No Debía Enamorarme de la Novia Capítulo 6
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Capítulo 6

El lugar elegido

El adelanto de Casa Valcárcel llegó a la cuenta de Ferrer Eventos el lunes por la mañana.

Antes de las nueve, Leire había pagado las nóminas, la factura de Dalia Norte y dos meses de alquiler atrasados. También había conseguido que el proveedor de flores retirara la amenaza de cancelar los siguientes eventos.

El dinero resolvía las urgencias. No solucionaba el problema de fondo.

El cliente que les debía una suma importante seguía sin pagar y el contrato de los Valcárcel solo cubriría los gastos de los próximos meses. Para asegurar el futuro de la empresa, Mara necesitaba que aquella boda se convirtiera en una referencia.

Beatriz lo sabía.

A las diez, su secretaria envió a Mara una lista con siete cambios. Quería aumentar el número de arreglos florales, contratar un segundo equipo de seguridad y reservar habitaciones para varios invitados que todavía no habían confirmado su asistencia.

No mencionaba el olivar.

Mara tampoco.

Antes de discutir con Beatriz, necesitaba demostrar que la propuesta de Inés era viable.

Pasó la mañana con Leire, un ingeniero y el jefe de mantenimiento de Son Marès.

Midieron el terreno, localizaron las conducciones de riego y calcularon el tamaño de la plataforma necesaria para instalar las sillas.

Después diseñaron una rampa de acceso y estudiaron dos alternativas en caso de lluvia.

A primera hora de la tarde, Mara ya tenía un presupuesto.

La ceremonia en el olivar sería más cara que la capilla, pero podían compensarlo eliminando las estructuras de cristal que Beatriz había pedido para la terraza. Aquellas estructuras no tenían ninguna función práctica. Solo debían sostener varios arreglos florales y exhibir piezas de Casa Valcárcel.

Mara llamó a Inés.

—Necesito que vengas al olivar a las siete.

—Tengo una cena.

—En tu agenda aparece a las nueve.

—Deja de mirar mi agenda.

—Dejaré de hacerlo después de la boda.

—¿Qué ocurre a las siete?

—Quiero enseñarte algo antes de hablar con tu madre.

Inés guardó silencio durante unos segundos.

—Estaré allí.

No preguntó nada más.

***

Mara utilizó doce sillas para representar las primeras filas de la ceremonia. Colocó cintas de tela entre los árboles para marcar el pasillo y señaló con pequeñas luces el lugar que ocuparía la plataforma.

No era una decoración. Solo una muestra que permitía entender la distribución.

Leire supervisaba una prueba de sonido junto al camino norte.

—El volumen es suficiente —dijo después de escuchar la misma pieza tres veces—. Con dos altavoces más cubriríamos las últimas filas.

—¿Se oirá desde la casa?

—Sí, pero no molestará durante el cóctel. Podemos orientar los altavoces hacia la sierra.

Mara anotó el cambio.

—¿Y el generador?

—Insonorizado y escondido detrás del muro. El presupuesto está dentro del margen si cancelamos las estructuras de cristal.

—Beatriz va a protestar.

—Beatriz protesta cuando alguien cambia de marca de agua mineral.

—Esta vez tiene una razón. Las estructuras estaban diseñadas para exponer joyas.

—Creía que estábamos organizando una boda.

—Por eso quiero cancelarlas.

Leire consultó el reloj.

—Son las siete y cinco.

—Vendrá.

—Ayer también llegó tarde.

—Cinco minutos.

—Te sabes su horario mejor que el nuestro.

Mara cerró la carpeta.

—Ve a revisar la instalación eléctrica.

—La instalación está revisada.

—Revísala otra vez.

Leire sonrió antes de alejarse.

Inés apareció en el camino pocos minutos después. Llevaba un vestido blanco de corte sencillo y unas sandalias bajas. Su cabello estaba suelto. La luz de la tarde hacía que pareciera más joven.

Mara reparó en el anillo de compromiso.

Se obligó a volver al plano.

—Has hecho todo esto desde esta mañana —dijo Inés.

—No estaba dispuesta a presentar una idea sin calcular el coste.

Inés se acercó a las sillas.

—¿Estas serían las primeras filas?

—Sí. La plataforma ocuparía esta zona. El pasillo empezaría junto al camino norte y terminaría entre esos dos árboles.

—Desde aquí se ve la casa.

—Y desde la casa se verá la ceremonia. Tendremos que cerrar las ventanas de la fachada durante la llegada de los invitados para evitar fotografías.

—Mi madre dirá que es un problema de seguridad.

—El equipo de seguridad prefiere este acceso. Solo hay dos caminos y ambos pueden controlarse.

Inés caminó hasta el lugar en el que se celebraría la ceremonia.

—¿Dónde estaría el altar?

Mara se situó entre los dos olivos más antiguos.

—Aquí. No recomiendo construir uno. Podemos colocar un arreglo bajo y dejar que los árboles definan el espacio.

—Mi madre querrá algo más grande.

—Tendrá que explicar por qué lo necesita.

—No suele necesitar una explicación.

—Conmigo, sí.

Inés la observó con atención.

—Todavía no te ha amenazado con despedirte.

—Dale tiempo.

Mara le entregó el presupuesto.

—La ceremonia aquí cuesta más que en la capilla. Pero podemos mantenernos dentro del presupuesto si eliminamos las estructuras de cristal y reducimos algunos arreglos de la terraza.

—¿Las estructuras donde quiere exponer las joyas?

—Esas.

—Entonces no aceptará.

—No tiene que aceptar ahora. Primero necesito que tú y Álvaro elijáis.

Inés bajó la vista hacia las cifras.

—Álvaro ha contestado al correo del menú.

—Lo he visto.

Su respuesta había sido breve. Aprobaba la propuesta y añadía que confiaba en el criterio de Inés.

—También le he enviado los dos proyectos de ceremonia —dijo Mara—. Ha respondido que prefiere lo que te haga feliz.

—Eso es bueno.

—Sí.

Mara no añadió que le habría resultado más útil una opinión concreta. No quería convertir la confianza de Álvaro en un defecto.

Inés continuó leyendo.

—Has incluido una alternativa por lluvia.

—Podemos trasladar la ceremonia al patio cubierto. Las sillas se moverían en veinte minutos.

—No quiero casarme en el patio.

—Yo tampoco quiero que llueva, pero necesito preparar una solución.

—¿Podríamos cubrir el olivar?

—No sin alterar el espacio y multiplicar el presupuesto. Además, una estructura grande podría ser peligrosa si hay viento.

—¿Qué probabilidades hay de que llueva?

—Pocas. Pero existen.

Inés le devolvió el documento.

—Quiero casarme aquí.

Era la primera decisión que expresaba sin consultar a su madre.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Entonces prepararé el proyecto definitivo.

—¿Y si mi madre dice que no?

—Le presentaré los costes y el plan de seguridad.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Mara cerró la carpeta.

—Si tú y Álvaro elegís el olivar y podemos pagarlo, defenderé esta opción.

Inés asintió.

—Bien.

No le dio las gracias, pero tampoco parecía necesario.

Empezaron a recorrer el pasillo marcado por las cintas. Mara explicó dónde se sentarían los familiares, cómo entrarían los novios y qué camino utilizarían los camareros después de la ceremonia.

—¿Entraréis juntos o por separado? —preguntó.

—Por separado.

—¿Quién te acompañará?

—Mi madre da por hecho que será mi tío Gonzalo.

—¿Y tú qué quieres?

Inés miró hacia la casa.

—No lo sé.

—Necesito una respuesta antes del ensayo.

—Quedan varias semanas.

—Quedan menos de cinco.

—No me recuerdes el tiempo cada vez que dudas de una respuesta.

—No dudo de ti. Necesito organizar los movimientos de ciento ochenta y seis personas.

Inés levantó una de las cintas que marcaban el pasillo.

—Podría entrar sola.

—También es una opción.

—Mi madre dirá que parece un rechazo a la familia.

—Tu entrada no es un comunicado de Casa Valcárcel.

—Para ella, todo lo es.

Mara anotó la posibilidad.

—No tienes que decidirlo hoy.

Caminaron hasta el final del olivar. El antiguo invernadero se levantaba junto al muro norte. Llevaba años sin utilizarse para cultivar flores. Algunos cristales habían sido sustituidos y la puerta de madera estaba recién pintada, pero Mara reconoció el edificio.

Inés se detuvo.

—También has incluido el invernadero en el plano.

—Podría servir como zona privada antes de la ceremonia. Estarías cerca del pasillo y nadie te vería llegar.

—Mi madre quiere que me prepare en la casa.

—Puedes hacerlo en la casa y esperar aquí los últimos minutos.

Mara abrió la puerta.

El interior estaba casi vacío. Quedaban una mesa de trabajo, varios estantes y dos macetas abandonadas. El olor a tierra húmeda seguía siendo el mismo.

Inés no entró.

Mara recordó las tardes que habían pasado juntas en aquel invernadero, pero la última conversación no había sucedido allí. La noticia de la beca, el abrazo y el beso pertenecían al muro del olivar. También la voz de Beatriz acercándose por el sendero.

No había pensado en las consecuencias de proponer aquel lugar como zona privada. Solo había visto su utilidad en el plano.

—Podemos buscar otro espacio —dijo.

—No.

Inés entró.

Mara permaneció cerca de la puerta.

Inés miró a través de los cristales, hacia el final del olivar.

—Fue allí fuera donde me dijiste lo de la beca.

—Sí.

—Y a la mañana siguiente te marchaste de Son Marès.

—El coche a Palma salía a las ocho. El vuelo fue tres semanas después.

—Lo recuerdo.

Mara cerró la carpeta. Ya no tenía sentido fingir que necesitaba revisar el plano.

—Inés…

—¿Por qué no respondiste?

La pregunta no sonó enfadada. Eso la hizo más difícil de evitar.

—Pensé que no querías volver a hablar de lo ocurrido.

—Te escribí que necesitaba hablar contigo.

—También dijiste que nadie podía enterarse.

—Mi madre estaba a unos metros.

—No lo dijiste por ella. Lo dijiste antes de que entrara.

—Porque estaba asustada.

—Yo también.

Inés apoyó una mano sobre la vieja mesa.

—No sabía que quería besarte hasta que lo hicimos.

—Yo tampoco.

—Después me dijiste que te ibas.

—La beca ya estaba concedida.

—Podías haberte quedado.

Mara negó con la cabeza.

—No podía rechazar una beca completa para estudiar en Londres por un beso que ninguna de las dos entendía.

—No te pedí que la rechazaras.

—No. Solo me pediste que guardara el secreto.

—Porque no sabía cómo explicarlo.

—Yo interpreté que te avergonzaba.

Inés se volvió hacia ella.

—No me avergonzabas tú.

—No tenía forma de saberlo.

—Podías haber contestado a mis mensajes.

—Sí.

La respuesta directa la sorprendió.

—¿Los leíste todos?

—Sí.

—¿También el que te envié desde el aeropuerto?

—Sí.

—Te dije que no me arrepentía.

Mara lo recordaba palabra por palabra.

—Lo leí cuando ya estaba en Londres.

—¿Y por qué no respondiste entonces?

—Porque seguía sin entender qué querías de mí. Estabas aquí y yo acababa de llegar a una ciudad donde no conocía a nadie. Pensé que hablar contigo empeoraría las cosas.

—¿Para quién?

Mara no tuvo que pensarlo.

—Para mí.

Inés se quedó en silencio.

—Cada día que pasaba resultaba más difícil responder —continuó Mara—. Después empezaste la universidad, conociste a otras personas y dejaste de escribir. Me convencí a mí misma de que era lo mejor.

—No lo fue para mí.

—Ahora lo sé.

—Podrías habértelo preguntado.

—Sí.

Mara no tenía una excusa capaz de corregir catorce años de silencio. Tampoco quería inventarla.

—Lo hice mal —dijo—. Debería haberte respondido.

Inés apartó la mirada.

—Yo también lo hice mal. No debí pedirte que lo ocultáramos.

—Teníamos dieciocho años.

—Eso no significa que no doliera.

—No.

Una corriente de aire movió la puerta. Mara la sujetó antes de que golpeara el marco.

Inés estaba a pocos pasos de ella. Durante unos segundos, ninguna habló.

La atracción que Mara había sentido al verla de nuevo seguía allí. Podía admitirlo sin convertirlo en una decisión. Inés estaba comprometida y Mara era la organizadora de su boda. No permitiría que el pasado confundiera los límites del presente.

—Lo que ocurrió aquí no puede interferir en el trabajo —dijo.

Inés la miró.

—¿Eso es lo que te preocupa?

—Es lo que puedo controlar.

—Siempre has sido buena evitando lo que no podías controlar.

—Y tú siempre has esperado que los demás adivinen lo que no dices.

Inés endureció la expresión.

—Ya me he disculpado.

—Yo también.

—Entonces no estropees la conversación.

—No intento estropearla. Intento que no repitamos lo mismo.

—No vamos a repetirlo.

Inés levantó la mano izquierda. El anillo reflejó la luz que entraba por los cristales.

—Voy a casarme con Álvaro.

—Lo sé.

—Y tú vas a organizar la boda.

—Sí.

—Eso es todo.

—Eso es todo.

La respuesta pareció molestarla, aunque Mara no entendió por qué.

Inés salió del invernadero. Mara esperó unos segundos antes de seguirla.

Regresaron hasta la zona de la ceremonia sin hablar. Leire ya había retirado el equipo de sonido y las primeras luces de la casa empezaban a encenderse.

—Quiero entrar desde ese camino —dijo Inés, señalando el sendero que unía el invernadero con el olivar.

Mara anotó la decisión.

—Te prepararemos aquí antes de la ceremonia.

—Solo durante los últimos minutos.

—Como tú quieras.

El teléfono de Mara vibró.

Había enviado a Beatriz un resumen preliminar mientras esperaba a Inés. La respuesta ocupaba una sola línea.

La ceremonia se celebrará en la capilla. No autorizaré el olivar.

Inés leyó el mensaje por encima de su hombro.

—Te lo advertí.

Mara guardó el teléfono.

—Mañana tenemos una reunión de diseño con ella.

—No cambiará de opinión.

—No necesito que cambie de opinión hoy. Necesito que escuche el proyecto.

—¿Y si sigue negándose?

Mara miró las cintas que marcaban el pasillo, las doce sillas y los dos olivos entre los que Inés quería casarse.

—Entonces tendrá que explicar delante de ti por qué su opinión importa más que la tuya.

Esta vez Inés sí sonrió.

—Te deseo suerte.

—No necesito suerte. Tengo un presupuesto, un informe de seguridad y tres planos.

—No conoces a mi madre tan bien como crees.

Mara recogió los documentos.

—No. Pero te conozco a ti.

Inés dejó de sonreír.

Mara comprendió que había dicho más de lo que pretendía. No intentó corregirlo.

Al día siguiente tendría que defender el olivar ante Beatriz. Su empresa dependía del apoyo de aquella mujer, pero la novia ya había elegido.

Mara no podía seguir organizando dos bodas.

Había llegado el momento de decidir cuál de ellas era la verdadera.