No consta Chapter 13 #2
52%

Chapter 13 #2

—No sé qué pensar, la verdad. Lo único que sé con certeza es que, sea lo que sea que esté pasando, va a terminar llegando aquí, tarde o temprano, de una forma u otra.

Dejó de escribir en el cuaderno sin destruirlo ni esconderlo de manera especialmente cuidadosa: simplemente dejó de abrirlo, guardándolo en el cajón donde había estado siempre, junto con los dos cuadernos anteriores ya llenos.

La razón, según contaría muchos años después a su hijo Marcelino, entonces un adolescente de diecisiete años, tenía que ver con un miedo muy concreto.

—Tenía un cuaderno con los datos de cada familia del pueblo, hijo.

Quién tenía más hijos, quién menos, quién había pasado más necesidades.

Nada político, nada que tuviera que ver con ninguna simpatía ni con ningún bando.

Pero comprendí que cualquier papel con nombres y circunstancias de la gente podía convertirse, en manos equivocadas, en algo muy distinto de lo que yo había querido que fuera.

Y no estaba dispuesto a que mi cuaderno, escrito para ayudar, sirviera algún día para señalar a nadie.

Lo que nunca le contó a Marcelino, ni a nadie después, fue lo que le pasó a Fructuoso.

El maestro, que llevaba años dando clases a los hijos de las familias más pobres del pueblo sin cobrarles nada cuando no podían pagar, y que se había significado, en los últimos tiempos de la República, con algún artículo publicado en un periódico provincial sobre la necesidad de escuelas nuevas y maestros mejor pagados, fue detenido en su propia casa una madrugada de octubre de 1937, sin que nadie en el pueblo llegara a saber con certeza quién había dado su nombre.

No fue el único. En los meses siguientes desaparecieron, de la misma forma repentina y sin explicación oficial, dos hombres más de pueblos vecinos que Aurelio conocía de las reuniones comarcales de médicos y maestros, y un tercero, un practicante de Fuentedura, del que solo llegó a saberse que lo habían "trasladado" a una prisión de la capital sin que constara nunca en ningún registro público el motivo del traslado.

Aurelio empezó a entender, con el paso de aquellos meses, que no se trataba de casos aislados ni de venganzas locales, sino de algo mucho más metódico y mucho más extendido de lo que el propio pueblo, en su pequeñez, le permitía ver del todo: una maquinaria que actuaba comarca por comarca, mediante denuncias que nadie firmaba y resoluciones que nadie explicaba, y que no distinguía demasiado entre la culpa real y la simple sospecha, ni entre el compromiso político declarado y la amistad, la generosidad o la simple costumbre de tratar a todo el mundo por igual.

Aurelio lo supo esa misma mañana, por el hijo mayor de los Bernal, que había visto el coche llevárselo por el camino de la carretera.

No volvió a saberse de Fructuoso con seguridad.

Alguien dijo, meses después, haberlo visto trabajando en una cuadrilla de un pueblo vecino; alguien más aseguró que había muerto esa misma primavera, aunque sin poder decir dónde ni cómo.

Aurelio nunca llegó a confirmar ninguna de las dos versiones, y esa incertidumbre concreta —no saber, con la misma precisión con la que sabía cuántos hijos tenía cada familia del pueblo, qué había sido de su único amigo— fue, según le confesaría mucho más tarde a su propio hijo sin dar más detalles, lo que terminó de convencerlo de que ya no había ningún papel en aquel pueblo que pudiera seguir escribiendo con la conciencia tranquila.

Continuó ejerciendo, ya sin registro escrito, hasta la primavera de 1938, cuando una serie de circunstancias que nunca llegó a explicar del todo a su familia le obligaron a dejar el pueblo de manera definitiva.

Se instaló en la ciudad con lo poco que pudo llevarse, entre ello los tres cuadernos, y no volvió a ejercer allí nunca más, ni volvió a hablar del pueblo con la naturalidad con la que hablaba de otros episodios de su vida.

Trabajó, ya instalado en la capital, como médico de una mutua de accidentes de trabajo, un puesto menos exigente y también menos gratificante que el que había dejado atrás, pero que le permitió sostener a su familia sin llamar demasiado la atención, en unos años en que pasar desapercibido era, para muchos, una forma más de supervivencia.

Había enviudado ya antes, en 1932, todavía en Valdehierro, de su primera mujer, la madre de Marcelino, tras una neumonía que ni sus propios conocimientos de medicina consiguieron detener a tiempo, y no volvió a casarse hasta 1940, ya instalado en la capital, con una maestra diez años más joven que él.

De ese segundo matrimonio nació una hija que murió de meningitis a los cuatro años, una pérdida de la que Aurelio tampoco habló nunca en detalle, y que Marcelino, ya adulto y viviendo por su cuenta, solo conocería años después, por una partida de defunción que encontró por casualidad revisando los papeles de su padre ya fallecido.

Marcelino guardó siempre, sin comprenderla del todo, la imagen de su padre explicándole por qué había dejado de escribir aquel cuaderno. No por vergüenza de lo escrito. Por el miedo concreto y razonable a lo que otros pudieran hacer con ello.