Capítulo 4
Dos bodas
A medianoche, Mara había ocupado por completo la mesa del pabellón oeste.
Había extendido sobre ella contratos, planos, presupuestos y muestras de colores. A un lado se acumulaban los documentos que la anterior organizadora había enviado a Beatriz. Al otro, los correos y notas que Inés había remitido durante los primeros meses de preparación.
Los dos grupos no describían la misma boda.
Leire salió de su habitación con el pelo húmedo y se detuvo ante la mesa.
—¿Todavía no has terminado?
—Ni siquiera sé por dónde empezar.
—Eso no suele ocurrirte.
Mara le entregó dos carpetas.
—Compáralas.
Leire abrió la primera.
El proyecto aprobado por Beatriz incluía una ceremonia religiosa en la capilla de Son Marès, una cena en la terraza sur y un escenario de doce metros para una orquesta.
La decoración se basaba en rosas blancas, orquídeas y estructuras de cristal.
La lista ascendía a ciento ochenta y seis invitados, entre ellos empresarios, miembros de varias familias aristocráticas y representantes de cinco revistas.
En la propuesta también aparecían tres exposiciones de joyas de Casa Valcárcel. Las alianzas se presentarían ante la prensa la mañana de la boda y los invitados recibirían gemelos o pulseras de la firma.
Leire abrió la segunda carpeta.
Las notas de Inés proponían una ceremonia civil en el olivar, flores locales, una cena en el patio interior y música en directo sin escenario. No quería joyas expuestas, regalos con el logotipo de la empresa ni fotógrafos dentro de la finca, aparte del equipo contratado para la boda.
—Aquí hay dos celebraciones —concluyó Leire.
—Eso pensaba.
—¿Cuál es la definitiva?
—Las dos, según el documento que consultes.
Mara abrió el plano de la instalación eléctrica. El proveedor había recibido el proyecto de Beatriz. El servicio de catering, en cambio, trabajaba con una versión modificada de las notas de Inés. La empresa de sonido tenía una tercera distribución que mezclaba ambas.
—Ahora entiendo por qué nadie sabía dónde descargar los focos —dijo Leire.
—La anterior organizadora dejó de coordinar los cambios. Se limitaba a enviar a cada proveedor la última orden que recibía.
—Quizá por eso dimitió.
—O quizá dimitió porque no encontraba una forma de obedecer a Beatriz y a Inés al mismo tiempo.
Leire dejó las carpetas sobre la mesa.
—¿Cuál de las dos firma los pagos?
—Beatriz.
—Entonces ya sabes a quién obedecía.
Mara se reclinó en la silla.
El ordenador mostraba un correo de Dalia Norte reclamando de nuevo una factura vencida. Todavía no habían recibido el adelanto de los Valcárcel. Beatriz había prometido realizar la transferencia al día siguiente, en cuanto el departamento jurídico comprobara la documentación.
Ferrer Eventos necesitaba ese dinero.
También necesitaba que la boda saliera bien. Si Beatriz cumplía su promesa, aquel enlace podía darles acceso a clientes capaces de asegurar el futuro de la empresa.
Mara no podía permitirse perderlo por una discusión sobre el lugar de la cena.
—Cuando llegue el adelanto, pagamos primero a Dalia Norte —dijo—. Después, las nóminas y el alquiler.
—¿Y el resto de los proveedores?
—Negociaremos nuevos plazos.
—No nos quedará margen para ningún imprevisto.
—Entonces tendremos que evitar los imprevistos.
Leire soltó una risa breve.
—Estamos viviendo en la finca de tu primer amor para organizar su boda con otra persona. No creo que evitar imprevistos siga siendo una opción.
Mara levantó la vista.
—Inés no fue mi primer amor.
—De acuerdo. Fue tu primera amiga íntima con la que te besaste antes de huir a otro país.
—No hui.
—Te marchaste de Son Marès a la mañana siguiente, volaste a Londres tres semanas después y no respondiste a sus mensajes.
—Tenía una beca.
—También tenías teléfono.
Mara cerró el ordenador.
Leire era la única persona a la que había contado lo ocurrido junto al muro del olivar. Lo había hecho años después, una noche en la que ambas habían bebido demasiado. Aun así, nunca le explicó por qué no respondió a Inés.
Ni siquiera Mara tenía una respuesta que la dejara satisfecha.
A los dieciocho años había sentido vergüenza y miedo. Inés había pedido que nadie se enterara, y Mara había interpretado que se arrepentía del beso. Después, cada mensaje sin contestar había hecho más difícil responder al siguiente.
Cuando quiso corregirlo, ya había pasado demasiado tiempo.
—No he venido para hablar del pasado —dijo.
—Ya. Has venido por el contrato.
—Lo necesitamos.
—No te estoy juzgando. Solo quiero que recuerdes que Inés tiene derecho a estar enfadada.
—Lo recuerdo cada vez que me mira.
Leire se apoyó en la mesa.
—¿Y tú? ¿Sigues enfadada?
—Tengo que levantarme dentro de seis horas.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que vas a conseguir esta noche.
Mara recogió las notas de Inés y volvió a leerlas.
En la primera página había una frase subrayada.
Quiero que la boda parezca nuestra, no de Casa Valcárcel.
El problema era que Mara todavía no sabía qué significaba nuestra. Álvaro apenas aparecía en los correos y no había asistido a la mayoría de las reuniones. Casi todas las decisiones se habían discutido entre Inés y Beatriz.
Antes de elegir una versión, Mara necesitaba averiguar qué quería la pareja.
Empezaría por la novia.
***
Inés llegó al olivar a las ocho y cinco.
Llevaba pantalones claros, una camisa azul y zapatos planos. Se había recogido el cabello y sostenía un vaso de café. No parecía contenta de estar allí, pero al menos había acudido.
—Llegas tarde —dijo Mara.
Inés consultó el reloj.
—Cinco minutos.
—A una reunión de veinte.
—Tengo hasta las nueve.
—Anoche dijiste que tu primera reunión era a las diez y media.
—He cambiado la agenda.
—¿Para marcharte antes?
—Para que entiendas que no tienes derecho a organizarme el día.
Mara decidió no discutir. Señaló los planos que había colocado sobre una mesa plegable.
—Necesito que me aclares varias cosas.
Inés se acercó.
El sol acababa de aparecer sobre la finca. Los olivos proyectaban sombras largas sobre la tierra y el aire todavía no era demasiado cálido. Mara recordaba aquel lugar lleno de bicicletas, libros abandonados y botellas de limonada.
Recordaba también a Inés con dieciocho años, sentada en una rama baja mientras le contaba que algún día se marcharía de Mallorca.
No lo había hecho. Al menos, no por completo.
—El catering cree que la cena será aquí —explicó Mara—. La empresa de iluminación trabaja con una cena en la terraza y tu primera propuesta habla de una ceremonia civil entre los olivos. ¿Qué pediste exactamente?
—La ceremonia aquí. La cena, en el patio interior.
—¿Y la capilla?
—Fue idea de mi madre.
—¿Álvaro quiere una ceremonia religiosa?
—Le da igual.
Mara anotó la respuesta.
—No puede darle igual. Necesito saber qué tipo de ceremonia quiere.
—Álvaro quiere que no discutamos por cada detalle.
—Eso tampoco responde a la pregunta.
Inés dejó el café sobre la mesa.
—Él aceptaría casarse en la capilla porque sabe que así mi madre estará contenta. Yo prefiero una ceremonia civil en el olivar.
—Entonces hablaré con él.
—Está en Ginebra. Vuelve la semana que viene.
—Podemos hacer una videollamada.
—Tiene reuniones.
—También tiene una boda.
Inés la miró con irritación.
—No necesitas perseguirlo. Yo puedo tomar decisiones.
—Las que te corresponden a ti, sí. Las que afectan a los dos deben tomarlas juntos.
—¿Ahora vas a darme consejos sobre cómo funciona una pareja?
—Voy a organizar una ceremonia en la que ambos tendréis que responder que sí. Me conviene comprobar que estáis de acuerdo con lo que ocurre antes de esa respuesta.
Inés apartó la mirada hacia los árboles.
—Quiero casarme con él.
—Ya me lo dijiste ayer.
—Y parece que sigues dudándolo.
Mara dejó el bolígrafo.
—No dudo de ti. Pero la documentación no contiene casi ninguna decisión de Álvaro. Si eso se debe a que confía en ti, perfecto. Si se debe a que nadie le pregunta, tengo que solucionarlo.
Inés guardó silencio.
Mara continuó.
—También hay algo que quiero corregir.
—¿Qué?
—Lo que hice con la noticia.
Inés esperó.
—Tenías razón —dijo Mara—. Usé nuestra antigua amistad sin pedirte permiso. La estrategia funciona, pero eso no significa que tuviera derecho a hablar de lo que fuimos como si tú estuvieras de acuerdo. Lo siento.
La expresión de Inés cambió. Parecía haberse preparado para otra discusión y no sabía qué hacer con una disculpa.
—¿Beatriz te ha pedido que me digas eso?
—No.
—Mi madre no suele contratar a gente que reconoce sus errores.
—Entonces será una experiencia nueva para las dos.
Inés tomó de nuevo el café.
—No voy a colaborar con otra mentira.
—No te lo estoy pidiendo. Si un periodista te pregunta, puedes decir que tu madre me contrató. Yo confirmaré lo mismo.
—¿Y la supuesta ilusión que me hace trabajar contigo?
—Puedes negarla. Aunque preferiría que no usaras la palabra odio. Perjudica al posicionamiento de la empresa.
Inés estuvo a punto de sonreír. Lo evitó a tiempo, pero Mara lo vio.
Fue solo un instante. Aun así, le recordó a la joven que se reía con ella sin preguntarse qué significaba.
Mara volvió a los planos.
—Quiero enseñarte algo.
Colocó las dos propuestas una al lado de la otra.
—Esta es la boda de tu madre: capilla, terraza, orquesta, rosas blancas, prensa y joyas de Casa Valcárcel. Esta es la tuya: ceremonia civil, olivar, patio, flores locales y nada de publicidad. No podemos preparar ambas hasta el último momento. Tenemos que elegir una dirección.
Inés examinó los documentos.
—Mi madre dirá que las joyas no son publicidad. Según ella, forman parte de la familia.
—¿Tú quieres exponerlas?
—No.
—Entonces las quitamos.
Inés la miró.
—No será tan fácil.
—No he dicho que lo sea.
—Beatriz firma los pagos.
—Lo sé.
—Y te ha prometido que esta boda puede convertirte en una de las organizadoras más solicitadas del país.
Mara se preguntó cuánto había contado Beatriz.
—Eso también lo sé.
—Si tienes que elegir entre lo que ella quiere y lo que quiero yo, ¿a quién vas a escuchar?
Era una pregunta directa. Inés esperaba una respuesta igual de directa.