Capítulo 2
Cinco minutos con Beatriz Valcárcel
—Tienes cinco minutos.
Beatriz Valcárcel dejó sobre la mesa el recorte de prensa que Mara había utilizado para llegar hasta ella. En el reverso seguía escrita la frase que había conseguido atravesar tres recepcionistas, una secretaria y un guardia de seguridad.
Su hija no necesita a otra persona que intente controlarla. Necesita a alguien que sepa cuándo está huyendo y cuándo está eligiendo.
Beatriz ocupó la silla situada al otro lado de la mesa. El cabello plateado, el traje color marfil y el collar de diamantes parecían formar parte de una misma armadura. Habían pasado catorce años, pero Mara reconoció su manera de observar a alguien hasta obligarlo a preguntarse qué había hecho mal.
—Mi secretaria dice que te has negado a marcharte.
—Su secretaria ha sido muy amable.
—Has amenazado con esperar en recepción hasta que cerráramos el edificio.
—Eso ha sido antes de descubrir que también abren los sábados.
Beatriz giró el recorte para leer nuevamente la frase.
Mara había llamado y escrito durante toda la mañana sin obtener respuesta. A las nueve se presentó en la sede de Casa Valcárcel con el recorte, una propuesta elaborada durante la noche y suficiente determinación para convertirse en un problema.
Cuando la recepcionista se negó a transmitir el mensaje, recurrió a la única baza que no aparecía en el historial de Ferrer Eventos.
—Dígale que la chica que siempre encontraba a Inés cuando no quería que nadie la encontrara necesita cinco minutos.
Aquello había bastado.
Beatriz cruzó las manos sobre la mesa.
—Catorce años sin dar señales y reapareces sentada delante de mi despacho.
—No habría tenido que venir si hubieran respondido a mis correos.
—Sigues contestando cuando deberías disculparte.
—Y usted sigue haciendo difícil llegar hasta donde quiere que llegue todo el mundo.
La expresión de Beatriz cambió apenas. No era una sonrisa, sino el reconocimiento de que la adolescente a la que recordaba continuaba allí.
—Te marchaste de Son Marès a la mañana siguiente de contarle a Inés lo de la beca.
—Tenía que preparar el viaje.
—Te quedaban tres semanas.
—Preferí pasarlas con mi madre.
—No te despediste de Inés.
Mara sostuvo su mirada.
—Eso es algo entre ella y yo.
—Erais inseparables. Después te marchaste, ignoraste sus mensajes y no regresaste en Navidad ni durante el verano siguiente. Desapareciste.
—Ella también dejó de escribir.
—Después de que tú dejaras de contestar.
Mara bajó la mirada hacia el recorte. No había acudido para someterse a un interrogatorio sobre decisiones tomadas a los dieciocho años.
—¿Me ha recibido para hablar de aquello?
—He aceptado verte porque has utilizado aquella amistad para llegar hasta mí. Quiero saber qué queda de ella.
—Probablemente, nada.
—Entonces tu propuesta empieza con una mentira.
—No he dicho que Inés continúe considerándome su amiga. He dicho que conseguirá escucharme.
Beatriz la estudió en silencio.
—Londres te fue bien.
—Sí.
—Trabajaste allí varios años, después en Madrid y terminaste fundando tu propia agencia.
—Parece que tampoco he sido la única que ha prestado atención desde lejos.
—No confundas información con interés.
Mara sintió el golpe, pero no permitió que se reflejara en su rostro. Abrió la carpeta que había llevado consigo y colocó delante de Beatriz un calendario de treinta y seis días.
—No he venido para recordar viejos tiempos. He venido para organizar la boda de su hija.
—Eso ya lo había deducido.
—La noticia de la dimisión se publicó ayer. Ahora tienen dos problemas: terminar la boda y evitar que la prensa convierta a Inés en una novia que está intentando escapar de ella.
—Eso no es cierto.
—A la prensa le encanta inventar cuando nadie le ofrece una historia mejor.
Beatriz cerró el recorte.
—¿Y cuál propones tú?
Mara sacó una segunda hoja. En la parte superior había escrito un posible titular.
INÉS VALCÁRCEL CONFÍA LA BODA DEL AÑO A UNA AMIGA DE SU ADOLESCENCIA
—Inés descubre que una antigua amiga se dedica a organizar bodas —explicó—. Ferrer Eventos tiene la agenda completa durante los próximos meses, pero a ella le hace especial ilusión que yo me encargue de la suya. Me pide que reorganice mis compromisos y yo acepto regresar a Son Marès.
—Mi hija ni siquiera sabe que estás aquí.
—La prensa tampoco.
Beatriz apoyó los brazos sobre la mesa.
—Quieres que digamos que ha sido decisión de Inés.
—Quiero presentarla como una novia tan implicada que ha buscado personalmente a alguien en quien confía. Una organizadora no ha huido de ella: Inés ha aprovechado el cambio para convertir la boda en algo más personal. Es una historia de amistad, no de crisis.
—Una amistad que terminó hace catorce años.
—Eso la hace mejor. Dos amigas que se reencuentran para preparar la boda del año. Los medios hablarán de nuestros veranos en Son Marès, de mi agenda imposible y de la ilusión de Inés. Será difícil vender al mismo tiempo que está deseando organizarlo todo conmigo y que pretende escapar del altar.
—¿Y tu agenda está realmente tan llena?
—Tenemos trabajo hasta otoño. Nuestro problema no es la falta de encargos.
Mara no añadió que la mayoría eran eventos pequeños, que Argenor todavía no había pagado y que una agenda llena resultaba inútil si el dinero no llegaba a la cuenta.
—Has tardado menos de una noche en convertir una dimisión en una historia sentimental —observó Beatriz.
—Organizo bodas. Convertir problemas en historias sentimentales forma parte del trabajo.
—¿Y qué ocurrirá cuando Inés descubra que has hablado en su nombre?
—Probablemente intentará despedirme.
—No parece un buen comienzo.
—Pero para entonces ya no tendremos que desmentir que no quiere casarse. Solo tendremos que conseguir que no me eche.
Por primera vez, Beatriz sonrió. No fue una sonrisa cálida, sino la expresión de alguien que acababa de comprobar el funcionamiento de una herramienta antes de comprarla.
—Continúa.
Mara deslizó el resto de los documentos.
Había dividido el trabajo en tres fases: auditoría, reconstrucción y ejecución.
Las primeras cuarenta y ocho horas servirían para revisar contratos y hablar con todos los proveedores.
Después congelaría el diseño y establecería una única cadena de decisiones.
—Necesito saber qué está contratado, qué se ha pagado y qué está realmente confirmado. No lo que aparece en una hoja de cálculo. Quiero hablar personalmente con cada proveedor.
—La mayoría llevan meses trabajando.
—Y la persona que los coordinaba se ha marchado. Eso convierte cualquier confirmación anterior en provisional.
Beatriz hojeó el dosier. Mara procuró no mirar el reloj. Faltaban presupuestos, contratos y buena parte de la logística, pero había reunido suficiente información para demostrar que no se había presentado únicamente con un recuerdo adolescente.
—Ferrer Eventos solo tiene tres años —señaló Beatriz.
—Yo llevo más de diez organizando eventos.
—Para otras empresas.
—Algunas de las mejores de Londres y Madrid.
—Pero ninguna boda comparable a esta.
—Nadie ha organizado una boda comparable a esta porque esta todavía no se ha celebrado.
Beatriz levantó la mirada.
—No te falta seguridad.
—Me faltan muchas cosas. Seguridad no.
—¿Por qué crees que renunció la anterior organizadora?
—Porque tenía dos clientas.
—Solo hay una novia.
—No he dicho que hubiera dos novias.
El silencio se volvió más frío.
Mara sabía que estaba arriesgando la reunión, pero complacer a Beatriz no demostraría que pudiera enfrentarse a Inés.
—La prensa dice que cambia constantemente de opinión —continuó—. Eso puede significar que es caprichosa o que nadie le ha permitido tomar una decisión real. La anterior organizadora intentó satisfacerlas a las dos. Cuando no pudo, una de ustedes terminó convertida en el problema.
—No conoces las circunstancias.
—Conozco a Inés.
—Conocías a una adolescente.
—Suficiente para saber que cuanto más intenten obligarla, más se resistirá.
Beatriz apoyó la espalda contra la silla.
—Hace catorce años que no hablas con ella.
—Lo sé.
—¿Y estás convencida de que te escuchará?
—Querrá decirme todo lo que piensa de mí. Para hacerlo tendrá que quedarse en la habitación.
—Eso no significa que vaya a obedecerte.
—No necesito que me obedezca. Necesito que decida.
Beatriz la observó con una atención distinta.
—Siempre conseguías que hiciera cosas que no quería.
—No. Conseguía que admitiera lo que quería hacer.
Mara pronunció la frase sin pensar. Durante un instante volvió a ver a Inés descalza sobre el muro del jardín. Apartó el recuerdo antes de que pudiera reflejarse en su cara.
—¿Por qué ahora? —preguntó Beatriz—. Has tenido catorce años para intentar recuperar aquella amistad.
—Porque hasta ayer su hija no necesitaba una organizadora de bodas.
—Entonces has vuelto por trabajo.
—Mi empresa necesita esta oportunidad. Su familia necesita a alguien capaz de empezar inmediatamente. No veo ninguna razón para que finjamos que alguna de las dos está aquí por altruismo.
—Agradezco la sinceridad.
—Suele ahorrar tiempo.
Beatriz abrió nuevamente el dosier.
—¿Qué sabes exactamente de la boda?
—Que se celebrará en Son Marès dentro de treinta y seis días.
Que habrá unos trescientos invitados. Que Casa Valcárcel presentará una colección nupcial vinculada al enlace y que la familia Luján está implicada en su expansión internacional.
También sé qué hotel ha bloqueado las habitaciones y qué proveedor eliminó ayer de su página una fotografía del proyecto.
Beatriz entornó los ojos.
—¿Qué proveedor?
Mara le mostró una captura.
—La empresa de iluminación. Puede significar que la anterior organizadora diseñó personalmente el montaje y existen dudas sobre los derechos, o que el proveedor teme quedar asociado a un proyecto problemático. En ambos casos, conviene llamarlo antes de que acepte otro evento para esa fecha.
—¿Cómo has conseguido esta información?
—La gente publica demasiado cuando está orgullosa de su trabajo y borra demasiado cuando empieza a tener miedo.
Beatriz cerró la carpeta.
—¿Cuándo puedes trasladarte a Mallorca?
—Mañana.
—Necesitarás a tu equipo.
—Leire Ortega viajará conmigo. El resto se incorporará durante la última semana. Utilizaremos personal local para el montaje.
—Quiero discreción absoluta. Ninguna entrevista, fotografía o declaración sin el consentimiento de mi equipo de comunicación.
—Necesitaré autoridad sobre los proveedores y acceso directo a Inés. Si cada decisión debe atravesarla a usted, repetiremos el problema de la anterior organizadora.
Beatriz dejó de sonreír.
—No confundas autoridad con libertad.
—No confunda una organizadora con una mensajera.
Permanecieron mirándose. Si Beatriz la expulsaba, Ferrer Eventos perdería su mayor oportunidad. Si Mara aceptaba aquellas condiciones sin discutir, perdería la boda antes de empezar.
Beatriz abrió un cajón y sacó una carpeta más delgada.
—La tarifa es esta.
Mara leyó la cifra sin permitir que su reacción llegara al rostro. El adelanto bastaría para pagar a Dalia Norte, cubrir el alquiler y garantizar dos meses de nóminas. Si completaba el encargo, podrían saldar el resto de las deudas.
—El cuarenta por ciento se transferirá al firmar —explicó Beatriz—. El resto, después de la recepción.
—Necesito otro treinta por ciento una semana antes de la boda. No puedo financiar los costes de producción.
Beatriz hizo una anotación.
—Si esta boda se celebra sin incidentes y consigues que Inés coopere, el dinero será lo menos importante que obtendrás.
—¿Qué significa eso?
—Todas las familias que pueden permitirse tus servicios estarán presentes en Son Marès. Si haces bien tu trabajo, no volverás a perseguir clientes.
—¿Me está prometiendo futuros encargos?
—Te estoy ofreciendo algo más valioso: la oportunidad de demostrar quién eres ante las personas adecuadas. Si sabes aprovecharla, tendrás un futuro brillante.
Mara pensó en los mil ochocientos cuarenta y dos euros de la cuenta, en la factura de Óscar y en las empleadas que dependían de ella.
—Acepto.
Beatriz pulsó un botón y una mujer entró con una tableta para modificar el contrato. Después entregó a Mara la carpeta completa del proyecto.
En la portada aparecían Inés y Álvaro frente a Son Marès. Él la miraba; ella sonreía a la cámara.
—Tienes que conseguir que mi hija deje de luchar contra cada decisión —dijo Beatriz—. Está convencida de que todos intentan quitarle algo.
—Quizá debería preguntarse por qué.
—Para eso te he contratado.
Mara cerró la carpeta.
—Me ha contratado para organizar su boda.
—La diferencia dependerá de tu habilidad.
Media hora después salió del edificio con el contrato firmado. Leire la esperaba en una cafetería al otro lado de la calle, rodeada de facturas y con un café frío.
Mara dejó el documento delante de ella. Leire pasó varias páginas hasta detenerse en una marcada con una pestaña azul.
—La cláusula doce es demasiado amplia —dijo Leire—. Permite suspender el saldo y reclamar daños si consideran que has perjudicado la reputación de la familia.
—Lo sé.
—Podrían dejarnos sin el último pago y llevarnos a juicio.
—Y, si no firmamos, no llegamos a final de mes.
Leire la miró, pero no discutió. Volvió a la primera página y leyó la cifra del adelanto. Abrió los ojos.
—Esto paga a Dalia Norte.
—Y las nóminas.
—Y el alquiler.
—Durante unos meses.
—Mara, esto nos salva.
—Si conseguimos terminarla.
El teléfono de Leire vibró. Miró la pantalla y después levantó lentamente la cabeza.
—Dime que esto no es cosa tuya.
Le mostró una noticia publicada hacía apenas tres minutos.
INÉS VALCÁRCEL RECURRE A UNA AMIGA DE SU ADOLESCENCIA PARA ORGANIZAR LA BODA DEL AÑO
El texto aseguraba que Inés había conocido la disponibilidad de Mara pese a su apretada agenda y que le hacía especial ilusión confiarle personalmente la celebración.
—Han sido rápidos —dijo Mara.
—La noticia dice que la novia te ha pedido que reorganices todos tus compromisos.
—Esa es la versión oficial.
—¿La novia sabe que esa es la versión oficial?
—Todavía no sabe que voy a organizar su boda.
Leire dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Qué no me estás contando?
Mara se sentó.
—Inés y yo éramos amigas.
—¿Buenas amigas?
—Las mejores.
—¿Y qué ocurrió?
Mara miró la sede de Casa Valcárcel al otro lado del cristal.
—Me fui a Londres.
—Eso explica la distancia. No explica la cara que tienes.
Mara recogió el contrato.
—Nos marchamos mañana.
—¿Y cómo crees que reaccionará cuando descubra que acabas de contarle a todo el país que fue idea suya?
Mara cerró la carpeta sobre la fotografía de Inés.
—Supongo que por fin averiguaremos si todavía me escucha.