No Debía Enamorarme de la Novia Capítulo 11
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Capítulo 11

El segundo beso

Inés llegó al invernadero diez minutos antes de la hora acordada.

No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos recordaba la fotografía que Noa había tomado en el olivar. Mara estaba colocada en el lugar de Álvaro y la miraba como si no existiera nadie más.

Noa había borrado la imagen, pero Inés seguía viéndola.

Abrió una de las ventanas del invernadero. Necesitaba aire.

Catorce años atrás, aquel lugar estaba lleno de plantas. Teresa utilizaba parte de las mesas para preparar los arreglos florales de Son Marès y Mara pasaba allí muchas tardes ayudándola. Ahora solo quedaban algunos estantes, varias macetas vacías y la mesa junto a la que se habían besado.

Inés se acercó a ella.

Recordaba la sorpresa que había sentido cuando la boca de Mara rozó la suya. También recordaba haber querido repetirlo antes de que Beatriz apareciera.

A los dieciocho años no había sabido cómo interpretar ese deseo.

Ahora sí lo sabía.

La puerta se abrió a las nueve en punto.

Mara entró con una carpeta bajo el brazo. Había dejado el cabello suelto y vestía pantalones negros con una camisa del mismo color. Cerró la puerta detrás de ella.

—Tenemos treinta minutos.

—Veintinueve.

—No he llegado tarde.

—Has tardado un minuto en cerrar la puerta.

Mara dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Vas a discutir todo lo que diga?

—Depende de lo que hayas venido a decirme.

—Álvaro está preocupado.

—Eso ya lo sé.

—Cree que no quieres casarte.

—Se equivoca.

—Entonces tienes que explicárselo.

Inés cruzó los brazos.

—No necesito que seas su intermediaria.

—No quiero serlo.

—Pero has aceptado interrogarme en su nombre.

—No estoy aquí para interrogarte. Quiero entender por qué rechazas decisiones que habías tomado con él antes de que yo llegara.

—¿Te refieres al baile?

—Al baile, a los votos y a las fotografías. Cada vez que hablamos de un momento que os corresponde a los dos, intentas eliminarlo.

—Porque mi madre lo convierte todo en un espectáculo.

—Álvaro cree que lo estás rechazando a él.

—Álvaro sabe lo que siento.

—¿Se lo has dicho?

—No necesito repetirlo cada vez que cambio un detalle de la boda.

—Quizá sí cuando ese detalle era importante para él.

Inés se alejó de la mesa.

—¿De qué parte estás?

—No hay partes.

—Mi madre te paga. Álvaro te pide que me convenzas. ¿Qué quieres tú?

Mara tardó en responder.

—Quiero que tomes una decisión libre.

—Ya la he tomado.

—Entonces deja de evitar las conversaciones con tu prometido.

—No lo evito.

—Ayer saliste de la sala cuando te preguntó por los votos.

—Tenía una llamada.

—Podías haber esperado cinco minutos.

—No sabes nada de mi relación con Álvaro.

—Por eso te estoy preguntando.

—No. Estás dando por hecho que mis dudas tienen que ver con él.

—¿Tienes dudas?

Inés guardó silencio.

Mara esperó.

—No sobre Álvaro —dijo finalmente.

—¿Sobre qué?

—Sobre la boda.

—Eso ya lo sabía.

—Sobre la vida que viene después.

Mara bajó la voz.

—Eso sí tiene que ver con él.

—No necesariamente.

—Vais a compartir esa vida.

—Ya la compartimos. Tenemos una casa, planes y una relación que funciona.

—Entonces no entiendo el problema.

Inés miró hacia los cristales del invernadero. Desde allí podía ver el camino que llevaba al olivar.

—Antes de que volvieras, sabía exactamente cómo sería mi vida. No porque la hubiera elegido por completo, sino porque era la opción lógica. Me casaría con Álvaro, asumiría la presidencia de Casa Valcárcel dentro de unos años y seguiría cumpliendo lo que todos esperan de mí.

—¿Y ahora?

—Ahora me doy cuenta de cuántas decisiones han tomado otros por mí.

—Eso no significa que casarte con Álvaro sea una de ellas.

—No he dicho que lo sea.

—Pero no has respondido cuando él te ha preguntado si querías aplazar la boda.

Inés la miró.

—Te lo ha contado todo.

—Está asustado.

—No tiene motivos.

—Entonces díselo.

—Deja de repetirlo.

—Lo repetiré hasta que hables con él.

—No eres mi amiga, Mara. No eres mi terapeuta. Eres la organizadora de la boda.

La frase sonó cruel incluso para ella.

Mara cerró la carpeta.

—Tienes razón. Esta conversación ha terminado.

Se dirigió hacia la puerta.

—No he dicho que te fueras.

—Acabas de explicarme cuál es mi lugar.

—Y tú llevas días utilizándolo para evitar cualquier conversación personal.

Mara se volvió.

—La regla la escribiste tú. No hablaríamos del pasado durante el trabajo.

—Esto no es una reunión de trabajo.

—He venido porque tu prometido me ha pedido ayuda.

—Y porque querías saber si voy a casarme con él.

—Sí.

—¿Por qué te importa?

—Porque estoy organizando la boda.

—Otra vez.

—Es la verdad.

—No toda.

Mara apretó la mandíbula.

—No empieces.

—¿Qué crees que significa que tenga dudas?

—No lo sé.

—¿Crees que tienen que ver contigo?

—No voy a responder.

—Eso también es una respuesta.

—No. Es un límite.

Inés se acercó.

—Ayer cenaste con Noa.

Mara la miró con incredulidad.

—¿Esta conversación es sobre Álvaro o sobre Noa?

—Quiero saber qué ocurrió entre vosotras.

—No es asunto tuyo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué preguntas?

Inés podría haber mentido. Podía decir que la relación entre los miembros del equipo afectaba a la boda o que necesitaba conocer cualquier posible conflicto profesional.

No lo hizo.

—Porque estoy celosa.

Mara no contestó.

—Sofía se dio cuenta anoche —continuó Inés—. Yo llevaba horas intentando convencerme de que solo estaba enfadada porque no conocía esa parte de tu vida.

—Noa y yo nunca fuimos pareja.

—Pero os acostasteis.

—Sí. Hace más de dos años. Algunas veces cuando coincidíamos por trabajo. Las dos sabíamos lo que era.

La respuesta produjo en Inés una imagen que no quería tener.

—¿Y anoche?

—Cenamos.

—¿Nada más?

—Nada más.

Inés sintió alivio. No tenía derecho a sentirlo.

—No debería habértelo preguntado.

—No.

—Pero quería saberlo.

—Eso no cambia que vayas a casarte con Álvaro.

—No.

Mara se acercó a la mesa, aunque mantuvo la distancia entre ellas.

—Estar celosa no te da derecho a controlar con quién ceno.

—Ya lo sé.

—Tampoco significa que debas cancelar tu boda.

—No he dicho que quiera cancelarla.

—Entonces habla con él y deja de utilizarme para evitar esa conversación.

Inés sintió que la rabia regresaba.

—¿Utilizarte?

—Me preguntas por Noa. Me obligas a admitir cosas que no debería estar explicándote. Después volverás a la casa y seguirás preparando tu boda como si esta conversación no hubiera ocurrido.

—Tú llevas dos semanas actuando como si no sintieras nada.

—Porque no puedo permitirme hacer otra cosa.

La respuesta detuvo a Inés.

—Entonces sí sientes algo.

Mara cerró los ojos durante un instante.

—No importa.

—A mí sí.

—No debería.

—Pero importa.

—Estás comprometida.

Inés levantó la mano izquierda.

—Sé lo que significa este anillo.

—No parece que lo sepas cuando me preguntas con quién me acuesto.

—No he tenido que verte durante catorce años. Ahora estás en mi casa, decides dónde voy a casarme y te enfrentas a mi madre para defenderme. No puedo fingir que eso no me afecta.

—Tendrás que hacerlo.

—¿Tú puedes?

Mara no respondió.

—Dime que no sientes nada —pidió Inés—. Dímelo y no volveré a preguntarte.

—No voy a mentirte.

—Entonces dime la verdad.

—La verdad es que no debería haber aceptado este trabajo.

Inés sintió miedo.

—¿Vas a marcharte?

—No. Te prometí que no desaparecería.

—¿Entonces?

Mara la miró directamente.

—Entonces terminaré la boda. Pero no puedo ser la persona con la que compruebas si quieres otra vida antes de casarte con Álvaro.

—No estoy comprobando nada.

—Estás aquí conmigo en lugar de hablar con él.

—Porque él te envió.

—Y tú has terminado hablando de Noa.

Inés se acercó otro paso.

Mara no retrocedió.

—Fuiste mi primer beso —dijo Inés.

La expresión de Mara cambió.

—¿Qué?

—Nunca te lo conté. No había besado a nadie antes de aquella noche.

—Pensaba que habías besado a Diego Salvat durante la fiesta de verano.

—Le dije que no.

—Me dijiste que había sido aburrido.

—Me daba vergüenza admitir que no había ocurrido.

Mara parecía estar reorganizando un recuerdo que había dado por cierto durante años.

—Tú también fuiste el mío —dijo.

Inés dejó de respirar durante un instante.

—Nunca me lo dijiste.

—Tampoco me lo preguntaste.

—Creía que habías besado a Lucía.

—Lucía estaba enamorada de Teresa, la socorrista.

—Me aseguraste que estaba enamorada de ti.

—Quería darte celos.

—Funcionó.

Mara bajó la mirada hacia su boca y volvió a apartarla.

—Inés, basta.

—Dime que no quieres besarme.

—Claro que quiero.

La respuesta salió sin vacilación.

—Pero no voy a hacerlo.

—¿Por Álvaro?

—Por ti, por él y por mí. Porque después tendrás que regresar a la casa y decidir si sigues queriendo casarte.

—Eso tengo que decidirlo igualmente.

—No me conviertas en la prueba.

—No eres una prueba.

Inés levantó una mano y rozó la mejilla de Mara.

Ella le sujetó la muñeca.

—Si hacemos esto, nada será más fácil.

—Lo sé.

—Dime que pare.

—No.

Inés la besó.

Durante el primer segundo, Mara no se movió. Después soltó su muñeca, le rodeó la cintura y respondió.

No fue un beso inseguro como el que se habían dado a los dieciocho años. Las dos sabían lo que estaban haciendo y por qué llevaban días evitándolo.

Inés agarró la camisa de Mara y la acercó. Mara la apoyó contra el borde de la mesa sin dejar de besarla. Su boca sabía a café. Una de sus manos subió por la espalda de Inés y se detuvo en su nuca.

Inés llevaba catorce años recordando su primer beso. El recuerdo no se parecía a aquello.

Mara se separó lo suficiente para respirar.

—Tenemos que parar.

—Todavía no.

Inés volvió a besarla.

Mara respondió otra vez.

En el exterior se oyó el chasquido de una rama.

Mara levantó la cabeza.

—¿Has oído eso?

Inés miró hacia las ventanas.

—Será el jardinero.

No vieron a nadie.

Entonces una voz llamó desde el camino.

—¿Inés?

Era Álvaro.

Las dos se separaron de inmediato.

Inés se llevó una mano a la boca. Mara tenía la respiración agitada y varios mechones de cabello sobre el rostro.

—No puede enterarse nadie —dijo Inés, asustada.

Mara se quedó inmóvil.

El dolor apareció primero. Después fue sustituido por rabia.

—No.

—No quería decir…

—Hace catorce años dijiste lo mismo.

—Ahora estoy comprometida. Necesito tiempo para pensar.

—Precisamente porque estás comprometida no voy a ayudarte a esconderlo.

—No podemos contárselo de esta manera.

—Tendrás que hablar con él.

—Lo haré.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

Álvaro volvió a llamarla. Su voz sonó más cerca.

—Inés, ¿estás ahí?

Mara se apartó de la mesa.

—Esto no volverá a ocurrir mientras sigas comprometida.

—Mara…

—Y no voy a ser otra vez un secreto que solo existe cuando nadie está mirando.

La puerta se abrió.

Álvaro se detuvo en la entrada.

Inés tuvo la sensación de que podía ver todo lo ocurrido. El banco desplazado, la carpeta de Mara abandonada y la distancia excesiva que ambas intentaban mantener.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí —respondió Inés demasiado rápido.

Mara la miró.

Inés corrigió la respuesta.

—No. Estábamos hablando de la boda.

—Te he llamado varias veces.

Inés sacó el teléfono. Lo había dejado en silencio.

—No lo he oído.

Álvaro observó primero a Inés y después a Mara.

—¿Habéis discutido?

—Necesitáis hablar —dijo Mara.

—¿Sobre qué?

Inés respondió antes que ella.

—Luego. A solas.

Álvaro frunció el ceño.

—Tengo una llamada dentro de diez minutos.

—Después.

—De acuerdo.

Mara recogió la carpeta.

—Llegamos tarde a la reunión con el florista.

Pasó junto a Álvaro sin mirarlo.

Él se apartó para dejarla salir. Antes de que Mara alcanzara el camino, se volvió para observarla.

Inés vio la sospecha en su rostro.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó él.

Ella pensó en la promesa que acababa de hacer. Tenía que contarle la verdad.

Pero no podía hacerlo en el invernadero, con su madre y los proveedores a pocos metros.

—Esta noche —dijo—. Hablaremos esta noche.

Álvaro asintió, aunque no parecía convencido.

Inés salió con él y cerró la puerta.

No vio al hombre oculto detrás del muro norte de la finca.

El paparazzi esperó hasta que se alejaron. Después revisó las imágenes en la pantalla de su cámara.

En la más nítida, Mara sujetaba a Inés por la cintura mientras la besaba. El rostro de ambas era visible. También se distinguía el anillo de compromiso de Inés sobre la camisa negra de Mara.

El fotógrafo guardó la cámara y escribió un mensaje.

Tengo la fotografía que todos están esperando.