Capítulo 9
El primer beso
La reunión sobre el plan de lluvia terminó a las ocho y cincuenta y ocho.
Mara cerró el ordenador.
—Tenemos dos minutos de margen.
Inés miró el reloj.
Habían acordado instalar una carpa abierta en el patio si la previsión anunciaba lluvia durante la semana de la boda. También habían preparado un sistema para trasladar las sillas desde el olivar sin que los invitados tuvieran que esperar de pie.
No quedaba ninguna decisión pendiente.
—Deberíamos revisar la capacidad de los generadores —dijo Inés.
—Ya lo hemos hecho.
—¿Y la iluminación del patio?
—Mañana.
—Podríamos terminarlo ahora.
—Podríamos, pero no es urgente.
Mara guardó los documentos en una carpeta.
—Noa te está esperando —dijo Inés.
—Sí.
—No hace falta que me expliques tus planes.
—No te los estoy explicando.
—Perfecto.
Mara la observó durante unos segundos.
—¿Te ocurre algo?
—Estoy cansada.
—Llevas una hora discutiendo decisiones que ya estaban tomadas.
—Quería comprobarlas.
—Las has comprobado cuatro veces.
Inés recogió el bolso.
—Disfruta de la cena.
—Gracias.
No sonó molesta ni incómoda. Eso irritó todavía más a Inés.
Salió del pabellón oeste antes que ella y regresó a la casa. Al llegar a la terraza, encontró una mesa preparada para tres personas. Noa hablaba con uno de los camareros mientras abría una botella de vino.
Inés continuó andando.
No tenía ningún motivo para quedarse observando.
Mara podía cenar con quien quisiera. Podía acostarse con Noa o con cualquier otra mujer. Nada de eso incumbía a la novia cuyo enlace estaba organizando.
La explicación era sencilla.
El malestar no.
***
Sofía estaba en la cocina comiendo helado directamente del envase.
—Creía que habías vuelto a Palma —dijo Inés.
—Mamá me ha pedido que me quede para la prueba de sonido de mañana. Aparentemente, mi experiencia asistiendo a conciertos me convierte en experta.
Inés abrió la nevera.
—Hay cena en la terraza.
—Lo sé. He visto a Mara y a la fotógrafa.
Inés sacó una botella de agua.
—Noa.
—¿Es amiga suya?
—Eso dice Mara.
Sofía la observó mientras comía otra cucharada.
—¿Y qué dices tú?
—Que no me importa.
—No te lo he preguntado.
Inés bebió agua.
Desde la ventana de la cocina podía verse una parte de la terraza. Mara acababa de sentarse frente a Noa. Leire no estaba con ellas.
—¿Dónde está Leire? —preguntó.
—Ha cenado con un proveedor.
—Mara dijo que tenía planes.
—Los tenía. Esos eran sus planes.
Así que Mara y Noa cenarían solas.
Sofía siguió la dirección de su mirada.
—Estás celosa.
—No.
—Has obligado a Mara a celebrar una reunión falsa para retrasar esa cena.
—La reunión no era falsa.
—¿Había que celebrarla esta noche?
—Quedan menos de cinco semanas para la boda.
—Eso no responde a mi pregunta.
Inés apartó la mirada de la ventana.
—Mara puede hacer lo que quiera.
—Claro. Y tú puedes seguir mirando la terraza desde la cocina.
—No estoy mirando la terraza.
Sofía cambió de posición para bloquearle la vista.
—Ahora mírame a mí.
—No tengo quince años.
—Cuando tenías quince también negabas las cosas de una forma poco convincente.
—No sabes de qué estás hablando.
—No, porque nunca me cuentas nada.
Inés cerró la nevera.
—Voy a casarme con Álvaro.
—Lo sé. Estoy invitada.
—Lo quiero.
—También lo sé.
—Entonces deja de insinuar que ocurre algo con Mara.
—Yo no he dicho que ocurra nada. He dicho que estás celosa.
Inés dejó la botella sobre la encimera.
No podía explicar sus celos sin contarle a Sofía lo que había ocurrido junto al muro del olivar. Había guardado el secreto durante catorce años. Al principio, porque no entendía el beso. Después, porque Mara se había marchado y hablar de ella solo servía para recordar que nunca respondió.
Sofía era la persona de su familia en la que más confiaba. Aun así, Inés nunca había encontrado un buen momento para contárselo.
Ahora Mara estaba instalada a pocos metros, organizaba su boda y cenaba con una antigua amante en la terraza.
El secreto ya no parecía proteger a nadie.
—Mara fue mi primer beso —dijo.
Sofía dejó la cuchara dentro del envase.
—¿Qué?
—Nos besamos tres semanas antes de que se marchara a Londres.
—¿Cuando teníais dieciocho años?
—Sí.
—¿Aquí?
—En el olivar, junto al muro del acantilado.
Sofía tardó unos segundos en reaccionar.
—Pensaba que os habíais peleado por la beca.
—Nos peleamos después.
—¿Porque os besasteis?
—Porque yo le pedí que no se lo contara a nadie. Ella creyó que me arrepentía.
—¿Te arrepentías?
—No sabía qué sentía. Hasta ese momento, Mara era mi mejor amiga. La abracé porque no quería que se fuera y terminamos besándonos.
—¿Ella te besó?
—Nos besamos las dos.
—¿Y después se marchó?
—A la mañana siguiente se marchó de la finca. Tres semanas después voló a Londres. Le escribí durante meses, pero no contestó.
Sofía apoyó los brazos sobre la encimera.
—Nunca me dijiste que te gustaban las mujeres.
—Porque entonces todavía no sabía cómo llamarlo. Lo entendí más tarde.
—¿Álvaro lo sabe?
—Sabe que soy bisexual.
—¿Sabe lo de Mara?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no tiene importancia para nuestra relación. O no la tenía.
Sofía miró hacia la terraza.
—Ahora Mara está organizando vuestra boda.
—Gracias por el resumen.
—Intento entenderlo.
—Yo también.
—¿Sigues sintiendo algo por ella?
—Estoy enfadada con ella.
—Eso tampoco responde.
—No sé qué quieres que diga.
—La verdad.
Inés respiró hondo.
—Cuando la vi de nuevo, sentí algo. Atracción, supongo. También rabia. No significa que quiera dejar a Álvaro.
—¿Y los celos?
—No debería sentirlos.
—Pero los sientes.
Inés no respondió.
Sofía volvió a coger la cuchara.
—No voy a decirte que canceles la boda.
—Me alegra saberlo.
—Pero tampoco voy a fingir que obligar a tu primer beso a organizarla es una situación normal.
—Yo no la contraté.
—Y aun así amenazaste a mamá con cancelar la celebración para que no la despidiera.
—Porque Mara tenía razón sobre el olivar.
—Seguro que fue solo por eso.
Inés miró de nuevo hacia la ventana. Noa se había levantado para enseñarle algo a Mara en la pantalla de su cámara. Se inclinó sobre ella y Mara se rio.
Inés conocía aquella risa. Mara inclinaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos durante un instante. De adolescentes, Inés intentaba provocarla siempre que podía.
No había vuelto a oírla desde su regreso.
—Noa y ella se acostaron —dijo.
—¿Te lo ha contado Mara?
—Noa dijo que compartieron hotel en Lisboa.
—Eso podría significar que compartieron hotel.
—No dijo habitación. Dijo hotel.
Sofía sonrió.
—Has analizado mucho esa frase para alguien a quien no le importa.
—No me gusta que la gente oculte información.
—Mara no tiene que entregarte una lista de las mujeres con las que se ha acostado.
—Ya lo sé.
—Y tú no tienes derecho a enfadarte si cena con una de ellas.
—También lo sé.
—Entonces el problema no es lo que sabes.
Inés la miró.
—A veces te pareces demasiado a mamá.
—Retira eso.
—Has pedido la verdad.
—Y tú sigues evitándola.
Inés tomó la botella.
—La verdad es que no quiero verlas juntas.
Sofía asintió.
—Eso ya es una respuesta.
***
A las seis y cincuenta de la mañana siguiente, Inés estaba en el olivar.
No había dormido bien. Había oído regresar a Mara al pabellón poco después de las once y media. El horario no demostraba nada, pero Inés se había sorprendido calculando cuánto podía durar una cena entre dos antiguas amantes.
Noa llegó cinco minutos después con dos cámaras. Mara apareció detrás de ella, cargada con los planos y varios soportes de señalización.
Las dos se detuvieron al ver a Inés.
—No sabía que vendrías —dijo Mara.
—Es el lugar de mi ceremonia.
—Ayer dijiste que tenías una llamada a las siete.
—La he trasladado.
—¿Para comprobar la luz?
—Para asegurarme de que las fotografías respetan lo que hemos decidido.
Noa se colgó una segunda cámara al hombro.
—Me parece bien. Ahorraré tiempo si puedo hacerte preguntas ahora.
No parecía molesta por su presencia.
Eso impedía que Inés la tratara como una rival, aunque tampoco quería reconocer que la consideraba una.
Caminaron hasta la zona elegida para la ceremonia. El sol empezaba a aparecer detrás de los árboles.
Noa tomó varias fotografías sin pedirles que posaran.
—La entrada norte funciona por la mañana —dijo—. Por la tarde, la luz vendrá desde allí. Si la ceremonia empieza a las seis, uno de los dos tendrá el sol de frente.
—Podemos girar la plataforma —propuso Mara.
—Perderíamos la casa como fondo.
—Prefiero que los novios puedan mantener los ojos abiertos.
—Puedo buscar otro ángulo.
Noa se acercó a la zona marcada para el altar y pidió a Mara que se situara entre los olivos.
—Necesito una referencia.
—Utiliza una de las sillas.
—Las sillas no miden un metro setenta y ocho.
Mara obedeció.
Noa tomó varias fotografías y después miró a Inés.
—Ponte a su lado.
—¿Yo?
—Necesito dos personas para comprobar las sombras.
Inés se situó junto a Mara. Dejó una distancia prudente entre ambas.
Noa observó la pantalla.
—Más cerca.
—Hay espacio suficiente —dijo Inés.
—En la ceremonia estarás cerca de Álvaro. Si no reproduzco la posición, la prueba no sirve.
Mara dio un paso hacia ella.
Sus hombros casi se rozaron.
—Mira hacia el camino —indicó Noa.
Inés obedeció.
—Ahora hacia Mara.
—¿Para qué?
—Quiero ver cómo afecta la luz cuando giras la cara.
Inés volvió la cabeza.
Mara ya la estaba mirando.
La expresión profesional que había mantenido desapareció durante un instante. Inés no supo qué ocupó su lugar. Estaban demasiado cerca para fingir que no notaban la respiración de la otra.
Noa hizo varias fotografías.
—Perfecto.
Inés apartó la mirada.
Mara salió de la zona marcada y revisó el plano.
—Podemos adelantar la ceremonia media hora.
—No hace falta —dijo Noa—. Con dos paneles de luz será suficiente.
Se acercó a Mara para enseñarle las imágenes.
—Siempre encuentras una forma de meterte en mis fotografías.
—Tú me obligas a posar.
—Porque nunca aceptas hacerlo cuando te lo pido fuera del trabajo.
Noa pasó a la siguiente imagen.
—Por cierto, en septiembre tengo una inauguración en Lisboa. Un hotel nuevo frente al río. Buscan organizadora.
—Septiembre está bastante lleno.
—Podrían mover la fecha. Les interesa alguien que sepa trabajar con clientes internacionales.
—Primero tengo que terminar esta boda.
—Te enviaré la información.
Inés fingió examinar las cintas que marcaban el pasillo.
Mara había regresado a Mallorca. Vivía allí, tenía una empresa y una agenda completa. Sin embargo, Lisboa bastaba para recordarle que podía marcharse de nuevo.
Noa le mostró la cámara.
—¿Quieres ver la prueba?
En la pantalla aparecían Mara e Inés bajo los olivos. No estaban sonriendo. Se miraban como si Noa hubiera interrumpido una conversación privada.
No parecía una prueba de iluminación.
Parecía una fotografía íntima.
—Bórrala —dijo Inés.
Noa no discutió. Pulsó un botón y le enseñó la pantalla vacía.
—Borrada.
Mara levantó la vista del plano.
—¿Ocurre algo?
—No.
Noa guardó la cámara.
—La luz funciona. Necesitaré hacer otra prueba con Álvaro cuando llegue.
La mención de su prometido devolvió a Inés a la realidad.
Aquella era su ceremonia con Álvaro. Mara solo había ocupado su lugar durante una prueba técnica.
—De acuerdo —dijo.
Se despidió y regresó hacia la casa.
A mitad del camino, se volvió.
Noa estaba midiendo la distancia hasta la primera fila. Mara la ayudaba con la cinta métrica. Trabajaban con la confianza de dos personas que se conocían bien.
Inés sintió de nuevo los celos.
Esta vez no intentó negarlos.
Saber lo que sentía, sin embargo, no le decía qué debía hacer con ello.