Capítulo 49. Sedrik
Sedrik
Escucho a Belisa mientras estoy en la cocina sacando galletas y ayudando aquí. Elio le da los buenos días y escucho como se alejan hacia el despacho. Malem no deja de mirarme.
—¿Qué? —pregunto, y suspira—. Es mejor así.
—Sí. Lo mejor es proteger tu corazón con cientos de llaves, no vaya a ser que alguna idiota más te lo rompa y no sobrevivas al golpe. —La miro enfadado y me da con el delantal en el pecho—. Deja de esconderte en mi cocina, es lo que llevas haciendo toda la vida.
—Es lo que querían mis padres. —Malem deja todo y me mira—. No quiero hablar de ello.
—Tus padres no querían que sufrieras, Sedrik, porque ellos habían sufrido mucho. No lo hicieron bien, joder, mi amiga lo hizo fatal, pero ella quería que tú no pasaras por el dolor de las humillaciones. Y no se dio cuenta del daño que te hacía.
—Estoy bien.
—Sí, genial. Eres un empresario increíble, un tío de puta madre, y estás escondido en una cocina como un cobarde. Haz que ella te conozca tal como eres. Y si todo sale mal, pues lo siento, chico, no era para ti. Así de simple.
—No es tan simple.
—No, porque tú lo complicas todo mucho. Eres un cobarde, y ahora, largo de mi cocina.
—Ella necesita tiempo. Solo se lo estoy dando. No me voy a rendir con ella.
—Y a ti te viene de perlas para seguir escondido. Que te he visto crecer, a mí no me engañas.
No la hago caso y saco las galletas. Luego atiendo a unos clientes antes de irme al despacho. Reviso la publicidad que sugiere Belisa. Es buena. Tengo que comentar con ella algunos puntos.
Al coger el móvil veo un mensaje de Salma.
No me lo puedo creer. Después de pasar por lo de su hijo, de no saber si era mío o no…
Esperaba que me dejaran en paz cuando quedó claro que solo compartimos sangre porque es hijo de mi primo hermano.
He pasado una semana horrible dando vueltas a todo y tras conocerse los resultados esperaba que me olvidara.
Pero no, esta mujer nunca tiene suficiente.
No le doy a leer, no quiero saber cuánto me pide. Estoy harto de pagarle por su silencio.
Me centro en el trabajo de Belisa.
Abro un chat interno de la empresa que aparece en su despacho. No puedo evitarla siempre. Y me muero por verla, por que encontremos la forma de superar todo esto, juntos.
Sedrik: Me gustan tus ideas. ¿Te parece bien si voy a tu despacho y las comentamos?
Espero nervioso, como cada vez que esperaba sus mensajes de texto. Quiero volver a ese instante; tal vez nunca debí insistir en que supiera quién era si no tenía claro que le dejaría ver todo de mí.
La puerta de mi despacho se abre y aparece Belisa. Va con un vestido vaquero de manga corta que se ajusta a sus curvas.
Está preciosa y muy sexi. Y sabiendo la ropa interior sexi que siempre oculta, eso me pone más.
Me gusta ese lado juguetón de ella. Me hubiera gustado explorarlo más.
Hablamos un poco de fetiches y ella reconoció que le ponía tener sexo en un lugar público.
A mí también. Y cuando me dijo que también le gustaba aceptar órdenes, le di la de montarme y follarme.
Pero eso ha quedado atrás. Y ahora no sé cómo volver a ese fin de semana en mi casa, perdido en ella sin miedo, hablando de todo durante horas y encontrando cualquier excusa para besarla.
Ahora que lo pienso, con Salma nunca viví algo así.
Nunca pasamos tiempo juntos en mi casa o en la suya. Luego supe por qué.
No sé cómo observarla sin que note todo lo que siento.
Me obligo a mirarla a los ojos. Por su respiración jadeante sé que ha visto en los míos cuánto la deseo.
Eso no ha muerto, está ahí más fuerte que nunca tras días echándola de menos, y lo peor es que antes de que supiera la verdad ya la estaba perdiendo.
Me alejé de ella porque no sabía cómo afrontar este momento.
—Buenos días —dice, y se sienta ante mí. Su perfume a cerezas inunda el lugar, que huele a café. Deja la carpeta delante y la abre—. Vamos a hacer fotos con Elio y quiero darle este enfoque. Estas son mías, pero un profesional sabrá captar mejor la luz.
Habla de lo que ha pensado. Solo asiento y la escucho. Sonríe nerviosa y se muerde esa boca en la que no me perdí el tiempo suficiente.
—¿Te estás enterando de algo?
—No…, pero he seguido tus ideas y me gustan.
—Vale. Puedes leerlo todo ahí.
Noto tristeza en su mirada.
—Lo siento, Belisa, es que tenerte delante me pone nervioso —admito, y agranda los ojos—. Hacía años que no me pasaba. Bueno, miento, siempre me ha pasado, pero aprendí a ocultarlo.
—A dejarlo en tu cueva.
—Sí. De niño pasé mucho tiempo solo.
—Yo también.
Nos miramos a los ojos y quiero jurarle que mientras yo viva nunca estará sola.
—¿Qué tal todo con tu ex?
—Tras saberse que su hijo no era mío, me ha dejado en paz… hasta ahora. —Miro el móvil—. No quiero responderle.
—Deberías contar la verdad, Sedrik. Cuando la novedad pase, a la gente le dará igual quién seas, pero al menos nadie tendrá tanto poder sobre ti. Nunca podrás avanzar mientras ella siga en tu vida, y más si a pesar de todo la sigues amando.
Lo dice tan bajito que pienso que lo he escuchado mal.
—¿Amando? —Asiente y veo dolor en su mirada—. No, Belisa, no estoy enamorado de ella. Lo estuve, pero no sé si de quien era o de quien inventó para mí, porque mi primo y ella crearon a la mujer perfecta para sus planes. Ahora más que nunca sé que lo que creí sentir era solo mi deseo de ser querido.
—Te entiendo. —Noto alivio en su mirada—. Voy a trabajar, si me necesitas ya sabes dónde estoy.
—Una cosa más. —Se queda en la puerta y me mira—. La cama y el sofá los pagué yo…
—Eres un mentiroso profesional, pero ya lo sospechaba.
—Me gusta cuidar de ti.
—Pues que se note, y mientras, te cuidas a ti alejando todo lo que te hace daño. —Mira mi móvil, dejando claro que lo dice por Salma.
La dejo ir sin decirle que la necesito a mi lado. Poco a poco.
Belisa
Voy andando al trabajo cuando apenas hay nadie en la calle, y eso hace que vea a Sedrik dirigirse a su negocio.
Anoche me costó dormirme; echo de menos escribirle antes de dormir.
Estuve hablando con Portia, pero no es lo mismo.
Me faltan nuestras conversaciones. No sé qué me retiene a volver a ese punto. O sí: el miedo a enamorarme más.
Lo veo andar cabizbajo.
Dudo, pero lo llamo con el corazón latiéndome con fuerza contra el pecho. Se gira y me mira. Y ahí está la mirada de anhelo que me dedica. Como si él también hubiera pasado toda la noche pensando en tiempos mejores.
Qué tonta soy, solo fue un sexo increíble. Él no siente lo mismo que yo. Pero tal vez me eche de menos como amiga.
—Me gusta tu pañuelo. —Sonríe y mira el que adorna mi cuello. Es pequeño, más de decoración que otra cosa.
Nos miramos con intensidad. Con ese anhelo que me recorre de los pies a la cabeza.
—Lo compré ayer de camino a casa. Me aburro un poco por las tardes ahora.
—Podrías hacer un curso.
Lo pienso y, ahora que gano más, no lo veo tan descabellado.
—No estaría mal.
Sonrío y ahí está esa mirada que me acaricia el alma. Me mira como si le importara de verdad. Como si mirarme le diera la vida. Giro la cabeza cuando empiezo a pensar que tal vez, como siempre, lo esté imaginando todo.
Sedrik me ha pedido perdón, me ha explicado por qué lo hizo. Por qué dudó, pero en ningún momento ha hablado de sentimientos, o de que lo que pasó entre los dos quiere que se repita o haya dejado una huella imborrable en él.
Es mejor dejar de ver cosas donde no las hay.
Toca tener los pies en la tierra. Y no porque yo no me merezca a alguien como él o él a alguien como yo, es porque el amor no se fuerza y yo llevo toda la vida forzándome a amar para sentirme parte de algo más grande que yo misma.
Y ya lo era.
Llegamos a la cafetería y la abre. Luego pone todo en marcha mientras yo cojo mi ordenador y me instalo en una de las mesas que menos usa la gente, cerca de la cocina.
Sedrik se me acerca y deja un mocca . Lo miro pensando en todo lo que ha pasado desde que me sirvió los primeros.
Y cómo hemos tejido una red de mentiras entre los dos que nos han llevado a este punto.
—Las galletas se están haciendo.
—No te sale rentable tenerme de empleada.
—A mí me parece que sí. —Nos miramos y de nuevo me observa como si echara de menos tenerlo todo de mí. Pero no lo tuvo. Solo fue un fin de semana increíble. Solo eso.
—Anoche me hice una cena que hasta estaba buena. El otro día, a la tortilla le puse azúcar. —Iba a irse, pero ahora me mira divertido—. Y he pedido a Malem recetas. A ver, si quiero ser la mejor, tengo que saber cómo hace tus galletas perfectas.
—Y el café. Si quieres, te puedo enseñar a preparar un mocca .
—Mira, sí, así si me despides diré que tengo experiencia de barista.
—Eso no va a pasar.
Voy a decir algo, pero es mejor así; estamos dando pasitos y me gusta. Agacho la cabeza y pruebo mi mocca .
Se marcha a trabajar, llega el resto de los trabajadores y al poco el local se llena de gente lista para trabajar.
Alzo la mirada y veo a mi exjefa con la que me sustituye.
Ellas no me han visto. Parecen muy amigas.
Yo intenté ser su amiga. Estaba sola en la ciudad, Portia vive a una hora de aquí, y traté de ser amable.
Me rechazó con miradas condescendientes, pero ahora parece íntima de mi sustituta.
Lo peor es que se sientan cerca y puedo escuchar lo que dicen.
—Qué suerte haberte encontrado. Los clientes no dejan de elogiar tus logros. Lo mejor que hiciste fue empezar de cero, eliminar todo rastro de esa estúpida que se creía la mejor y dar tu propio enfoque.
¿Cómo que eliminar todo mi trabajo?