Capítulo 7
La novia decide
Beatriz organizó la reunión del olivar como si tuviera que defender una adquisición ante el consejo de administración.
Cuando Inés entró en la biblioteca, encontró sentados al arquitecto encargado de la finca, a la directora de comunicación de Casa Valcárcel y al responsable de seguridad. Sobre la mesa había planos de la capilla, informes meteorológicos y fotografías de otras bodas celebradas en Son Marès.
Mara y Leire ocupaban el extremo opuesto.
Mara había preparado su propia documentación. Varias muestras de materiales descansaban junto a una maqueta sencilla de la plataforma que quería instalar entre los olivos.
—Ya estamos todos —dijo Beatriz—. Empecemos.
Inés se sentó junto a Mara.
Su madre reparó en la elección del asiento, pero no hizo ningún comentario.
—La ceremonia se celebrará en la capilla —anunció Beatriz—. El arquitecto ha confirmado que podemos aumentar la capacidad utilizando el patio lateral. Los invitados que no quepan dentro seguirán la ceremonia a través de dos pantallas.
Inés miró las fotografías.
—No quiero que la mitad de los invitados vea mi boda en una pantalla.
—Podrán verla perfectamente.
—También podrían quedarse en casa y verla por televisión.
La directora de comunicación bajó la mirada hacia sus notas.
Beatriz no perdió la calma.
—La capilla forma parte de la historia de la familia. Tu abuelo se casó allí. También tu padre y yo.
—Álvaro y yo queremos una ceremonia civil.
—Álvaro ha dicho que aceptará lo que decidamos.
—No. Ha dicho que aceptará lo que yo decida.
Mara deslizó una copia del correo de Álvaro hacia el centro de la mesa.
—El señor Luján confirmó anoche que está de acuerdo con celebrar la ceremonia en el olivar.
Beatriz apenas miró el documento.
—Álvaro no ha revisado los problemas técnicos.
—Para eso me ha contratado —dijo Mara.
—Y tu conclusión debería ser que la capilla resulta más segura.
—Mi conclusión es que ambas opciones son viables. La capilla es más sencilla, pero presenta problemas de capacidad. El olivar requiere una plataforma y un plan alternativo por lluvia, aunque permite acomodar a todos los invitados en el mismo espacio.
Mara se levantó y desplegó un plano.
—La plataforma se instalará en esta zona. Tendrá ciento veinte metros cuadrados y una rampa accesible desde el camino norte. Los invitados entrarán por dos accesos controlados. El generador estará detrás del muro y no será visible ni se oirá durante la ceremonia.
El responsable de seguridad intervino.
—Hemos revisado el proyecto esta mañana. Podemos controlar los dos caminos con seis personas. En la capilla necesitaríamos ocho porque habría invitados dentro, fuera y en el acceso principal.
Beatriz lo miró.
—Ayer recomendó la capilla.
—Ayer no tenía este plano.
Mara continuó antes de que Beatriz pudiera responder.
—La previsión histórica indica una posibilidad de lluvia inferior al diez por ciento. Si el pronóstico cambia, trasladaremos la ceremonia al patio cubierto. Las sillas pueden moverse en menos de media hora.
—Mi hija no quiere casarse en el patio —dijo Beatriz.
—Es una solución de emergencia, no la primera opción.
—¿Y el coste?
Leire repartió varias hojas.
—La plataforma, la rampa y el generador suponen veintiocho mil euros. Podemos compensarlos cancelando las estructuras de cristal previstas para la terraza y reduciendo los arreglos florales de la capilla, que ya no serán necesarios.
Beatriz revisó las cifras.
—Las estructuras de cristal están aprobadas.
—No tienen ninguna función si la ceremonia se celebra en el olivar —explicó Mara.
—Están destinadas a la presentación de la nueva colección de Casa Valcárcel.
Inés intervino.
—No quiero presentar una colección durante mi boda.
—No sería una presentación. Las piezas formarían parte de la decoración.
—Con modelos, iluminación propia y un fotógrafo de producto.
—Es una oportunidad excepcional para la empresa.
—Entonces organiza otro evento.
Beatriz dejó el presupuesto sobre la mesa.
—No voy a cancelar una instalación ya contratada para pagar una plataforma que solo responde a un deseo de última hora.
—No es de última hora —dijo Inés—. Pedí el olivar desde el principio.
—La anterior organizadora lo descartó.
—Porque te preguntó a ti.
—Porque entendió que no era práctico.
—No —intervino Mara—. Según sus correos, no encargó ningún estudio técnico. Envió la propuesta de la capilla a los proveedores después de hablar con usted.
Beatriz se volvió hacia ella.
—¿Estás cuestionando mi versión?
—Estoy explicando lo que consta en la documentación.
La biblioteca quedó en silencio.
Inés miró a Mara. Sabía cuánto necesitaba aquel contrato. También sabía lo que Beatriz le había prometido si conseguía sacar adelante la boda.
Mara conocía las consecuencias de contradecirla y, aun así, no retrocedió.
—Te contraté para resolver los problemas que dejó la anterior organizadora —dijo Beatriz—. No para recuperar cada idea que Inés tuvo durante los últimos meses.
—He resuelto el problema técnico. El olivar es viable y el coste puede mantenerse dentro del presupuesto.
—Siempre que cancelemos una instalación importante para Casa Valcárcel.
—Es una boda, no un acto promocional.
La directora de comunicación dejó el bolígrafo sobre la mesa.
El arquitecto fingió concentrarse en el plano.
Beatriz miró a Mara durante varios segundos.
—Mide bien tus palabras.
—Lo estoy haciendo.
—Te expliqué lo que esta boda podía significar para tu futuro.
—Lo recuerdo.
—Te dije que, si conseguías que se celebrara como debe, tendrías un futuro brillante. No confundas esa oportunidad con permiso para discutir mis decisiones.
Mara cerró la carpeta que tenía delante.
Inés vio que sus dedos temblaban ligeramente. Mara ocultó las manos bajo la mesa antes de responder.
—No las discuto por una cuestión personal. Las discuto cuando impiden que los novios decidan cómo quieren casarse.
—Yo pago esta boda.
—Eso le da derecho a fijar un presupuesto. No le da derecho a elegir por la novia.
Beatriz se levantó.
—Creo que has olvidado quién te contrató.
—No. Recuerdo quién se casa.
La respuesta fue clara y tranquila.
Inés sintió una mezcla de sorpresa y temor. Nadie hablaba así a Beatriz Valcárcel. Mucho menos una persona cuyo futuro profesional dependía de su recomendación.
Su madre se dirigió al resto de los asistentes.
—Pueden dejarnos.
El responsable de seguridad recogió el informe. El arquitecto hizo lo mismo con los planos. La directora de comunicación salió detrás de ellos.
Leire permaneció sentada.
—Tú también —le dijo Beatriz.
—Trabajo con Mara.
—Leire —dijo Mara—. Espera fuera.
Leire no parecía convencida, pero obedeció.
Cuando la puerta se cerró, Beatriz se volvió hacia Mara.
—Tu empresa ha recibido un adelanto considerable. Si decides que no puedes seguir mis indicaciones, rescindiremos el contrato y reclamaré la parte correspondiente a los servicios que todavía no has prestado.
—No he dicho que quiera rescindirlo.
—Te estoy ofreciendo la oportunidad de reconsiderar tu posición.
—Mi posición está en el informe. El olivar es viable, Inés lo ha elegido y Álvaro ha dado su aprobación.
—La capilla es mejor para la familia.
—No para los novios.
—No te corresponde decidirlo.
—Tampoco a usted.
Inés observó a Mara.
Podía pedir disculpas. Podía aceptar la capilla y conservar el contrato, el dinero y la recomendación que necesitaba.
No lo hizo.
Beatriz regresó a su asiento.
—En ese caso, buscaré a otra persona que entienda sus obligaciones.
—Mamá —dijo Inés.
—No voy a mantener a una organizadora que cuestiona cada instrucción.
—No ha cuestionado cada instrucción. Ha preparado una alternativa que yo he pedido.
—Y ha decidido que tus preferencias importan más que el funcionamiento de esta boda.
—Soy la novia. Mis preferencias deberían importar.
—Importan. Pero no son el único criterio.
Mara empezó a guardar sus documentos.
No protestó ni pidió una segunda oportunidad. Aceptaba que Beatriz estaba despidiéndola.
Inés pensó en la factura atrasada que Ferrer Eventos acababa de pagar. Pensó en sus empleados, en los proveedores y en la promesa de un futuro brillante. Mara estaba dispuesta a perder todo aquello por defender el derecho de Inés a elegir un lugar para la ceremonia.
La mujer interesada que había utilizado su amistad para conseguir un contrato no encajaba con la mujer que tenía delante.
Las dos eran Mara, y eso complicaba todo.
—Si Mara se va, no hay boda —dijo Inés.
Mara dejó de recoger.
Beatriz la miró con incredulidad.
—No seas ridícula.
—No estoy bromeando.
—Vas a cancelar tu boda con Álvaro por una organizadora a la que no habías visto en catorce años.
—No he dicho que vaya a cancelar mi matrimonio. He dicho que no habrá esta boda.
—Es lo mismo.
—No. Álvaro y yo podemos casarnos en el ayuntamiento con dos testigos. Lo que no voy a hacer es participar en una celebración que has decidido por completo sin mí.
Beatriz endureció la expresión.
—Ciento ochenta y seis personas han confirmado su asistencia.
—Son tus invitados. Puedes ofrecerles una cena y enseñarles la nueva colección de joyas.
—Piensa en lo que estás diciendo.
—Llevo meses pensándolo. Quiero casarme con Álvaro. No quiero ser una invitada en mi propia boda.
Mara permanecía inmóvil junto a la mesa.
Inés continuó:
—Mara ha sido la primera persona que ha revisado lo que pedí antes de decirme que era imposible. Ha encontrado una forma de celebrarlo en el olivar sin aumentar el presupuesto. Si la despides por hacer su trabajo, yo no seguiré con estos preparativos.
Beatriz miró primero a su hija y después a Mara.
—¿Esto era lo que pretendías? —preguntó a esta última—. ¿Conseguir que Inés me amenazara?
—No sabía que fuera a hacerlo.
—Pero te beneficia.
—Preferiría conservar el contrato porque usted está satisfecha con mi trabajo, no porque Inés haya tenido que darle un ultimátum.
—No respondes a mi pregunta.
—No le he pedido que cancele la boda. Solo he defendido una opción viable.
Beatriz volvió a sentarse. Tardó varios segundos en hablar.
—La ceremonia podrá celebrarse en el olivar con tres condiciones.
Inés no mostró alivio. Sabía que su madre aprovecharía cualquier señal de debilidad.
—¿Cuáles?
—El plan alternativo por lluvia deberá quedar preparado desde el día anterior. El responsable de seguridad tendrá autoridad para trasladar la ceremonia si considera que existe algún riesgo. Y no se ampliará el presupuesto.
—De acuerdo —dijo Mara.
—No he terminado. La sesión oficial de fotografías de Casa Valcárcel se mantendrá antes de la ceremonia.
—No durante la boda —dijo Inés.
—Antes. En la casa y sin invitados.
Inés miró a Mara.
—Podemos reservar treinta minutos —explicó ella—. No afectará a la ceremonia si el equipo respeta el horario.
Era una concesión. Inés no quería pasar parte de la mañana posando con las joyas de la firma, pero prefería eso a casarse en la capilla.
—Treinta minutos —aceptó—. Ni uno más.
—Perfecto —dijo Beatriz—. Quiero el presupuesto definitivo y los contratos modificados antes de las seis.
Mara recogió la maqueta.
—Los tendrá.
—Y no vuelvas a cuestionar mi autoridad delante de empleados de Casa Valcárcel.
Mara sostuvo su mirada.
—La próxima vez podemos hablar en privado. Mi opinión no cambiará.
Beatriz no respondió.
Inés salió de la biblioteca junto a Mara.
***
Leire las esperaba en el vestíbulo.
—¿Seguimos contratadas? —preguntó.
—Sí —respondió Mara—. Ceremonia en el olivar. Necesito que llames al ingeniero y reserves la plataforma.
—¿Beatriz ha aceptado?
—Con condiciones.
Leire miró a Inés.
—¿Ha ocurrido un milagro?
—No —dijo Mara—. Ha ocurrido una amenaza.
—Una amenaza eficaz —añadió Inés.
Leire decidió no hacer más preguntas y se alejó mientras llamaba al proveedor.
Mara se dirigió hacia el pabellón oeste. Inés la siguió.
—Mara.
Ella se detuvo.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme que haga mi trabajo.
—Mi madre estaba dispuesta a despedirte.
—Lo sé.
—Necesitas este contrato.
—Eso no ha cambiado.
—También sabes que puede ayudarte a conseguir otros clientes.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no aceptaste la capilla?
Mara sostuvo la maqueta contra el pecho.
—Porque el olivar es seguro, está dentro del presupuesto y es el lugar que habéis elegido Álvaro y tú.
—Podías haber dicho que la capilla era más práctica.
—Habría sido mentira.
—Ayer mentiste para conseguir el trabajo.
Mara no intentó defenderse.
—Y te pedí disculpas. No voy a seguir cometiendo el mismo error para conservarlo.
Inés se acercó un poco más.
—Mi madre cree que puede controlarte.
—Seguramente siga intentándolo.
—No le gusta perder.
—No ha perdido. Ha conseguido una sesión de fotografías para la empresa.
—Siempre consigue algo.
—Es una buena negociadora.
—Es peligrosa.
Mara miró hacia la puerta de la biblioteca.
—Lo sé.
Inés quiso advertirle de que todavía no lo sabía de verdad. Beatriz no olvidaba una desobediencia y siempre encontraba el punto débil de la persona que tenía delante.
Pero Mara acababa de enfrentarse a ella por Inés.
—No vuelvas a hacerlo sin avisarme —dijo.
—¿Defender tu elección?
—Arriesgar el contrato.
—No estaba en mi agenda.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Inés extendió la mano.
—Dame la maqueta.
—¿Para qué?
—Voy a enseñársela a Álvaro cuando vuelva. Quiero que vea cómo será la ceremonia.
Mara se la entregó.
Sus dedos se rozaron brevemente.
Ninguna retiró la mano de inmediato.
Inés notó la mirada de Mara sobre ella. Estaban demasiado cerca y no había nadie más en el vestíbulo. Podía distinguir el cansancio en su rostro y la tensión que todavía mantenía en los hombros.
Mara fue la primera en apartarse.
—Tengo que modificar cinco contratos antes de las seis.
—Claro.
—Y tú tienes que aprobar la lista de invitados.
—Te la enviaré esta tarde.
—Antes de las cuatro.
—No abuses de que acabo de defenderte.
—Tú has defendido el olivar. No es lo mismo.
—También he evitado que te despidieran.
—Por eso te concedo hasta las cuatro y cuarto.
Inés sonrió.
Esta vez Mara le devolvió la sonrisa sin apartar la mirada.
Después se dirigió al pabellón oeste.
Inés permaneció en el vestíbulo con la maqueta entre las manos.
Mara necesitaba aquel contrato y, aun así, había estado dispuesta a perderlo para defender una decisión de Inés. Aquello no borraba la mentira de la prensa ni los catorce años de silencio.
Pero sí obligaba a Inés a verla de otra manera.