Capítulo 37. Sedrik
Sedrik
Miro el contrato de Belisa en mi despacho. Está firmado en nombre de la empresa y no sale mi nombre. No iba a hacer esto, pero fue ver a su ex hablar así y no poder ignorar que quiero ayudarla. Mi idea es contarle la verdad cuando sepa que ella no me mirará de forma distinta.
La gente cambia cuando sabe que tienes dinero. O no, pero pienso en Salma. Joder. Ojalá tuviera superado el pasado. Lo que me hizo fue tan horrible que no he podido pasar página. Y eso hace que la odie más por ello.
Me gusta ser uno más. Solo tuve un golpe de suerte y luego mucho trabajo.
Nadie me ha regalado nada tras el éxito.
Cada decisión fue tomada con trabajo y esfuerzo, y si la burbuja no se ha roto y seguimos ampliando es porque cada día un equipo de trabajadores damos lo mejor.
Mucha gente solo ve lo que quiere de mí.
Y si soy sincero, confío en ella, pero no sé hasta qué punto, porque con mi ex ya salí escarmentado.
Por eso no estoy listo para decirle quién soy.
Demasiado tengo con aceptar que me gusta, y mucho, y tal vez la cague.
Y más tras darme cuenta de cómo la verdad ha cambiado las cosas entre los dos.
Antes me escribía más y ahora le cuesta mandarme mensajes.
Que sepa quién soy en la empresa, ahora mismo solo complicaría más las cosas entre los dos.
Es tarde cuando me dice que ahora viene. Espero en la cocina, estoy solo y le he preparado varias cosas para la cena. Dice «hola» y le respondo que estoy en la cocina. Entra y me voy a girar para verla, pero me abraza por detrás.
Me quedo congelado. Sin saber qué hacer. Sintiendo como su pequeño cuerpo se amolda al mío y su calor me traspasa. Estoy temblando. No puedo hablar. Quiero decirle tanto…
Alzo la mano y acaricio sus manos.
—Solo cinco minutos…, y no estoy borracha, quiero abrazarte y eso. —Me giro sin soltarme y la abrazo con fuerza—. Me he despedido.
—Vale… ¿Por?
—Sé que tu jefe lo mismo no me quiere. Sé que —noto como me moja el jersey—, sé que no tengo trabajo. —Cojo su cara con mi mano y la hago mirarme; me duele ver las lágrimas caer por sus mejillas—. Las chicas alegres también lloran. ¡Sorpresa!
—Sé —acaricio su mejilla— que la alegría lleva dolor.
—No me gusta mostrar esta imagen de mí. Siempre quiero que vean solo la luz, el color, la alegría. Porque cuando me ven así…, me siento desnuda. Eso hacía de niña. Cuando lloraba, corría a mi casa. Como siempre estaba sola, nadie veía mi dolor. Es fácil ocultar cuándo estamos tristes.
—Lo sé. —Sigo el reguero de sus lágrimas—. ¿Qué ha pasado?
—Me han bajado el sueldo. Hay que hacer recortes, han dicho.
Pero solo a mí. Porque saben que no puedo permitirme perder el trabajo y han cogido una IA de pago que les sale más barata.
Y no he podido más. Les dije que me merecía más y que me despedía.
Me vine un poco arriba con la oferta de trabajo de tu jefe y eso.
—Muerde su labio—. Pero me dijeron que mañana volvería arrastrándome.
Y eso es lo peor, que si tu jefe no me quiere, lo haré.
Me arrastraré. Me pagarán menos y no podré hacer nada.
—Tengo el contrato… —Odio mentirle, pero es todo tan perfecto con ella—. ¿Quieres verlo?
—¿De verdad? —Asiento y el brillo de sus ojos castaños hace que todo esto merezca la pena por hacerla feliz.
La miro perdido en ella y luego me abraza con fuerza y se queda ahí, junto a los latidos erráticos de mi corazón.
Pasa el tiempo y ninguno hace amago de apartarse. Al contrario. He empezado a hacer caricias en su cintura y ella sube sus manos por mi costado. La miro a los ojos perdido en esos pozos castaños tan expresivos.
—Voy a besarte, no salgas corriendo. —No podría aunque quisiera. Me tiene atrapado.
Podría besarla yo, besarla y dejarle claro lo loco que me vuelve y lo bien que se me da hablar sin palabras, pero veo lo importante que es para ella dar este paso. Por eso solo espero mientras se pone de puntillas. Agacho mi cabeza y su aliento acaricia mi boca.
Tomo aire, espero y se impulsa hacia arriba empujando su boca contra la mía. Meto la mano entre su pelo mientras su boca devora la mía y yo me dejo llevar por esta sensación tan increíble de saborear sus labios.
Profundizo el beso. Su lengua se pierde en la mía. El beso se descontrola, así como nuestras ganas de tocarnos. La necesito más cerca, y eso que el aire no pasa entre nuestros cuerpos.
Cuando me muerde, me río y la miro.
Tiene las mejillas sonrojadas y los labios rojos por los besos.
¿Se puede detener el tiempo antes de que la vida estropee todo?
Quiero vivir en esa mirada. Esa de sueños, ilusión y vida.
Quiero más, lo quiero todo con ella. Me arde la piel por el deseo insatisfecho. La deseo en mi cama. En mi casa, en todas partes donde pueda perderme en su cuerpo una y otra vez. Solo el recuerdo de que voy a ser su jefe hace que consiga las fuerzas necesarias para alejarme.
—Vamos a mirar el contrato.
—Vale.
Entiende el cambio de tema y sus ojos marrones se apagan un poco. Lo dejo así, es mejor así. Porque cuando firme el contrato seré su jefe. No pensé en todo lo que implicaba esto. La mentira cada vez se hace más gorda.