Capítulo 1
La boda sin flores
A las diez y diecisiete de la mañana, Mara supo que la boda de Elisa Moreno no tenía flores.
No era una metáfora. El jardín donde debían casarse ciento veinte personas seguía ocupado únicamente por dos filas de sillas desnudas, una estructura metálica sin decorar y un pasillo de grava que terminaba delante de una pared de piedra.
El ramo de la novia tampoco había llegado, ni los centros de mesa, ni los adornos destinados a disimular que el salón de la finca había sido construido durante los años setenta.
La ceremonia comenzaba a las doce y media.
—Dime que están aparcando —pidió Mara.
Leire apartó el teléfono de la oreja. Llevaba sus zapatillas deportivas amarillas, las únicas prendas de color permitidas durante los eventos, y una expresión que Mara había aprendido a temer.
—No están aparcando.
—Entonces se han perdido.
—Tampoco.
—Leire.
—Los floristas no vienen.
Mara miró nuevamente el jardín vacío. La estructura del arco parecía el esqueleto de un animal abandonado en mitad de la finca.
—Dalia Norte confirmó ayer el horario.
—Confirmó el horario antes de comprobar que seguimos debiéndoles parte del montaje de Argenor.
—Nos concedieron hasta el lunes.
—Han cambiado de opinión.
—No pueden cambiar de opinión a dos horas de una boda.
—Técnicamente pueden. Lo están haciendo.
Mara extendió la mano. Leire le entregó el teléfono.
El responsable de Dalia Norte respondió al segundo tono. Mara se alejó del equipo de camareros que empezaba a distribuir las copas para evitar que escucharan la conversación.
—Óscar, tenemos un acuerdo.
—Teníamos una fecha de pago.
—Argenor todavía no nos ha abonado su factura. Lo sabes.
—Y yo tengo ocho empleados a los que sí he pagado.
Mara cerró los ojos. Óscar tenía razón. Ferrer Eventos había adelantado los costes de un gran acto corporativo confiando en que el cliente cumpliría el plazo de treinta días.
Después llegaron un cambio en la dirección, una auditoría interna y tres correos idénticos asegurando que la factura estaba «en proceso de validación». Llevaban ochenta y dos días esperando.
—Puedo hacerte una transferencia parcial esta tarde —ofreció.
—Ya me dijiste eso la semana pasada.
—Porque me aseguraron que cobraríamos el jueves.
—No puedo enviar otro montaje mientras sigáis debiéndome el anterior.
—Esta boda no tiene nada que ver con Argenor.
—Para ti, no. Para mi cuenta bancaria, sí.
Mara miró hacia la casa principal. En una de las ventanas del piso superior se distinguía el movimiento de varias mujeres alrededor de la novia.
—¿Tienes el material cargado?
Hubo un silencio.
—No voy a enviarlo.
—No te he preguntado eso.
—El equipo está en el almacén.
—Dame una hora.
—Mara…
—Una hora. Si no consigo pagarte, aceptaré que no vengáis y no volveré a discutírtelo.
Terminó la llamada antes de que Óscar pudiera negarse. Abrió la aplicación del banco y contempló una cifra que no admitía demasiadas interpretaciones.
Mil ochocientos cuarenta y dos euros.
Necesitaba ocho mil seiscientos.
—¿Tenemos margen en la tarjeta? —preguntó.
Leire negó con la cabeza.
—El banco rechazó la ampliación.
—¿Cuándo?
—Ayer.
Mara levantó la mirada.
—¿Y pensabas decírmelo cuándo?
—Cuando termináramos esta boda. O después de que los floristas aparecieran. Estaba intentando elegir el momento menos catastrófico.
—No lo has encontrado.
—Empiezo a sospechar que no existe.
Mara recorrió el jardín. Podía perder veinte minutos llamando a personas que no le prestarían ocho mil euros un sábado por la mañana o podía aceptar que las flores de Dalia Norte ya no formaban parte de la boda.
Consultó la hora.
Diez y veintitrés.
—Plan nuevo —decidió—. Llama a todas las floristerías situadas en un radio de treinta kilómetros. No preguntes por encargos. Pregunta qué tienen físicamente en la tienda y cuánto tardan en traerlo.
—No podemos pagarles.
—Compraremos solo lo imprescindible. Paga con mi tarjeta personal.
—Tu tarjeta personal dejó de ser personal hace seis meses.
—Todavía funciona.
—Eso no significa que debamos usarla.
—Leire.
Su socia suspiró y empezó a marcar.
Mara llamó al encargado de la finca. Lo encontró junto a la cocina, discutiendo con un camarero por la colocación de unos barriles.
—Necesito utilizar las plantas de la entrada, los olivos en maceta del patio y parte de la hiedra de la pérgola.
El hombre la miró como si acabara de pedirle las llaves del edificio.
—La hiedra no se toca.
—No voy a arrancarla. Cortaremos únicamente los extremos y no se notará.
—La señora Castaño me matará.
—La señora Castaño está a punto de descubrir que su hija se casa delante de un arco de metal. Elige qué conversación prefieres mantener con ella.
Cinco minutos después tenía autorización para utilizar los olivos, la hiedra y todas las macetas que pudieran moverse sin dejar una marca visible.
Reunió a su equipo, a dos camareros y a los primos del novio que cometieron el error de preguntarle si necesitaba ayuda.
Dividió el trabajo sin dejar tiempo para objeciones.
Los olivos enmarcarían el comienzo del pasillo.
Las plantas aromáticas del patio ocultarían las bases de la estructura.
Las velas destinadas a las mesas se trasladarían al jardín y serían sustituidas durante el cóctel.
La tela reservada para cubrir la mesa de dulces podía convertir el arco vacío en algo deliberadamente sencillo.
A las diez y cuarenta, Leire regresó.
—He encontrado cuarenta rosas blancas, veinticinco hortensias, paniculata suficiente para enterrar a alguien y una señora que asegura tener eucalipto, pero se niega a mandarnos una fotografía porque no confía en internet.
—Me sirve.
—También hay una floristería en el pueblo. Tiene claveles.
Mara hizo una mueca.
—¿Qué clase de claveles?
—Claveles que podemos pagar.
—Compra todos los blancos.
Envió a uno de los primos con el coche y a otro a buscar las hortensias. El encargado de la finca apareció con unas tijeras de podar y la resignación de quien había aceptado participar en un delito.
A las once, la madre de la novia salió al jardín.
Mara la vio antes de que pudiera detenerla. La mujer avanzó por el pasillo observando al equipo que arrastraba macetas, cortaba hiedra y envolvía una estructura metálica con tela blanca.
—¿Qué está pasando?
Mara se quitó los guantes.
—Estamos haciendo un ajuste en el diseño.
—Eso no se parece a las fotografías que aprobamos.
—Porque hemos descubierto que la estructura original tapaba parte de las vistas. Estamos simplificándola para integrar el jardín.
La mujer contempló el arco.
—Elisa quería muchas flores.
—Elisa quería casarse rodeada de naturaleza. Va a tenerla.
No era exactamente una mentira. La novia había mencionado varias veces que detestaba las decoraciones demasiado rígidas. Mara había intentado moderar el proyecto floral, pero su madre insistió en que una boda sin abundancia parecía barata.
Ahora tendrían ocasión de poner a prueba ambas teorías.
—Quiero verlo terminado antes de que salga mi hija.
—Lo verá.
—¿Ha ocurrido algún problema?
Mara sostuvo su mirada.
—Ninguno que vaya a llegar hasta ella.
La mujer pareció dudar, pero finalmente regresó a la casa.
El coche de los claveles llegó a las once y cuarto. Las flores no eran tan blancas como Leire había prometido, pero Mara las distribuyó entre la hiedra y las plantas aromáticas. Reservó las rosas para el ramo y utilizó las hortensias para cubrir los puntos más débiles de la estructura.
Trabajaba con las manos y los recuerdos de la floristería de su madre.
Teresa siempre decía que un ramo debía parecer inevitable, como si las flores hubieran decidido crecer juntas.
Mara cortó los tallos, eliminó hojas, corrigió alturas y terminó atando las rosas con una cinta de seda que arrancó de una caja de invitaciones sobrantes.
A las doce menos cuarto, Leire se colocó a su lado.
—Tienes sangre.
Mara miró el pequeño corte en uno de sus dedos.
—Le añade autenticidad.
—La novia está terminando de vestirse.
—¿La música?
—Preparada.
—¿El novio?
—Ha preguntado tres veces si debe hacer algo.
—Dile que no se mueva. Es lo más útil que puede hacer ahora.
A las doce y cinco, la estructura había dejado de parecer un esqueleto.
La tela blanca se movía suavemente con el viento, la hiedra dibujaba una línea irregular sobre el metal y las flores se concentraban en dos puntos asimétricos.
Los olivos en maceta convertían el pasillo en una prolongación del jardín.
No era la decoración que habían aprobado, pero parecía haber estado allí desde siempre.
Mara observó el resultado buscando defectos. Encontró siete.
No había tiempo para corregirlos.
Subió a la habitación de la novia con el ramo entre las manos. Elisa estaba de pie delante del espejo, rodeada por su madre, dos amigas y una maquilladora. Al verla entrar, todas guardaron silencio.
Mara le ofreció el ramo.
—He hecho un pequeño cambio.
Elisa acarició una de las ramas de olivo que sobresalían entre las rosas.
—Es precioso.
—La decoración también será algo más natural de lo previsto.
—¿Mi madre lo sabe?
—Tu madre y yo hemos intercambiado opiniones.
Elisa rio.
—Entonces ha habido una pelea.
—No llamaría pelea a una conversación en la que solo una de las dos podía cancelar el contrato.
La novia volvió a mirar el ramo.
—Esto se parece más a mí.
Mara sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho.
—Esa era la intención.
La ceremonia comenzó con cuatro minutos de retraso. Ningún invitado preguntó por las flores que nunca llegaron. Varias personas fotografiaron el arco y una mujer aseguró en voz alta que agradecía ver por fin una decoración «menos ostentosa y más auténtica».
Leire la miró desde el otro extremo del jardín.
Mara se permitió sonreír.
Esperó hasta que los novios pronunciaron los votos, intercambiaron los anillos y recorrieron juntos el pasillo. Solo entonces se apartó detrás de la pérgola y revisó el teléfono.
Óscar había enviado un mensaje.
El lunes necesito una solución.
Debajo aparecía una notificación del banco recordándole el vencimiento del alquiler del estudio.
Leire se acercó con dos copas de agua.
—Hemos salvado la boda.
—Sí.
—Ahora solo falta salvar la empresa que la ha organizado.
Mara bebió sin responder.
—Si Argenor no paga antes de final de mes, no podremos cubrir las nóminas —continuó Leire—. Y aunque pague, tenemos el alquiler, Dalia Norte y dos proveedores esperando.
—Conseguiremos otro evento.
—Necesitamos algo más que otro evento. Necesitamos uno grande.
Una camarera pasó junto a ellas llevando una bandeja llena de copas. Leire sacó su teléfono al sentir una vibración y deslizó el dedo por la pantalla.
—Hablando de bodas grandes…
Mara apenas prestó atención hasta que Leire pronunció un nombre que llevaba años esforzándose por escuchar sin reaccionar.
—Inés Valcárcel.
Le mostró la noticia.
En la fotografía, Inés aparecía junto a Álvaro a la salida de una gala. Ella llevaba el cabello recogido, un vestido oscuro y una sonrisa que Mara había visto cientos de veces en revistas, pero nunca durante los veranos de Son Marès. Álvaro le rodeaba la cintura con una mano.
El titular ocupaba casi toda la pantalla.
CRISIS EN LA BODA DEL AÑO: LA ORGANIZADORA ABANDONA A CINCO SEMANAS DEL ENLACE
Mara leyó el texto. La boda se celebraría en Son Marès y reuniría a empresarios, celebridades y representantes de varias casas europeas. La periodista hablaba de discusiones, exigencias imposibles y cambios constantes. Una fuente anónima describía a Inés como «una novia incapaz de aceptar un no».
—Parece encantadora —comentó Leire.
—La prensa exagera.
Su socia la miró.
—¿La conoces?
Mara observó nuevamente la fotografía.
—Fuimos juntas al colegio.
No era mentira. Solo dejaba fuera casi todo lo importante.
Continuó leyendo. La familia todavía no había anunciado quién asumiría la organización. A treinta y siete días de la ceremonia, cada jornada perdida aumentaba el riesgo de que la boda más observada del año terminara convertida en un desastre público.
Mara miró el jardín que acababa de construir con flores de tres comercios, plantas prestadas y una cinta arrancada de una caja.
—Averigua quién está buscando sustituta.
—Mara…
—Consigue todos los datos que puedas sobre proveedores, invitados y planificación. Yo prepararé una propuesta esta noche.
—La anterior organizadora ha salido corriendo.
—Por eso el puesto está libre.
—¿Y por qué iba una familia como los Valcárcel a contratar a una empresa que no puede pagar a sus floristas?
Mara devolvió el teléfono a Leire.
—Porque no pienso contarles esa parte.
—¿Cuál vas a contarles?
Mara contempló por última vez la fotografía de Inés.
—Que soy la única persona capaz de conseguir que la novia me escuche.