No Debía Enamorarme de la Novia
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Prólogo
Catorce años antes
Mara encontró a Inés donde siempre se escondía cuando en Son Marès había demasiados invitados: al final del jardín de olivos, sentada sobre el muro que separaba la finca del acantilado, con los zapatos abandonados en la tierra y el vestido blanco arrugado bajo los muslos.
Desde allí apenas llegaba la música de la fiesta. La casa brillaba a lo lejos, engalanada para celebrar el aniversario de Casa Valcárcel, y las luces suspendidas entre los árboles parecían estrellas atrapadas entre las ramas. Abajo, el Mediterráneo golpeaba las rocas con un rumor constante.
Mara se detuvo antes de que Inés pudiera verla. Llevaba casi una hora buscándola, pero ahora que la había encontrado no sabía cómo darle la noticia.
—Sabía que vendrías —dijo Inés sin volverse.
—Eso arruina bastante mi entrada triunfal.
—Siempre me encuentras.
Mara sonrió y se acercó al muro. A sus dieciocho años, Inés ya había aprendido a posar ante fotógrafos, saludar a desconocidos y escuchar discursos sobre el futuro de la familia sin que se le moviese una pestaña.
Sin embargo, continuaba escapándose de las fiestas en cuanto Beatriz dejaba de vigilarla.
Mara era la única que sabía dónde buscar.
Se sentó a su lado. Inés hizo sitio sin que fuera necesario pedírselo y apoyó brevemente la cabeza sobre su hombro. Era un gesto habitual entre ellas, tan natural que Mara apenas reparó en el calor que dejó al apartarse.
—Álvaro ha preguntado por ti —comentó.
—Álvaro siempre sabe dónde estoy. Solo pregunta para parecer preocupado.
—Dice que le debes un baile.
—Le debo tres. Tendrá que declararlos como pérdidas.
Mara rio, aunque la imagen de Inés bailando con él le produjo una incomodidad que atribuyó a la perspectiva de quedarse sola durante el resto de la fiesta.
Álvaro Luján llevaba formando parte de aquel mundo desde antes de que ella llegara.
Tenía el apellido adecuado, la ropa adecuada y una facilidad irritante para saber qué decir delante de Beatriz.
—¿Qué ocurre? —preguntó Inés.
—Nada.
—Llevas toda la noche evitándome.
—Llevas toda la noche rodeada de gente.
—Eso nunca te ha detenido.
Mara bajó la mirada hacia sus manos. Había leído el correo tantas veces que podía repetirlo de memoria.
Después había llamado a su madre, que se había echado a llorar en mitad de la floristería.
La noticia era buena. Extraordinaria. Lo bastante importante como para haber cruzado la finca buscándola.
Entonces, ¿por qué sentía que estaba a punto de estropear algo?
—Me han concedido la beca —dijo.
Inés tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Qué beca?
—La de Londres.
Su amiga se incorporó.
—¿La completa?
Mara asintió.
No era una ayuda parcial ni uno de aquellos descuentos que seguían dejando fuera a cualquiera cuya familia no pudiera pagar el resto.
La beca cubría la matrícula, el alojamiento y una cantidad mensual para manutención.
Cuatro años estudiando Dirección y Producción de Eventos en una de las mejores universidades de Londres.
Había enviado la solicitud porque una profesora insistió, pero ninguna de las dos creyó que tuviera posibilidades.
Competía con expedientes excelentes, estudiantes con experiencia internacional y apellidos capaces de abrir puertas.
Mara había llegado a la entrevista final y, después de varios meses sin noticias, asumió que habían elegido a otra persona.
—La he conseguido —repitió, todavía incapaz de creerlo—. Me voy a Londres.
Inés la abrazó.
Lo hizo con tanta fuerza que Mara perdió el equilibrio y tuvo que apoyar una mano en el muro. Rio contra su cabello, esperando que Inés se separara, pero ella continuó aferrada.
—Vas a hacerlo genial —murmuró Inés.
—Primero tendré que aprender a cruzar una calle mirando hacia el lado equivocado.
—Vas a organizar bodas en palacios.
—También aceptaría cumpleaños en bares con tal de que paguen.
Inés rio, pero había algo extraño en su respiración. Cuando finalmente se apartó, mantuvo las manos sobre los brazos de Mara.
—¿Cuándo te marchas?
—En tres semanas.
—¿Tres?
—El curso de adaptación empieza antes.
—Pensaba que todavía tendríamos todo el verano.
Mara también lo había pensado. Habían hecho planes: ir a la cala donde nadie las encontraba, conducir hasta el otro extremo de la isla con el coche de Sofía y dormir una noche en la playa. Proyectos pequeños que hasta aquel momento habían parecido más reales que Londres.
—Volveré en Navidad.
—Eso son cuatro meses.
—No tantos.
—Son ciento diecinueve días.
—¿Los has contado muy deprisa o llevabas la cifra preparada?
Inés retiró las manos y miró hacia el mar.
—Allí conocerás a un montón de gente.
—Esa suele ser una de las características de las ciudades.
—Gente como tú.
—¿Personas que tampoco saben mirar al cruzar?
—Personas que quieren organizar eventos, viajar y hacer todas esas cosas de las que hablas. No tendrás que explicarle a nadie por qué te emocionan unas invitaciones bien impresas.
Mara se volvió hacia ella.
—A ti nunca he tenido que explicártelo.
—Porque soy tu mejor amiga.
—Exacto.
La respuesta no pareció tranquilizarla.
Mara la conocía desde los catorce años, cuando llegó becada a un colegio donde todo el mundo parecía saber de qué familia procedían los demás.
Inés fue la primera que se sentó con ella sin preguntarle a qué se dedicaba su padre.
La primera que visitó la floristería de Teresa y terminó ayudándolas a limpiar cubos.
Desde entonces habían compartido apuntes, castigos, veranos y secretos.
La universidad no podía borrar todo eso.
—No voy a sustituirte —dijo Mara.
—No he dicho que vayas a hacerlo.
—Estás pensando tan fuerte que casi puedo oírte.
—Solo digo que tu vida va a cambiar.
—La tuya también.
—La mía lleva decidida desde antes de que naciera.
Inés intentó decirlo como una broma, pero Mara conocía demasiado bien aquella expresión. Le rozó el brazo.
—Puedes venir a verme.
—Mi madre se desmayaría si le dijera que quiero irme sola a Londres.
—Cuando despierte, se lo vuelves a decir.
—Todo te parece muy fácil.
—Nada me parece fácil. Por eso tengo que aprovecharlo cuando lo es.
Inés asintió sin mirarla. Mara sintió una punzada de culpa por estar arruinando la noticia que llevaba horas deseando compartir con ella.
—Pensaba que te alegrarías.
—Me alegro.
—No lo parece.
—Porque también estoy enfadada.
—¿Conmigo?
—Con Londres. Contigo. Con esa universidad. Con la gente a la que vas a conocer. Elige.
Mara soltó una risa incrédula.
—No puedes enfadarte con personas que todavía no conozco.
—Claro que puedo.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Ya lo sé.
Inés volvió a abrazarla. Esta vez no hubo felicitaciones ni bromas. Escondió el rostro junto a su cuello y Mara la rodeó con los brazos, sintiendo que aquella despedida empezaba demasiado pronto.
Permanecieron así hasta que la música cambió en la casa. Después, Inés levantó la cabeza. Sus rostros quedaron muy cerca.
Mara conocía cada detalle de aquella cara. La pequeña cicatriz junto a la ceja, la ligera diferencia entre sus ojos cuando sonreía, el lunar que Beatriz siempre intentaba cubrirle con maquillaje. Nunca había pensado que saber tanto sobre alguien pudiera resultar extraño.
Inés miró su boca.
Mara tuvo la impresión de que iba a decir algo. En lugar de hacerlo, se inclinó.
El primer contacto fue tan leve que ambas se quedaron inmóviles. Podría haber sido un error, una torpeza nacida del abrazo. Pero Inés no se apartó y Mara tampoco. Volvieron a acercarse sin comprender quién estaba tomando la decisión.
El segundo beso ya no fue accidental.
Inés le sujetó la muñeca. Mara sintió sus labios abrirse apenas y una sacudida desconcertante le recorrió el cuerpo. No se parecía a besar a ninguno de los chicos con los que había experimentado sin demasiado entusiasmo. Tampoco se parecía a nada que hubiera imaginado hacer con su mejor amiga.
Se separaron casi al mismo tiempo.
Inés la miró como si esperara que Mara pudiera explicárselo.
—¿Qué ha sido eso?
Mara todavía sentía el pulso en la boca.
—No lo sé.
—Yo tampoco.
Durante un instante creyó que volverían a besarse. Inés continuaba sujetándole la muñeca y ninguna parecía capaz de alejarse. Entonces la música, la casa y todo lo que existía más allá del jardín regresaron de golpe a la expresión de Inés.
Soltó su mano.
—Que nadie se entere.
La alegría confusa que empezaba a crecer dentro de Mara se detuvo.
—¿Eso es lo primero que se te ocurre?
—No sé qué ha pasado.
—Me has besado.
—Tú también.
—Sí.
Inés se tocó los labios.
—Necesito pensarlo.
Antes de que Mara pudiera responder, la voz de Beatriz llegó desde el camino.
—¿Dónde os habéis metido?
Apareció entre los olivos con el vestido largo rozando la tierra y una copa de champán en la mano. Miró primero a su hija y después a Mara.
—Llevan un buen rato buscándoos.
Inés se puso en pie demasiado deprisa.
—A Mara le han concedido la beca completa para estudiar en Londres. Se marcha.
Beatriz abrió los ojos con sorpresa.
—¿Te la han concedido?
Mara también se levantó.
—Me lo han comunicado esta tarde. Acababa de contárselo.
Siguió el juego porque Inés se lo había pedido. Porque Beatriz las miraba como siempre había mirado a dos amigas inseparables y Mara no estaba dispuesta a ser la única que revelara que algo acababa de cambiar.
—Es una noticia extraordinaria —dijo Beatriz, acercándose para besarla en ambas mejillas—. Tienes que estar muy orgullosa.
—Todavía no me lo creo.
—Londres te abrirá todas las puertas. Una oportunidad así no se puede rechazar.
Inés permaneció a su lado, en silencio.
—¿Cuándo te marchas? —preguntó Beatriz.
—Dentro de tres semanas.
—Entonces tendremos que brindar esta noche. Vamos. Hay gente esperando para felicitarte.
Beatriz emprendió el camino hacia la casa. Inés intentó coger la mano de Mara, pero ella fingió necesitar arreglarse el vestido.
Regresaron a la fiesta caminando una al lado de la otra sin tocarse.
A la mañana siguiente, Mara adelantó su regreso a Palma. Mientras el coche se alejaba de Son Marès, el teléfono vibró varias veces dentro de su bolso.
El primer mensaje era de Inés.
¿Podemos hablar?
El segundo llegó antes de que alcanzaran la carretera principal.
No quería decir que me arrepintiera.
Mara leyó ambos. Después apagó la pantalla y dejó el teléfono boca abajo sobre el asiento.
Durante muchos años se repetiría que se había marchado por la beca.
Todavía no sabía que aquella no era toda la verdad.