No Debía Enamorarme de la Novia Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Mara señaló la primera página del contrato.

—Tu madre es quien me contrata y quien paga. No puedo ignorarla. Pero tú y Álvaro sois quienes vais a casaros. Mi trabajo es preparar vuestra boda y mantenerla dentro del presupuesto aprobado.

—Eso significa que intentarás contentarnos a todos.

—Significa que no voy a aprobar una decisión importante sin hablar antes contigo y con Álvaro.

—Mi madre puede despedirte.

—Sí.

—Y perderías la oportunidad que necesita tu empresa.

Mara sintió el impulso de defenderse. Prefirió decir la verdad.

—Sí.

Inés la observó en silencio.

—Al menos no finges que el dinero no te importa.

—Me importa. Tengo empleados, proveedores y una empresa por la que llevo años trabajando. Pero que necesite este contrato no significa que vaya a organizar una boda que la novia no reconoce como propia.

—Ayer no te preocupó mucho lo que yo reconociera como propio.

—Ayer me preocupaba conseguir cinco minutos con tu madre. Hoy ya tengo el trabajo y necesito hacerlo bien.

—Eso no mejora lo que hiciste.

—No. Por eso me he disculpado.

Inés bajó la vista hacia las propuestas.

—Quiero el olivar.

—¿Para la ceremonia?

—Sí.

—Necesitaríamos instalar una plataforma para nivelar el terreno. También tendríamos que diseñar un acceso para las personas con movilidad reducida y preparar una alternativa por si llueve.

—Hazlo.

—Primero tengo que calcular el coste.

—No quiero que se descarte solo porque sea más complicado.

—No voy a descartarlo por eso.

Mara recogió una cinta métrica y comenzó a caminar entre los árboles.

—Necesito encontrar una zona con espacio para ciento ochenta y seis sillas.

Inés fue detrás de ella.

—No quiero ciento ochenta y seis personas.

Mara se detuvo.

—¿Cuántas quieres?

—Noventa. Cien como máximo.

—Hay ciento ochenta y seis confirmadas.

—Porque mi madre envió las invitaciones antes de enseñarme la lista definitiva.

Aquello añadía un problema más grave.

—No podemos retirar ochenta invitaciones después de que las hayan aceptado.

—Lo sé.

—Pero podemos revisar quiénes asistirán a la ceremonia, la cena y la recepción posterior. Quizá haya invitados de empresa que solo necesiten acudir a una parte.

—Mi madre quiere que todos estén presentes en todo momento.

—Tu madre quiere muchas cosas.

Inés se quedó mirándola.

—Ayer no parecías tan dispuesta a llevarle la contraria.

—Ayer todavía no sabía que estaba organizando dos bodas.

Continuaron caminando. Mara marcó varios puntos del terreno y tomó fotografías. Al acercarse a uno de los árboles, pisó una zona húmeda y perdió el equilibrio.

Inés la sujetó del antebrazo.

El contacto duró apenas un segundo.

Mara recuperó el equilibrio y se apartó.

—Hay una conducción de riego —explicó Inés—. Siempre pierde agua junto a ese árbol.

—Podías haberme avisado antes.

—Parecías muy segura de saber adónde ibas.

—Sé organizar bodas. No localizar tuberías enterradas.

—Me alegra descubrir que existe algo que no sabes hacer.

Mara señaló el suelo mojado.

—Añadiré “reparar el riego” a tu lista de gastos.

—A la de mi madre.

—Es la misma cuenta.

—Para ella, nunca.

Siguieron avanzando hasta una zona más amplia del olivar. Desde allí se veía la fachada de Son Marès y parte de la sierra. Había espacio suficiente para la ceremonia, aunque sería necesario mover varias jardineras y construir una plataforma.

Mara tomó medidas.

—Este lugar podría funcionar.

Inés miró alrededor.

—Aquí celebrábamos las comidas de verano cuando mi padre todavía vivía.

Mara dejó de escribir.

Recordaba a Rafael Valcárcel sentado bajo aquellos árboles. Era uno de los pocos adultos de la familia que hablaba con Teresa como con una invitada y no como con la florista.

—Lo siento —dijo.

—Murió hace siete años.

—Lo sé. Mi madre me lo contó.

—Pensé que habías dejado de preguntar por nosotros.

—No preguntaba por ti.

La respuesta sonó más dura de lo que pretendía.

Inés asintió.

—Claro.

Mara corrigió de inmediato.

—Preguntaba por Son Marès. Teresa seguía trabajando para algunas familias de la zona y me contaba las noticias importantes.

—Pero no preguntabas por mí.

—No directamente.

—¿Por qué?

Mara miró el plano para evitar responder.

No podía decirle que había seguido cada entrevista, cada campaña y cada fotografía de Inés con Álvaro. Tampoco quería explicar que había borrado su número varias veces y siempre había terminado recuperándolo.

—Tenemos que decidir dónde colocar la entrada —dijo.

Inés entendió que no respondería.

—Junto al camino norte. Así los invitados verán la casa al girarse.

Mara agradeció que volviera al trabajo.

Durante la siguiente media hora revisaron la distribución de las sillas, el acceso y el espacio reservado para la ceremonia. Inés conocía bien el terreno y tenía opiniones claras. No cambiaba de idea por capricho. Explicaba lo que quería y por qué lo quería.

El problema no era que fuera una novia imposible.

El problema era que casi nadie le preguntaba antes de decidir.

Cuando terminaron, Mara preparó una lista de tareas.

—Esta tarde te enviaré dos propuestas para la ceremonia. Necesitaré una respuesta antes de mañana.

—La tendrás.

—También necesito que revises la lista de invitados y señales a quién conoces personalmente.

—¿Para qué?

—Quiero saber cuántas personas están aquí por vosotros y cuántas por Casa Valcárcel.

El teléfono de Mara vibró.

Era un mensaje de Beatriz.

La terraza queda confirmada para la cena. No autorices ningún cambio.

Mara mostró la pantalla a Inés.

—Eso ha tardado poco —dijo ella.

—¿Le has contado que estábamos revisando el olivar?

—No.

—Entonces alguien lo ha hecho.

Las dos miraron hacia la casa. Desde una de las ventanas del piso superior podía verse parte del terreno.

Inés recogió su bolso.

—Ahora ya sabes a qué te enfrentas.

—Empiezo a entenderlo.

—Todavía puedes marcharte.

Mara guardó el teléfono.

—No después de conseguir que descargaran otra vez ciento cuarenta cajas de focos. Quiero que ese esfuerzo sirva para algo.

Inés volvió a estar a punto de sonreír.

—¿Qué vas a responderle?

Mara escribió el mensaje delante de ella.

Revisaré ambas opciones con los novios antes de confirmar el espacio definitivo.

Pulsó enviar.

La respuesta de Beatriz llegó pocos segundos después.

No te he pedido que revises nada.

Mara bloqueó el teléfono.

—¿Y ahora? —preguntó Inés.

—Ahora preparo los presupuestos del olivar.

—Mi madre es quien te paga.

—Y tú eres quien se casa.

Inés la observó durante un momento antes de dirigirse hacia la casa.

Mara se quedó entre los árboles, con los planos bajo el brazo y la certeza de que acababa de complicar todavía más el trabajo que debía salvar su empresa.

Ya entendía por qué la anterior organizadora había dimitido.

El mayor problema de aquella boda no era el presupuesto, la prensa ni el poco tiempo disponible.

Era que, tarde o temprano, alguien tendría que decirle que no a Beatriz Valcárcel.