Capítulo 8
Las reglas
Inés entregó la lista de invitados a las cuatro y doce de la tarde.
Mara comprobó la hora antes de abrir el correo. Había concedido hasta las cuatro y cuarto, así que no podía acusarla de llegar tarde.
La lista incluía ciento ochenta y seis nombres. Inés los había clasificado con tres colores:
Setenta y cuatro invitados tenían una relación personal con ella o con Álvaro.
Cincuenta y tres pertenecían al entorno de Beatriz y Casa Valcárcel.
Cuarenta y uno eran familiares lejanos o compromisos de los padres de Álvaro.
Los dieciocho restantes aparecían marcados con una interrogación.
Al final del documento, Inés había añadido una nota.
No sé quiénes son estas personas. Tampoco Álvaro.
Mara pidió a Leire que comprobara los nombres. Catorce pertenecían a directivos de empresas vinculadas con Casa Valcárcel. Los otros cuatro eran periodistas acompañados por sus parejas.
Aquello confirmaba lo que Mara ya sospechaba. Más de la mitad de los asistentes no habían sido invitados por los novios.
Llamó a Inés.
—Necesito que vengas al pabellón.
—Estoy trabajando.
—Yo también.
—Tengo una reunión en media hora.
—Entonces disponemos de veintinueve minutos.
Inés colgó sin contestar.
Se presentó cuatro minutos después.
—Tienes veinticinco —dijo al entrar.
Mara había colocado la lista sobre la mesa junto con el plano de distribución de las mesas.
—Dieciocho invitados no aparecen en el registro familiar ni en el de Álvaro. Catorce trabajan con Casa Valcárcel y cuatro son periodistas.
—No quiero periodistas durante la cena.
—Tu madre ha reservado una mesa para ellos.
—Mi madre aseguró que solo habría una sesión de fotografías antes de la ceremonia.
—Quizá considera que una cena no es una sesión de fotografías.
Inés se sentó.
—Los eliminamos.
—No podemos retirarles la invitación sin provocar preguntas.
—¿Entonces qué propones?
—Podemos mantener a los directivos. Ya han confirmado y retirarlos dañaría relaciones profesionales. Los periodistas asistirán solo a la recepción anterior a la ceremonia. Después saldrán de la finca.
—Mi madre se negará.
—Por eso necesito que presentes la decisión como tuya antes de que yo le envíe el nuevo protocolo.
Inés apoyó los brazos en la mesa.
—¿Quieres que me enfrente a ella?
—Quiero que no me dejes sola después de que yo lo haga.
—Ayer no te dejé sola.
—Ayer impediste que me despidiera. Te lo agradezco.
—Pensaba que solo agradecías las cosas concediendo quince minutos más para entregar documentos.
—También puedo enviarte una cesta de fruta.
—Prefiero los quince minutos.
Mara acercó otra hoja.
—Tenemos que cambiar nuestra forma de trabajar.
—¿Nuestra forma de trabajar?
—Tú desconfías de mí y yo nunca sé si responderás a los mensajes. Eso permite que Beatriz tome decisiones antes de que podamos coordinarnos.
—Mi madre lleva toda la vida tomando decisiones antes que los demás.
—Entonces no deberíamos facilitarle el trabajo.
Inés miró las hojas extendidas.
—¿Qué propones?
—Un acuerdo.
—Ya tenemos un contrato.
—No hablo del contrato.
Mara había escrito cuatro reglas.
—Primera: contestarás a mis preguntas sobre la boda en un plazo máximo de veinticuatro horas.
—Doce —dijo Inés.
Mara la miró.
—¿Quieres responder más rápido?
—Quiero que tú también tengas un límite. Si yo te hago una pregunta, contestarás en doce horas.
—De acuerdo. Doce horas para las dos.
Mara corrigió la primera regla.
—Segunda: no se comunicará ningún cambio a los proveedores sin que ambas lo sepamos.
—Incluida mi madre.
—Especialmente tu madre.
—Aceptado.
—Tercera: si tomamos una decisión juntas, no puedes desentenderte cuando Beatriz proteste.
—Ayer no lo hice.
—Quiero que siga siendo así.
Inés asintió.
—¿Y la cuarta?
—No utilizaré nuestra antigua amistad para hablar con la prensa ni para convencer a ningún proveedor.
—Eso debería estar en la primera página.
—Ya me he disculpado.
—No significa que haya dejado de molestarme.
—Puedes recordármelo una vez al día.
—Necesitaré dos.
Mara escribió la regla.
—¿Quieres añadir algo?
Inés tomó el bolígrafo.
—Sí.
Debajo de las reglas de Mara escribió:
No hablaremos del pasado durante las reuniones de trabajo.
Mara leyó la frase.
—Ayer fuiste tú quien preguntó por mis mensajes.
—Y no quiero repetir esa conversación mientras decidimos las mesas.
—Por mí, bien.
—Tampoco volverás a decir que me conoces cuando quieras que acepte una propuesta.
—¿Aunque tenga razón?
—Especialmente si crees que tienes razón.
Mara añadió la condición.
—¿Algo más?
—No desaparecerás en mitad de la organización.
La petición ya no sonaba profesional.
Mara levantó la vista.
—No voy a marcharme.
—Si mi madre vuelve a amenazarte con rescindir el contrato, quiero saberlo.
—De acuerdo.
—Y si decides renunciar, me lo dirás antes de comunicárselo a ella.
—No tengo intención de renunciar.
—No es una respuesta.
—Te avisaré.
Inés dejó el bolígrafo.
—Entonces tenemos un acuerdo.
Mara extendió la mano.
—Doce horas, decisiones compartidas y ninguna desaparición.
Inés aceptó el apretón.
—Y nada de utilizar el pasado.
Sus manos permanecieron unidas un instante más de lo necesario.
Mara fue consciente de la presión de los dedos de Inés y de la cercanía de su cuerpo. Se soltó y recogió el documento.
—Lo enviaré a Leire.
—¿Por qué?
—Necesitamos una testigo.
—No es un documento legal.
—Conociéndote, prefiero tener pruebas.
—Tú fuiste quien mintió a la prensa.
—Primera referencia del día. Solo te queda una.
Inés sonrió.
El acuerdo no solucionaba la tensión entre ellas, pero les permitía trabajar sin convertir cada conversación en una discusión sobre Londres.
Durante los siguientes veinte minutos revisaron la lista.
Decidieron que los periodistas asistirían a una recepción breve en la entrada principal y abandonarían la finca antes de la ceremonia.
Los directivos de Casa Valcárcel se mantendrían en la cena, pero no ocuparían las mesas más cercanas a los novios.
Inés también aceptó llamar a los dieciocho familiares lejanos para confirmar que sabían quiénes eran los novios.
—Mi tía abuela Matilde sabe quién soy —protestó.
—En la ficha aparece como invitada de tu madre.
—Porque tiene noventa años y no utiliza correo electrónico.
—Entonces puedes marcarla como familia.
—Ya empiezas a abusar de las reglas.
—Llevan vigentes diecisiete minutos.
—Han sido suficientes.
La reunión de Inés tuvo que retrasarse diez minutos. No pareció importarle.
***
A las cinco de la tarde, un coche gris se detuvo frente al pabellón oeste.
Mara estaba hablando por teléfono con el proveedor de la plataforma cuando oyó cerrarse una puerta. Una mujer sacó dos maletas del maletero y se colgó una cámara al hombro.
Mara la reconoció antes de que se quitara las gafas de sol.
—Noa.
Noa Serra sonrió.
Llevaba el cabello rubio muy corto y una camisa negra anudada a la cintura. Viajaba con dos cámaras, un trípode y más equipaje del que solía utilizar para una semana.
—Sabía que Beatriz había contratado una organizadora nueva —dijo—. No sabía que eras tú.
Mara terminó la llamada.
—Yo tampoco sabía que eras la fotógrafa.
—Firmé el contrato hace tres meses. He estado trabajando en Copenhague y llegué esta mañana.
Noa dejó las maletas en el suelo y la abrazó.
El gesto fue natural. Habían trabajado juntas en varias ocasiones y se conocían desde hacía cinco años. Durante unos meses también se habían acostado cuando coincidían en la misma ciudad. Nunca habían sido pareja ni habían prometido serlo.
Noa se apartó y la examinó.
—Estás más delgada.
—Tú sigues opinando sobre el cuerpo de la gente sin que nadie te pregunte.
—Y tú sigues trabajando hasta que se te olvida comer.
—He comido.
—¿Café?
—Un bocadillo.
—Eso supone un progreso.
Noa le dio un beso en la mejilla.
—Me alegro de verte, Ferrer.
—Yo también.
—No era necesario que la recibieras en la entrada.
La voz de Inés llegó desde detrás de Mara.
Había salido del pabellón con el teléfono en la mano. Su reunión debía de haber terminado antes de lo previsto.
—Inés Valcárcel —dijo Noa—. Por fin nos conocemos.
Se acercó para saludarla.
—Noa Serra. Voy a fotografiar vuestra boda.
—Sé quién eres. Hiciste la campaña de invierno de Leduc.
—Y la de Montfort.
—Rechazaste dos propuestas de Casa Valcárcel.
—Tres. La tercera tenía un presupuesto excelente, pero querían colocar un collar de diamantes a una modelo dentro de una piscina. Las cámaras y el agua no se llevan bien.
Inés miró a Mara.
—Parece que todo el mundo rechaza propuestas de mi madre menos tú.
—Yo he rechazado varias desde ayer —respondió Mara.
—Buen argumento —dijo Noa.
Leire salió del pabellón y saludó a la fotógrafa. Las dos se conocían de otros eventos.
—¿Dónde te alojas? —preguntó Leire.
—En la casa principal. Beatriz quiere que empiece mañana a fotografiar los preparativos.
Inés frunció el ceño.
—Nadie me lo ha comunicado.
—Tu madre me ha enviado un programa —dijo Noa—, pero prefiero hablar primero contigo y con Álvaro. Quiero saber qué fotografías os importan.
—No quiero cámaras siguiéndome durante todo el día.
—Entonces no te seguiré durante todo el día.
—Tampoco quiero imágenes de las joyas durante la ceremonia.
—Fotografiaré los anillos porque forman parte de la boda. No prepararé fotografías de producto si no las autorizas.
La respuesta pareció desconcertar a Inés.
—¿Mi madre está de acuerdo?
—Tu madre me paga para hacer fotografías. No para obedecer una lista que empeore el reportaje.
Mara tuvo que contener una sonrisa.
Noa tenía suficiente prestigio para imponer sus condiciones. Beatriz podía amenazar con retirar recomendaciones a Ferrer Eventos, pero necesitaba a una fotógrafa de su nivel para conseguir la exclusiva que había prometido a las revistas.
—Mañana revisaremos el olivar —continuó Noa—. Quiero ver la luz al amanecer y antes de la puesta de sol.
—Mara ya ha preparado la distribución —dijo Inés.
—Entonces vendrá conmigo.
—Tiene una reunión con el proveedor de las carpas.
Mara consultó su agenda.
—La reunión es a las doce. Podemos revisar el olivar a las siete.
—Perfecto —dijo Noa—. Como en los viejos tiempos.
Inés miró a una y a otra.
—¿Habéis trabajado juntas muchas veces?
—Las suficientes —respondió Noa.
—Cinco bodas y tres eventos de empresa —precisó Mara.
—También coincidimos en Lisboa.
—Eso no fue trabajo.
Noa dijo la frase sin ninguna intención de provocar. Aun así, Mara vio cómo cambiaba la expresión de Inés.
—¿Vivisteis juntas en Lisboa? —preguntó.
—No —respondió Mara.
—Compartimos hotel —aclaró Noa.
Leire se concentró de repente en revisar el correo de su teléfono.
Mara miró a Noa.
—No hace falta que le entregues mi historial de viajes.
—No sabía que fuera confidencial.
—No lo es —dijo Inés—. Tampoco me interesa.
Su tono indicaba lo contrario.
Mara decidió cambiar de tema.
—Noa, necesito que revises el protocolo de prensa. Cuatro periodistas asistirán a la recepción, pero no a la ceremonia ni a la cena.
—La exclusiva es mía. No necesito que estén dentro.
—Quiero que firmes un compromiso de confidencialidad actualizado.
—Envíamelo.
—Tienes doce horas para responder.
Noa levantó las cejas.
—Qué plazo tan específico.
—Es una regla nueva —dijo Inés.
—¿También se aplica a mí?
—A todo el equipo.
Mara estuvo a punto de recordarle que el acuerdo solo era entre ellas, pero prefirió no hacerlo.
Noa recogió una de las maletas.
—Voy a instalarme. Mara, ¿cenamos luego? Quiero que me cuentes cómo has terminado aquí.
—Tenemos que revisar el plan de lluvia —dijo Inés.
Mara volvió a consultar la agenda.
—Eso estaba previsto para mañana.
—Ha cambiado.
—La segunda regla exige comunicar los cambios.
—Te lo estoy comunicando.
—También exige que las dos estemos de acuerdo.
Inés sostuvo su mirada.
—Es urgente.
—Una previsión meteorológica para dentro de cuatro semanas no es urgente.
Noa sonrió con discreción.
—Podemos cenar otro día.
—No hace falta —dijo Inés—. La reunión no durará más de una hora.
—Entonces os espero a las nueve —propuso Noa—. Leire también puede venir.
—Yo tengo planes —dijo Leire con demasiada rapidez.
Mara entendió que no recibiría ayuda.
—A las nueve —aceptó.
Noa le dedicó otra sonrisa y se dirigió hacia la casa con sus maletas.
Inés observó cómo se alejaba.
—Parece muy segura de que querrás cenar con ella.
—Somos amigas.
—No pareces tener problemas para seguir en contacto con todas tus antiguas amigas.
Mara comprendió la acusación.
—Segunda referencia del día. Has agotado el límite.
—No me refería a Londres.
—Claro que sí.
Inés cruzó los brazos.
—Tenemos que revisar el plan de lluvia.
—Hace diez minutos no era urgente.
—Ahora sí.
—¿Por qué?
—Porque soy la novia y necesito saber qué ocurrirá si llueve.
Mara guardó el teléfono.
—De acuerdo. Una hora.
Regresaron al pabellón.
Inés caminaba deprisa y no volvió a mencionar a Noa. Sin embargo, durante la reunión rechazó tres veces la sugerencia de terminar antes de las nueve.
Mara decidió que solo estaba enfadada porque acababa de descubrir otra parte de su vida que no conocía.
No se permitió considerar una explicación diferente.