Capítulo 10
El prometido
Álvaro Luján llegó a Son Marès el miércoles por la mañana.
Mara se encontraba en la terraza revisando la distribución de las mesas cuando vio entrar un coche negro por el camino principal. Inés salió de la casa antes de que el conductor apagara el motor.
Álvaro bajó del coche y dejó la chaqueta sobre el asiento. Era alto, de cabello castaño y aspecto menos formal que en las fotografías de la prensa. Inés caminó hacia él y lo abrazó.
Él la besó en la boca.
No fue un saludo preparado para las cámaras. No había periodistas cerca ni empleados observando. Álvaro apoyó una mano en la espalda de Inés y ella mantuvo los brazos alrededor de su cuello.
Mara apartó la vista.
No necesitaba aquella prueba. Inés ya le había dicho varias veces que quería casarse con él.
Aun así, verla recibirlo con afecto eliminaba cualquier posibilidad de interpretar su relación como un simple acuerdo entre dos familias.
—No disimulas nada bien.
Leire acababa de salir a la terraza con varios presupuestos.
—No estaba mirando.
—Por supuesto.
—Quería comprobar a qué hora llegaba. Tenemos una reunión dentro de veinte minutos.
—Podías mirar el reloj.
Mara le quitó los presupuestos de las manos.
—¿Has confirmado las mesas?
—Sí. Y Noa quiere adelantar la sesión de fotografías del jueves.
—Luego hablo con ella.
Leire miró hacia la entrada. Inés y Álvaro seguían juntos junto al coche.
—Es atractivo.
—Eso dicen las revistas.
—También parece simpático.
—Todavía no ha hablado.
—No necesitas enfadarte conmigo porque el prometido de Inés no sea un imbécil.
Mara abrió la primera carpeta.
—No estoy enfadada.
—Entonces deja de intentar romper el papel.
Mara aflojó los dedos.
***
Álvaro entró en la reunión con cinco minutos de adelanto.
Se presentó a Leire y saludó a Mara con una sonrisa.
—Por fin nos conocemos en persona.
—Hablamos durante la cata.
—Durante menos de un minuto. No cuenta.
Le estrechó la mano.
—Inés me ha contado lo que hiciste con el olivar.
Mara miró a Inés.
—Solo le dije que habías preparado el proyecto —aclaró ella.
—Y que te enfrentaste a Beatriz para defenderlo —añadió Álvaro—. Gracias.
—Era la opción que habíais elegido.
—Aunque yo no he ayudado mucho.
Álvaro ocupó el asiento junto a Inés.
—Lo siento. La operación de Ginebra se complicó y no podía regresar antes.
—Todavía estás a tiempo de tomar decisiones —dijo Mara.
Colocó delante de él una copia del proyecto.
—La ceremonia empezará a las seis. La entrada de los invitados será por el camino sur. Vosotros utilizaréis el acceso norte para evitar que os vean antes de llegar al olivar.
Álvaro revisó el plano.
—¿Inés entrará desde el invernadero?
—Esperaré allí los últimos minutos —respondió ella.
—¿Y yo?
—Tú saldrás desde el patio oeste —explicó Mara—. Llegarás primero. Necesito saber quién te acompañará.
—Mi madre, si acepta.
—¿Por qué no iba a aceptar? —preguntó Inés.
—Dice que no quiere caminar por un terreno irregular con tacones.
—Construiremos una pasarela —dijo Mara.
—Entonces irá encantada. Sobre todo si sabe que habrá fotografías.
Inés sonrió.
La conversación entre ellos era fácil. Álvaro se burlaba de su familia sin crueldad y escuchaba las explicaciones de Mara. No discutió la elección del olivar ni trató de recuperar la capilla.
—¿Has probado la nueva versión del postre? —preguntó Inés.
—Anoche. El chef me envió una caja al hotel.
—¿Y?
—La ensaimada caramelizada debería ser más grande.
—Eso no es una crítica —dijo Mara—. Es una petición de una segunda ración.
—Exactamente.
Inés apoyó la mano sobre la de él.
—Sabía que te gustaría.
—Todo el menú me gusta. Has elegido bien.
—Lo elegimos los dos.
—Yo solo rechacé el caviar.
—Fue una aportación importante —dijo Mara.
Álvaro volvió a estudiar el plano.
—Esto se parece mucho más a nosotros que la primera propuesta.
Inés le apretó la mano.
Mara se concentró en sus notas.
Pasaron al programa de la ceremonia. Necesitaban elegir a la persona que la oficiaría, las lecturas y el formato de los votos.
—Habíamos hablado de escribirlos nosotros —dijo Álvaro.
Inés retiró la mano.
—Podemos utilizar los votos civiles habituales.
—Pensaba que querías algo personal.
—Eso fue antes de saber que habría casi doscientas personas.
—Podemos decirlos en voz baja.
—Entonces nadie los oiría.
—No necesito que los oigan.
Inés tomó el programa.
—No sé si quiero hablar de nuestra relación delante de todos.
—No tienes que decidirlo ahora —intervino Mara—. Podemos preparar ambas versiones. Durante el ensayo probaremos los votos personales y veremos si os sentís cómodos.
Álvaro asintió.
—Me parece bien.
Inés dejó la hoja sobre la mesa.
—Ya veremos.
La respuesta no era una negativa, pero tampoco parecía una decisión aplazada. Inés evitó mirar a Álvaro y pasó al siguiente punto.
—No quiero un primer baile.
Él la observó.
—Eso sí lo habíamos decidido.
—Mi madre ha encargado una plataforma elevada. No quiero bailar con doscientas personas mirándonos desde abajo.
—Podemos bailar sin plataforma —propuso Mara.
—O podemos no hacerlo.
—¿Desde cuándo no quieres bailar conmigo? —preguntó Álvaro.
Su tono seguía siendo tranquilo, pero la sonrisa había desaparecido.
—No se trata de ti.
—Entonces explícame de qué se trata.
—De convertir cada momento en un espectáculo. Los votos, el baile, las fotografías… No quiero pasar todo el día representando algo para los invitados.
—No tienes que representar nada conmigo.
—Ya lo sé.
Álvaro esperó una explicación más completa. Inés no se la dio.
Mara intervino antes de que la discusión empeorara.
—Eliminaremos la plataforma. El baile puede empezar sin anuncio y la música continuará para los invitados. Así decidiréis en el momento si queréis bailar solos o acompañados.
—Por mí, bien —dijo Álvaro.
Inés asintió.
La solución era sencilla, pero no resolvió la tensión entre ellos.
Durante el resto de la reunión, Álvaro participó en todas las decisiones. Eligió una de las lecturas, pidió reservar una silla para su abuela y revisó la distribución de las mesas. Inés contestó cuando Mara le hacía una pregunta directa, aunque parecía distraída.
Al terminar, recibió una llamada de Casa Valcárcel y salió de la biblioteca.
Álvaro esperó hasta que la puerta se cerró.
—¿Tienes cinco minutos? —preguntó a Mara.
Leire recogió los documentos.
—Os dejo solos.
Mara la vio salir.
—¿Qué necesitas?
—Hablar de Inés.
—Deberías hacerlo con ella.
—Lo he intentado.
Álvaro se levantó y se acercó a la ventana.
—Lleva semanas enfadada por la boda. Pensaba que el problema era Beatriz. Todavía lo pienso, pero desde que volví la noto diferente.
—Has llegado esta mañana.
—Hablamos cada noche.
Mara cerró la carpeta.
—Inés quiere casarse contigo.
—Eso dice.
—¿No la crees?
—Quiero creerla.
Álvaro miró hacia el jardín. Inés hablaba por teléfono junto a la fuente.
—La semana pasada le pregunté si prefería aplazar la boda. Tardó tanto en responder que pensé que se había cortado la llamada. Después dijo que no.
—Quizá estaba cansada.
—O quizá no quería hacerme daño.
Mara no supo qué responder.
—Esta mañana, cuando le he preguntado por los votos, parecía querer salir de la habitación —continuó él—. Y el primer baile llevaba decidido desde hace meses. Era una de las pocas cosas que habíamos elegido nosotros.
—No quiere sentirse observada.
—Lo entiendo. Pero no sé si rechaza el espectáculo o todo lo que le recuerda que va a casarse.
Mara notó un peso en el estómago.
Inés había dicho con claridad que quería casarse con Álvaro. También había sentido celos por Noa y había pedido que borraran la fotografía en la que aparecía junto a Mara.
Ambas cosas podían ser ciertas. Eso era precisamente lo que convertía la situación en un problema.
—No deberías preguntarme a mí —dijo Mara.
—Eras su amiga.
—Hace catorce años.
—Desde que llegaste, ha empezado a participar en la boda. Ha conseguido enfrentarse a su madre y por fin dice lo que quiere. Algo de esa amistad debe de seguir existiendo.
—También discutimos cada día.
—Inés discute con las personas a las que escucha. Con el resto se limita a marcharse.
Mara no pudo negar que la descripción era acertada.
—Me pediste que hablara con ella durante la cata —recordó Álvaro.
—Te pedí que participaras.
—Y tenías razón. Por eso te pido ayuda ahora.
—Soy la organizadora de vuestra boda. No puedo ocupar el lugar de una amiga o una terapeuta.
—No te pido que la convenzas de casarse conmigo.
Álvaro se volvió hacia ella.
—Quiero que averigües si está bien. Si el problema es Beatriz, ayúdame a entender qué tenemos que cambiar. Si el problema soy yo, necesito saberlo antes de llegar al altar.
No había enfado en su voz. Tampoco orgullo.
Solo preocupación.
Eso aumentó la culpa de Mara.
Habría sido más fácil mantener la distancia si Álvaro la hubiera tratado como una intrusa. En cambio, confiaba en ella para cuidar de Inés.
—Ella y yo ya no tenemos ese tipo de relación —dijo.
—Ayer amenazó con cancelar la celebración para impedir que Beatriz te despidiera.
Mara guardó silencio.
—No sé qué nombre le dais ahora a vuestra relación —continuó Álvaro—, pero le importas. Es posible que te cuente cosas que no se atreve a decirme porque teme hacerme daño.
—Eso no significa que yo deba intervenir.
—Te lo estoy pidiendo yo.
—Podrías no querer escuchar la respuesta.
—Lo sé.
Álvaro respiró hondo.
—Quiero casarme con Inés. Pero no quiero hacerlo si ella está intentando protegerme de la verdad.
Mara lo miró.
Por primera vez entendió por qué Inés lo había elegido. Álvaro ofrecía calma sin tratarla como una persona débil. Quería conservar su relación, pero no a cualquier precio.
—Hablaré con ella —aceptó.
—Gracias.
—No te prometo que vaya a contarme nada.
—Solo necesito que lo intentes.
Álvaro recogió su chaqueta.
—Y no le digas que te lo he pedido.
—No voy a mentirle.
Él consideró la respuesta.
—Entonces haz lo que creas mejor.
Salió de la biblioteca.
***
Inés entró pocos minutos después.
—¿Qué quería Álvaro?
Mara podría haber respondido que habían hablado de la ceremonia. Habría sido una mentira fácil.
Recordó las reglas que habían firmado.
—Está preocupado por ti.
Inés cerró la puerta.
—¿Por qué?
—Cree que tienes dudas.
—¿Sobre la boda?
—Sobre casarte.
El rostro de Inés cambió.
—¿Y ha decidido hablar contigo?
—Me ha pedido que intente averiguar qué te ocurre.
—No te corresponde.
—Eso le he dicho.
—Pero has aceptado.
Mara no respondió.
—No necesito que mi prometido envíe a mi organizadora para comprobar si quiero casarme.
—Tampoco creo que lo necesites.
—Entonces no hay nada que hablar.
Inés abrió la puerta.
—Él está asustado —dijo Mara.
Inés se detuvo.
—Yo también —añadió Mara—. No por la misma razón, pero tenemos que hablar.
—Aquí no.
—¿Cuándo?
Inés miró hacia el vestíbulo. Varios empleados trabajaban cerca y Beatriz podía aparecer en cualquier momento.
—Mañana a las nueve. En el invernadero.
—Tenemos una reunión con el florista a las nueve y media.
—Entonces tendrás media hora.
—No será suficiente.
—Es lo que tienes.
Inés salió sin esperar una respuesta.
Mara permaneció sola en la biblioteca.
Había prometido ayudar a Álvaro a entender las dudas de Inés. Sin embargo, no podía ignorar que ella formaba parte del problema. Su llegada había obligado a Inés a recordar el beso, los mensajes y todo lo que no resolvieron a los dieciocho años.
Hablar de ello era necesario.
Hacerlo a solas en el invernadero, a pocos metros del lugar del olivar donde se habían besado por primera vez, era una mala idea.
Aun así, Mara sabía que acudiría.