora tienes que hablar tú.

Álvaro estudió su rostro.

—¿Tiene dudas sobre la boda?

—No puedo responder por ella.

—Ayer parecías dispuesta a ayudarme.

—Ayer acepté hablar con Inés. No acepté contarte una conversación que ella no me ha autorizado a compartir.

—¿Le has dicho que fui yo quien te lo pidió?

—Sí.

—Imaginaba que lo harías.

No parecía enfadado. Solo más preocupado.

—¿La conversación terminó mal? —preguntó.

—Fue difícil.

—Eso tampoco responde.

—Es lo único que puedo decirte.

Álvaro guardó silencio.

—Cuando entré en el invernadero, las dos parecías nerviosas.

Mara sostuvo la cinta métrica con más fuerza.

—Estábamos discutiendo.

—¿Sobre mí?

—Sobre la boda.

—¿Y por qué no podía explicármelo Inés?

—Pregúntaselo a ella.

Álvaro miró hacia la casa.

—Le he preguntado esta mañana. Ha dicho que solo discutisteis por los votos.

Mara no corrigió la mentira.

Tampoco la confirmó.

Él vio la respuesta en su silencio.

—No fue por los votos.

—Tienes que hablar con Inés.

—Eso me has dicho tres veces.

—Porque es la única respuesta que puedo darte.

Álvaro asintió lentamente.

—¿Hay algo que deba saber antes del ensayo?

La pregunta era directa.

Mara pensó en contarle la verdad. Podía asumir su responsabilidad y evitar que Inés continuara retrasándolo.

Pero la relación era de ellos. Inés había pedido un día para explicárselo por sí misma.

—Ella hablará contigo mañana —dijo.

—No te he preguntado cuándo hablará conmigo.

Mara guardó la cinta en la caja de herramientas.

—Nos vemos en el ensayo a las cuatro.

Se alejó antes de que él pudiera insistir.

No necesitó volverse para saber que Álvaro seguía observándola.

***

A las tres y media del día siguiente, el equipo técnico ya estaba preparado en el olivar.

La oficiante repasaba el texto de la ceremonia. Leire comprobaba los micrófonos y Mara marcaba las posiciones con pequeñas señales sobre la plataforma provisional.

Inés llegó a las tres y cuarenta.

No se acercó a Mara. Ocupó su lugar junto a uno de los olivos y revisó el programa.

A las tres y cincuenta, Mara recibió un mensaje suyo.

Se lo diré después del ensayo. Te lo prometo.

Mara respondió:

De acuerdo.

A las cuatro, Álvaro todavía no había llegado.

Mara lo llamó.

—Estoy saliendo de una reunión —dijo él—. Quince minutos. Veinte como máximo.

—Necesitamos probar la entrada y los micrófonos contigo.

—Lo sé. Lo siento. Empezad sin mí y llego para los votos.

Mara miró hacia Inés.

Ella esperaba en el lugar de la ceremonia, vestida de blanco y rodeada por las sillas vacías.

—Te esperamos —dijo Mara.

Colgó.

No sabía que aquella demora convertiría un ensayo técnico en algo que ninguno de los tres podría olvidar.